“Cuando era protestante yo notaba que mi religión era seca y triste, pero no mi vida; sin embargo siendo católico mi vida es triste y seca, pero no mi religión”

(Beato Card. John Henry Newman)

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El corazón en la mano

“Fili, praebe mihi cor tuum…”

“Hijo, dame tu corazón…”

(5ta. Ant. Laudes

Fiesta del Sacratísimo

Corazón de Jesús)


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Nuestro Señor, a propósito de su controversia con los fariseos acerca de sus puntillosas costumbres de purificación, expondrá el sentido de la verdadera pureza que exigirá a sus discípulos, rectificando y purificando el concepto de lo que es verdaderamente puro (Cf Mc. 8, 1- 23; especialmente los vv 17-23).


La síntesis de su enseñanza es que lo que procede del interior del hombre – de su corazón- es lo que lo mancha, pues es “del corazón de los hombres de donde salen los malos pensamientos, fornicaciones, hurtos, homicidios, adulterios, codicias, perversiones, dolo, deshonestidad, envidia, blasfemia, soberbia, insensatez..” (vv 21 y 22).


Ello nos inclina a considerar que la sanación del corazón se alcanza evitando que el pecado arraigue en él, hacer que salga, no para hacer lo suyo, sino para morir.


En la summula (enumerado), hecha por Jesucristo de estos trece pecados que anidan en el corazón humano, ocupa el primer lugar lo que se designa como dialogismoi, los malos pensamientos.

Son ellos los que impulsan al hombre, perturbado espiritualmente, a sacar afuera y concretar el mal que lleva dentro, y en ellos, de algún modo se resumen los demás pecados que siguen a continuación.


Hemos hablado anteriormente de la necesidad del invierno de los dolores de la vida para purificar ese corazón inmaduro y alcanzar el morado de una existencia identificada con la Pasión del Señor.

Dios conoce lo que hay dentro de nuestro corazón: Él lo ha entretejido desde nuestra concepción. Sabe qué podemos y qué no. Y también qué estamos dispuestos a hacer o no por re-orientarlo hacia Él.

Por ello nos pide constantemente la entrega de ese órgano (que juntamente con la lengua, en el decir de Santiago) es el más difícil de dominar, de ponerle bridas…


Meditando el salmo 138 (139) vemos cómo Dios es el único que sondea nuestro corazón y conoce sus fibras y sentimientos más profundos.

Nuestros “pensamientos” no son originariamente rectos a causa de la original orientación al mal con la que nuestra naturaleza nos programa desde Adán.


Fuente inagotable de engaños, errores en el juicio, trasposición de valores, angustias interminables, junto a un deseo inextinguible de plenitud, aceptación y amor a cualquier costa; el corazón del hombre no sólo saca de lo que lleva dentro, sino que él mismo quisiera salirse fuera de su pecho y lanzarse con la locura de la que sólo él es capaz, tras las criaturas que lo cautivan en búsqueda de una felicidad de la que tarda mucho en darse cuenta que se encuentra puertas adentro…


En al artículo anterior hemos citado a Leopoldo Marechal, el poeta teologal que alcanzará en su breve y profundísimo tratado-ensayo sobre estética “Descenso y ascenso del alma por la belleza”, la mejor síntesis metafísica y ascética que en esta materia yo haya conocido hasta el presente.


Allí escribe:

“Dice Plotino, comentando esta odisea del alma: `Si es dado mirar las bellezas terrenales, no es útil correr tras ellas, sino aprender que son imágenes, vestigios y sombras. Si corriéramos tras las imágenes para tomarlas como si fuesen reales, seríamos como aquel hombre (Narciso) que queriendo alcanzar su imagen retratada en el agua, se sumergió en ella y pereció´. El alma busca su destino, y halla en la criatura una imagen de su destino, y en la imagen se pierde. Y el alma debe perderse, tal es su vocación gloriosa, pero no en la imagen de su destino, sino en su destino verdadero y final”.


Y a esta altura vamos llegando al centro de lo que queremos proponer.


Esta búsqueda, este correr tras la criatura, genera en nosotros algo que podríamos enunciar con aquella descripción hecha giro idiomático de andar en la vida con el corazón en la mano.

Mendigos del amor, y de todo lo que enumerábamos antes, llevamos el corazón en la mano, como ofreciéndolo –muchísimas veces a muy bajo y lamentable precio- a cambio no sabemos de qué ganancia para él.

Y para cualquiera que alguna vez haya tenido esta experiencia de andar por la vida con su corazón en la mano, además de poder perderlo en cualquier momento, casi siempre se lo han devuelto (como se tantea una fruta en el mercado para luego cambiarla sucesivamente por otra y otra) manoseado, ajado, sucio y por sobre todo desolado.


Cuando el hombre, iluminado por la gracia o por el sentido común de la vida (que se perfecciona con el paso del rojo al morado), ya que por inteligencia el alma posee y por amor es poseída, asume su señorío de Juez sobre las cosas –que le fue conferido desde la primera hora de su creación- e interroga a las cosas: “la esfinge devolverá su presa, y le revelará su secreto, por añadidura; porque las cosas –dice San Agustín- no responden sino al que las interroga como juez” (Op. Cit. C 5 “El Juez”).


Sólo el alma juzgante de sí misma y capaz de ver a qué profundidades ha descendido por ir por la vida con el corazón en la mano, podrá nombrar con toda crudeza el estado de su corazón: su víscera más preciada ha sido deshilachada por la filosa navaja del hechizo de la criatura: la más sublime y peligrosa de todas las esfinges.


En el esquema marechaliano del Descenso y Ascenso, tras el juicio del hombre sobre la criatura, vendrá un Sí de la misma que romperá las cadenas del rey amarrado e incapaz del retorno si no vuelve por el mismo camino por donde se perdió.

Tendrá que volver sobre sus pasos pues como decía Sören Kierkegaard “La felicidad es como una puerta que se abre hacia adentro. Para abrirla hay que dar humildemente un paso hacia atrás”.

El paso hacia atrás es, en realidad, un paso hacia arriba: hemos dicho que de los laberintos se sale por arriba.


La propuesta.


Mejor que llevar el corazón en la mano, es poner la mano sobre el corazón.

Esto está mejor.


Ya no seré el que vaya entregando mi corazón en la inestable esperanza del encuentro del alma gemela, la comprensión absoluta, la ternura inacabable, sino quien ponga honesta y fuertemente la mano sobre el corazón para sujetarlo, contenerlo, conducirlo…


“Corazón en la Cruz, corazón en la Cruz”, como gustaba repetir San Josemaría Escrivá.


Entonces el corazón volverá de la mano al pecho: el lugar que le corresponde ocupar en la anatomía espiritual que Dios ha pensado para nosotros, las más perfectas criaturas después de los ángeles; que, para su suerte o su envidia, no tienen corazón.


¿Podrá el hombre en ocasiones poner su corazón en la mano?

Ciertamente. Cuando se trate de ofrecérselo a Dios, su Padre y Creador:

“Hijo, dame tu corazón”


Y su postura será como la del Hijo de Dios que, en el bellísimo cuadro de Batoni lo sostiene en su mano izquierda y con la derecha se lo ofrece al hombre pecador.

¿Qué otra actitud nos corresponde a nosotros, receptores de tanto amor, que hacer lo mismo entregando nuestro corazón al Padre de las misericordias?


¿Y frente a nuestros prójimos qué haremos?

En la seguridad de que mi pensamiento puede ser mejorado, no dejaré por ello de decir que me parece mejor –en estos tiempos de tanta falsa caridad, insinceridad y diplomacia utilitarista- llevar nuestra mano con honestidad al pecho y hablar, actuar y amar con la mano sobre el corazón.

