“Cuando era protestante yo notaba que mi religión era seca y triste, pero no mi vida; sin embargo siendo católico mi vida es triste y seca, pero no mi religión”

(Card. John Henry Newman)

________

Septuagésima: paraíso y tiempo perdidos

A los pequeños Antonio y Paquito,

que me preguntan por la Septuagésima.

 

The_Expulsion_of_Adam_and_Eve_from_the_Garden_of_Paradise_Alexandre_Cabanel

 

 

Con las primeras Vísperas del primer Domingo de Septuagésima, iniciamos (en el Año Litúrgico tradicional) un período de semanas preparatorias al santo tiempo de Cuaresma.

Con la finalidad de no llegar sin la adecuada preparación espiritual a la Cuaresma, la Iglesia instituyó la Septuagésima, desde tiempos anteriores a San Gregorio Magno, quien la sancionó definitivamente este período, con características propias y bien definidas, el cual algunos liturgistas denominaron Antecuaresma.

 

Escribe el P. Azcárate en su inmortal obra “La Flor de la liturgia”:

“Los nombres de Septuagésima, Sexagésima, y Quinquagésima con que se distingue cada uno de estos tres domingos,, son derivados del de Quadragésima, con que los latinos designaron a la Cuaresma. La etimología es obvia; pero en cambio no es exacto su significado matemático; pues si bien el domingo de Cuaresma es, numéricamente el día “cuadragésimo” antes de Pascua, éstos otros tres no son ni el “quinquagésimo”, ni el “sexagésimo”, ni el “septuagésimo”; ya que la semana sólo consta de siete días, no de diez, y el número total de días, entre la Cuaresma y la Septuagésima, es de 61, no de 70. La denominación es, pues, una derivación lógica de la palabra Quadragésima; pero no indica el orden matemático que expresa”

 

A partir de hoy desaparece el jubiloso “Alleluia” de todos los oficios litúrgicos. El “benedicamus Domino. Alleluia, alleluia” de las Primeras Vísperas de hoy hace resonar por última vez esta expresión tan familiar para nosotros, como señal de regocijo.

En la Edad Media tuvo tal relevancia esta “despedida” del Aleluya que se compusieron oficios dedicados a demostrar sentimientos de afecto ante el Aleluya al que se despedía como a un viajero que emprendía un largo camino, para luego retornar el Sábado Santo.

A modo de ejemplo citamos un candoroso texto de la liturgia mozárabe:

“¿Te vas, Aleluya? Pues que tengas un buen viaje, y vuelvas contento a visitarnos. Aleluya.

Los Ángeles te llevarán en sus brazos para que no tropiece tu pie, y vuelvas de nueva a visitarnos”.

Aún en el ámbito extralitúrgico se celebraba, como un juego de niños, el así llamado entierro del Aleluya” llevado a cabo por los monaguillos en el cementerio parroquial.

 

Pero el sentido más profundo de la Septuagésima, tal y como lo van señalando los textos litúrgicos, es la toma de conciencia de nuestra más profunda realidad humana y llenar nuestros corazones de aquella sensatez que pide el salmista, para calcular nuestros años y no perder el tiempo.

 

El Catecismo Mayor de San Pío X sintetiza el sentido de la Septuagésima y las semanas que le siguen:

“En los divinos oficios de la semana de septuagésima, la Iglesia nos representa la caída de nuestros primeros padres y su justo castigo; en los de sexagésima, el diluvio universal, enviado por Dios para castigo de los pecadores, y en los tres primeros días de la semana de quincuagésima, la vocación de Abrahán y el premio dado por Dios a su obediencia y a su fe.

En este tiempo, aún más que en otro cualquiera, se ven tantos desórdenes en algunos cristianos por la malignidad del demonio, que queriendo contrariar los designios de la Iglesia, hace los mayores esfuerzos para inducir a los cristianos a que vivan según los dictámenes del mundo y de la carne.”

(Cf. Cap. Parte V, cap. V, 33; 34 “De las virtudes principales y de otras cosas necesarias que ha de saber el cristiano”)

 

Es de sabios comenzar por el principio.

Y la Liturgia Católica, que es sabia, nos hace empezar desde el principio.

¿Cuál es el sentido de la Cuaresma? ¿Por qué la penitencia y la mortificación? ¿Por qué las obras de caridad y la oración más intensa?

Sabiamente instituida, la Septuagésima consigue que no nos sorprenda el Miércoles de Ceniza sin saber por qué nuestro párroco esparce en la cabeza de los fieles aquel signo penitencial.

 

Por ello, el primer gran tema de ese Tiempo es el “origen” del pecado y sus consecuencias.

Es dogma de fe que la caída de los Primeros Padres en el Paraíso (que se transmitiría a sus descendientes por generación, no por imitación), denominada “pecado original” es la “muerte del alma”, mors animae (Conc. Trento, Dz 789), vale decir, la carencia de la vida sobrenatural, o de la gracia santificante.

Por lo que el pecado original consiste en el estado de privación de la gracia, que tiene su causa en el voluntario pecado actual de Adán, cabeza del género humano.

Este pecado (originante en Adán y originado en nosotros) ha despojado al hombre de sus bienes sobrenaturales y herido en los naturales (spoliatus gratuitis, vulneratus in naturalibus)

 

En relación a la vulneración de la naturaleza, la doctrina católica no la concibe como una total corrupción de la misma: aún en estado de pecado original el hombre tiene la facultad de conocer la verdades religiosas naturales y de realizar acciones moralmente buenas en el orden natural.

El Concilio tridentino enseña que por el pecado de Adán no se perdió ni quedó extinguido el libre albedrío (Dz 815)

 

La herida abierta en la naturaleza, interesa al cuerpo y al alma.

 

Heridas del cuerpo: + passibilitas (parirás con dolor, etc.)

+ mortalitas (morirás de muerte)

Heridas del alma (opuestas respectivamente a las cuatro virtudes cardinales):

+ ignorancia -------------prudencia

+ malicia -----------------justicia

+ fragilidad --------------fortaleza

+ concupiscencia --------templanza

 

Añadamos a esto consecuencias derivadas, tales como el desorden interior, la aparición del pudor, el desajuste con la naturaleza creada (natura naturata): “la tierra te producirá abrojos…” la lucha entre hermanos, pueblos; etc. etc.

 

estrella

 

Ignorar el pecado original, además de herético, es una soberana gansada roussoniana.

Sin embargo asistimos con frecuencia a la triste constatación que este tema medular de la Fe (no por “bonito” sino por fundante de la historia de la Salvación) es soslayado en la enseñanza práctica de nuestras catequesis y desconocido totalmente a la hora de sacar conclusiones bien prácticas y concretas sobre la concepción del hombre y su educación cristiana.

La pérdida en el nuevo ciclo litúrgico del tiempo de Septuagésima, es otro indicador de la sensible y progresiva pérdida del sentido del pecado y del creciente –aunque desmentido por la realidad- optimismo que impulsó a los cráneos litúrgicos y pastoralistas.

 

¿Ingenuidad? ¿malicia? ¿ambas cosas juntas? (porque todo es posible) No lo sabemos.

Lo que sí sabemos es que no sólo se prescinde de este punto esencial (y picajoso) de nuestra Fe, sino que se actúa como si el hombre no hubiese sido afectado por esta realidad que lo hiere desde su concepción misma: nuestros colegios (llamados) católicos, nuestras asociaciones, grupos o movimientos (llamados) católicos parecieran desconocer la inclinación al pecado, el pecado mismo que a todos nos afecta.

 

La escuela mixta, los infaltables “campamentos”, entre otras variadas realidades, se han construido sobre el desconocimiento de esta vulneración de la humana naturaleza como si fuésemos ángeles; inmunes de toda vinculación con aquel lejano y folclórico relato del Génesis.

Desconocer la realidad del pecado no es un recurso catequístico para iniciar a nuestros niños y jóvenes en la vivencia de los valores evangélicos.

 

Nuestro Señor Jesucristo nos dejó bien claro su conocimiento sobre nuestra naturaleza (la que Él posee verdaderamente, con excepción del pecado original o personal e inmunidad de toda concupiscencia) cuando nos dijo: “Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos…”

La catequesis actual, influenciada por el pascualismo teológico y litúrgico imperante, pasa por alto la verdad del pecado original y sus consecuencias, para lanzarse en un salto suicida al alegre festejo de un hombre redimido, no sabemos de qué.

 

Que el perdido tiempo de Septuagésima no sea tiempo perdido para nosotros y volvamos, una vez más a la vigilancia y sensatez de entender que aunque se vista de seda, el pecado pecado siempre se queda…

 

P. Ismael

 

linea_pluma

Inés: cordera del Cordero

 

 

glorifico nomen tuum in aeternum”

(Antífona de Vísperas)

 

 

 

 

st_agnes

 

 

 

En el la fiesta de Santa Inés, transcribo este “poema en vuelo” de su libro El río ensimismado” de mi recordado y apenas reconocido sacerdote-poeta, el Canónigo Edmundo García Caffarena: un hombre tan difícil y apasionado como el Evangelio mismo…

 

Para alimento de la piedad y examen de los Pastores…

 

“Letrilla del Evangelio”

 

“He aquí el Cordero Dios” Juan, I,2.

“Yo soy el Buen Pastor” Juan, X, 14.

 

 

Juan repite: “Es Buen Pastor”

Y el Bautista: “Es el Cordero”

¿Quién se pudo equivocar

si a los dos debió inspirar

el Espíritu de Amor?

Él nos lo puede aclarar:

fue Cordero y es Pastor.

 

Pedía la oveja mejor

pastor, cansada de errar

en manos del embustero.

No alcanzó otro conductor,

sino Aquél, que sin balar

fue llevado al matadero.

Para llegar a Pastor,

primero hay que ser Cordero.

 

No llegaré a bien mandar

si no he servido primero

si hasta la muerte, mejor

pues vivo lo que es amor

y de otro modo no quiero.

Para llegar a pastor

lo mejor es ser primero

cordero.

 

estrella

 

 

Dulce niña, mansa como tu manso Maestro,

que tu nombre sea para nosotros

lección de martirio

y esponsal misterio…

Y aprendamos quienes pastores nos llamamos

a ser corderos por dentro.

 

P. Ismael

 

 

linea_pluma

El Bautismo del Señor

 

…intus reformari mereamur”

que seamos interiormente reformados”

 

(Oración del día)

 

 

 

187783_bautismodecristoperugino

 

 

 

Completando la trilogía epifánica junto a la adoración de los Magos y el primer milagro a instancias de Santísima Madre, en Caná de Galilea, el Bautismo del Jesús en el Jordán, constituye el luminoso escenario que preanuncia la salvación que vino a traernos el Verbo de Dios Encarnado mediante sus Sacramentos.

