“Cuando era protestante yo notaba que mi religión era seca y triste, pero no mi vida; sin embargo siendo católico mi vida es triste y seca, pero no mi religión”

(Beato Card. John Henry Newman)

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ad quem ibimus?

quo vadis Carracci

Quo vadis?  Annibale Carracci 

 

 

 

El final casi esperado del “Discurso del Pan de Vida” (Jn 6, 22-72) viene resaltado por tres “rápidas y electrizantes” reacciones que colocan al lector en la exacta situación de dramático temblor que suscitó y suscitará en todas las generaciones de cristianos la revelación ascensional de Jesucristo, quien a partir del interés materialista y mesiánico de quienes le aguardaban en la otra orilla, tras la multiplicación de los panes, los introduce en el gran misterio de Su presencia en la Eucaristía.

 

Sin detenernos en los considerandos de la estructura de este discurso, sin desentrañar el profundo contenido de la doctrina de la Presencia Real, como en la necesidad de este Sacramento para la plenitud de la Vida que vino a darnos el Redentor, vamos a reflexionar sobre esas reacciones que calificamos de “nerviosas” que Juan destaca en su relato.

Aclaramos que estos nervios que intentaremos analizar, son en cada quien, de diversa procedencia y calidad.

La respuesta de los oyentes del Señor es doble, una verbal y otra, diríamos de “actitud”.

 

Cuando Jesús terminó de hablar, habiendo tenido diversas reacciones por parte de los judíos, “muchos de sus discípulos que esto oyeron, dijeron: Duro es este razonamiento, y ¿quién lo puede oír?” (6, 61)

“Y desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás, y no andaban con él” (v 67)

Todo tenía un límite. Hasta aquí llegó la fe y la confianza de aquellos hombres.

Pero no sólo su fe en Jesús, sino además sintieron que su inteligencia estallaba ante algo que no cabía en ella…

Habían caminado bastante con Él. Habían aceptado muchas exigencias e intentaban –sólo Jesús lo supo bien- forzar sus razonamientos ante las paradojas del Evangelio. Pero aquello fue demasiado. ¡Comer su carne! ¡Beber su sangre!

 

La segunda reacción electrizante es la firmeza de Cristo.

El Señor nunca retrocede ante sus afirmaciones. No rectifica. No corrige como los filósofos o los teólogos sus sentencias. A lo sumo las retoca: “habéis oído que se dijo, pero Yo os digo…”; “pocas cosas son necesarias, más bien una sola es necesaria”.

Jesucristo no es un político ni un líder religioso que tema perder adeptos, no es un maestro que busque metodologías digeribles a toda costa, no es un pastor de almas que revuelva en la casuística en busca de una solución prudente, equilibrada, adecuada a los tiempos que corren.

Cuando dice sí, es sí. Cuando dice no, es no.

¿Se descolocó el Maestro ante la fuga de discípulos que amenazaba disminuir notablemente su “feligresía”? ¿Los llamó para una conciliación basada en el diálogo y la exposición al menos franca de lo que cada uno quisiera haber comprendido?

En modo alguno.

Supongo que los cultores del diálogo a toda costa pasarán por alto la respuesta de Jesús… No es para nada ecuménica.

Cortada la interlocución con quienes libremente tomaron una decisión, y a pesar de la mansedumbre y dulzura sostenida durante todo el discurso (llevado, como decíamos en esa ley de gradualidad de la revelación) inesperadamente se vuelve ahora a los doce:

“Y vosotros, ¿queréis también iros?” (v. 68)

 

El que dijo “si alguno quiere seguirme…” será consecuente siempre con aquella suprema facultad otorgada al hombre desde la creación: el libre albedrío.

No hay “obligación” de seguir a Jesús. Quien lo hace, acepta sus condiciones.

El Señor, miró y amó al joven rico que mostraba interés en un vuelo más elevado que el resto del vulgo. Y mirándolo fijamente le dirá: “si quieres…”

¿Y si no quiero? ¿Me espera la condenación, la perdición eterna?

Ninguna pista nos ofrece el Evangelio más que el comentario triste de Jesús acerca de las dificultades que encuentran los ricos para entrar en el Reino.

Habla de dificultades. No de imposibilidad.

Pero siempre respetará la libertad.

Lo que no puede admitirse en ningún caso es la falsificación de su doctrina, la libre interpretación de sus mandatos.

No diremos nada nuevo si simplonamente afirmamos que el Evangelio es cuestión de tómalo o déjalo.

Un comentarista de peso, como el Cardenal Gomá, llega a sostener que Jesús, aunque afectado sin duda por la deserción de tantos discípulos, estaba dispuesto a quedar incluso sin sus Apóstoles. Pero Él ya sabe que creen.

 

Y ahora llegamos a la tercera intervención “electrizante”.

Una vez más, como tantas en el Evangelio, será Pedro protagonista.

El toma siempre la palabra en nombre del colegio apostólico. Pero habla desde la sinceridad de su corazón que no había reservado nada para sí.

Pero el evangelio jamás oculta su inocentona presunción, sus ímpetus que no conocían la mesura, al igual que la confianza desmedida en unas fuerzas que también podían abandonarle en los momentos difíciles…

No será Pedro el que deje largos silencios en circunstancias de este tipo.

Su respuesta es de un profundo amor y convencimiento de que fuera de Jesús no hay refugio.

“Señor, ¿a quién iremos?

Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios” (v. 64)

 

Es aquí, una vez más, que Pedro hablará por instinto e inspiración del Padre que está en los cielos. No es ni la carne ni la sangre quien esto le revela.

Más bien, si considerásemos la respuesta desde “la carne y la sangre”, su traducción sería algo así como “ya que no tenemos otra alternativa…”

Pero su ad quem ibimus?, no es un sinónimo de nuestro “¡Qué le vamos a hacer!”

Aún así, me atrevo –prescindiendo del fundamento que el Espíritu le sopla a Pedro para seguir con Jesús- a ver en aquellas palabras del simple y tosco Simón Pedro, un paradigma de lo que yo llamaría la resignación de la fe.

 

Y lo explico desde nuestra pobrísima, pero real experiencia.

Aunque carecemos de la experiencia singularísima de los Apóstoles que vieron, oyeron y tocaron al Verbo de Vida , de una forma asimilable, también, a nuestro modo, somos testigos de cotidianos milagros en nuestra vida de creyentes: no nos han faltado ocasiones de ser protagonistas de verdaderos milagros producidos por la doctrina de Cristo.

Sin embargo, nuestra fe es constantemente puesta a prueba por innumerables instancias provenientes de muchos flancos, siendo las más dolorosas las que se generan en el seno mismo de la Iglesia.