Seremos más dueños de nosotros mismos, menos sensibleros y amaremos mejor.


Porque lo que importa, como nos lo enseñó el Maestro, no es lo que sale, sino lo que está bien adentro.


P. Ismael


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El corazón maduro

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El Corazón de Jesús. Pompeo Batoni. Gesù, Roma


Logro auténticamente humano, si lo hay, no podrá ser otro que el dominio y posesión íntima de esa misteriosa víscera que nos diferencia de los ángeles (seres amantes, pero eviscerados) que en todos los lenguajes ha significado la profundidad más abisal de las cuerdas de nuestra voluntad: el corazón.


Hace pocos días celebrábamos con el calendario tradicional la fiesta de la Maternidad divina de María, instituida por S.S. Pío XI para conmemorar la definición dogmática de Éfeso.


Vinieron a mi recuerdo los primeros dibujos que aprendí a trazar cuando mi madre me llevaba mi mano de niño: entre ellos, el infaltable corazón que, ora atravesado de una flecha, ora como la flor de una planta exótica y con las más diversas formas improvisábamos sobre mi cuaderno de ilustraciones caseras.


Todavía está en mi memoria visual un curioso diseño que ella dibujara sobre el universo infinito de mi imaginación plástica y que me hizo entender por vez primera algo de la grandeza e insanabilidad del corazón humano.


Las figuras que trazábamos en general eran de formas graciosas, pero ella, hacia el final de los numerosos corazones dibujados, hizo uno que sombreó con la fuerza del lápiz rojo en el interior de su borde negro: me sorprendió muchísimo. ¿Mamá, por qué pintaste ese corazón casi negro? Y sus ojos, sus hermosos ojos castaños –los más hermosos y tristes que he visto en mi vida- me respondieron: “hijo, este es mi corazón”.


Allí se cortó la conversación y la clase de dibujo.


Nunca he olvidado el episodio y creo que fue a partir de allí cuando comencé a entender el carácter sufriente de su existencia que los años desplegarían en su pasión.


Al final de sus días, cuando la religiosa que la cuidaba la sentaba junto a una imagen de la Macarena, quedó pasmada al comparar el asombroso parecido de los ojos de Nuestra Señora con los de aquella anciana que ya casi no tenían luz. Lo que sí tenían era la misma tonalidad violácea que los circundaba. Tonalidad que yo conocía muy bien porque se había formado en ellos con el paso de sus años sufrientes y porque los ojos son las ventanas de todo corazón.


Sé que amó con todas sus fuerzas y sé también cuánto le costó amar, cuánto lloró: no recuerdo un día en que su pena andaluza no le brotara a raudales por aquellos soles que fueron siempre mi consuelo y mi dulzura.


Ella, que jamás había leído el “Laberinto de amor” de Marechal, poeta-teólogo de quien la separaban apenas unos veinte años, había vivido y retratado en su doméstica lección para su hijo aquella verdad tan cierta en materia de amor que el poeta porteño –fallecido en 1970- insertó en uno de sus más vibrantes poemas metafísicos:


Dirás al que reproche tu color extremado:

“Si el corazón madura, va del rojo al morado”


Cuando Marechal afirma que "si el corazón madura va del rojo al morado", no define un diagnóstico científico sobre disfunciones cardíacas, sino que sentencia, poética y sapiencialmente acerca de la madurez humana interior a través de la experiencia del sufrimiento. O cuando, casi de pasada, sentencia gráficamente – tomando como ejemplo esos laberintos que aparecen en las revistas de crucigramas, intrincados en el desarrollo del camino de salida en el plano horizontal, pero visibles desde lo alto -, que de soluciones inalcanzables para la debilidad humana, nos salva el recurso a Dios. Es el doble y profundo sentido de su dicho:


“En su noche toda mañana estriba:

De todo laberinto se sale por arriba”


Se abandona el ilusionado y prefabricado amor edulcorado que tiñe de bermellón los corazones juveniles, y brota el morado intenso de una cuaresma que no termina para el alma que ha madurado en el amor verdadero: para el corazón que madura su tonalidad será otra.


Un corazón se pone morado cuando, desencantado de los amores del mundo, divinamente endurecido para sus encantos, se añeja en el dolor del amor a la Cruz y sale por arriba de los intrincados vericuetos del amor puramente carnal que tiñe siempre a nuestra víscera en un rojo, casi rosado, demasiado optimista para ser real.


Siempre me ha inquietado el justo medio que ha de buscarse entre el optimismo prefabricado y el pesimismo militante: una suerte de piedra filosofal que de hecho sirva para vivir de veras.


Lo que me enseña la auténtica liturgia es que el cristiano no encuentra su madurez más que en la renuncia sin cortapisas, en el desprecio de los goces terrenos y en la esperanza en la vida eterna que no defrauda: todo ello va amoratando el corazón.


Y esta pátina que lo recubre por fuera, pues por dentro su sangre se espesa con el dolor de la propia pasión, lo hace fuerte: auténticamente un corazón crucificado.


Por eso, aquellos que pasan del rojo al morado son los únicos a los que me animaría a llamar cristianos, aunque ellos se hayan enterado poco del imperativo evangélico estote vos perfecti, sicut et Pater vestris coelestis perfectus est. Su perfección les viene de su pasión real.


Y allí en sus intimidades precordiales se ha producido la verdadera madurez: no el optimismo engañosamente transitorio, como así tampoco la irremediable amargura del hombre en su estado natural.


¿Quiénes tendrán una vida cardiológicamente espiritual más sana que un Francisco de Asís con sus miembros estigmatizados, una Teresa de Ávila con el corazón trasnsverberado y otros tantos con la delicadísima víscera incorrupta después de su muerte porque durante su vida el morado de la penitencia sustituyó al rojo, aún inmaduro, de pasiones superficiales?


¿Qué sabe de la vida –aún la natural y humana- aquel que no ha sufrido?


¿Qué sabe el alegre inconsciente que mixtura las efímeras alegrías humanas con la Sangre del Señor que comulga con indiferencia?


Los alegres despreocupados, los animalitos sanos, los groseros, los de corazón de muñeco, deberían causarnos verdadera pena, en tanto que los corazones que alcanzaron el tinte borravino del dolor se nos presentan como traslúcidas imágenes del Amor Crucificado que quiso que de su corazón ya sin latidos, brotasen todavía frutos de redención para los hombres…


¡Cuánto les ha enseñado la decepción del rojizo amor humano y cuánto los purificó el morado Amor Divino!

Duele. Pero madura…


Ellos son los que blanquearon sus vestiduras en la Sangre del Cordero y ofrecieron ese corazón dilatado en el dolor sobre el trono del Viviente y del Cordero.


Ellos son los que con sus venas coaguladas, a fuerza de dolor de amor, del laberinto engañoso de la vida, comprendieron que se sale por arriba, vestidos de morado, para recibir la blanca túnica nupcial en el cielo.


Algunas frutas necesitan de las heladas invernales para alcanzar su utilidad y sabor auténticos, en especial los citrus.


Como mi corazón nada tiene de fruta tropical y sí mucho del acidulado limón, sé muy bien que las heladas pasadas y venideras que cada invierno de esta vida le deparen, serán otras tantas oportunidades de revestirlo de ese color tan poco conocido del amor.


Y de ese color de amor desearía que me revistiesen los ornamentos sacerdotales, cuando la corteza de mi cuerpo se despida de este mundo.