 

Entremezclado entre los pecadores, Aquel que no consideró su divinidad como algo que debía guardar celosamente (cf. Flp 2) se humilla hasta el gesto (no solamente exterior) de recibir una ablución penitencial.

¡El Cordero inocente que había de quitar el pecado del mundo insiste ante la resistencia del Precursor que lo sumerja en las aguas del Jordán para cumplir toda justicia! (Cf Mt 3,15)

 

A más de un monofisita le hubiese gustado que el Señor obviase este gesto tan comprometedor, anticipo de aquella bendita costumbre de Jesús de Nazaret de meterse entre los indeseables (pecadores, publicanos, meretrices y demás desconocedores de la Ley)

De hecho, su inclinación por estos miserables, le acarreará la perpetua antipatía de los purísimos fariseos que acecharán constantemente las actitudes de benevolencia y misericordia sobre aquellas masas.

 

“Misereor super turbam…” “Me da pena esta gran masa de gente…”

 

Y por ello, ante esta multitud de pecadores que acudían a Juan para confesar sus miserias y ante la mirada de nuestra fe, el Evangelio nos describe con detalles más que impresionantes la testificación del Cielo sobre el Hijo predilecto del Padre, que nos manda escucharle...

“Los cielos se abrieron y el Espíritu Santo, bajo la forma corporal de una paloma descendió sobre Él y se oyó la voz del Padre: este es mi Hijo..”

 

Nuestro propio Bautismo, prefigurado en el episodio del Jordán, prometido en el diálogo con Nicodemo e instituido antes de la Ascensión, encuentra en esta fiesta un motivo para remozarnos en el espíritu de audacia que nos hace llamar a Dios “Padre”.

 

Llamar Padre a Dios supone, inicialmente, un indispensable sentimiento (sentido) de humildad.

Yo no soy más hijo que los demás hijos de Dios. Soy tan hijo como ellos.

Y tan pecador.

“Audemus dicere…” “Nos atrevemos a decir…”

Sí. Es un verdadero “atrevimiento”. Un divino atrevimiento al que nos animó Nuestro Señor cuando nos enseñó cómo y con qué palabras debemos dirigirnos a Dios.

El fundamento bautismal es el reconocimiento de no merecer ser ni llamarse “hijo adoptivo de Dios”.

Dios ha querido que no sólo nos llamemos sino que en verdad lo seamos.

Y ello no puede vivirse sin la conciencia de ser pobres pecadores amados libérrima y gratuitamente por Dios.

 

“…El os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego” (Cf Lc 3, 16)

 

En tanto que el bautismo en el Espíritu Santo es el sello sacramental (indeleble) que marca nuestra alma como propiedad divina, principio operativo de la vida espiritual cristiana; el bautismo “en fuego”, podríamos entenderlo como lo explica el Crisóstomo: “Y así como Jesucristo llama agua a la gracia del Espíritu, manifestando por la palabra agua la pureza que produce, a la vez que el inmenso consuelo que introduce en nuestras almas; así San Juan (Bautista) con la palabra fuego expresa el fervor y la rectitud dela gracias, como también la destrucción de los pecados” (Hom 11, in Matth)

Estrechamente unido a la gracia de la humildad (porque ser verdaderamente humilde es gracia de Dios) se halla el fervor (ardor de fuego) propio de quien no puede menos que “arder” en su corazón por saberse Hijo de Dios.

 

Audacia y fervor sintetizan el espíritu del bautizado.

 

Las estadísticas anuales que transcriben las cifras de bautizados en el mundo dan cuenta de una razón meramente numérica.

Hay muchos bautizados. Eso es lo que se puede contar

 

Esperando que respondiese “La Gioconda o la Victoria de Samotracia” le preguntaron a un famoso cineasta de cuestionable moralidad e incuestionable inteligencia qué salvaría del Louvre si éste se incendiase.

A lo que instantáneamente contestó: “¡El fuego!”

Mutatis mutandis, si nos preguntaran qué debemos salvar de nuestro cristianismo –ese que el Divino Redentor inauguró con los misterios de su Epifanía- no dudemos que Su fuego es lo que debe ser salvado.

 

P. Ismael

 

 

linea_pluma

Epifanía, llamado y camino

“Esta estrella resplandece como

una llama,  y muestra al Rey de los reyes;

los Magos la vieron y ofrecieron dones al gran Rey”

(5ta. ant. Laudes. Brev. Romanum)

 

400_1199511580_reyes-magos

En el Calendario litúrgico tradicional el Tiempo de Epifanía se extiende hasta el comienzo de Septuagésima, que este año comienza el domingo 31 de enero.

Hasta esa fecha la Iglesia, iluminada por el fulgor de la Epifanía del Señor, saborea el misterio de la manifestación del Hijo de Dios.

 

El destino de los Magos

 

Que Dios se revela como, cuando y a quienes Él quiere, es una realidad de la que da cuenta la misma Escritura la que, a lo largo de su extensión histórica y literaria va refiriendo de forma impresionante la voluntad salvífica universal de un Dios que vino a ser para todos, el Niño que se nos ha dado.

Habiendo Dios hablado de muchas maneras en otro tiempo, ahora se nos ha revelado en Su Hijo Único… (Cf Heb 1,1 ss)

 

Por esas “muchas maneras” podemos entender no sólo las comunicaciones directas de la divina revelación al pueblo escogido, sino extender además –según el auténtico sentido de la Escritura- otras formas de divina intervención en la historia de la humanidad más allá de los límites de la verdadera religión depositada en Israel y llevada a plenitud por nuestro Señor Jesucristo.

 

El esplendor de la Epifanía, que se prolonga a través de estos días, ofreciéndonos preciosos textos de la Escritura y los Padres, es tan deslumbrante que nos lleva de la mano a la consideración de la bondad infinita de Dios para con los hombres de todo tiempo y lugar.

 

El pueblo escogido estaba más que acostumbrado a los ángeles: ellos revolotean por todas las páginas de la Biblia y eran los autorizados heraldos de Dios para las grandes noticias y los fuertes guerreros protectores de la nación y los individuos.

No es de extrañar que para el anuncio de la concepción del Bautista y de la Encarnación del Redentor, Dios Padre haya señalado a San Gabriel (“Fortaleza de Dios”) como su embajador para indicar la fuerza incontenible de la voz que clama en el desierto y la acción salvífica del Fuerte León de Judá, el Mesías Salvador.

 

Son los coros angélicos los que después del anuncio de otro ángel, llenarán el cielo de Belén con el primer Gloria in excelsis Deo de la historia.

Efectivamente, es por mediación de un ángel que Dios comunica a los pastores el nacimiento del Salvador: “se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvía con su luz, quedando ellos sobrecogidos de gran temor...” (Cf Lc 2, 9 y ss)

Para un pueblo acostumbrado a los ángeles, son los ángeles quienes le llevan a Belén a ver esto que el Señor nos ha anunciado (Lc 2, 15)

 

¿Y para los paganos? ¿Tomará Dios el mismo procedimiento? ¿Serán los espíritus celestiales quienes les llamen a Belén?

La historia sagrada nos dice que Dios tomó otro camino, otro recurso…

Para que los paganos volvieran a Él “por otro camino” (cf Mt 2, 12)

La sabiduría divina que, como centella de luz, también se difundió entre los paganos, los dirige al Dios verdadero por el camino por el que ellos intentaban transitar: la ciencia de las cosas superiores.

 

Cuando la ciencia procede de un intelecto límpido, de una intención pura, teniendo en Dios su mismo origen, no puede dejar en tinieblas a los hombres que buscan a Dios con sinceridad de corazón…

 

Los Magos miraban constantemente las estrellas, criaturas sublimes del firmamento, creadas por Dios.

Ellas habían sido “colgadas” en el espacio por el Señor, el cuarto día de la Creación, como luminarias en la oscuridad (Gén 1, 4)

A los pueblos circunvecinos de Israel esta imagen ciertamente les escandalizaría bastante: que aquellas divinidades celestes fuesen tratadas por el relato del Génesis casi como faroles y semáforos de la noche…

Sin embargo, a un selecto grupo de científicos con fe en lo invisible, una estrella no les significó un objeto de adoración: más bien una flecha direccionada hacia la trascendencia de un Dios personal.

 

Así es como fue una estrella la que “habló” a aquellos hombres sabios que se despidieron de sus familias respectivas con un: me voy a seguir un cometa… no sé cuándo regresaré…

La Epifanía es una auténtica fiesta “ecuménica”: todos son llamados por el Dios Verdadero a la Verdadera Fe.

Y para los Magos ya no hubo otro dios que el Dios que se hizo Hombre: Jesucristo.

 

Ciencia, intuición, confianza, audacia: combinación admirable de estos misteriosos hombres para quienes el misterio se hace Luz a partir de aquello que les era propio y familiar: mirar al cielo.

Y en el cielo es donde se les manifiesta el signo divino.

A un ángel no lo hubiesen entendido y seguido.

 

Pero como todo tiene su unión, también podemos pensar –con el Angélico y el Dante- que si cada estrella es movida por un espíritu celestial, la “peregrina” estrella de Belén fue “empujada” por su ángel y los Magos empujados por Dios…

Por donde no dejará de comprobarse una vez más que Dios es el Primer Motor y conduce a todos a la feliz oportunidad de encontrar la salvación.

 

reyes%20magos

El arca que contiene las reliquias de los Reyes Magos. Catedral de Colonia.

 

El destino de los dones

 

Si los Magos fueron como mínimo tres o superaron la docena (ello se lo dejamos al misterio de la “leyenda”) no lo sabemos con certeza.

Si fueron Reyes, tampoco.

 

Razonablemente podemos suponer que se trataba de sabios o científicos nada corrientes y con sobrados recursos para semejante viaje.

Que pertenecerían a la nobleza de sus naciones es muy verosímil si tenemos en cuenta la cualidad de los dones ofrecidos al Divino Infante.

El texto de Mateo dice: “… y abriendo sus tesoros, le ofrecieron como dones oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11)

No se trataría de una cantidad exigua ciertamente.

 

Podemos preguntarnos entonces qué destino tuvieron tales presentes y cómo los administrarían los castísimos padres del recién Nacido con tan escaso ajuar como el que tenían al momento de la sorprendente visita de aquel cortejo.

 

Lo que no llena la información revelada no le está vedado a nuestra piedad contemplarlo a la luz del espíritu del Evangelio.