Humanamente no vemos salida a la confusión, la superstición, el relativismo, la desacralización y tantos otros males que nos aquejan “ad intra”, en el torrente mismo de la vida de la Sociedad fundada y querida por Jesucristo.

 

Otra fuente copiosa de pruebas son los males que provienen del mundo –servidor de los espíritus del mal- y nuestra propia carne, siempre pronta a clamar por sus derechos.

El “¿a quién iremos?” también podemos traducirlo como el grito del hombre decepcionado. (*)

La decepción, el desengaño, de suyo, no constituyen un pecado. Tal vez sean la consecuencia ineluctable de la condición humana.

¿Es empobrecer el concepto de la fe, pensar que pueda actuar como camino de resignación?

No es su función principal. Pero la resignación puede ser un camino de vuelta.

Si re-signar, puede interpretarse como re-significar, asignar otro sentido, volver a marcar, no creo que sea pensar fuera del Evangelio que cualquier desengaño “criatural”, del orden que fuere, es lo más humano –y a la vez, lo más divino- que nos pueda pasar.

 

¿A quién iremos?

¿Hay alguien en el mundo que haya colmado nuestras expectativas afectivas, intelectuales… humanas, en general?

¿Quién puede comprender la plenitud que reclama nuestro corazón desorientado, ávido de un guía, de un abrazo cálido, de una comunión promisoria de hondura e intimidad?

¿Será otro hombre, tan extraviado en el camino como nosotros mismos, el que nos pueda llevar a esa plenitud por la que clama cada célula de nuestro ser?

¿A quién iremos?

Si la pregunta de Pedro hubiese terminado aquí, aunque válida, quedaría sin respuesta y retrocederíamos al Qohelet.

Pero “Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”

Y aquí la resignación de la fe, se muta en una serena certeza. Pero está en la misma línea: no busca garantías, no exige comprobaciones milagrosas: sólo confía en las palabras de Cristo y confiesa su Divinidad. Sólo eso. Nada más que eso: que Cristo es el Hijo de Dios.

Pero todas nuestras afirmaciones, (pues provienen de nuestro pensamiento) tal como lo afirman los libros sapienciales son precarias.

Y si son precarias las afirmaciones, ¿cómo no han de ser precarias nuestras acciones?

También Pedro sentirá en carne propia de la distancia entre nuestras afirmaciones y nuestros actos.

Mucho se ha escrito, predicado y meditado sobre la triple negación de aquel hombre sobre quien el Señor quiso fundar la solidez de la Fe de Su Iglesia.

Ya hemos dicho muchas veces que es SU Iglesia, de Cristo, no de Pedro…

 

Simón Pedro entendió aquella tristísima noche de su cobardía que más allá de la flaqueza, de la defección (tan humillante como arrebatada fue su protesta de amor incondicional en la Cena), el “haber creído”, era camino del retorno: cuando saliendo fuera lloró amargamente; debió repetirse una y mil veces su electrizante respuesta de la sinagoga de Cafarnaúm: “¿Domine, ad quem ibimus?” Señor, ¿a quién iremos? ¿a quién iré?

 

Pero la debilidad humana de Pedro, al igual que la nuestra (¡oh maravilla de nuestra miseria incomprensiblemente sublime!) no había de terminar la noche de la Pasión.

Después de la Resurrección, Pedro, junto con los demás Apóstoles, será el gran anunciador del kerigma de la salvación: Jesús ha sido constituido Señor a la diestra del Padre y él es testigo.

Llamará incesantemente a la conversión y a compartir los sufrimientos de Cristo.

El mismo Señor le predecirá que será llevado donde él no quiera… y de esa forma glorificaría a Dios.

 

Es de todos conocido aquel conmovedor episodio no referido en los Evangelios Canónicos del Quo vadis?

Un manuscrito llamado La leyenda Aurea, según se presume redactado en el siglo XIII, por el monje dominico y arzobispo de Génova, Jacobo de Vorágine, refiere
que cuando el emperador Nerón en el año 64 inicia una ferocísima persecución contra los cristianos, San Pedro temeroso de lo que pudiera sucederle huía de Roma por la Via Apia, pero en el trayecto se encontró con Nuestro Señor Jesucristo cargado con una cruz. Preguntándole "Quo Vadis Domine?" ¿A donde vas Señor?, Jesucristo le contesto: Mi pueblo en Roma te necesita, si abandonas a mis ovejas yo iré a Roma para ser crucificado de nuevo.

 

¿A dónde vas Señor? ¿A dónde vas Pedro?

No hago teología ficción, si sostengo que en aquel instante volvió a la cabeza del pobre Simón Pedro su resignada afirmación-pregunta de algunos años atrás:

“¿Domine, ad quem ibimus?” Señor, ¿a quien iremos?...

Y una vez más el pobre, como les pasa con frecuencia a los de gran corazón y dura cabeza, se sintió avergonzado y volvió a llorar.

Y aquí sus esperanzas humanas, la resignación y la sobrenaturalidad de la Fe, se hicieron una sola cosa: volver sus viejos y encallecidos pies por el camino andado para encontrarse para siempre en la cruz –no podía ser de otro modo- con Aquel a quien, con toda la sinceridad de su corazón había dicho:

Domine, tu omnia nosti, tu scis quia amo te.

Señor, tu lo sabes todo, sabes que te amo…

 

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P. Ismael

 

 

(*)

2. Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. En la homilía de la santa Misa de inicio del Pontificado decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud». Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.

3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.

Carta Apostólica Porta Fidei. Benedicto XVI

Pelear con Dios

A  N.A.L. , boxeador desde la infancia,

que cojea de su pierna diestra…

 

 

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La mayoría de los comentaristas se limitan a calificar de “misteriosa” la lucha sostenida por Jacob con aquel misterioso personaje –un ángel que se traba en pelea con el atemorizado y fugitivo hijo de Isaac, al otro lado del Jordán, más allá de Canaán, en la zona controlada por su hermano Esaú- sin indagar demasiado en el extraño suceso, tan extraño como el narrado en el capítulo 28 del Génesis que refiere el sueño de la escala cuyo extremo llegaba al cielo y era transitada ordenadamente por una multitud de ángeles.

 

El relato de la lucha del patriarca con ángel la encontramos en Gén 32, 23-32.

A cierta altura de la noche se ve enfrentado por un sujeto que se pone sin más a luchar con él.

Algo así como una “lucha libre” que se prolongó hasta el despunte de la aurora. Y como el contrincante no podía con el entrenado y astuto (aunque cansado y asustado) hermano de Esaú, le descoyunta la articulación del fémur rogándole: “Déjame partir, porque llega la aurora”.