P. Ismael


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Salomón. O la corrupción de lo mejor

“la sabiduría no entrará en el alma maligna,

ni habitará en el cuerpo sometido al pecado”

(Sab 1, 4)

 

 

salomon y la reina de saba

 La reina de Saba visita la corte de Salomón

 

Después de la belleza de los lirios de los campos, alabada por Jesucristo, no puede pensarse en toda la Escritura de esplendor alguno alcanzado por un mortal que la gloria de Salomón, hijo de David y sucesor en su trono.


A partir del capítulo III del Tercer Libro de los Reyes, con la narración de las bodas de Salomón, después de la muerte de su padre David, y hasta el capítulo X, encontramos las exquisitas descripciones de la magnificencia de la corte salomónica, sus sabias disposiciones y la construcción del primer Templo, gloria de Israel y de toda la tierra.


Salomón pide al Señor “un corazón dócil, para juzgar a tu pueblo, para distinguir entre el bien y el mal; porque ¿quién puede juzgar este pueblo tan grande?


Agradado por ello, el Señor Dios, le dijo: “Por cuanto has pedido esto, y no has pedido para ti larga vida, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos; sino que has pedido para ti inteligencia a fin de aprender justicia, sábete que te hago según tu palabra; he aquí que te doy un corazón tan sabio e inteligente como no ha habido antes de ti, ni lo habrá igual después de ti. Y aun lo que no pediste te lo doy: riqueza y gloria, de suerte que no habrá entre los reyes ninguno como tú en todos tus días. Y si siguieres mis caminos, guardando mis leyes y mis mandamientos, como lo hizo tu padre David, prolongaré tus días” (cf III Reg 3, 10-14).


Todo el relato que sigue de su alianza con Hiram y la construcción del Templo es, como dijimos sorprendente.


En una nueva aparición a Salomón, ya concluido el Templo, Dios le dice:


“Pero, si vosotros y vuestros hijos os apartáis de Mi, y no guardáis mis mis leyes y mis mandamientos, que he puesto delante de vosotros, y os vais a servir a otros dioses postrándoos ante ellos, extirparé a Israel de la tierra que les he dado; y esta Casa que he santificado para mi Nombre, la echaré lejos de mi vista. Israel vendrá a ser objeto de proverbio y burla entre todos los pueblos; y esta Casa será reducida a ruinas, y cuantos pasaren junto a ella se pasmarán y silbarán, diciendo: “Por qué ha tratado así Yahvé a esta tierra y a esta Casa?” Y si les contestará: “Porque abandonaron a Yahvé, su Dios, que sacó a sus padres del país de Egipto y se adhirieron a otros dioses, postrándose ante ellos y dándoles culto; por eso ha descargado Yahvé sobre ellos todos estos males” (IX, 6-9)


El “Rey Pacífico” como señala su nombre, no sólo puso paz en toda la extensión del Reino de Israel, sino que por su inicial rectitud de intención, obtuvo de Dios un corazón prudente y sapientísimio que no se repetiría en la historia del mundo. De él hacen floridos elogios los libros Sapienciales y toda la tradición rabínica.


Salomón compuso 3000 proverbios (breves composiciones de carácter sapiencial) muchos de los cuales podemos encontrarlos en los textos más antiguos del libro de los Proverbios (cc. 10-22 y 25-72); 1005 poemas líricos de los cuales, según afirman los críticos sólo conservamos como ejemplo el salmo 71, 72.


Pensemos por ejemplo, en la hiperbólica alabanza de Rabbí Aquiba: “la creación entera no vale lo que el día en que el Cantar fue entregado a Israel”


Según la atinada afirmación de Gino Bressan, la sabiduría de Salomón no habría que entenderla en la altísima significación que le asigna San Pablo (relación con lo sobrenatural que implica la santidad de quien la posee) sino que era de orden terrenal “prontitud de juicio y agudeza de discernimiento; habilidad política; conocimiento relativamente vasto de todo aquello que integraba la cultura –psicología, filosofía moral, ciencias naturales- de su tiempo. Tal sabiduría fue ciertamente considerada entonces excepcional y don de Dios: por ello Salomón quedó aún en los siglos sucesivos, como ideal del “sabio”, y su nombre llegó a prestigiar obras de los últimos siglos próximos a Cristo, como el Eclesiastés y la Sabiduría”.


El punto máximo de su gloria llega con la visita de la Reina de Saba, supuestamente venida del norte de Arabia, con el propósito de estrechar lazos comerciales entre ambos países, pero principalmente para comprobar por sí misma todo lo que había oído acerca de la sabiduría de Salomón, de la gloria del Templo y del esplendor de su corte.


La descripción de su visita es un solemne y exquisito cuadro de la hospitalidad y la magnificencia oriental. Vale la pena detenerse en la lectura del capítulo X.


No obstante todo ello no oculta el escritor sagrado ciertas zonas oscuras de tan gran esplendor, cual fue la explotación de los súbditos con altísimas contribuciones fiscales. Como dato señalemos que para la tala de los cedros del Líbano, se realizó una leva de 30.000 israelitas, 10.000 de los cuales, trabajaban por turno un mes cada tres.


En la división del territorio en 12 prefecturas, la tribu de Judá fue excluida para no gravarla con las mismas imposiciones fiscales que las otras, lo que originó resentimientos que llegaron a la indignación especialmente por la conducta del rey y su mentalidad profana: Israel y su rey se habían transformado en una potencia sin verdadero fundamento.


Ya con criterios personales diría que Salomón fue a David lo que Luis XIV a Luis IX.


Las grandes construcciones eran el signo de un gran rey.


Y un rey grande debía serlo también por lo nutrido y entretenido de su harén.


David había tenido una veintena de mujeres, pero Salomón lo superó a lo grande.


Según los datos del capítulo XI de III Reyes, tuvo 700 mujeres de primer grado (esposas) y 300 de segundo orden (concubinas), en tanto que según el Cantar de los Cantares 60 y 80 respectivamente, pudiendo considerarse estas últimas como jovencitas a la espera de ingresar en el harén.


Releamos el texto:


“El rey Salomón amó, además de la hija del Faraón, a muchas mujeres extranjeras: moabitas, ammonitas, idumeas, sidonias y heteas; de las naciones que había dicho Yahvé a los hijos de Israel: “No os lleguéis a ellas, ni ellas se lleguen a vosotros; pues seguramente desviarán vuestro corazón hacia los dioses de ellas”. A tales se unió Salomón con amor. Tuvo setecientas mujeres reinas y trescientas concubinas; y sus mujeres eran causa de los extravíos de su corazón. Pues siendo Salomón ya viejo, sus mujeres arrastraron su corazón hacia otros dioses; pues no era su corazón enteramente de Yahvé su Dios, como lo fue el corazón de su padre David.


Salomón dio culto a Astarté, diosa de los sidonios y a Milcom, abominación de los ammonitas… erigió en el monte que está frente a Jerusalén (el monte de los Olivos) un santuario para Camos, abominación de Moab y para Moloc, abominación de los hijos de Ammon. Lo mismo hizo para todas sus mujeres de tierra extraña, que quemaban incienso y ofrecían sacrificios a sus dioses” (11, 1-8)


“Corruptio optimi pessima”, rezaba el antiguo principio escolástico.


Podemos hacer varias consideraciones en torno a esta sombra del reino davídico que terminará por dividirlo y destruirlo.


¿Fueron la mera lascivia de Salomón y su afán complaciente los móviles de su idolatría?


¿Dónde quedaron su sabiduría y su grandeza para llegar a tal extremo?


Está claro que para la Sagrada Escritura no hay pecado más abominable y execrable que la idolatría.