 

Si a la vuelta de Egipto José se instala en Nazaret y retoma su humilde oficio de artesano, podemos preguntarnos: ¿qué fue de aquel oro que poco tiempo atrás le entregaron los magos orientales?

 

No sería absurdo pensar que, si al momento de la Presentación del Niño en el Templo, José ofrece un par de pichones de paloma (ofrenda de los pobres, ya que quienes contaban con recursos ofrecían un corderito) y, llegados a Egipto, y allí seguir trabajando José; los padres de Jesús hayan practicado anticipadamente el precepto del Maestro: entregar todo a los pobres para tener un tesoro en el cielo.

 

¿Y con aquella cantidad del rico y sublime incienso? ¿Qué pudieron hacer? ¿Qué destino le correspondía a la santa resina que sólo se quema en el culto divino?

Es posible que lo llevaran con todo amor al Templo para que los sacerdotes encargados de ofrecerlo cada día a la hora del sacrificio, lo quemaran en la Presencia de Aquel que se sienta sobre los Querubines.

 

Nos parece que María sólo guardó consigo la perfumada y amarga mirra:

aquel don que significa la Santísima Humanidad de Jesús.

Sí. Porque así quiso presentarse el Hijo de Dios: revestido de la carne mortal, semejante al hombre al que venía a redimir.

Nuestra Señora pudo no verlo todo en aquel momento.

Pero todo lo guardaba en su corazón.

Y su corazón de Madre intuía que de los tres dones recibidos aquel magnífico día, éste sí lo usaría para su Jesús…

P. Ismael

linea_pluma

La Epifanía, festín oriental

Reges Arabum et Saba

dona adducent.

 

Fra_Angelico_-_Adoracion_de_los_Magos

Fra Angelico. Adoración de los Magos.

(Nótese la delicada caricia del Niño sobre la cabeza del anciano rey)

 

De institución litúrgica mucho más antigua que la Navidad, la fiesta de la Epifanía del Señor, originada en oriente y luego traspasada a Roma, constituye uno de los más espléndidos “estallidos” de teología, arte y “leyenda” que muestre el ciclo cristológico de nuestro Año Litúrgico.

 

La trilogía Adoración de los Magos – Bautismo de Jesús – Primer milagro en Caná, conforma el tríptico teológico-litúrgico de esta festividad, celebrada como la manifestación del gran misterio de piedad a todos los pueblos de la tierra.

En tanto que la Navidad entraña el sentido más intimista de llamado a los pastores (los pobres de Yahvéh –annawin-, que aguardaban el consuelo de Isarel), la Epifanía del Señor es la fiesta más cargada de refulgentes connotaciones a la gloriosa manifestación del Mesías y su llamado universal: Cristo ha aparecido hoy sobre la tierra: venid a adorarlo.

 

Los textos de la Escritura escogidos cuidadosamente por la liturgia son un verdadero festival oriental de luz, colorido y resonancias tan intenso que de las escenas de la vida de Jesús que ha tratado el arte cristiano, no se puede encontrar otra que haya tenido tantas expresiones pictóricas de las que dan cuenta las más ricas colecciones de los grandes museos.

Especialmente el arte flamenco, el italiano, las escuelas italianas y españolas de la pintura cuentan con un número altamente significativo de piezas de paneles, retablos, lienzos y esculturas más cuantiosas que otros motivos de la Vida del Redentor.

Otro tanto podrá decirse de cuánto el carácter “oriental” del acontecimiento ha inspirado antiquísimas leyendas y costumbres inmemoriales.

 

Ello es indicador de lo subyugante del misterio y del encanto que desde la más remota antigüedad suscitó la Adoración de los Magos en la fe y los sentimientos de los cristianos, tanto de oriente, como de occidente.

 

Vamos, por sobre la verdad histórica revelada por el relato de San Mateo, a detenernos en varias y deliciosas leyendas que circulaban en oriente sobre estos misteriosos personajes, a los que el evangelista del ángel llama simplemente “Magos venidos de oriente”, sin decir que se tratara de reyes, ni especificar su número y las circunstancias de su aventurado viaje y entrada en la conmocionada Ciudad Santa de Jerusalén.

 

Escribe Chesterton, refiriéndose a los valores de la “leyenda”: “De toda nuestra cultura surge la noción de que han de venir mejores días.Y los hombres de las Edades bárbaras estaban convencidos de que se habían ido los días felices. Creían ver la luz hacia atrás, y hacia delante adivinaban la sombra de nuevos daños… en cambio, la situación de aquellos hombres era tal, que esperaban, si, pero esperaban, si vale decirlo, del pasado…”  (aut. cit. “Pequeña historia de Inglaterra)

 

Sobre este principio y sobre la base de un original artículo de Juan Francisco Giacobbe * en que sostiene que la leyenda es “una necesidad lírica de la vida, y es, por lo mismo, una ansiedad de embellecimiento y de enaltecimiento de todo aquello que es fatalmente útil, necesariamente feo y obligatoriamente vulgar. Porque de aquella misteriosa necesidad de excelencia, que anima al hombre en querer transformar la cruda sucesión de los hechos monótonamente ordinarios, nace la leyenda”; arrimamos a la cierta y segura verdad histórica del misterio de la Epifanía, el misterio humano del asombro y la ingenuidad de la leyenda, que no por leyenda, puede dejar de ser real…

 

estrella

 

Desde hace dieciocho siglos, en lengua árabe y en lengua siria, los padres y los abuelos decían a sus niños: “Hoy es Navidad (nótese que para ese entonces se celebraba una única fiesta con esta impronta epifánica), Jesús fue adorado, primero por los pastores, que eran sus semejantes, pobres y puros, y después fue adorado por los Reyes Magos. Estos Reyes venían de Persia, sabían adivinar y adoraban las estrellas”

 

“En esa noche, un ángel guardián del cielo se les apareció mientras estaban en un festín espléndido y les anunció el nacimiento de Jesús.

Los Reyes comprendieron el anuncio de Dios , con gran pompa y aparato tomaron tres libras de oro, tres de incienso y tres de mirra y, acompañados por nueve hombres y siguiendo la Estrella, salieron con el primer canto del gallo”

“Desde Persia a Belén hay leguas y leguas: las caravanas, en viaje ordinario, tardaban días y semanas en llegar; pues bien, los Reyes Magos llegaron al rayar la aurora del día 25 habiendo salido hacía apenas unas horas, con la diana del gallo. ¡¡Eso era un espectacular prodigio!!

 

“Y después de hablar con Herodes, llegaron a la caverna donde Jesús había nacido: allí estaban también la Estrella, el Ángel, María y José con el Niño”.

 

“Los Magos dejaron los ricos presentes y María les dio, como reconocimiento de tanta humildad, un pañal del Niño Dios; pasaron luego cinco días al lado del Hijo del Cielo y después, evitando el encuentro con el cruel Herodes, se volvieron a Persia. El viaje de retorno fue tan milagroso como el de ida; salieron con la noche y llegaron justamente a la hora del almuerzo a su tierra: comieron opíparamente, narraron el nacimiento del Recién Venido y cuando el clarear matutino del día siguiente llegó, los Magos hicieron una gran fogata y, después de adorar al fuego, echaron en él el pañal que María les había regalado”.

 

“Un hecho prodigioso se hizo ante el pueblo: el pañal no se quemó, y he aquí que todos comprendieron que ese pañal era la vestidura del Dios de los dioses y lo adoraron con fe ardiente”.

 

Los mismos Evangelios Apócrifos conservan aún el calor del prodigio, el milagro y la celeridad con una sencillez y gracia cautivantes.

Los afluentes a esta inicial “leyenda” van incrementándose desde Egipto, Armenia, Bizancio y la India.

 

Todo el oriente brinda su tributo imaginativo para hacer más esplendorosa esta leyenda que esconde bajo su apariencia pueril, la esencia de un misterio religioso que han producido de los Santos Padres, extensas y profundas consideraciones.

 

Y así pasaron los Magos de ser unos desconocidos, a tener sus nombres…

En el principio fueron tres y se llamaron: Melkon, rey de Persia; Gaspar, rey de los indios y Baltasar, rey de los árabes.

Cada uno contaba con un enorme séquito, compuesto de cuatro mil soldados y cuatro generales, de manera que, cuando llegaron a Belén, doce mil soldados hicieron guardia de honor al recién Nacido. Y cuando los reyes bajaron de sus riquísimas cabalgaduras, las bocinas, las arpas, los tamboriles, los platillos, los pífanos y los panderos, hicieron sonar el aire de alegría, y toda la multitud empezó a entonar un cántico de alabanza ante el Niño, y Dios fue loado.

 

Pero estos Magos no habían llegado, como los de los árabes y sirios, en unas pocas horas. Habían tardado todo el período de la gestación del Infante y, desde el día de la Anunciación (desde nueve meses atrás) venían viajando con tan poderoso séquito, trayendo cada uno, no un presente sino innumerables y maravillosos regalos.

 

El Rey de Persia traía, no sólo la mirra, sino aloe y muselina vaporosa, púrpura de Tiro, cintas de un lino transparente y los Libros Sagrados sellados por el dedo divino.

 

El Rey de los indios, no sólo traía el incienso cultual, sino además preciadas esencias que purifican y espiritualizan el alma hacia el cielo, y, por eso, traía nardo oloroso, cinamomo en cuentas perfumadas (de las cuales nacería el rosario) y la sabrosísima canela.

 

Y el Rey de los árabes, aparte del oro, plata bruñida, piedras preciosas con los tonos del zodíaco, perlas finas y zafiros de precio incalculable.

 

En los himnos bizantinos y en el arte del mosaico los Reyes Magos fueron teniendo aceptación, como en el rito litúrgico. Y la fiesta fue haciéndose propia, es decir, separada de la fiesta del Natalis Domini.

En tiempos de Romano el Melodista la fiesta forma parte aún de la Navidad y en el precioso himno de este santo de la Iglesia de oriente, los Magos tienen un diálogo de nueve largas estrofas con la Virgen.

Con extraordinario arte, Romano no fija el número de magos y sí dice que vinieron de Caldea, de Babilonia y de Persia, no dice cuántos ni quiénes eran, quedándose dentro de la más perfecta ortodoxia de los evangelios canónicos.

 

San Juan Crisóstomo tenía por cierto que los magos habían empleado dos años y trece días en seguir a la estrella y que por ello llegaron el 6 de enero.

La leyenda se va aumentando de forma sorprendente: para San Agustín y San Juan Crisóstomo eran nada menos que doce.