 

Sospechando de haber tenido contacto con un ser bastante singular, Jacob, que de todo sabía sacar ventaja –su madre Rebeca lo había confirmado en sus artes de “arrebatador”, y antes de soltarle –con todo el dolor que habrá tenido en el nervio ciático- no deja de exigir su premio: no te dejaré ir si no me bendices. Preguntado por el ángel cuál era su nombre y respondiendo que Jacob, y en consonancia con lo que ya por entonces significaba el cambio de nombre y la misión asignada a futuro, el misterioso luchador espiritual –contradictoriamente corpóreo- le dice: en adelante no te llamarás más Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres y has prevalecido…

Todavía Jacob continúa: Por favor, dime tu nombre. Y se le dará una respuesta que encontramos en la misma clave de la que recibirá Moisés en el Sinaí: ¿Por qué preguntas mi nombre?

Lo bendijo, y allí le dejó.

 

¿Cómo quedó Jacob, aparte de continuar el camino cojeando del muslo?

¿Qué compresión tuvo de semejante combate “cuerpo a cuerpo” con un espíritu?

La Escritura Santa nos da por único detalle el coloquio que sostiene consigo mismo el nuevo ISRAEL: “He visto a Dios cara a cara, y ha quedado a salvo mi vida” Bautizó el sitio con el nombre PENUEL – “rostro de Dios”, o “visión de Dios”.

 

Giorgio Castellino, entre otras opiniones recoge la que sostiene un simbolismo sobre los infortunios de los años precedentes de Jacob, luchando con los hombres, por disposición de la providencia divina, y finalmente, ayudado por Dios era ahora depositario de mayores promesas.

Si como es de pensar este episodio tiene alguna conexión con la visión de la escala, ocurrido no bien parte hacia Paddán Aram (Mesopotamia) con la fresca y mañosa bendición arrebatada a su padre.

Enviado a casa de su tío Batuel para que le eligiese una esposa que garantizase una unión endogámica con el fin de evitar toda contaminación con los cultos idolátricos, y transitando de Bersabee, al sur de Palestina, se dirige más hacia el norte de Jerusalén, descansando por la noche sobre una piedra como almohada.

(Además del ciático de Jacob, siempre me han dado que pensar sus cervicales…)

Y además me imagino en el Santo Patriarca el patrono de los que “claudican”…

“Claudus”, en latín: rengo. Renguear, claudicare, no necesariamente significa “traicionar”. Al menos en el sentido latino. Con ello me quedo…

 

Ya conocemos el texto que refiere la visión.

Recordemos lo que dice la voz de Dios:

Yo soy Yahvé, el Dios de tu padre Abraham, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado, te la daré a ti y a tu descendencia. Tu posteridad será como el polvo de la tierra; y te extenderás hacia el occidente y hacia el oriente; hacia el aquilón y hacia el mediodía; y en ti y en tu descendencia serán benditas todas las tribus de la tierra. Y he aquí que yo estaré contigo, y te guardaré en todos tus caminos y te restituiré a esta tierra; porque no te abandonaré hasta haber cumplido cuanto te he dicho”

Lleno de temor, al despertar, Jacob exclamará ¡Cuán venerable es este lugar!, no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo!

Levantado muy de mañana erigió la piedra-almohada en monumento, derramando aceite sobre ella y bautizándola BETEL (ciudad de la luz) haciendo ante el Señor sus promesas, algo interesadas, como no podían ser las de un peregrino errante como él, asegurando para Dios el diezmo de lo que obtuviera.

 

Aquellos lugares “altos” tan frecuentes en la cultura mesopotámica, sitios de culto y encuentro con las divinidades extranjeras serían la constante tentación del incipiente pueblo de Israel.

En concreto Harrán, ciudad de su tío Laban, era sede de un templo dedicado a la luna (el dios Sin), conectada con Ur, de donde había partido al llamamiento divino Abran con su padre Tare.

Con la seguridad de tan enjundiosas promesas por parte Dios, Jacob entra en la Mesopotamia, fortalecido por una bendición divina.

Aún esposado con Raquel (que había escondido entre sus pertenencias los terafim –pequeños idolillos familiares-) Jacob no se contaminó con ninguna seducción idolátrica, permaneciendo fielmente anclado en las promesas divinas y en la experiencia absolutamente palpable de un ángel que se le escapó de las manos, pero como con Abraham, marchará delante de él.

 

Estas someras consideraciones de base textual no serán impedimento para otra mirada que vea en este “misterioso encuentro” un aspecto –siempre en el claroscuro de nuestro entendimiento aquí en la tierra- de lo que podríamos llamar la “pelea” de todo hombre con Dios.

Jesucristo dirá a Saulo, en los comienzos de su elección como vaso destinado a tan grande misión, es en vano dar coces contra el aguijón…

Y el mismo hombre, ya el Pablo fortalecido por la lucha contra sí mismo y las potestades enemigas dirá al fin de su vida: He peleado el buen combate…

 

¡Luchar con Dios!

¡Una locura!

Pero si miramos nuestras vidas, tal vez nos demos cuenta que no hemos venido haciendo otra cosa que trabarnos en lucha cuerpo a cuerpo (¿¡!??) con el ángel del Señor…

Sin una misión tan señalada como la de Israel, sin una tierra que conquistar y una descendencia heredera de tan grandes promesas, sin promesas tan eternas, todos hemos soñado con un cielo al que acceder y luego nos vemos, no sabemos cómo ni por qué en esa misteriosa lucha, que pienso, es la lucha más humana de todas las que lo hombre sostiene en su corta y azarosa existencia.

 

Lucha con la belleza de lo divino que se encubre en la engañosa criatura que lo subyuga, y por ello no quiere soltarla hasta que le bendiga…

 

¿Tiene el combate con el ángel un filón de la pudorosa sensualidad con que oculta el hebreo la desembozada crudeza de la fricción de los luchadores grecorromanos?

¿Es la bendición del ángel el amor que todo hombre busca en cualquier pelea que se presenta en este mundo?

¿Qué se quiebra en nosotros tras una pulseada inacabable con lo sublime y lo que nos supera?

¿Por qué no abandonamos al otro hasta que obtenemos su “bendición”?

¿Esa bendición es la aceptación de nuestro destino que sólo Dios conoce?

Podemos considerarnos benditos si, como Jacob, nos disponemos a realizar nuestro “viaje” con las provisiones que Dios quiera acercarnos hasta que retornemos a nuestro origen…

Y ¿vale la pena esa lucha de la que sabemos podemos sacar algo más que una renguera compañera fiel de lo que nos quede por andar?

 

De muchas maneras el hombre lucha con Dios.

Lucha cuando lo busca y no lo descubre ni en los acontecimientos históricos generales o particulares de su vida.

Cuando no ve su mano en la dirección que los sucesos cotidianos de mayor o menor consecuencia tienen en la rutina de existir.