Tanto que Dios no reprocha a Salomón aquel desproporcionado número de amantes, sino que a causa de las mujeres extranjeras se haya dejado arrastrar hasta la idolatría.


Los antiguos tratados de Ascética señalaban acertadamente, fundándose en Sto. Tomás, que el desenfreno de la lujuria conduce irremediablemente a un cierto, y casi siempre inconfesado deseo, de que Dios no exista. Esto es la idolatría.


El pecador, cegado por su pasión, desviado del último fin; quisiera que Dios no existiese y así poder liberarse de la opresión que le significa el control de sus pasiones. Se trata de un enredarse cada vez más en su debilidad que termina siendo lo más fuerte y dominante en toda su vida.


Y por satisfacer aquella pasión y la voluntad de las criaturas que pujan por apartarle de Dios, llega a borrar todo lo bueno que pudo hacer en su vida.


Hace muchos años se usaba en el común hablar entre nosotros el adjetivo de “viejo verde”. Nadie puede pensar de sí estar lo suficientemente impermeabilizado por el paso de los años para no esforzarse en mantener la verdadera “sabiduría” hasta el fin de sus días.


Hemos visto muchos “sabios” entre nosotros, derribarse como cedros del Líbano y cambiar la sabiduría de las cosas de Dios por la prudencia de la carne. O como dirá San Pedro: habiendo empezado por el espíritu, terminaron en la carne…


Licenciados, grandes doctores, gente del mundo de la cultura (profana y eclesiástica) vinieron a derrumbarse también por un inmoderado deseo de conocimiento –al modo del Fausto- y por una base interior de soberbia intelectual.


Y aquellos mismos tratados que citamos también afirmaban que Dios castiga soberbia oculta con lujuria manifiesta.


¿Salomón fue lujurioso por soberbio, o soberbio por lujurioso?


Amar es incorporarse a la forma de lo que se ama. Hacerse uno con el objeto hacia el que tiende la voluntad.


Si el texto antes citado nos dice que el gran rey amó ardientemente a sus mujeres paganas, no podía menos que hacer su voluntad una con la de aquellas, que no era otra que la adhesión a los dioses falsos.


Según un antigua leyenda, el demonio, que tuvo siete hijas, fue desposando a cada una de ellas con diferentes géneros de personas (por ejemplo, a la envidia con los artistas); a su última hija, la lujuria, no la desposó con nadie, para dejarla a disposición de todos.


Sabios e ignorantes, todos podemos caer en la lujuria de la idolatría o en la idolatría de la lujuria.


Para decirlo simplemente la idolatría es la sustitución de la adoración debida al Dios Verdadero por una imagen extraña.


Y peor que la sustitución llega a ser la coexistencia monstruosa de ambas adoraciones, como ocurrió en tiempos de Salomón. Doble vida, que le decimos ahora.


Está bien claro que cuánto más ilustrado o elevado sea el sujeto que se corrompe, tanto peor será la consecuencia de su descomposición: repugna menos el cadáver de un mosquito que el de un hombre.


¡Cuántos que se estimaron y se hicieron estimar por sabios, lujuriosos o no –pero siempre con el demonio de la idolatría soplándoles al oído- terminaron tristemente su carrera revolcándose en el cieno del error!


Tanto más repulsiva resultará la caída idolátrica de un cristiano, de un ungido de Dios, que la conducta de un pagano en serie.


P. Ismael


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Los hijos de Helí: ser o pertenecer.

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La historia de los hijos de Helí, Ofní y Fineés, sacerdotes del santuario de Silo (Cf. I Sam 2, 12- 36; 4, 1-22) nos narra la mala conducta de estos ministros del Santuario que echaban mano a las mejores porciones que los piadosos israelitas ofrecían en sus sacrificios, transgrediendo la legislación que asignaba escrupulosamente qué parte de la ofrenda estaba reservada a los sacerdotes y en qué condiciones debía apartarse para su sustento.

 

“Los hijos de Helí eran hijos de Belial; no conocían a Yahvé, ni los deberes de los sacerdotes para con el pueblo. Pues cuando alguno ofrecía sacrificios, mientras aun se cocía la carne venía ya el criado del sacerdote, teniendo en la mano un tridente, y lo metía en la caldera o en la cazuela, o en la olla, o en el puchero, y todo cuanto sacaba el tridente, lo tomaba el sacerdote para sí. Así hacían ellos con todos los israelitas que venían allí a Silo. Aun antes de quemarse el sebo, venía el criado del sacerdote y decía al que lo inmolaba: Dame carne para asársela al sacerdote; pues no tomará de ti carne cocida, sino cruda. Y si el hombre respondía: Hay que quemar primero el sebo, y luego toma para ti cuanto desee tu alma, le decía: No, ahora mismo me la darás; de lo contrario la tomaré por la fuerza.

“Era, pues, muy grande el pecado de aquellos jóvenes delante de Yahvé; porque esos hombres trataban con desprecio las ofrendas de Yahvé”

 

Además cometían muchos otros crímenes acostándose con las mujeres que servían a la entrada del Tabernáculo de la Reunión. Todo el pueblo, escandalizado, le hablaba de estas fechorías a Helí, un hombre anciano y vencido, temeroso de Dios, pero sin fuerzas para controlar a sus muchachos (2, 22 y ss)

 

La narración termina dramáticamente con la muerte de Ofní y Fineés cuando llevan el Arca del Señor de los Ejércitos al campo de batalla, esperando que Dios les acompañara en su su enfrentamiento con los filisteos, que terminarán matando a estos dos “hijos de Belial” y capturando el Arca de la Alianza.

Al recibir la tremenda noticia Helí cae de su silla desnucándose y su nuera, la mujer de Fineés, muere en el parto de su hijo Icabod…

 

Una lectura atenta de estos capítulos y los siguientes que se refieren a la devolución del Arca por parte de los filisteos a Israel –muchas fueron las desgracias que el sagrado mueble les trajo- nos ayudará a una mejor comprensión de este tramo final de la historia de los Jueces, que dará inicio al período de los reyes de Israel con la elección de Saúl al frente de las tribus.

 

Este episodio histórico del Libro I de los Reyes (I de Samuel) nos ofrece materia para la consideración enunciada al comienzo del artículo.

 

Helí, al igual que sus hijos, pertenecían legítimamente a la casta sacerdotal, encargada de todo lo referente al complejo culto veterotestamentario, legislado al pormenor por la Ley de Moisés en los libros del Éxodo y el Levítico.

Eran de la “familia sacerdotal” y su herencia , como toda la tribu de Leví, era el culto, no una porción de tierra, como el resto de las tribus de Israel. El Señor era su heredad, su territorio. Su pertenencia a una clase selecta, estaba garantizada por la sangre.

Pero Dios dispondrá que su mala conducta les lleve a la perdición.

 

Ello nos ofrece la ocasión de reflexionar sobre la diferencia entre ser y pertenecer.

 

Nos encontramos con muchos cristianos, de toda clase y órdenes, a quienes les basta y llena el mero pertenecer, sin que se preocupen por lo que son en realidad: el haber alcanzado una determinada posición en el seno de la Iglesia ha sustituido a la verdadera tarea de ser, más allá de la pertenencia.

No negamos la importancia de la pertenencia: de hecho la Santa Iglesia es el conjunto de todos los fieles bautizados, unidos por la Fe, el Culto y el Pastoreo, a su Cabeza, Cristo Señor.

Pero para que cada miembro de este Cuerpo lo sea en verdad, es decir pertenezca a él, no basta la adscripción jurídica, ni afectiva, ni la integración a una determinada “clase”…

 

Ejemplos lamentables de lo que queremos decir encontramos a diario en movimientos, instituciones, congregaciones, colegios (el episcopal también), etc.