 

Estos son los nombres que dan los relatos orientales:

Barkhuridai, Dadmusai, Bardimsa, Sahabani, Khorina, Dedmusa, Dispugai, Khumarai, Savura, Ispanai, Sahurai y Samiram.

En otras leyendas, con el número tradicional de tres, adquieren los nombres dignos de altas letras: Así en una se llaman Appelios, Amerus y Damascus; en otra Ator, Sator y Peratoras y, en otra: Megalath, Galgath y Sarasin.

 

Para la tradición herética de los gnósticos, que era como la síntesis de toda la cultura mágica de oriente traspasada a occidente por el canal del neoplatonismo y uniendo los ideales del nuevo mundo lógico y el cabalístico, convivían, por el sincretismo judío, toda la sabiduría persa, la cultura del zenda-avesta, la cabalística caldea (kábala de Adam Karmok) unido ello a la necromancia y astrología de los egipcios.

Ejerce una fascinación sobre el mundo helénico y romano, absorbente y desorientador, llegado como coqueteo cultural o como diletante posición mágica.

 

Aunque Plotino no está inmune del influjo del gnosticismo, los exponentes más representativos hay que buscarlos en Apolonio de Tiana, Simón el Mago y Valentino (con su petulante y enmarañada exposición del evangelio) en oposición al verdadero espíritu del verdadero Evangelio.

 

Los Magos, respondiendo a los principios de Ormuz y a un número cabalístico, eran doce, y cada uno de ellos tenía un nombre que representaba una emanación de Dios.

Y así se llamaron: Reino, Corona, Belleza, Magnificencia, Juicio, Inteligencia, Gloria, Prudencia, Severidad, Victoria, Fundamento y Sapiencia.

 

Estos magos vieron nacer en el día de Jesús una constelación nueva: la del Pesebre y vieron los signos astrológico que anunciaban el arrasamiento total de Jerusalén y el final de las pasadas edades en la conjunción de Marte y Júpiter.

 

Llegaron a Belén desde los cuatro puntos cardinales y a través de los elementos: desde el mar, desde el desierto, desde la selva y desde el aire por el anuncio del cometa: en ellos estaban representadas las edades del hombre en la vida, los símbolos de la vida.

 

Cuando pasaban por los caminos los templos antiguos se tambalearon y los dioses se despedazaron, mientras el Rey David se despertaba en su tumba para cantar a Su Señor, el Dios verdadero.

 

Y llegando al pesebre, cada uno acompañado de un genio celeste, entregaron sus extraños presentes:

 

Corona: acompañado por un genio negro, trajo un trozo de la luz iluminante;

Sapiencia: trajo el “logos” iluminado;

Prudencia: un cántaro de agua del Paraíso;

Magnificencia: el símbolo de la cabeza del león;

Severidad: una columna de fuego rojo y negro;

Belleza: el símbolo del espejo con los colores del alma, que son el verde y el amarillo;

Gloria: la columna salomónica

Y Sabiduría: el “abaxas” sagrado, maravilloso símbolo total en el cual las 365 inteligencias que rigen al mundo en todos sus órdenes están escritas en el fuego eterno.

 

Una leyenda posterior asegura que apenas Jesús tuvo ante sí todos estos presentes, extendió su mano (que venía a dar el reino a los pobres) y redujo todo a polvo, mostrando al cristianismo enemigo de toda posición intelectualista, hermética e iniciada.

 

estrella

 

La estrella

Había sido creada con el mundo del Paraíso terrestre y había desaparecido con la culpa de Adán, reapareciendo para la Encarnación del Verbo, para terminar su ciclo el Día del Juicio.

 

Para Santo Tomás aquella estrella “no fue una de las estrellas creadas desde el principio del mundo: porque ninguna delas estrellas ordinarias se mueve desde el septentrión al mediodía, ninguna interrumpe su movimiento, ninguna luce de día y ninguna está tan cerca de la tierra como para hacer distinguir netamente la posición de una casa” Para el Aquinate ello fue una manifestación del Espíritu en forma de estrella y no un absurdo astronómico.

 

En 1572 Tycho Brahé descubre en la constelación de Casiopea una gran estrella fulgurante a la cual da el nombre de “La Pellegrina”, identificándola con la estrella de los magos, por aparecer a distancia de 315 años, llegando a tener por ello su protagonismo en el nacimiento de Jesús.

 

Para Kepler la estrella de Belén fue la reverberación de la conjunción de Marte, Saturno y Júpiter que formaron el temible trígono de fuego, tan importante para el mundo antiguo en su especulación de lo divino.

 

Según una muy segura tradición los restos de los tres Reyes Magos, fueron trasladados por el emperador Federico, desde Milán a Colonia, a la magnífica catedral alemana, cuyos planos, también según la tradición fueron diseñados por el genio de San Alberto Magno, descansando las mencionadas reliquias en una magnífica arqueta.

 

Que el temblor, la ansiedad y emoción de la noche de Reyes de nuestros años infantiles se renueven en esta Epifanía y seamos nosotros, adultos ya en la fe, pero niños en la audacia, quienes nos atrevamos a pedirle una estrella y a ofrecerle al Divino Infante lo que los misteriosos dones significan: el más puro amor, la oración más ardiente y confiada y la mortificación de nuestros inveterados vicios.

 

Y esperemos a la luz del pasado…

 

(* fino músico y compositor argentino)

P. Ismael

 

 

 

linea_pluma

Navidad y pecado

 

A mi hermana Marta,

que celebra la Navidad en su fructuoso martirio…

 

 

Guido-RENI-Matanza-de-los-inocentes

La matanza de los Inocentes.  G. Reni. 

 

 

 

Sin dejarse engañar por el falso espíritu optimista que a partir de los “sesenta” había de invadirlo todo con su desmedida confianza “antropológica”, el auténtico espíritu de la liturgia católica –maravillosamente expresando en el Misal tradicional- nos proporciona una interesante bajada a tierra a través de las oraciones que pone en nuestros labios en estos días en que damos gracias por el maravilloso intercambio entre lo divino y lo humano.

 

 

Lejos de marearnos con el así llamado espíritu navideño que impregna transitoriamente nuestro mundo de aroma de azahares y mazapán; de lucecitas y obesos Santa Claus exhortándonos a hacer alguna obra buena, la liturgia de la Iglesia (fundada no sólo en la Revelación, sino también en el profundo conocimiento de la naturaleza humana), no deja de hacernos caer en la cuenta, mediante un profundo realismo, de la verdad de nuestra vida: que aunque la carne se revista de seda (léase de todas las brillantinas navideñas), carne se queda…

 

De de las numerosas expresiones de este principio que podríamos citar aquí, quisiera nos detuviésemos un instante en las oraciones “colectas” de estos días que en las nuevas traducciones (si no adulteradas, a lo menos rebajadas y muy edulcoradas) han perdido esta conciencia de ser el hombre –también en Navidad- un pobrecito pecador…

 

Proponemos una comparación, entre tantas que podríamos elegir, a partir de las oraciones colectas de Navidad y su infraoctava y la fiesta de los Santos Inocentes, de la liturgia tradicional con las traducciones del Novus Ordo.

 

El lector que lea anticipará mis conclusiones.

 

Misal de Trento y Juan XXIII

 

Colecta Misa del Día de Navidad e Infraoctava.

 

Concede, quaesumus, omnipotens Deus:

ut nos Unigeniti tui nova per carnen Nativitas liberet;

quos sub peccati iugo vetusta servitus tenet…

 

Concédenos, Dios omnipotente, que seamos liberados

por la nueva natividad corporal de tu Unigénito, nosotros

a quienes la antigua servidumbre nos mantiene

bajo el yugo del pecado

 

Santos Inocentes.

 

Deus, cuius hodierna die praeconium Innocentes

martires non loquendo, se moriendo confessi sunt:

omnia in nobis vitiorun mala mortifica; ut fidem tuam,

quam lingua nostra loquitur, etiam moribus vita fateatur…

 

Oh Dios, cuyo magnífico elogio publicaron en este día

los Inocentes Mártires, no hablando, sino muriendo:

extingue en nosotros todas las malas pasiones, a fin de que,

la fe que proclamamos con los labios, la publiquemos también

con nuestras obras…

 

El Nuevo Misal

 

La Colecta de la Misa del día de Navidad: sustituida por otra (Deus qui humanae substantiae..) Otra cosa. La que citamos arriba fue puesta, modificada, para otro día.

 

Santos Inocentes

 

Los mártires inocentes proclaman tu gloria en este día,

Señor, pero no de palabra, sino con su muerte;

concédenos por su intercesión testimoniar con nuestra vida

la fe que confesamos de palabra…

 

Las “malas pasiones” o “vicios” fueron extinguidos. Pero de la oración.

Probetur.

estrella

 

Porque seguimos siendo una redonda miseria, la Iglesia –Madre y Maestra- no quiere que el encanto de la Nochebuena sea opio para nuestras conciencias de pecadores.

 

Y por ello nos recuerda que seguimos esclavos de nuestras tendencias, pecados y demás elementos que conforman la “cocción de fondo” de nuestra vida y que nunca (ni siquiera en el tiempo de “todos a ser buenos que Cristo nació”) deben soslayarse en la lucha ascética; y por ello nos da esta magnífica lección de sentido común y profunda fe teologal que, sabiendo que el hombre, que ha sido levantado a tan grande altura –“reconoce, oh cristiano tu dignidad!” ha dicho San León Magno-, no por ello debe olvidar lo que viene del interior de su corazón.

 

De Dios viene la Redención, de nosotros el seguir sujetos a la debilidad…

De Dios, la vida; de nosotros el seguir derramando sangre inocente…

De Dios la Justicia que mira desde el cielo; de nosotros las iniquidades y las guerras…

 

La liturgia es sublime. Pero no infantiloide.

¿Cómo nos explicamos, si no, que al día siguiente del nacimiento del Salvador celebremos el testimonio (martirio) de San Esteban?

¿Y cómo es que los cándidos pañales del recién Nacido se tiñen de la sangre de los Inocentes asesinados por la crueldad y el enfermizo miedo de Herodes?

 

No arrebata los reinos terrenos Quien promete los celestiales.

 

Porque no sabemos perdonar de veras en la Nochebuena, el testimonio del diácono Esteban nos ruboriza…

Porque hablamos más de lo que testimoniamos, el martirio de los tiernos Inocentes nos hace entender que Él, desde su llegada a este mundo, vino a traer algo más que la simple beatitud de una Noche de paz…

No penséis que vine a traer la paz al mundo.. Vine a traer la división…

 

El corazón del hombre que haya sido tocado por el misterio de la Navidad (no nos escandalicemos) será un corazón dividido:

Entenderá que está llamado a cosas grandes.