También es lucha la resistencia a dejarse vencer por la primacía que Dios exige en nuestros corazones, con la consiguiente expulsión de los falsos ídolos que nos prometen llevarnos a la cima de las torres más altas de nuestras realizaciones carnales o de poder…

Y las luchas podrían seguir enumerándose…

 

Bástenos distinguir entre peleas “buenas”, con causa, y luchas obstinadas, que no tienen otro origen que el pecado que resiste a la gracia de Dios.

No será tan difícil sacar nuestras propias conclusiones.

Ideales, proyectos, deseos de toda índole, son para muchos de nosotros una constante batalla entre lo que pretendemos y lo que Dios quiere para nosotros…

A veces a brazo partido, como Jacob. Otras veces sin resistencia, a lo Jeremías…

 

Aclaremos que Jacob sostiene una “lucha o guerra justa con Dios”: no lucha por sus caprichos o pasiones, por su mera prevalencia sobre su piloso hermano…

Si los ángeles que suben por la escala, llevan la oraciones de los hombres hasta el trono de Dios y los que bajan, traen su respuesta, la gran lucha del hombre de fe será siempre el permanecer “hasta el amanecer” (es decir hasta que despunte la aurora de la resurrección) en estado de resistencia y perseverancia en su oración.

 

También Moisés mantuvo, no sin fatiga –y no sin ayuda humana- los brazos en alto para obtener la victoria de Israel sobre Amalec. Sus brazos elevados no significan otra cosa que aquello que Jesús nos enseñó que es necesario orar, sin desfallecer jamás…

Y dicho sea de paso, al igual que Moisés, sería bueno encontrar quienes nos ayuden en el combate de la oración… Al menos sosteniéndonos los brazos.

En otra ocasión hemos hablado de las cualidades dispositivas de la oración, dejando bien en claro que no es para torcer la voluntad divina por lo que pedimos a Dios aquellas cosas que estimamos buenas para ser buenos.

El episodio que comentamos contrapesa aquella afirmación: el que persevera en un buen propósito verá colmadas sus esperanzas.

 

Nos parece que el siguiente comentario de San Agustín tiene algo que ver con lo que intentamos esbozar:

 

“La parte paralizada de Jacob significa a los malos cristianos, de modo que en él se dan la bendición y la claudicación.

Es bendito Jacob por parte de los que viven bien, y cojea por parte de los que viven mal. En el mismo hombre se dan ambas cosas ahora. Pero algún día se hará la reparación y la distinción.

Eso es lo que la Iglesia desea, cuando dice en el salmo: Júzgame, ¡Oh Dios!, y discierne mi causa de la gente no santa… (Ps. 42, Iudica me)

Ahora la Iglesia es coja. Hinca bien un pie, pero el otro es inválido.

Atended hermanos, a los paganos. Hallan, a veces, cristianos buenos que sirven a Dios, y se admiran, son atraídos y creen.

Pero a veces ven los que viven mal y dicen: “¡Mira a los cristianos”. Esos que viven mal corresponden al tendón del muslo tocado y se han secado…”

 

(Sermones. V: El combate de Jacob con el ángel)

 

Y lo que Agustín distingue en el trigo y la cizaña que se da en la Iglesia, no sin apartarnos de su sentir, podemos aplicarlo a cada hombre en sí mismo:

Hay días que peleamos con Dios por ser buenos, y otros, luchamos por salirnos con la nuestra: caminamos rengueando…

 

Pero recordemos que es preferible llegar rengueando, antes que tirarse para siempre en el camino, sin sueños, sin ángeles hermosos que revoloteen sobre nuestras cabezas endurecidas en la almohada de la vida y sin la emoción sublime de pelear con la belleza misma.

 

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P. Ismael

PALABRAS IRREALES II. Cuando los cumplidos salen caros…

 

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Marcuse. Muerte de Saúl y Jonathán

 

Nos hemos referido anteriormente, basados en un sermón newmaniano, a las “palabras irreales” que Josué adjudica al pueblo que prometía serle fiel al Señor en la asamblea de Siquem.

 

Por ser simplistas, de algún modo, digamos que aquel caso, como los que de él derivamos, pueden considerarse en el fondo un pecado de presunción.

Y para ser más reductivos, señalamos ahora que la presunción, supone un engaño a otro o a uno mismo.

 

Ya en alguna oportunidad hemos dicho que el pecado original es la mentira.

Siendo la mentira –hija del Demonio, que la Escritura Santa llama “padre de la mentira” vamos a detenernos ahora en la figura de una de sus nietas: LA ADULACIÓN.

 

Un curioso episodio con dos narraciones diferentes nos presenta el final el libro I de los Reyes (cap 31) y el cap 1 del Segundo Libro.

Se trata de la muerte de Saúl, en su última batalla con los filisteos.

 

“Los filisteos persiguieron con todo empeño a Saúl y a sus hijos y mataron a Janatán, a Abinadab y Melquisúa, hijos de Saúl, de modo que el peso del combate vino a descargar sobre Saúl, el cual concibió gran temor cuando le descubrieron los flecheros. Por lo cual dijo Saúl a su escudero: “Saca tu espada, y traspásame con ella, no sea que vengan estos incircuncisos y me maten, mofándose de mí”. Mas no quiso su escudero porque tuvo gran miedo. Entonces tomó Saúl la espada y se arrojó sobre ella. El escudero al ver que Saúl era muerto, echóse él también sobre la espada y murió con él…” ( I Re, 2-5)

 

*

 

“Después de la muerte de Saúl, estando David de vuelta de la derrota de los amalecitas, y hallándose ya dos días en Siceleg, sucedió que al tercer día llegó un hombre del campamento de Saúl, rasgados sus vestidos y cubierta su cabeza de polvo; el cual llegado a David postróse en tierra e hizo reverencia. David le preguntó. “¿De dónde vienes?” “He podido escapar del campamento de Israel”, contestó él. Díjole David: “¿Qué ha sucedido? Cuéntamelo”. A lo que respondió: “Huyó el pueblo de la batalla, y muchos del pueblo han caído y perecieron; también Saúl y su hijo Jonatán han sido muertos”. Preguntó entonces David al mozo que le daba la noticia: “¿Cómo sabes que han muerto Saúl y su hijo Jonatán?” Respondió el mozo que le traía la noticia: “Yo me hallaba por casualidad en el monte Gelboé, y vi a Saúl arrojado sobre su lanza cuando los carros y la gente de a caballo le daban ya alcance. Volviéndose él entonces hacia atrás, me vio y me llamó. Yo respondí: “Heme aquí”. Y me preguntó: “¿Quién eres tú?” Le dije: “Soy un amalecita. Tras lo cual él me dijo: “Ponte sobre mí y mátame; porque se ha apoderado de mí angustia mortal, y mi vida está aún toda en mí”. Púseme entonces sobre él y lo maté; porque sabía que no podía vivir después de su caída. Y tomé la diadema que había sobre su cabeza y el brazalete que tenía en su brazo, y los he traído aquí a mi señor”.