 

La pertenencia les presta una entidad de la que carecen en absoluto y amparados en el conjunto “social” se dispensan de la tarea insoslayable de ser coherentes, o por decir mejor, lo menos indignos posible.

Y aquí es cuando viene la trampa revestida de miles de formas a encubrir la despreocupación por una vida auténticamente justa, de cara a Dios, a la que sólo debiera importarle lo que Él ve en nosotros.

Cuando uno no es lo que debe, cualquier pertenencia –por más encumbrada que sea- no garantiza nada. Creo haber citado en otra ocasión algo que me parece, si no teológico, espiritualmente acertado: el sacerdocio es un estado del alma.

 

¡Cuántos han luchado por un puesto, por una pertenencia, para luego trinchar la mejor parte en ganancias materiales, viviendo de la Iglesia, mas que vivir para ella, sirviéndose sus mejores porciones en provecho personal!

Se trata del típico sujeto que elude cualquier obligación porque piensa que su condición de “consagrado” le dispensa de los elementales deberes del resto de los mortales: para él no existen horarios, cargas, impuestos y compromisos. Él (o ella) siempre argumentarán que sus deberes religiosos (o las normas de su instituto, o grupo, el que fuere) le desobligan de aquellas bagatelas.

 

Pero debemos ir más al fondo de esta descripción.

Si estas personas no “pertenecieran”, en realidad, nada serían.

Son lo que son, solamente por pertenecer. Espíritu gregario, que le dicen.

En el mundo no hubiesen tenido oportunidad alguna.

 

Es la típica monjita devenida en Madre Provincial, quien de seglar apenas si sabía leer -ahora tampoco lo hace mejor- , quien calzados los guantes de mando ¡Dios te libre de ella! De novicia ni miraba a los ojos (cuidado con quienes tienen esta característica) y ahora la ves escudriñando con su entrecejo la vida y la conciencias de sus infelices súbditas.

 

Es el párroco abierto, dialogante, ecuménico y misionero, a quien le cayó (o más bien la atajó, porque dicen que ninguna mitra cae en el suelo) la “carga episcopal”, el cual como simple sacerdote apenas decía tres palabras coherentes en su sermón –ahora tampoco lo hace- quien hoy, investido del munus regendi, pontifica con expresiones que si la gente las acepta es por el residuo de reverencia que queda en nuestra feligresía.

 

Es el activista de un movimiento que se ha apropiado de las llaves de la ciencia teológica (y también de la sacristía) que en su trabajo jamás descolló por su eficiencia (y muchas veces por su honradez) quien ahora tiene la sartén por el mango en el pobre y reducido reino que le fue confiado.

Para todos ellos, el pertenecer es que les ha dado entidad: serían unos ilustres anónimos fuera del ámbito que conquistaron.

 

Los hijos de Helí, además de sinvergüenzas, eran unos pobres infelices que se contentaban con sus chuletas de cada día: para eso les sirvió el sacerdocio que recibieron de su familia.

Y terminaron mal: cuando fueron puestos para hacer lo único heroico y sagrado que les tocó en la vida, los filisteos los pasaron a cuchillo y les quitaron de las manos lo que no merecían llevar.

 

Esta será la prueba de detección para descubrir cuándo es auténtica la pertenencia:

Retiremos la pertenencia y veamos qué queda en la persona: porque en definitiva seremos juzgados por cómo hemos participado del Sacrificio.

 

 

 

P. Ismael

 

 

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AVE VERUM CORPUS NATUM EX MARIA VIRGINE!

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Santos Doctores tiene la Iglesia Santa que podrán hoy prestarnos sus palabras para colmar de alabanzas –siempre pobres- el Augustísimo Sacramento del Altar…

 

Con el mismo temblor y lágrimas con que hoy he ofrecido, indigno siervo, el Incruento Sacrificio, consciente de mi nada ante la Dulcísima Majestad del Sacramento, sólo me atrevo a transcribir la antífona del Ofertorio de la Misa de hoy:

 

Sacerdotes Domini incensum et panes offerunt Deo; et ideo sancti erunt Deo suo, et non polluent nomen eius, alleluia.

 

Los Sacerdotes del Señor ofrecen a Dios incienso y panes: por lo tanto serán santos para con su Dios, y no profanarán su nombre, aleluya.

 

Sacerdote hermano: hayas rezado o no este texto, hayas celebrado en el rito que fuera: tú sabes todo lo que esto comporta…

Tú sabes cuánta reparación y desagravio…

Por ti, y por mí…

P. Ismael

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La Fe trinitaria en la Misa Gregoriana

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 A. Durero. “Adoración de la Santísima Trinidad”

 

 

Instituida por el papa Juan XXII, en Avignon, el año 1334, la fiesta de la Santísima Trinidad, tiene por finalidad –concluido el tiempo pascual, en la octava de Pentecostés - iniciar el tiempo peranual, desde el centro mismo del corazón de la revelación del Dios revelado por Cristo: el Dios Uno y Trino.

Es la Gran Festividad de la Fe Católica.

 

La Santa Misa católica, tal como es definida por todos los Concilios, es la glorificación suprema que la Iglesia tributa al Padre, a quien se le otorga todo honor y toda gloria, por medio del único sacrificio de su Hijo único, en la unidad del amor que de entrambos procede: el Espíritu Santo.

La Misa católica es el sacrificio de la única Víctima que se ofrece, por los vivos y los fieles difuntos, a la Trinidad Beatísima como supremo culto de latría y perfecto acto propiciatorio, latréutico, impetratorio y eucarístico.

 

La presencia trinitaria en el rito de la Misa Gregoriana, expresa admirablemente la fe de la Iglesia en la distinción de las Divinas Personas y su Unidad de naturaleza.

Contrariamente a las liturgias orientales donde se multiplican las declaraciones trinitarias, el Novus Ordo minimiza considerablemente el dogma trinitario, al menos en sus expresiones oracionales que han sido reducidas a las mínimas indispensables.

 

Por recorrer someramente los grandes momentos trinitarios de la Santa Misa, citemos los textos más notables de mayor expresión de fe en el misterio de los misterios.

 

* El Gloria al final del salmo Iudica

 

* El Gloria, como versículo integral del salmo del Introito.

 

* Los Kyries:

Escribía Dom Próspero Guéranger: “Las tres primeras invocaciones van dirigidas al Padre que es Señor: Kyrie, eleison; las tres siguientes se dirigen al Hijo encarnado, esto es, a Cristo, y por eso dice: Christe, eleison; por último, las otras tres dirígense al Espíritu Santo, que con el Padre y el Hijos es Señor (Kyrios), y por esta razón se repite: Kyrie, eleison: Señor, ten piedad. El Hijo, decimos, es también Señor, con el Padre y el Espíritu Santo, pero la Iglesia emplea al hablar de Él la palabra Christe, por la relación de este vocablo con la Encarnación” (“La Santa Misa explicada”)

 

* Las signaciones con la señal de la cruz sobre sí mismo (signo trinitario) en el Introito, al final del Gloria, el Credo, el Sanctus, etc.

 

*El Gloria final del salmo “Lavabo inter inocentes” del lavabo.

 

* El Veni Sanctificator Spiritus.

 

*El “Suscipe Sancta Trinitas” del Ofertorio.

 

*Las domínicas peranuales, repetían invariablemente para que el misterio se grabase profundamente en la memoria de la fe, el Prefacio de Sanctissima Trinitate.