Y también se dará cuenta que después de las grandes resoluciones, de las grandes decisiones y los más ardorosos votos de fidelidad, ese fomes que ha quedado en nuestra naturaleza, como la borra del café que de tanto en tanto se agita (si se me permite la imagen) nos muestra el pobre hombre que llevamos dentro que aún en Navidad es capaz de seguir con sus odios y sus crímenes.

 

¿Desalentarnos? ¿Escandalizarnos?

Simplemente ser objetivos y pedir la madurez de la Fe:

También en el esplendor de la fiesta, el verdadero creyente sabe de qué pasta está hecho y sabe seguir viviendo el espíritu de vigilancia sobre sí y ninguna burbuja le hará olvidar que de la misma madera de la Cuna está hecha la Cruz del Redentor.

 

P. Ismael

linea_pluma

Christus natus est nobis…

christmas

 

Cuando la Navidad es soledad…

Cuando te das cuenta que todo es regalo y que nada es tuyo.

 

Cuando entiendes que sólo el Verbo del Padre merece todo el amor de Quien lo engendra.

Cuando no tienes sorpresas en tu Belén…

Cuando se olvidaron de saludarte o responder tu cumplido…

Cuando tu familia ya celebra en la otra orilla.

Cuando al día siguiente la Santa Iglesia ya se reviste de rojo para San Esteban…

Cuando terminas de cerrar las puertas de tu capilla y saludas por última vez al Señor Sacramentado…

 

Allí adivinas unos frágiles bracitos, que se agitan entre pañales, están esperando que tú les extiendas los tuyos…

Porque vino a los suyos y los suyos no lo recibieron.

 

Y tu soledad será tan pura como la nieve.

Y tan virginal como el álamo.

 

 

Porque soy sacerdote. Mi bendición.

P. Ismael

linea_pluma

Tota pulchra es Maria!


Immaculata Conceptio est hodie

Sanctae Mariae Virginis.

Quae serpentis caput virgineo pede

contrivit.



inmaculada-concepcion-tiepolo


En 1823, dos sacerdotes dominicos (Bassiti y Pignataro) exorcizaron a un niño poseso, de 12 años de edad y analfabeto.


Obligaron al demonio, en nombre de Dios, a demostrar la veracidad de la Inmaculada Concepción de María.


Para estupor de los sacerdotes, por la boca del niño poseso, el demonio compuso el soneto que transcribimos.


Se refiere que Pío IX se enterneció hasta las lágrimas al leer este soneto y vio en él una confirmación del Dogma de la Inmaculada.


"Vera Madre son io d'un Dio ch'è Figlio,

e son Figlia di Lui, benchè Sua Madre,

ab aeterno nacque Egli ed è mio Figlio,

in tempo io nacqui e pur Gli sono Madre.

 

Egli è mio Creator ed è mio Figlio,

son io Sua creatura e Gli son Madre,

fu prodigio divin l'essere mio Figlio

un Dio eterno, e Me d'aver per Madre.

 

L'esser quasi è comun fra Madre e Figlio

perché l'essere dal Figlio ebbe la Madre,

e l'essere dalla Madre ebbe anche il Figlio.

 

Or, se l'essere dal Figlio ebbe la Madre,

o s'ha da dir che fu macchiato iÍ Figlio

o senza macchia s'ha da dir la Madre. "

 

estrella 


"Soy verdadera Madre de un Dios que es Hijo,
Y soy su Hija, aunque le soy Madre;
Él desde eterno existe y es mi Hijo,
y yo nací en el tiempo y soy su Madre.


El es mi Criador y es mi Hijo,
y soy su criatura y su Madre;
fue divinal prodigio ser mi Hijo
un Dios eterno y tenerme por Madre.

 

El ser de la Madre es casi el ser del Hijo,
visto que el Hijo dio el ser a la Madre
y fue la Madre que dio el ser al Hijo;

 

Si, pues, del Hijo tuvo el ser la Madre,
o se ha de decir manchado el Hijo
o se dirá Inmaculada la Madre."

 

 

La liturgia y la Tradición de la Iglesia han visto en María Inmaculada a la vencedora de todas las herejías.


Aquella que por su Concepción Inmaculada aplastó con su virginal pie la cabeza del dragón infernal, puede ciertamente extirpar las obras más seductoras del demonio: la herejía.


Toda herejía tendrá siempre algo de seducción, un especial atractivo como la llama de la vela que termina chamuscando a la mariposa nocturna.


Chesterton dijo que la herejía es una verdad que se volvió loca.


Originadas por la acentuación de una verdad a medias, de una carencia, de un vicio; las herejías llevaron al extremo, enloquecieron la fe y la razón arrastrándolas al desvarío, la cerrazón y el sectarismo.


Esta unilateralidad constitutiva de toda herejía llega a minar desde el fundamento la trabazón admirable del credo, y por más pequeña que pueda parecer, por más inofensiva que se presente, termina tarde o temprano, pudriéndolo todo y alejando al hombre de Dios, origen de la verdad.


Las herejías arrastraron a pueblos y naciones enteras a las tinieblas de la frialdad y la desesperación.


Las herejías no son un espantajo del pasado, un término ya caído en desuso, una “condena” magisterial de la Iglesia sobre algún desventurado teólogo.


La herejía puede estar rediviva en una cátedra, un púlpito, un confesonario, un encuentro catequístico, un congreso de teólogos, etc., etc.


En términos generales adoptará formas y planteos nuevos de viejos errores que dañaron el cristianismo desde sus comienzos. Nihil novum sub sole…


Contra ellas lucharon los Apóstoles, los Sumos Pontífices y los Concilios.


Y hoy resulta tanto más peligrosa cuanto silenciosa es su acción sobre quienes alegremente reciben sin examen cuanta novedad espiritual se les invita a consumir… 


Entre todas ellas, como bien lo enseñó San Pío X, el modernismo es la más nociva y la suma de cuantos errores han existido.


Modernismo, progresismo, liberalismo…


Bajo nombres diferentes y susceptibles de una interpretación correcta, se vuelven a infiltrar en el torrente vital de la fe de muchas almas incautas.


¡Cuántos buenos católicos nos encontramos que son materialmente herejes!

¡No será a ellos a quienes pidamos aplaste nuestra Madre Inmaculada sus pobres cabezas!

Para ellas pediremos la iluminación de la verdadera Fe.


La Purísima ha aplastado a Satanás.


Porque ella es Toda hermosa. Porque es hermosa la Verdad que llevó en su seno y por Quien el Padre la preservó de todo contacto con el pecado, obra de Satanás.


Para cuantos se han apartado de la Fe o se encuentran en peligro de contaminarla (culpable o involuntariamente) pediremos una sincera conversión, y para nosotros el aumento y fortalecimiento en ella, haciendo de este bellísimo soneto nuestra oración más sentida.


P. Ismael


linea_pluma

Oración y Voluntad Divina

1893388198_8a77722c59_b

estrella

“Entre todas las potencias movidas por la voluntad, se distingue la inteligencia, no sólo por su nobleza de facultad espiritual al igual que la voluntad, sino también por su proximidad, que la somete al influjo inmediato de la voluntad.

Y por eso después de la devoción, que es puramente un acto de la voluntad religiosa, ocupa el primer lugar entre los actos de religión la oración, por la cual la religión dirige a Dios la inteligencia humana” (S.Th. 2 2ae, q 83)

 

A partir de estas palabras del Aquinate, podemos tener una idea clara del valor de la oración como expresión de lo más excelso que el hombre puede hacer sobre la tierra: orar; esto es, hablar con Dios.

 

Orar responde a la naturaleza más noble del ser humano, dotado por el Creador de la capacidad de comunicarse con Él, pidiéndole aquellas cosas que más convienen para la salvación de su alma e incluso, la felicidad temporal, que no escapa en modo alguno a la Voluntad divina.

 

Como no sabemos pedir lo que conviene, Dios mismo, por su Verbo Eterno Encarnado, nos ha enseñado cómo debemos orar y qué debemos pedir.

Una de las grandes interrogantes del creyente es el por qué y en qué circunstancias Dios atiende a las peticiones que le dirigimos.

 

El P. Gardeil O.P., en su brillante y lamentablemente inacabada obra “La verdadera vida cristiana”, dedica uno de sus capítulos al papel de la oración en nuestra vida religiosa.

 

Allí señala que no dejamos de tener influencia sobre los hechos aunque no dispongamos de una eficacia absoluta. “Si no podemos mandar a uno por ejemplo, podemos por nuestra influencia disponer su espíritu, su voluntad… y si triunfamos, tenemos derecho a atribuirnos una parte, con frecuencia decisiva, en el resultado” (op. cit. “La oración”)

El genial dominico abordará a partir de este fundamento el punto de las cualidades dispositivas de la oración.

 

Intentaré sintetizar la magnífica respuesta tomista.

 

Dios tiene determinado concedernos aquellas gracias que le pediremos a lo largo de nuestra vida, sí y sólo si se las pedimos.

Pero nuestra experiencia de “orantes” puede comprobar que, habiendo pedido a Dios determinadas gracias, no siempre obtenemos de su largueza la intención de nuestras súplicas.

¿Para qué nos han servido entonces aquellas insistentes peticiones que durante tanto tiempo le hemos presentado?

 

Dejemos a Gardeil la palabra.

 

“Pero, ¿de dónde proviene esta causalidad dispositiva de la oración frente a las cosas que pedimos a Dios? Cuando rogamos a un hombre, el secreto de la eficacia de nuestros ruegos no es difícil de descubrir. El hombre es variable en sus voluntades. Podemos influir en esta variabilidad sea por la fuerza intrínseca de nuestras razones, sea por lo que añade a estas razones el interés afectuoso o compasivo que lo inclina hacia nosotros. Pero Dios tiene una voluntad inmutable. ¿Quién cambiará entonces lo que Él ha determinado para siempre en su sabiduría eterna?

Cuando planteamos este problema, no nos colocamos en el punto de vista de los adversarios de nuestra fe, de los que niegan la Providencia, o que convierten los designios divinos en un necesario e implacable Destino.

 

Pero con toda seriedad, tampoco podemos admitir que la voluntad de Dios cambie según nuestro deseo, que la oración pueda cambiar las disposiciones decididas por su infinita sabiduría desde toda la eternidad. Dios ya no sería Dios, si nosotros, sus pobres criaturas, pudiésemos influir eficazmente en Él y hacernos dueños del curso de las cosas humanas, si pudiésemos hacer que variara su voluntad. Nuestra oración ya no sería un culto, un honor prestado a Dios: sería un acto impío que destronaría a Dios de su sitial de Causa absolutamente primera de todo…”

La Providencia divina es inmutable en sus disposiciones, éste es el hecho y el dogma que dominan todo el problema…”

 

No oramos para torcer la voluntad divina ni para cambiar lo que Dios ha dispuesto hacer, sino para pedir que suceda lo que Dios, de antemano, ha determinado realizar que sucediera mediante nuestras oraciones.