Entonces asió David sus vestidos y los rasgó, haciendo lo mismo todos cuantos estaban con él. E hicieron duelo y lloraron, ayunando hasta la tarde, por Saúl y por Jonatán, su hijo, y por el pueblo del Señor y por la casa de Israel; pues habían caído al filo de la espada.

Después dijo David al mozo que le había traído la noticia: “¿De dónde eres?” Respondió: “Soy hijo de un extranjero, amalecita.” Díjole David: “¿Cómo no tuviste temor de extender tu mano para dar muerte al ungido del Señor?”

Y llamó David a uno de los jóvenes, al cual dijo: “Acércate y mátalo”. Y él lo hirió, y murió, mientras David le decía: “Tu sangre caiga sobre tu cabeza; pues tu misma boca ha dado testimonio contra ti, al decir: Yo he dado muerte al ungido del Señor”. (II Re 1; 1-16)

 

No hace falta demasiada indagación para descubrir que el amalecita fingió su participación en la muerte de Saúl, esperando ganarse el favor del Rey David.

Primero lo expolió de sus joyas, como buen oportunista y luego urdió la mentira del postrer favor prestado al vapuleado Saúl.

 

De la lectura de ambos relatos concluimos que le salió bastante mal su mentira.

En este caso, sus palabras irreales, procedentes de su interés personal, revisten la forma de adulación.

De este vicio o pecado, como queramos llamarlo, nos proponemos hacer alguna consideración.

 

Enseña Santo Tomás:

“La amistad antes dicha, o afabilidad, aunque tenga por objeto propio agradar a quienes le rodean, sin embargo, no debe temer, en caso necesario, desagradar por conseguir un nuevo bien o por evitar un mal. En efecto, si uno quiere conversar con otro con intención de agradarle siempre, se excede en su afabilidad y, por lo tanto, peca por exceso. Si lo hace por mera jovialidad, se le puede llamar “afable”, según Aristóteles; pero, si con ello busca algún beneficio, entonces es “adulación”. Sin embargo, el nombre de adulación se extiende comúnmente a todos aquellos que de manera desmedida buscan agradar a otros con palabras o con hechos en el trato corriente”

(S.Th. 2-2 q. 115 a. 1)

 

Por no frustrar prematuramente un talento que pudiera ser, por animar a un desalentado “ensayista” de cualquier campo, por los innumerables cumplidos que la vida educada nos impone, por “no faltar a la caridad” –virtud tan imprescindible como compleja en sus terminalidades- y por otras tantísimas razones, caemos de hecho en pequeñas o no tanto, adulaciones.

 

Si a ello añadimos el mencionado interés personal por quedar bien por un simple cumplido y los beneficios que eventualmente nos reportaría (aunque más no sea subir un punto en la estimación que merecidamente o no hemos perdido) etc., las circunstancias de caer casi inadvertidamente en la tipología del adulador se multiplican entre quienes –insisto, no siempre con mala intención- cultivan la convivencia como la más preciada de los frutos del amor cristiano.

 

Si no estamos atentos a los movimientos más secretos de nuestras intenciones, que tantas veces son desconocidos para el mismo sujeto, es muy probable que nos convirtamos en delicados y piadosos aduladores.

 

Antonio Poliseno en su jugoso libro Los defectos de los otros, le dedica el primer capítulo al adulador, del que nos complace citar este extenso párrafo.

 

“…Lee en tus pensamientos y en tu corazón; sabe cómo hacer brotar de ti lo que piensas y no te atreves a expresar; lo que deseas, pero no te atreves a probar. Es el hábil revelador de lo que te agrada. Sabe que –como todos los hombres, por lo demás- tienes tendencia a captar más el aspecto provechoso que el verdadero de las palabras que oyes; sabe que posees una innata propensión a que te elogien; sabe que es difícil discernir los esfumados límites que separan lo verdadero de lo falso…

Siempre logra aprisionarte con esa cadena de dulces satisfacciones que produce el reconocimiento de quien te aprecia no tanto por lo que eres, sino por lo que te gustaría ser; después de haberte convencido de que realmente eres así. Por cierto que tú opones resistencia y te defiendes; al principio con relativa firmeza, después cada vez más débilmente, pero al final te rendirás. ¿Cómo puedes oponerte a su lógica, al poder de sus argumentos, a una “sinceridad” tan sentida?

Por lo demás, te gusta lo que él dice, y en lo que gusta se cree…

¿Estás secretamente convencido de que tienes algún mérito, y el miedo de confrontarlo con la realidad lo devuelve a tu interior? El capta tu íntimo tormento y te estimula para que abandones tu excesiva humildad. No importa lo que hagas, él te convence de que lo has hecho de la mejor manera posible.

¡No digas que te disgusta! El lo sabe, y te brinda la satisfacción que buscas.

¿Alimentas deseos, cultivas esperanzas, tienes aspiraciones? El te arranca de las vacilaciones y te impulsa a actuar; casi te asegura que ya eres dueño de aquello que no osabas poseer.”

 

La “especie” de los aduladores se da allí donde haya hombres. Verdad de Perogrullo. Los hubo muchos en los pasados tiempos de las cortes reales, y suponemos que bastante en cortes principescas o democráticas de la actualidad…

Pero sobrevive aún mucho en los ambientes religiosos y clericales en especial.

 

Cuenta Martín Descalzo cómo en tiempo de las sesiones del último Concilio, un clérigo se ponía a la entrada (o salida) de la manada de Padres conciliares, para saludar a uno y a otro, interesándose por la salud de su señora hermana, por la evolución de la artritis o del catarro del prelado, por los contratiempos de sus viajes o sus numerosas tareas pastorales.

Según el genial escritor, al cabo de no mucho tiempo, el mencionado personaje (más de sainete que de la humilde milicia de Cristo) terminó recibiendo la retribución de sus “cumplidos”, siendo elevado a las episcopales ínfulas.

Y todo por el (no neguemos que sacrificado) mérito de cumplir tan fielmente sus rituales de adulación.

 

Claro que aunque la mayoría de los adulones son casi siempre los súbditos, personas de inferior condición al adulado, esta regla también admite algunas excepciones.

Podemos encontrar aduladores entre aquellos que uno pensaría que no necesitan este mezquino recurso, pues nos parece que todo lo tienen y es poco lo que puede reportarles.

No es tan así.