 

*Los signos de la cruz con la Hostia consagrada sobre el cáliz y sobre el corporal al Per Ipsum (tres veces sobre el cáliz y dos entre su pecho y cáliz)

 

Así explica el gesto Dom Guéranger:

La Iglesia Santa posee a su Esposo en estado de inmolación y sacrificio, pero sin embargo vivo.

Así quiere realzar en él esta cualidad de Dios vivo y la expresa por la reunión del cuerpo y de la sangre, colocando la hostia sobre el cáliz que contiene la preciosa sangre, para glorificar a Dios.

Entonces dice por boca del sacerdote: Per ipusm, por él es glorificado el Padre; et cum ipso, con él es glorificado, porque la gloria del Padre no es superior a la del Hijo, ni asilada de la Hijo (así, pues, ¡qué grandeza en este cum ipso!) et in ipso, en él es glorificado el Padre, pues la gloria que el Hijo da al Padre, está en el Hijo y no fuera de él, in ipso. Así pues, por él, con él y en él, se dan a Dios todo honor y gloria.

Dos veces más hace el sacerdote la señal de la cruz, sólo que la hace entre el cáliz y su pecho. ¿Por qué esta diferencia? Estas palabras nos lo dicen: Est tibi Deo Patri omnipotenti, in unitate Spiritus Sancti, como quiera que ni el Padre ni el Espíritu Santo han sido inmolados, no conviene que al nombrarlos se coloque la hostia encima de la sangre que perteneces únicamente al Hijo, por ser Él el único que se revistió de la humana naturaleza y fue inmolado por nosotros”(Op. Cit.)

 

* El “Placeat tibi, Sancta Trinitas” anterior a la bendición final.

 

De 23 declaraciones trinitarias que existen en el Ordo Gregoriano, han quedado solo 6 en la “Missa cum Populo” y 3 en la “Missa sine populo”.

 

Ello sin tener en cuenta, entre otras cosas, que –quitado el “mysterium fidei- del cuerpo de la consagración del cáliz, el Canon (que está dirigido totalmente al Padre, que recibe la oblación del Sacrificio de Cristo), la aclamación “Anunciamos tu Muerte…” desfocaliza la dirección de la plegaria dirigiéndose a Cristo, con una plegaria escatológica.

 

La reducción del número de profesiones trinitarias va alejando a los fieles de toda la tradición patrística que siempre pone en primer plano la distinción de las Divinas Personas y afirma luego su Unidad de Naturaleza.

 

Finalmente señalemos cierta tendencia semiarriana en algunas versiones del Credo del Novus Ordo, que traducen “consubstancial” por “de la misma naturaleza”.

Recordemos que “consubstancial” evoca la oposición total al arrianismo del Concilio de Nicea.

 

Preguntas finales:

¿Comprenden la mayoría de los fieles que la celebración Eucarística es, o debe ser la gran expresión cultual de la fe en la Santa e Individua Trinidad fundamento primero y último de toda la Verdad Revelada?

 

¿Tendremos, como el mismísimo Kasper señalaba: cristianos “simplemente deístas”, bastante ignorantes del Misterio del Dios Trino?

P. Ismael

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Jonás: profeta a la fuerza

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Como un acabado auto sacramental, en cuatro actos, la breve historia de este libro (una suerte de cuento bíblico, “simple narración” según los especialistas de la Biblia de Jerusalén, “histórico” para Mons. Straubinger –el mejor traductor de una Biblia “argentina”- ), con una intencionalidad marcadamente universalista respecto a la voluntad salvífica de Dios, pinta al vivo los avatares de un hombre que se encuentra, inopinadamente, con una misión que le desborda.

 

Estos cuatro actos del drama pueden designarse con títulos bien definidos:

 

* Primer Acto: Vocación y desobediencia de Jonás

 

* Segundo Acto: Jonás en el vientre del pez

 

* Tercer Acto: Jonás predica a los Ninivitas la conversión

 

* Cuarto Acto: Queja de Jonás

 

Sin pretensiones de exégesis crítica del texto profético, nos proponemos una lectura meditada, dando por sentado el conocimiento del pequeño libro por parte del paciente lector.

 

Primer Acto

 

Sucede muchas veces en nuestra vida, que Dios nos llama a cosas para las que no nos sentimos preparados.

Si nos ponemos a pensar todo el trabajo que el Señor ha encomendado a sus elegidos para sus profetas, podríamos reducirlo a una sola palabra: conversión.

Es toda la línea veterotestamentaria en su más estricta síntesis: llamar al pueblo de Israel y luego a todas las naciones a la conversión al Dios vivo y verdadero, que ha de continuarse armónicamente con la fuerte llamada a la conversión del Precursor (el último profeta del Antiguo y el primero del Nuevo Testamento) y del mismo Jesucristo: “El tiempo se ha cumplido, y se ha acercado el reino de Dios. Arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15)

 

Algunos profetas se lanzaron de cuerpo entero a la tarea, como en el caso de Isaías (cf. Is 6, 8) y alguno como Jeremías se excusaba diciendo “…no sé hablar, porque soy un adolescente” (cf. Jer 1, 6)

Otros, que nada tenían que ver con el profetismo, se hicieron cargo del mandato, más allá de su filiación y condiciones, como por ejemplo, Amós: “Yo no soy profeta, ni discípulo de profeta; soy pastor de ganado, y cultivo sicómoros. Pero el Señor me tomó de detrás del rebaño y me dijo ‘Ve y profetiza a Israel mi pueblo’” (Cf Am 7, 15)

 

Pero en el caso de nuestro Jonás (Yoná que significa paloma), apenas si podemos saber por qué Dios se metió con él.

Por eso se me ha venido al recuerdo aquello que mi madre tenía como latiguillo cuando alguno debía hacer algo que no le venía demasiado bien, citando el título de aquella película estrenada en 1932 (el año de su Primera Comunión): “Torero a la fuerza”…

 

Sí, Jonás fue “ordenado” a la fuerza. “Torero” para un rodeo totalmente desconocido, adverso, caótico, se vio puesto en un “redondé” que a simple vista le prometía algo más que una cornada…

Huyó cobardemente.

Pero no era tan cobarde como “caballero”. Cuando los marineros echaron suertes para ver por causa de quién sobrevino la tempestad en alta mar, supo confesar que “escapaba del Señor”.

Intentaron salvarlo, aligerando el peso de la nave. Pero en vano.

Él mismo, sin demasiadas vueltas, sugiere la solución: “Tomadme y echadme al mar, y el mar se os calmará, pues bien sé que por mi culpa ha venido sobre vosotros esta grande tempestad”

 

Cuando el profeta, o el sacerdote, huyen de su misión, no le hacen ningún bien ni a los que son enviados, ni a quienes le acompañan.

Cuando el profeta, o el sacerdote se camuflan para soslayar la incómoda tarea de predicar la auténtica conversión, no pueden menos que ser una desgracia para la sociedad y para la Iglesia.

Y cuando el profeta, o el sacerdote deciden arrojarse al mar de la infinita providencia y misericordia divinas, para cumplir su misión, a la sociedad y a la Iglesia retorna la verdadera quietud.

No nos extraña su miedo, su angustia, su “¿por qué a mí?”

 

También Juan María Vianney quiso, en cierta ocasión, huir de su pequeña villa de Ars, fatigado por sus luchas y en busca de la quietud de un monasterio… Tal era su “desesperación”.

Pero mucho más “desesperado” hubiese quedado su corazón, cuando descubriese que escapaba del camino de santidad, que haría de él el Santo Cura de Ars.

Para los hebreos Tarsis significaba un Finisterre, un punto lejano del Santuario de Sión donde habitaba el Altísimo.

Pero cualquiera sabía que Dios habita en todas partes y aún descendiendo al abismo, es imposible escapar de su Presencia.