Incluso el pecado, según Santo Tomás –que sigue en esto a S. Agustín- entra en el plan divino.

 

¿Qué queremos decir cuando hablamos de causalidad dispositiva de la oración?

Simplemente que la oración nos dispone para el cumplimiento de la inmutable voluntad divina.

 

La oración más perfecta es la oración de Cristo.

Nuestro Señor, en el huerto de los Olivos, nos da un perfecto ejemplo de esta disponibilidad a la Voluntad santísima de Dios.

Todo lo que Cristo pidió a su Padre indefectiblemente había de cumplirse.

“Yo sé que siempre me escuchas” le dice Jesús a Su Padre…

Pero en el Huerto, el Redentor pone una condicional: “Padre, si es tu voluntad que pase este cáliz sin que yo lo beba…”

En nuestro caso, todo lo que pedimos a Dios ha de tener también esta condicional.

 

¿Y entonces para qué pedir si lo que Dios ha dispuesto ha de cumplirse indefectiblemente?

Precisamente por eso. Porque nuestras peticiones nos disponen para el cumplimiento de la voluntad de Dios.

 

La oración adquiere entonces una dimensión insospechada.

Nos dispara desde el interesado y raso plano de nuestros intereses personales al plan de la Providencia para el gobierno del mundo.

Nuestras vidas se insertan en el desconocido pero maravilloso plan que Dios tiene sobre sus criaturas. Un plan amoroso y sublime.

Fuimos a la oración con unas intenciones concretas y determinadas y nos empeñamos en presentarle a la Divina Majestad todas las razones de conveniencia que creíamos irrebatibles a fin de obtener un determinado desenlace de los acontecimientos.

Dios no resolvió esos acontecimientos en la línea de nuestros argumentos.

 

¿Y para qué nos sirvió la oración?

Para disponer nuestro espíritu al cumplimiento de Su Voluntad.

¿No es ya suficiente y grandiosa obra el que hayamos salido de la oración con el convencimiento de que suceda lo que suceda –conforme o no a nuestra visión de las cosas- ello será lo mejor para nosotros y para el mundo entero?

Una fe muy ilustrada podrá comprenderlo.

Las visiones limitadas, temporales y estrechas, sentirán que Dios ya no nos escucha y que la oración fue inútil.

 

estrella

 

Siempre me ha llamado la atención el sentido que la gente común le da al término “resignación”.

Escuchaba con frecuencia esta palabra en el contexto exequial de las condolencias expresadas con motivo de la partida de un ser querido.

Término de comadres que no alcanza a entender lo que se está diciendo.

Se entiende entonces la “resignación” como el último recurso ante las plegarias no atendidas. Es como un “bueno, ya que Dios no te ha escuchado, que te conceda quedarte quietecita… No contenta, pero resignada ante lo irreparable”.

 

Será interesante le devolvamos al término su auténtico sentido.

Re signare. “Volver a signar”; “volver a significar, a marcar”.

A eso nos dispone la oración: a re- significar la intencionalidad de nuestra voluntad. A marcarla con el signo de la Voluntad Divina.

Si lo que pedimos en la oración no fue concedido, el resultado de nuestra petición no fue en vano: ahora entendemos lo que Dios quería. Y ello nos ha de consolar, e incluso, llenar de gozo.

 

Re-signamos el sentido de nuestras intenciones –siempre marcadas por la pobreza de nuestra visión humana- a lo que Dios, en su infinita sabiduría, dispone sobre cada uno de nosotros.

Ciertamente, estamos convencidos de la bondad y “necesidad” de nuestras oraciones de petición. Mas ello no nos garantiza que esa sea la Voluntad de Dios.

 

Ello no nos exime de pedir lo bueno, más aún, nos exige pedirlo cada día.

La salud espiritual de los cristianos; la tranquilidad en el orden; la justicia social; la extirpación del error y el triunfo de la verdad, son cosas que siempre hemos de pedir y de lo que estamos seguros Dios no ha de desatender su oportuna concesión.

 

¡Cuántas veces las almas finas se levantan de la oración casi como abandonando lo que habían comenzado a pedir con insistencia dándose cuenta que lo que mejor que Dios puede hacer es lo que Él quiera y no tanto lo que ellas fueron a rogarle en su oración!

 

¡Señor! ¡Lo que Tú quieras! ¡Como Tú lo quieras! ¡Cuando Tú lo quieras!

 

Y así, la oración ha dispuesto adecuadamente nuestro espíritu y vino a constituir un verdadero acto de religión.

P. Ismael

 

linea_pluma

Curioso acuerdo

“teste David cum Sybila…”

 

Miguel %C3%81ngel Sibila eritrea

 

La sibila Eritrea. Capilla Sixtina 

 

estrella

 

 Tema imperante del Adviento es la vigilancia y la contemplación de la verdad acerca del retorno de Cristo y las grandes señales que han de acompañarlo.

En una sola ocasión, hasta lo que conozco, la liturgia y la teología no se han aproximado tanto con el mundo pagano, como en algunos textos de los Padres sintetizados poéticamente en la impresionante secuencia de la Misa de Difuntos, el Dies irae.

Me refiero al llamativo acuerdo entre Profetas y Sibilas que de consuno anuncian el fin de este mundo, la venida del Justo Juez y la gloria sempiterna de la bienaventuranza.

 

Alternando con idéntica majestad y belleza con los más grandes Profetas del Viejo Testamento, y compartiendo las pechinas del techo de la Sixtina, Miguel Ángel pintó aquellas misteriosas pitonisas del mundo pagano que conocemos como las Sibilas.

Es muy sugestiva la integración pictórica del genio de Buonarotti que expresa el pensamiento renacentista católico de la teología del sigo XVI, ya bastante distante de la síntesis escolástica.

 

Mujeres del mundo antiguo, extraordinariamente dotadas de un espíritu adivinatorio, su recuerdo se mantenía muy vivo en tiempos de San Agustín cuando redacta su De Civitate Dei.

Para el platonismo la teología necesariamente desemboca en la cúspide poética, ya que su grado más alto no admite otra cosa que un éxtasis manifestado en el arte de la poesía.

 

Plutarco escribía:

“Los hombres de esta época lejana tenían un temperamento naturalmente dotado de una feliz propensión a la poesía. Sus almas eran prendidas fácilmente de ardores, de ímpetus, de inspiraciones, y había en ellas una disposición que para manifestarse no tenía necesidad sino de un estímulo pequeño o sobresalto de la imaginación.

No eran sólo los filósofos y los astrónomos, los que eran prontamente arrebatados hacia su lenguaje habitual, la poesía, sino bajo el influjo de una ebriedad, de una emoción viva, o con la acción repentina de un sentimiento, de dolor o de una alegría, cada uno se dejaba llevar, en un círculo de amigos, a la improvisación poética”

(De oraculis, 23)

 

Las Sibilas ya gozaban de gran prestigio entre los autores cristianos de la primera era: Hermas, San Justino, Teófilo antioqueno, Clemente Alejandrino, Tertuliano y particularmente Lactancio.

San Agustín, basándose en Varrón fija su número, según diversos países: Libia, Tracia, Grecia, Eritrea, Samos, Cumas, Helesponto, Frigia y Tívoli.

Podríamos citar, además, a la Sibilia Tiburtina, quien le señalaría a Augusto el nacimiento del Salvador.

 

Virgilio divulgará algunos presagios de los oráculos sibilinos, particularmente el de la Sibilia de Cumas.

En el capítulo 23, del Libro XVII (Paralelismo entre las dos ciudades), Agustín se detendrá en el anuncio de la Sibila Eritrea, exponiendo sus dudas sobre la identificación de ésta con la Cumana, pues una leyenda decía que la Sibila de Cumas, celebérrima sobre las demás, había venido de Eritrea en tiempos remotos, siendo contemporánea a la de Éfeso.

“Porque tal vez aquella vate oyó algo en espíritu del único Salvador y se sintió inspirada a darlo a conocer”

Esta afirmación mesurada del santo de Hipona nos da una idea del lugar que le asignaba a los oráculos de las Sibilas, tan estimados, como dijimos, entre los primeros cristianos.

 

Es cierto que el Verbo de Dios envía su rocío a todas las almas, a todos los hombres, a unos más a otros menos.

De Diodoro Sículo viene este elogio de la mujer:

Mulieres sunt vates Deo plenae. Las mujeres tienen particular disposición para el vaticinio divino.

 

Vayamos al texto de Agustín.

 

“Esta Sibila de Eritrea escribió algunas profecías bien claras sobre Cristo; lo que yo mismo he leído en latín en unos versos defectuosos, debido, según supe después, a la impericia de cierto traductor. En efecto, el ilustre Flaciano, que fue procónsul, hombre de gran facilidad de palabra y vasta erudición, hablando un día conmigo de Cristo me presentó un códice griego que decía contener las profecías de la Sibila de Eritrea, dónde mostró cómo en determinado lugar el orden de las letras en el comienzo de los versos expresaban un acróstico claramente estas palabras: (texto griego), que en latín significan: Jesucristo, Hijo del Dios Salvador.

 

Estos versos latinos, cuyas primeras letras nos dan el sentido que hemos transcrito, tienen el siguiente contenido, según los tradujo un autor a la lengua latina y en verso:

 

“Señal del juicio: la tierra se humedecerá de sudor.

 

Vendrá del cielo el Rey que reinará por los siglos; es decir, estará en la carne para juzgar al orbe, por donde el incrédulo y el fiel, al final ya de los tiempos, verán al Dios excelso con sus santos.

 

Con su carne estarán presentes las almas, que juzga él mismo, mientras yace el orbe en enmarañados zarzales.

 

Los hombres rechazarán sus simulacros, y también toda riqueza.

 

Buscando el mar y el cielo, quemará el fuego, en las tierras; desbaratará las puertas del sombrío Averno.

 

En cambio, se otorgará una luz brillante al cuerpo de los santos, mientras a los culpables les abrasará eterna llama.

 

Descubriendo los actos ocultos, cantará entonces cada uno sus secretos, y abrirá Dios los corazones a la luz.

 

Habrá entonces también lamentos, rechinarán todos con sus dientes.