 

También encontramos al superior que “adula” al súbdito.

Tal vez saliéndose de la forma antes descripta, el superior adulón no es tanto el posible beneficio personal lo que busca, cuanto la humillación y burla de su subordinado.

Y ello resalta con mayor nitidez si las condiciones ensalzadas son evidente carencia en sus víctimas.

Los ejemplos pudieran ser inacabables.

Destacar las dotes oratorias de quien no sabe hilar tres palabras en una conversación corriente, animar a quien no tiene el menor sentido de lo sacro y la estética a que edifique una catedral, promover a un cargo que exija tacto y prudencia a quien está claramente falto de ellos, nombrar maestro de capilla a quien desafina hasta para tocar el timbre…

 

Y esta otra forma de adulación se me ocurre tal vez la más demoníaca.

Es claro que Satán es más inteligente que Eva, y por lo tanto, en ese orden, superior.

 

Si leemos bajo esta mirada la primera adulación de la historia, veremos al padre de la mentira, adular al hombre en el paraíso del Edén: hacerle creer que –siendo Dios mentiroso, la peor de las blasfemias- ellos podían por su preclara inteligencia, saber lo que les convenía, por encima de una realidad que no quisieron, o no pudieron por su ofuscación ver con claridad.

Así, el inferior ofuscado por el superior tiene dos posibilidades por descubrir: o se busca su perdición, como en el caso de nuestros protoparentes, o se están burlando de él. O la tercera que junta ambas: una burla que busca perdernos. Leamos el final de “Cartas del diablo a su sobrino” y entenderemos bien lo que quiero decir…

 

A esta clase de adulador, lo llamaría yo “el guasón”…

 

Jesucristo desnudó al instante estas “guasas” de sus adversarios cuando fueron con preámbulos como: “Maestro bueno…”, “Sabemos que enseñas el camino de la justicia y no haces acepción de personas”, “Moisés nos dijo…¿Tú que dices?... etc.

 

Dante los puso en la segunda sima del octavo círculo, en una fosa inmunda, tragando eternamente una sustancia repugnante, fétida y nauseabunda.

Para el autor de la Commedia era el más repugnante de los vicios.

 

La ira de David, o la imaginación del Dante, no pronostican buen fin para esta clase de amigos de las “palabras irreales”.

En definitiva, los que juegan con “palabras irreales”, eligen, como Judas, el árbol del que se quieren colgar.

 

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P. Ismael

O EMMANUEL…

“La misericordia del Dios

permanece por toda la eternidad”

Sal 102, 16

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“O Emmanuel, Rex el legifer noster, expectatio gentium, et Salvator earum: veni ad salvandum nos, Domine, Deus noster”

 

 

“¡Oh Emmanuel, nuestro Rey y legislador, el deseado de las naciones y su Salvador! Ven a salvarnos, Señor Dios nuestro”

 

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La última de las Grandes Antífonas cierra el canto de la Expectación con el gran tema de fondo que ha dominado estos días: Cristo, el Salvador Esperado, Rey del mundo y Legislador, vendrá a salvarnos por su gran Misericordia.

En realidad es la última, la gran nota final, con un magnífico calderón de eternidad.

 

Sírvame ello de paso para excusar la brevedad que debiera tener el presente comentario, dejando que siga sonando en las mentes de mis amables lectores.

 

En Is. 7, 14 el hijo que dará a luz la doncella (Παρθενος = virgen, según la traducción de los LXX, interpretación consagrada por Mt 1) recibe el nombre EMMANUEL = DIOS CON NOSOTROS.

 

Sería una pretensión en extremo prolija el recorrer en la Escritura tanto la literalidad, como el sentido de esta “compañía”, esta “presencia” de Dios con su pueblo.

Desde el ángel del Señor que marcha delante de los Patriarcas hasta las exclamaciones en todas las batallas “el Señor luchará con nosotros”, es la gran constante de todos los libros inspirados y como la síntesis de toda religión, exigencia moral y vida cultual: ¡Dios está con nosotros! ¿Qué pueblo tiene a sus dioses tan cercanos, como está el Señor cerca de nosotros?

 

Si Dios está con nosotros ¿quién estará contra nosotros?, exclama el Apóstol de los Gentiles.

Dios está y estará con nosotros.

Está en el sostenimiento de la Creación, de la Fe que arde en los corazones fieles, en el dolor del mundo, en las pruebas que nos envía, en la esperanza y afanes de los testigos de nuestro tiempo…

Está, sobre todo en el Sacramento del Altar, en medio nuestro, mediante su Presencia Real, en el perdón que generosamente nos otorga, en los ojos de los niños y de quienes amamos más allá de su cáscara…

Estará con nosotros en la hora de la prueba suprema y la gran tribulación.

Estará en la hora de nuestra muerte, de nuestro tembloroso encuentro con Él.

Estará Él mismo, Emmanuel, intercediendo ante el Padre por aquellos cuya vida, carne y sangre quiso asumir y derramar la Suya.

Estará siéndolo Todo en todos, por los siglos sin término.

 

 

MARANATHA!

VENI DOMINE IESU!

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P. Ismael

Para escuchar la antífona:

http://www.youtube.com/watch?v=FWGM9bJR2Cs

O REX GENTIUM…

« Tu trono es de Dios para

siempre jamás; un cetro de equidad,

el cetro de tu reino”

(Salmo, 44)

 

 

REX GENTIUM

 

 

“O Rex gentium, et desideratus earum, lapisque angularis, qui facis utraque unun: veni, et salva hominen, que de limo formasti” »

 

« ¡Oh Rey de los gentiles y Deseado de las naciones, y piedra angular que haces de dos pueblos uno! Ven y salva al hombre, que del lodo formaste”

 

 

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Como una sinfonía perfecta, en que los movimientos, centrados en un motivo que la vertebra, va preparando un final glorioso, las Antífonas O, van, a medida que se aproxima el momento de cantar la llegada del Salvador creando en el oído del alma un crescendo, un clímax de profundo gozo espiritual.

Hemos ido, como conviene a la naturaleza de la liturgia, que responde en último término al orden de la Revelación, ascendiendo “gradualmente” en estos ansiosos llamados al Verbo, tal y cual en la Historia de la Salvación fueron dándose: según la sapiente pedagogía de Dios, deteniéndonos en cada peldaño de su manifestación ascensional.