 

¿Una infidelidad? ¿Una locura?

Una reacción humana. Nada más y nada menos.

 

Segundo Acto

 

“Un pez grande”. Es lo que dice simplemente el texto.

 

Los ictiólogos y las iluminaciones de los códices medievales sugieren un monstruoso squalus carcarias y la grandiosa pechina en el remate del Juicio Final de Miguel Ángel, parece mantener la tradición.

 

Hecho milagroso, sin duda, pues las condiciones de supervivencia en el vientre de un pez –del que se dice “lo tragó”, no que lo masticara- no son corrientes, si bien algún que otro dato histórico, refieren hechos similares.

El milagro es que Dios “hizo venir” a ese pez para salvar a Jonás.

 

Jesús mismo, describe el episodio en Mt 12, 40 -41, comparando su permanencia en el seno de la tierra con la estadía de Jonás en el vientre del pez y refiriéndose al efecto de conversión de su predicación en Nínive.

La misión que había de cumplir no sería frustrada por su acto de honestidad, que en otras circunstancias calificaríamos de suicidio.

 

Dios se las ingenia siempre.

¿Por qué dudar del milagro?

Si Dios creó los peces; el Señor Jesús los multiplicó en varias ocasiones; indicó por dónde había que echar las redes; mandó a Simón Pedro que buscase una moneda en un “pez alcancía” y después de su Resurrección, premia el esfuerzo de los Apóstoles con ciento cincuenta y tres peces grandes, ¿no podía disponer un pez “guardavidas” para quien había destinado a salvar a ciento veinte mil almas?

 

Y otra consideración: nunca sabemos por qué medios Dios nos preserva para que cumplamos lo que Él quiere, y cómo lo quiere.

 

Tercer Acto

 

Vomitado a tierra por el pez, a la orden de Dios, Jonás –la paloma salvada por el cetáceo- y sin ningún nuevo intento de excusas, el profeta se dispone a hacer lo que el Señor le indicará.

Fundada por Asur, originario de Babilonia, Nínive era un conglomerado de cuatro ciudades: Nínive, Rehobot, Calé y Resen (Gén 10, 11ss).

Un monstruo urbano lo esperaba… Más parecido a un barrio chino, que a las devotas callejuelas de Jerusalén.

Caminó un día entero con un mensaje poco ecuménico, según los criterios contemporáneos: “De aquí a cuarenta días, Nínive será destruida” (3,4).

Es que ocultarle al enfermo su mal, no lo cura de su enfermedad.

Y esto no es fácil ni grato para cualquier médico.

 

Bajo razones de comprensión y moral de situación, no nos atrevemos a la simple y fuerte urgencia que Dios nos impone al anunciar sus Mandamientos al mundo contemporáneo.

Sea porque, como decía Pío XII, se ha perdido la noción de pecado; sea porque con el caballito de batalla del diagnóstico “posmoderno” que todo lo explica, ya pensamos que el pueblo es incapaz de comprendernos; sea –lo que es peor- porque, en realidad, el pecado (lo que se designa bajo ese nombre) va mutando según la cultura y la construcción social, ya no llamamos a las cosas como Dios las llama desde la Revelación y la ley natural.

 

Sin conversión y penitencia, el mensaje evangélico resultará un edulcorante o una medicina homeopática para una humanidad enferma de ignorancia, a cuyo empeoramiento contribuyen los falsos profetas.

 

Y aquí viene otro milagro.

Los ninivitas no sólo se convirtieron de sus maldades, sino que creyeron en el Dios Verdadero, comenzando por el rey, quien dispone un original plan de penitencia para todos, extensivo a los animales (¡!).

¿Fue momentánea aquella conversión?

Por los datos de la misma Escritura, pareciera que sí.

Pero la lección está dada. Y es suficiente.

Dios se mueve a compasión cada vez que con sinceridad nos volvemos a Él: eso es convertirse. Y ya sabemos que la conversión no es una y única, sino múltiple: de toda la vida.

De allí que no queda lugar para el desaliento o la desidia en el anuncio.

 

Cuarto Acto

 

El desaliento le sobreviene ahora al pobre Jonás, profeta a la fuerza…

Un desaliento que se transforma en enojo: un verdadero berrinche.

Está “alunado” como un niño que tiene un mal despertar.

No es de los profetas que se gratifican con las conquistas que Dios ha obrado por su mediación.

Hay que respetar el temperamento de Jonás.

Seguramente le dolió que Dios tuviera clemencia de aquel gran reino que oprimía a su patria.

Tuvo una visión demasiado humana de la misericordia de Dios.

 

¿Qué más podía desear un corazón sacerdotal que su palabra moviese a penitencia? ¿Qué otra cosa era más preciosa que la gracia que Dios ofreció a todo un pueblo? ¿Por qué se molesta de que Dios sea bueno?

 

Sin embargo se enoja, aunque no deja de creer…

 

Nos resulta singularmente simpática su figura de anunciador de calamidades devenida en salvador que ahora, no teniendo vehículo para volverse a su tierra, se establece en una choza, en los límites de la gran ciudad, para ver qué pasaba.

 

Tal vez no estaba suficientemente convencido de la conversión de los ninivitas y se aprestaba a contemplar una lluvia de azufre, a la manera de Sodoma y Gomorra.

 

Aquí nos encontramos con lo más conmovedor del relato: la humorada de Dios y la rabieta de Jonás.

 

Jonás se desea la muerte.

Dios se compadece de su forzado profeta y manda crecer un árbol para que le dé sombra (kikahión, que Jerónimo traduce por hiedra, los LXX por calabacera y modernamente por ricino). Un arbolito que crece rápido y que alegra desproporcionadamente a Jonás quien se duerme a su sombra.

Pero al rayar el alba, Dios manda a otro bichito, esta vez un gusano, para que pique al arbusto y éste se seque.

Un sol rabioso y un viento abrasador del oriente caen sobre la cabeza del pobre Jonás.

Una vez más desea morir.

 

“Y Dios dijo a Jonás: ¿te parece bien enojarte a causa del ricino? Respondió él: Sí, me parece bien enojarme hasta la muerte. Y dijo el Señor: Tú tienes lástima del ricino, que ningún trabajo te ha costado, ni tú lo hiciste crecer, creció en una noche, y en una noche pereció. ¿Y yo no he de tener lástima de Nínive, la ciudad tan grande, en la cual hay más de ciento veinte mil almas que no saben discernir su mano derecha de la izquierda, y muchísimos animales?”

Y con esta respuesta de Dios termina el libro más singular de los llamados Profetas Menores.

 

Por poca cosa se alegró Jonás y por poca cosa se angustió.

¿Es un niño enrabietado capaz de golpearse la cabeza contra el suelo por un juguete roto?

¿O es un hombre cansado?

Las dos cosas tal vez.

 

Aquellos ninivitas son imagen del mundo actual: ya no discierne. Toma lo malo por bueno, y lo bueno por malo.

Nos espera a nosotros, profetas y sacerdotes, para que les enseñemos también la “elementalidad” de su izquierda y su derecha.

Y ello puede ser muy duro para nosotros.

Pero es la grandeza de Dios.

 

Jonás nos enseña a comprender al párroco cascarrabias y agotado, al teólogo y al liturgo desanimado, al misionero a quien se le vino el mundo encima.

Y Dios nos enseña que su amor y su misericordia son eternos.

 

Más eternos que un ricino…

P. Ismael

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La Fe en la Argentina de 1945

¿Escucharemos algo así en los próximos “festejos”?