 

Se arrebatará al sol su resplandor, desaparecerá el coro de los astros.

 

Se transformará el cielo, morirá el esplendor de la luna; derribará las colinas, levantará desde el hondo los valles.

 

Nada sublime o elevado quedará en las cosas humanas.

 

Ya se igualan los montes con los campos, y acabará por completo el azul del mar; desaparecerá la tierra resquebrajada; así también el fuego abrasará fuentes y ríos.

 

Pero entonces la trompeta lanzará triste sonido desde el alto orbe, lamentando el miserable espectáculo y los múltiples agobios, y abriéndose la tierra dejará ver el caos del Tártaro.

 

Aquí se presentarán los reyes juntos ante el Señor.

 

Bajará fuego del cielo y un torrente de azufre”.

 

 

 

SIBILA%20CUMAEA

 Sibila Cumana

 

 

Por razón de brevedad omito los párrafos siguientes en los que S. Agustín, haciendo verdadera gala de su capacidad continúa con las interpretaciones numéricas sobre el acróstico y desemboca en el término pez, referido a Cristo.

 

Más adelante dirá:

“Por otra parte, esta Sibila de Eritrea o, como piensan otros, de Cumas, en toda la profecía –de la que es una mínima lo citado- no tiene parte alguna que pueda referirse al culto de los dioses falsos o fabricados. Antes bien, habla tan abiertamente contra ellos y contra sus adoradores que parece deber ser catalogada entre los que pertenecen a la ciudad de Dios”

 

Si hemos leído atentamente los extractos de San Agustín, no nos ha de costar demasiado entender por qué los Padres de la Iglesia vieron en estas adivinas las semina verbi (semillas del Verbo) esparcidas también, fuera del campo estricto de la Revelación bíblica, es decir, en el mundo pagano que, a su modo, también debía buscar a Dios –siquiera a tientas- como lo enseñan el libro de la Sabiduría (c. 13) y San Pablo en su carta a los Romanos (c. 1)

 

Probablemente más parecidas en su porte a una curandera de aldea que a las helénicas figuras de Miguel Ángel, encerradas tal vez en cuevas o cobertizos, las Sibilas fueron ese prototipo de mujeres intuitivas y arrojadas que la humanidad produce y eleva para dar lecciones a los sabios varones de cada tiempo.

Dotadas del poder profético, no les faltaba el buen sentido y, también, creo yo, el savoir-faire femenino que, en más de una ocasión, reduce al varón a la objetividad de la tierra, como en el caso de Diotime, quien al final del Banquete deja boquiabiertos a los ingeniosos disertantes sobre el amor…

 

 

Aproximándose la Navidad, los cristianos nos lamentamos de la “paganización” que ha sufrido la celebración central de nuestra cultura y nuestra religión.

Y es que la Navidad, además de ser el misterio central de nuestra fe, es el hecho histórico más grande e importante de la historia de la humanidad: divide, cuanto menos, en un antes y un después de Él.

 

Considero que la venida de Cristo al mundo – y también el fin del mundo con su retorno glorioso- es algo que afecta y compromete a todos los hombres mucho más allá del ámbito de la fe que profesan… Confío me interprete el lector.

 

Queremos significar que el hecho histórico de la Venida de Cristo a este mundo reviste tal magnitud que debemos aceptar que también los que están fuera del cuerpo visible de la Iglesia, a su modo, y por caminos que sólo Dios conoce, tengan su percepción del misterio y no puedan no celebrarlo.

 

Es tan fuerte el impacto de la Encarnación que, aún quienes no profesen la fe verdadera, no podrán nunca sustraerse de ese efecto exultante, festivo y poético que le dio a la tierra el gran misterio de piedad por el cual Dios se hizo Hombre.

 

Es posible que el tonto, el superficial, el mundano, el borrachín, la casquivana y el esnobista nos sorprendan descubriendo cosas que nuestra tranquila mirada de entendedores y especialistas no haya logrado ver en esta tierra a la que todavía Dios ama con infinita ternura.

 

Es posible, porque cuando nosotros callamos, las piedras profetizan.

 

P. Ismael

 

 

 

 linea_pluma

 

 

Fuentes: “Obras de San Agustín”. Tomo XVII.  Ed. BAC

Un musculoso inteligente

Sansón:

Fuerza, amor y muerte


SamsonPhotobyRigaud


estrella


La historia de Sansón, referida por el libro de los Jueces (caps. 13 – 16) es uno de los relatos más conmovedoramente humanos de toda la Escritura, y a la vez más marcados por la voluntad divina que se sirve de los hombres a quienes eligió, aún a costa de sus debilidades y limitaciones.


Concebido milagrosamente de madre estéril, su nacimiento fue anunciado por un ángel quien le indicará con todo pormenor cómo habrá de iniciar en la vida y en la piedad a su pequeño hijo y cómo Dios suscitará en él una singular fuerza que le asistirá para liberar a Israel.


Al igual que Jeremías será consagrado al Señor desde el seno de su madre, como nazir de Dios.


Su padre Manóaj y su mujer vieron cuando el ángel –en su segunda aparición- se eleva en la llama del altar, hacia el cielo.


Nacido el niño, el Señor comenzó a excitarle en el campamento de Dan…


Las diversas intervenciones de Sansón a favor de su pueblo asediado por los filisteos, nos muestran que el robusto joven estaba pronto a cumplir su misión, aún a costa de diversas pérdidas a lo largo de su no tan larga existencia (fue Juez de Israel por espacio de veinte años).


Tras un fracaso matrimonial y algunos escarceos por debilidad de la carne, termina enamorándose de una mujer de la vaguada de Soreq, llamada Dalila.


Y aquí viene la sobradamente conocida historia del asedio de Dalila sobre Sansón para conocer de dónde provenía aquella extraordinaria fuerza con la que él vencía siempre a sus enemigos.


Su seductora insistencia, no tuvo inicialmente resultado sobre él.  Por tres veces Sansón burló su curiosidad y escapó de la muerte que Dalila había tramado con los filisteos.


“Como todos los días le asediaba con sus palabras y le importunaba, aburrido de la vida, le abrió su corazón y le dijo: “la navaja no ha pasado jamás por mi cabeza, porque soy nazir de Dios desde el vientre de mi madre…” (16, 16-17).


Al cortarle sus siete trenzas y despertado del sueño por su tramposa amante, había perdido su fuerza.


Los filisteos le vaciaron los ojos y, atándole con doble cadena de bronce lo pusieron a dar vueltas a la muela en la cárcel.


Sansón es un hombre común –bendecido por Dios- pero un hombre común al fin.


Sensible por la belleza. Y tanto, que la insistencia y el temor de perder un cariño humano, terminan por hacerle traicionar el sentido todo de su vida. Porque la belleza “es un signo misterioso de Dios al hombre” (Ruskin).


Perdió su hombría, perdió su vocación, perdió sus ojos, su dignidad y también el amor que por un breve tiempo juzgó eterno.


El “para siempre, para siempre” de los amores terrenales, le hizo perder el verdadero para siempre del amor del Señor


No lo juzgamos. Y más, lo comprendemos, tanto cuanto vemos en él a ese hombre simple y bendecido por Dios quien en un momento de absurda pasión, sufre una pérdida irreparable. Y habrá pensado de alguna manera similar aquello de S. Agustín: “Quare non hac hora finis turpitudinis meae?” (Conf. 1. 8 c. 12, 28).


Preso en la cárcel su cabellera vuelve a crecer, y puesto en ocasión de hacer de bufón de los filisteos en el templo de Dagón dirige a Dios esta plegaria que nos congela el alma:


“Domine Deus, memento mei, et redde mihi nunc fortitudinem pristinam, Deus meus, ut ulciscar me de hostibus meis, et pro amissione duorum luminum una ultionem recipiam” (16, 28).


“Señor Dios, acuérdate de mí, y devuélveme aquella fuerza del principio, para que me vengue de mis enemigos, por la pérdida de mis dos luminarias”.


sanson mata a los filisteos


Nos resultará difícil comprender, desde nuestra concepción moderna y prudente de tales decisiones, la inmolación de Sansón.


Santo Tomás afirma que según San Agustín el que Sansón se sepultara con sus enemigos entre las ruinas del templo sólo se excusa por alguna secreta intimación del Espíritu Santo, que obraba milagros por su medio” (S.Th. 2-2 q. 64 a.5 ad 4).


No podemos concebir la muerte del fuerte Juez de Israel como un acto de suicidio o inmolación al modo de los fundamentalistas hombres bombas.


Su inmolación está revestida de una grandeza que no podemos comprender suficientemente.


Su vida, decíamos, se nos hace asimilable a la de tantos santos (así lo considera la Carta a los Hebreos) que nunca serán canonizados como fruto de un “proceso” llevado a cabo por un postulador de causas.


Había recibido una magnífica misión a cuya altura, en un momento de fragilidad, no pudo hallarse.


En todo momento fue leal a su Dios y, profundamente arrepentido de su flaqueza, lamentó durante su horroroso cautiverio, el haber pensado más en sí que en aquel pueblo que el Señor le había encomendado liberar.


El mal social en aquellos tiempos, no sólo podía provocarse por una dominación étnica o política, sino por la infiltración de la herejía que siempre sería el gran riesgo de Israel ante los pueblos circunvecinos.


El bien común y la honra del Dios de Israel hicieron su alma sensible a esa misteriosa moción de un Dios que nunca puede ser injusto, y menos con sus siervos.


Su ímpetu estuvo dominado por una grandeza que ya no entendemos.


Pero hay algo que todavía somos capaces de entender, al menos como principio, y es que la vida no es en sí misma un valor absoluto. Sigue siendo correctamente moral ponerla en riesgo –aún sabiendo que no saldremos bien parados del derrumbe- cuando se trata de salvar al prójimo injustamente agredido.


La vida es un valor relativo, dice relación a la vida eterna.


Y muchos mártires marcharon gozosos a una muerte segura cuando la Ley Divina estaba por encima de injustas leyes humanas o se enrolaron en la justa defensa de su Patria.


¿Cómo se repite en nuestra vida esta historia que nos parece poco común, pero que lo es más de lo que parece?


No se tratará ya de derribar el templo de Dagón de los filisteos.


Muchas veces podrá ocurrirnos que, a causa de nuestras caídas, hayamos perdido nuestro primer llamado y, fallando en la primera vocación, nos encontremos cegados por nuestro pecado y sin demasiadas posibilidades de ser el héroe que Dios soñó para nosotros.


Nuestra aquiescencia ante el mal, nuestra sensualidad consentida, nuestra falsa prudencia o diplomacia, nuestro miedo a destacarnos y comprometernos, en ocasiones pueden llevarnos a situaciones de las que no podemos volvernos atrás.