 

Así cantamos al Verbo Increado, preexistente en el seno eterno de la Santísima Trinidad (Sapientia); conocimos el nombre con que Dios quiso manifestarse y ser llamado por nuestros padres en el Antiguo Testamento (Adonai); reconocimos en el Hijo de David el linaje humano del Redentor (Radix Iesse); veneramos sus prerrogativas como conductor de la Casa de David y Fundador de la Iglesia (Clavis David); nos ha deslumbrado su resplandor que viene a quitar la tinieblas de nuestra vida (Oriens); lo proclamamos como Rey de las Naciones que aúna ambos Testamentos y Pueblos (Rex Gentium) y nos dejará con el aliento contenido el llamarlo con el dulce nombre de Dios con nosotros, Rey y Legislador (Emmanuel)

 

Este el penúltimo movimiento, o si queremos, el penúltimo escalón de este canto insistente de la Iglesia.

 

Hoy llamamos a Cristo “Rey deseado por las Naciones”, que ha venido ha hacer de ambos pueblos (el Israel de Dios y toda la Gentilidad) uno solo Pueblo.

A partir de la venida del Señor, se derribarán todos los muros de mezquindad que separan a los hombres, las diferencias y orgullos raciales…

Este Rey nuestro viene, a diferencia de los reyes de la tierra, revestido de la pobreza de nuestra condición mortal.

No podría salvarnos si Él mismo, en cuanto Perfecto Hombre, no hubiese recibido un cuerpo como el nuestro “formado del barro de la tierra”.

Si Él mismo no hubiese asumido el barro, no hubiera podido redimirlo.

Glorificada eternamente a la diestra del Padre, la Humanidad Santísima de Cristo, no olvida que pudo compadecerse de nosotros, como un Sumo Sacerdote que entró en el santuario del Cielo, no con la sangre de animales irracionales, sino con su misma Sangre preciosísima.

 

“¿Quién es ese que viene con ropaje teñido de rojo… y por qué está rojo tu vestido y tu ropaje, como el de un lagarero? (Is 63, 1-2)

“Fue llevado como cordero al matadero, y como oveja, muda ante los que la trasquilan, no abrió la boca” (Is 53, 7; Hech 8,32)

Así es como se presenta ante nosotros el Rey de la Naciones.

Mezcló su Sangre con nuestro lodo: nos re-modeló.

Y así como Elohim, formó con su manos la forma humana, soplando en su rostro el hálito de vida, Jesucristo nos re-creó empapando a ese hombre con su Sangre, saldando así la deuda de nuestra naturaleza insolvente y enemistada para siempre con Dios.

 

Por ello con toda justicia, Dios Padre lo constituyó Rey y Señor, porque nos compró para Él al precio de Su Sangre. Y le otorgó un Nombre que está sobre todo nombre, para que al Nombre de JESÚS, toda rodilla se doble, el Cielo, en la tierra y en los abismos…

En razón de la Unión Hipostática, en razón de su conquista, Jesucristo es el único Rey, no sólo de las Naciones y de los hombres todos, sino hasta de la creación entera, que como hemos señalado en estas reflexiones, fue hecha para Él. Omnia per Ipsum facta sunt. Todas las cosas fueron hechas por y para el Verbo.

 

Detengámonos un instante sobre este bellísimo texto de Newman:

“Pero Cristo vino a hacer un nuevo mundo. Entró en este mundo para regenerarlo en Él, para hacer un nuevo comienzo, para ser principio de la creación de Dios, para reunir todas las cosas y recapitular todo en Él. Los rayos de su gloria fueron esparcidos por el mundo; un estado de vida recibieron algunos, otro otros. El mundo era como un espejo bello, roto en pedazos, que no muestra ninguna imagen uniforme de su Creador. Pero Él vino a combinar lo que estaba disipado, a reunir en Él lo que estaba destrozado. Dio principio a toda excelencia y de su plenitud todos hemos recibido.

Cuando vino, un Niño nación, un Hijo nos fue dado, y era Hermoso, Consejero, Dios Todopoderoso, Eterno Padre, Príncipe de la Paz. Los ángeles anunciaron un Cristo, un Señor, pero además, “nació en Belén”, y fue “puesto en un pesebre”. Sabios orientales le trajeron oro porque era Rey, incienso porque era Dios, pero por otro lado también mirra, como señal de la muerte y sepultura que vendrían.

Al final, “dio testimonio de la verdad” como Profeta ante Pilato, sufrió en la cruz como nuestro Sacerdote, mientras era asimismo “Jesús de Nazareth, Rey de los Judíos”

 

(Bto. J. H. Newman, Los tres oficios de Cristo. Sermón de Navidad)

 

En el presente sermón, el brillantísimo Cardenal, ha resumido lo que venimos intentando decir.

Este Rey que une lo que parecía irreconciliable: al hombre con Dios, a la gentilidad con el pueblo de la Alianza.

Y ello por el camino de la humildad y el anonadamiento más inimaginable que podamos concebir, iniciado en el mismísimo instante de la Encarnación.

Tres Tronos ocupa el Rey de la Paz: el Pesebre, la Cruz, la Diestra del Padre.

 

El mismo Newman remarca que solamente en la Persona de Jesucristo pudieron juntarse los tres oficios (o misiones) de Profeta, Sacerdote y Rey.

Así fue posible la perfecta reconciliación con Dios.

Melquisedec fue sacerdote y rey, pero no profeta. David fue rey y profeta, pero no sacerdote. Jeremías, sacerdote y profeta, pero no rey.

En ninguno de estos grandes de la Historia Sagrada se pudieron –como nunca se podrán juntar- los tres oficios a la vez.

Solamente Dios mismo podía hacerlo.

 

Este hombre formado del barro de la tierra y redimido por Jesucristo, aún sigue resistiendo el imperio de cohesión a la unidad en Él.

Pasaron los siglos y ante la contemplación de este mundo en variada pero constante desintegración, nuestro ánimo lucha por sostenerse en la fe en la eficacia de la Encarnación Redentora.

 

Terminemos contrastando la realidad de este mundo con un texto de León XIII

“se podrían restañar muchas heridas, todo derecho adquiriría su antigua fuerza, volverían los bienes de la paz, caerían de las manos las espadas y las armas, si todos aceptaran voluntariamente el imperio de Cristo, le obedecieran y toda lengua proclamase que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria del Padre” (Annum sacrum, 25-5-1889)

Remarcamos el se podrían y demás verbos potenciales que inteligentemente utiliza el Papa Pecci, como condicional. ¿Cuál es esta condicional? La de siempre: la voluntad del hombre.

 

Más allá de que los hombres seguimos haciendo barro, creemos que el Señor podrá mantenernos sobre la sólida piedra angular, que es Él mismo, y soplar sobre nosotros su majestuoso aliento.