Aproximándose la celebración del II Centenario de la Patria, transcribo la Consagración de la Nación Argentina al Sagrado Corazón de Jesús, formulada por el Venerable Episcopado Argentino* y solemnemente efectuada el 28 de octubre de 1945.


Nótese su fundamento evangélico, su teología católica, la altura de los valores, la cultura de sus redactores, entre muchas cosas de notar…


Cualquier desemejanza con la realidad (eclesial y socio cultural) actual, es absoluta causalidad.


Para pensar, comparar y reparar…


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“Corazón sacratísimo de Jesús, Verbo eterno, hecho hombre, que con el Padre y el Espíritu Santo nos has creado y que en las alturas del Calvario con tu pasión y muerte nos has redimido, siendo así doblemente Señor Nuestro, los Pastores de esta tu Nación privilegiada, juntamente con todo su pueblo, están postrados ante la Hostia sacrosanta en la que palpita real y verdaderamente tu divino Corazón.**


Desde las ciudades populosas y desde los pequeños poblados de nuestra Patria, desde sus amplias llanuras y desde sus altas montañas, desde los hogares modestos y desde las suntuosas moradas, nos hemos congregado a millares junto a Ti, con fe, con gratitud y con amor.


La Fe católica que nos ha traído hasta aquí y que nos infundiste en el Bautismo, es la fe de nuestros próceres, de nuestras madres, de nuestros estadistas, que en el preámbulo de la Constitución te proclamaron fuente de toda razón y justicia.


Nuestra gratitud profunda tiene origen en la inmensa caridad con que nos amaste desde toda la eternidad en el seno de la Trinidad Beatísima, y que se manifiesta en Belén al nacer, en la cruz al morir, en el Sagrario al quedarte en medio de nosotros, en los beneficios sin cuento que has derramado sobre nuestra Nación, que confesamos no merecer, y que, por lo mismo, comprometen en mayor grado nuestro sincero agradecimiento.


¿Cómo podríamos afirmar que agradecemos tus innumerables dones, si la llama del amor hacia Ti no abrasa a nuestro pobre corazón?


Con estos sentimientos, humildemente contritos de nuestras faltas, como manifestación externa de nuestro acendrado amor, accediendo a tus más vivos anhelos, hoy estamos ante Tu presencia para suplicarte que te dignes aceptar nuestra consagración irrevocable y la de nuestra Patria a tu Divino Corazón.


Corazón sacratísimo de Jesús: los Obispos y el Clero nos consagramos a Ti. Haz que los Pastores al apacentar tu grey seamos sucesores dignos de los Apóstoles y que los Sacerdotes con la palabra y el ejemplo, manifiesten que son otros Cristos.


Corazón sacratísimo de Jesús: te consagramos nuestras Diócesis y nuestras Parroquias para que sean pregoneras celosas de tu Evangelio, y canales copiosos de tu gracia transmitida por los Sacramentos.


Corazón sacratísimo de Jesús: te consagramos los Institutos religiosos: para que florezca siempre en ellos tu espíritu, y las asociaciones de piedad, de apostolado, de cultura y caridad, para que sean infatigables con la plegaria y la acción en dilatar tu reinado en medio de los hombres.


Corazón sacratísimo de Jesús: te consagramos los hogares para que en ellos reine siempre la dulce paz de tu hogar de Nazaret, te consagramos los padres y las madres para que los ayudes a practicar los ejemplos de tu Madre María Santísima y de tu padre adoptivo San José; te consagramos los niños para que sean cual Tu eras en esa edad feliz; te consagramos los jóvenes para que dediquen la lozanía de la vida a la adquisición de sólidas virtudes, al estudio y al trabajo que los capacitará para ser ciudadanos probos y eficientes; te consagramos los ancianos para que los reconfortes hasta los instantes postreros de su vida.


Corazón sacratísimo de Jesús: los que tenemos la dicha de habitar este suelo que miras con bondadosa predilección, al consagrarnos a Ti para siempre recogiendo el clamor que brota incontenible del pecho de sus habitantes, te consagramos nuestra Patria, heredad bendita que recibimos de nuestros mayores para que sea como ellos la idearon: hija de tu Evangelio, hogar venturoso de paz y de concordia, morada feliz de hombres cultos, buenos y laboriosos al influjo de tus más selectas bendiciones, que imploramos.


Antes de terminar permítenos que, recordándote tu promesa, te supliquemos inscribas nuestros nombres en tu Sagrado Corazón y que durante nuestra vida no permitas que jamás nos separemos de Ti, para que por toda la eternidad podamos participar de tu gloria, Señor Jesús, que con el Padre y el Espíritu Santo vives y reinas por los siglos de los siglos. Así sea”.


Notas:

* in illo tempore, apenas superando una veintena, venerables por las virtudes, el episcopado aún no conformaba la numerosa y democrática “Conferencia Episcopal”


**he vertido el tratamiento “Vos”, para estar al día con los ajustes idiomáticos impuestos…


P.Ismael


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San Pío V

“Deus , qui ad conterendos Ecclesiae tuae hostes,

et ad divinum cultum reparandum,

beatum Pium Pontificem maximum eligere dignatus es;

fac nos ipsius defendi praesidiis,

et ita tuis inhaerere obsequiis:

ut, omnium hostim superatis insidiis,

perpetua pace laetemur.

Per Dominum…”


“Oh Dios, que te dignaste elegir a San Pío

como Pontífice Máximo, para repeler a los enemigos

de tu Iglesia y reparar el culto divino;

haz seamos defendidos con su auxilio,

y que de tal modo nos demos a tu servicio, que,

vencidas las asechanzas de todos los enemigos,

gocemos de perpetua paz.

Por Nuestro Señor Jesucristo…”


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Su breve pontificado fue uno de los más gloriosos del siglo XVI.

A los 14 años ingresó en la Orden Dominicana.

Al ser elegido Papa, en nada cambió su vida austera y piadosa, con excepción de sus hábitos externos. Según la tradición, fue el primer Papa que comenzó a vestir la sotana blanca, en recuerdo de su hábito dominico.

 

Es el Papa de la Victoria de Lepanto y el gran codificador del Misal (Bula “Quo primum tempore” a. 1570), que ha partir de ese entonces se lo ha denominado comúnmente, el “Misal de San Pío V”.

Murió el 1º de mayo de 1572.

 

No imaginaba él que tras cuatrocientos años de uso (sin contar la forma sustancial de la Misa Gregoriana que databa de muchos siglos atrás) aquel Misal, obra de eruditos y santos, que fuera sancionado de forma solemne y definitiva y comprometiendo su Autoridad Apostólica, habría de considerarse proscripto por casi la Iglesia Universal.

 

No me imaginaba yo, cuando con lágrimas en los ojos, al visitar el impresionante cenotafio que remata su tumba en Santa María la Mayor, hace mucho tiempo, creía estar haciendo una súplica absurda: el retorno de la Misa de siempre.

 

No imaginábamos que la bondad y la sabiduría del Papa Benedicto a quien con justeza se le aplica el título de “gloria olivi” (la gloria del olivo) habría de derramar el bálsamo del consuelo sobre la Iglesia de Cristo, al restituir el Rito que celebraron los grandes Santos y del que se nutrieron generaciones y generaciones de católicos.

 

Hoy he vuelto a celebrar su fiesta (que en el calendario para la “Forma Extraordinaria” corresponde al 5 de mayo) con profunda emoción y gratitud.

 

Gratitud a nuestro amado Pontífice reinante y emoción por saber y sentir que las puertas de la insensatez no prevalecieron sobre la Iglesia et non praevalevunt…

 

      LAUS DEO, VIRGINIQUE MATRI


P. Ismael


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