¿En cuántas ocasiones nos quedamos callados cuando deberíamos hablar?


¿Cuántas veces en aras de una falsa convivencia y unidad no nos atrevemos a poner las cosas en su sitio?


Cuando las cosas ya no pueden ponerse en su sitio porque lo que se construyó es un verdadero “templo de iniquidad”, no será la fuerza física, ni la violencia demoledora la que pueda corregir la impiedad imperante…


Pero tal vez habrá que pedirle a Dios aquella fuerza capaz de hacer presión sobre dos funestas columnas: la del acuerdo en el error y la del respeto humano, sobre las que se funda el edificio de la mentira; para plantarnos en medio de ellas y derribar con nuestra palabra, y sobre todo con nuestro testimonio, la diabólica edificación que ha llevado a tantos engañados a sumarse a la fiesta de la negación de Dios y su ley.


No perderemos la vida física. Seguramente el trabajo, el prestigio y la consideración de los “prudentes”. Pero tal vez ese sea el camino de nuestra propia redención y la de muchos inocentes engañados.


Estos serán los nuevos Sansones –débiles, pobres y un poco brutos- que estamos necesitando para vencer otras Dalilas más mentirosas y envenenadas.


P. Ismael


linea_pluma

Año Sacerdotal

Envejecer en el Altar…


moises Heston


estrella


Aquella vieja película “Los diez Mandamientos”, con los efectos especiales de su tiempo y su escenografía casi de cartulina tiene un maravilloso espíritu que interpreta el sentido de la Escritura más allá de su letra y es capaz de hacernos adentrar en lo que significa haberse encontrado con Dios.


Después de su inefable cita con el Señor del Horeb, Moisés aparece ante su mujer con un aspecto sensiblemente cambiado: ha envejecido.


Su rostro está resplandeciente, pero su belleza juvenil se ha tornado en la belleza de un venerable anciano: las arrugas surcan su rostro y sus cabellos están totalmente blancos.


Otro tanto podemos observar en una producción cinematográfica más reciente.

A un legislador honesto se le aparece Dios pidiéndole que construya un arca como la de Noé. Naturalmente va a resistirse y cada vez que quiere ir a su trabajo habitual se encuentra misteriosamente vestido con hábitos de patriarca, y sus largos cabellos y barba encanecidos.


Hace algún tiempo, finalizando la Misa, se me acerca casi al oído un joven sacerdote que me dice: “Ay, mi Ismael, ¡qué viejito que estás!...”


Y me quedé pensando en nuestro envejecer sacerdotal y sus causas.


 altarIMG_0480


El gracioso retablo barroco de la colegiata está ahí. Juguetean sus formas de mármol al igual que las figuras manieristas de los “putti” y los apóstoles.


Seguirá ahí por mucho tiempo. Es demasiado bello para que las furias iconoclastas de las sucesivas reformas puedan con él. Los variados cambios a que se vio sujeta la iglesia no lo afectaron demasiado, a no ser por la pérdida de su primera grada.

Es un monumento grandioso... Y también risueño. Está ahí, sonriendo. Sonríe desde hace mucho tiempo. Sonríe y contempla.


Son muchas las generaciones de cristianos que se han postrado ante él.

Muchos sacerdotes oficiaron sus primeras misas y a diario se ofreció sobre su ara el sacrificio temporal de la Iglesia.

Fue testigo de muchas esperanzas: del juvenil sacerdocio qui laetificat iuventutem, de las promesas emocionadas de tantos esposos, de las lágrimas derramadas por tantos cuerpos que se despidieron, del barullo de los niños de Primera Comunión... De tantos sermones sentidos y tantos otros huecos...


Allí está, y sonríe. Sonríe porque sabe que nos sobrevivirá. Sabe que nosotros pasaremos y él seguirá allí. Tal vez le esté reservado del momento del Juicio. Quién sabe... El parece más eterno que nosotros. Ha visto crecer a muchos, los contempló en su juventud arrolladora y ahora ve que apenas pueden subir hasta él.


Y él siempre tan joven en su carne marmórea que parece que latieran las venas de sus columnas.


Los putti no se han cansado de sostener las grandes masas de piedra y a los apóstoles no se les ha movido ni un bucle ni acalambrado la pierna que tienen cruzada por más de un siglo. Tampoco se ha borrado la sonrisa de la Virgen.


Muchos dan su opinión sobre él. Muchos quisieron modificar su estructura.

Es verdad que ha temblado algunas veces... Y cómo! Pero la sonrisa le vuelve pronto, porque sabe que aunque algunos de sus miembros terminen en un rincón polvoriento y otros sean utilizados, con mucha suerte, para nuevos altares, el tendrá más vida que los vivos que cada tanto lo contemplan con despreocupada admiración.


El mira más impasible el paso del tiempo sobre los pobres hombres que envidian su esbeltez casi adolescente...


Monumento a la coherencia que el hombre no tiene y quiere proyectar en la materia obediente. Sí, obediente, pero burlona al final. Porque Dios puede hacer nueva la obediencia y hacerla de mármol…


Nosotros somos piedras vivas, sujetas al envejecimiento exterior, aunque el hombre interior se vaya renovando día a día. No somos de mármol. No somos Dorian Gray…


pius_xii[1]

Pío XII anciano, en la Elevación de la Forma


¿Será igual el envejecimiento de un altar que el envejecer del sacerdote?


¿Por qué se avejenta el hombre del Altar?


¿Las causas naturales? No nos interesan ahora.


Descontemos que la labor pastoral en sí supone un ponerse las 24 horas en total disponibilidad para la atención –en aquellas cosas que se refieren a Dios- del Pueblo para quien nos ordenamos.


Descontemos la genética (en la cual creo cada día más, porque gratiam supponit naturam) que tiene determinada sobre nosotros, como sobre cualquier mortal, la programación del paulatino decrecimiento de nuestro aspecto exterior y el desarrollo de nuestras afecciones internas.


Descontemos también el desgaste de tanta incomprensión, ingratitudes, intrigas, celotipias y demás cruces que a la mayoría de los sacerdotes les asigna Dios en su Providencia para identificarlos con su Hijo Paciente.


Me detengo en una consideración que me parece “natural” sea una causa de nuestro aspecto “presbiteral”. Fuimos constituidos sacramentalmente “ancianos”.


Y si quisimos ordenarnos “con todo nuestro ser”, será lógico que lo interior también se nos trasluzca hacia fuera.


Cada vez que el Sacerdote de Cristo “sube” al Altar, al igual que Moisés, penetra en el misterio del Dios Escondido.


Un Dios que se esconde para que el hombre lo encuentre.


Recordemos que el Horeb no fue solamente rayos y resplandor. El Horeb era una montaña “tenebrosa”. Moisés se internaba en el misterio de la oscuridad, desde el que no sabía cómo saldría.


No se puede ver a Dios y seguir viviendo. Pero quien como Moisés llega a ver siquiera la orla de su vestido, no saldrá igual cuando termine su cita con Él.


Si nuestra vida es casi como un mirar a Dios “cara a cara”, si nuestra existencia es enfrentarnos con el misterio del Eterno Sacrificio del Calvario, no es absurdo pensar que ese contacto tan cercano con el Dios Eterno, El que está siendo, nos introduzca por una hora apenas, frente a Aquel para quien un día son como mil años y mil años como un día.


En la Edad Media existía la piadosa creencia que durante el tiempo de la celebración de la Misa –como el tiempo se detenía, o absorbía en la eternidad- los asistentes no envejecían.


Pero también podemos pensar que cuando todas las potencias del hombre-sacerdote se ponen en su máxima tensión hacia el sacrum, cuando es invadido por ese terror sacrum que causaba escalofrío a los Patriarcas, su flaca humanidad es afectada por aquel Anciano de Siglos.


Todos los Siglos eternos del Dios que habita en las Tinieblas del misterio se le vienen encima.


“Ver” cada día la maravillosa zarza eucarística que se consume de amor por los hombres, tocarla con las manos, es un trabajo de alto riesgo.


Si en verdad creemos, como lo creemos, en el poder que irradia esta maravillosa Presencia Real, no podemos dudar que es como tocar un uranio divino: a la larga tanto poder hará lo suyo en nuestras vidas.


Si tocar la Eucaristía no nos ha presbiterizado lo suficiente, es que no sabemos lo que hacemos…


Quien celebra con esta conciencia, seguro que termina su Misa con un verdadero agotamiento de todo su ser: su cuerpo, su mente, su sentimientos; están cargados y obumbrados por aquellas tinieblas que cubrieron toda la tierra en momento de la Expiración del Cordero Inmaculado.


Al volver del Altar, el hombre-sacerdote ha envejecido. Por ello a la Misa siguiente se acerca rogándole a Dios que renueve su juventud y pidiéndole que le devuelva la alegría de la salvación para que esperando en Él pueda todavía confesarle con la cítara.


La Santa Misa es verdaderamente un trabajo. Y un trabajo extenuante.


Quien celebre con todo su ser lo habrá experimentado. Y el trabajo duro envejece nuestro cuerpo.


Ese es el misterioso y pendular movimiento del Altar Horeb al que cada día subimos y bajamos: juventud y envejecimiento.


“¡Qué viejo que se lo ve, Padre!”

“¡Cuánto tiempo pasado con Dios, Sacerdote!”


Pero a la larga, el Presbítero (anciano desde sus veinticuatro, veintitrés, menos años), será como el altar magnífico que con el tiempo, se patinó de unción, experiencia, y mira risueño el paso de Dios por su vida y la de sus hijos y hermanos.


¡Acuérdate, Señor, de la vida de tus ancianos y envejecidos sacerdotes!


Gastaron su juventud entrando cada día en tu Santuario del Amor que consume. Del Amor que termina pidiéndonos todo.


Mira sus manos temblorosas que apenas pueden elevarte y contempla sus gestos torpes y el temblor de sus blancas cabezas, y la inseguridad de sus pasos vacilantes.


Los preparas ya para el último ascenso a un Altar no construido por manos humanas.


A un Altar que no será ya reformado.


Y considera sobre todo a aquellos que vivieron de y para tu Altar de la tierra y nos legaron y nos legan el mejor, el único sentido de nuestras vidas: envejecer junto al ‘Amor Amorum’.


Tú, Amor de los Amores, que puedes hacer de nuestra vejez una maravillosa obra de arte: la de serte fieles a Ti, ‘usque ad mortem’.


Ecce nova facio omnia (Ap 21, 3).


P. Ismael


linea_pluma