 

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Para escuchar la Antífona:

 http://www.youtube.com/watch?v=4v926AQ3oTQ&feature=related

 

P. Ismael

O ORIENS…

Volvámonos hacia el Señor…

 

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“O Oriens, splendor lucis aeternae, et sol iustitiae: veni et illumina sedentes in tenebris et umbra mortis”

 

 

 

« ¡Oh Oriente, esplendor de la luz eterna, y sol de justicia, ve e ilumina a los que están sentados en las tinieblas y en las sombras de la muerte”

 

 

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Aquel que vino a abrir las puertas del cautiverio de los hombres, a quien hemos llamado “Llave de David” para rescatar a los que estaban sentados en tinieblas de muerte, es llamado en el mismo cántico de Zacarías, Sol que nace de lo alto.

 

De todos es sabido que la Iglesia “sacralizó” el día 25 de diciembre, eclipsando con la celebración de la Navidad, la fiesta del Sol Invicto, gran acontecimiento para el mundo pagano, que precisamente con motivo del solsticio de invierno, imploraba del astro rey su protección y bendiciones.

No hizo más que superponer el Sol Increado, sobre el sol de la creación.

 

“Lumen de Lumine” – Luz de Luz- rezamos en el Credo.

Es la única figura “creada” que utiliza el Símbolo Nicieno-constantinopolitano (síntesis de la Fe de la Iglesia de los Padres) para describir la procedencia del Verbo respecto del Padre.

Dios de Dios, Luz de Luz, Dios Verdadero de Dios Verdadero, Genitum, non factum, Engendrado no creado: Hijo de Dios. De la misma substancia del Padre.

 

Dios es luz. El Evangelio de Juan en su Prólogo nos dice, superponiendo el cuadro sobre los trazos del Génesis, que la Luz estaba con Dios, que era Dios.

 

“La verdadera luz, la que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. Él estaba en el mundo; por Él, el mundo había sido hecho, y el mundo no lo conoció” (Jn 1, 9-10)

Dice Jesús: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la obscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12)

 

La luz es la primera de la criaturas hechas por Dios: “Dijo Dios: “Haya luz” y hubo luz. Vio Dios que la luz era buena, y apartó Dios la luz de la obscuridad” (Gén 1, 3-5)

Es vista por el Salmista como el ropaje de Dios: “Tú te recubres de la luz como de un vestido” (Sal 104, 2)

 

La Jerusalén celestial estará completamente iluminada por la luz del Cordero, que será su lámpara.

Para San Juan la vida cristiana se presenta como un constante combate entre los hijos de la luz y los hijos de la tinieblas y para el Apóstol de los Gentiles, siempre la luz será presentada como una imagen bien conocida por los cristianos, quienes ante la proximidad del día son invitados a abandonar “las obras de la tinieblas”.

El que obra según la luz, va hacia ella, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

 

Jesucristo en su Transfiguración el Tabor, adelantó a los favorecidos Apóstoles, un atisbo de su divinidad al transfigurarse ante ellos, resplandeciente de la luz que como Verbo del Padre, era ocultada por la opacidad de su Humanidad Santísima. Algo así como un escape centellante de brillo a través de la grieta de una vasija que contiene dentro la lumbre.

Este resplandor durará un instante.

Llegada la Hora de Cristo, Él declarará abiertamente: “Esta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas”.

La Pasión parecerá extinguir aquella luz que vino al mundo.

Pero la Resurrección es el triunfo de la Luz.

 

Si en el orden creado, encontramos que todos los seres son visibles y resplandecen porque reciben su luz del sol, toda luz sobrenatural que brilla sobre nosotros dimana de Cristo, Sol de Justicia.

 

Todos los pueblos mirarán al Oriente, que precisamente eso significa (Originante, Saliente) como la dirección desde donde amanece y brota la luz.

Llamamos al Señor Oriente, porque Él se ha revelado desde allí. De allí ha anunciado su venida. Estar “orientado” es estar dirigido hacia Dios. “Des-orientado” es haber perdido la dirección de la fe, la plegaria y la salvación…

Porque la salvación viene de Oriente… (Cf Jn 4, 22)

 

El Apóstol nos ha exhortado en la Epístola del pasado Domingo IV de Adviento (que se vuelve a leer en las Ferias) a no juzgar nada antes de tiempo, “hasta que venga el Señor, el cual sacará a luz los secretos de las tinieblas y pondrá de manifiesto los designios de los corazones, y entonces a cada uno le vendrá de Dios su alabanza” (I Cor, 4, 5)

 

Cada quien tiene sus conos de sombra y muchas veces no vemos lo malo que hay en nosotros, sencillamente porque no tenemos luz. Cuanto más intensa sea la luz, tanto mayor será nuestro espanto al descubrir cómo estamos. Pero la luz de Verbo hecho carne ha iluminado nuestras almas con nuevo resplandor.

Una cosa es la desnuda luz del psicoanálisis y otra la luz de Cristo.

 

El nuevo resplandor del nacimiento del Salvador, nos hace mirar las miserias humanas, nuestras propias miserias, bajo una óptica de insondable esperanza. Sin caer en la trampa del optimismo, sin ningún tipo de edulcorante, podemos llegar a ver la cruda realidad de nuestro estado, sabiendo que por nosotros, Dios ha asumido todo lo nuestro –con excepción del pecado- para que podemos levantarnos y salir de las tinieblas.

 

Orientar nuestra vida hacia el Señor no es fruto de una decisión adolescente, de una consigna impuesta, de un impromptu místico o un mero deseo de mejora espiritual.

Se trata de abrir de par en par las puertas del corazón, dejar que cada resquicio sea iluminado, no tener vergüenza de todo lo que podamos ver. Y luego, dejarnos curar por este Sol de Justicia y Verdad.

 

 

Una consecuencia litúrgica

 

Los cristianos y la Iglesia toda han de re-orientarse constantemente hacia el Señor. “Volvernos hacia El”. No darle las espaladas.

 

“La orientación de la oración común a sacerdotes y fieles (cuya forma simbólica era generalmente en dirección al este, es decir, al sol que se eleva), era concebida como una mirada hacia el Señor, hacia el verdadero sol”  (Cardenal Ratzinger)

La liturgia y el culto católico han de recuperar esta reorientación, como lo viene enseñando, contra el fantasma de la impopularidad y la furia de ciertos teólogos, doctores y pastoralistas, nuestro Padre Santo, el Papa Benedicto.

 

Tema para otra ocasión, pero que bien se despunta de cuanto hemos dicho.

 

Sobre ello bástennos las palabras del célebre liturgista de la escuela de Ratisbona, amigo del entonces Cardenal Ratzinger, Mons. Klaus Gamber, referidas a la “orientación” del culto, del Altar y de la asamblea:

 

“Según la concepción católica, la Misa es algo más que una comunidad para celebrar una cena en memoria de Jesús de Nazareth. Lo importante no es la constitución de una comunidad, ni lo que ella vive –aunque esto no deba subestimarse (cf I Cor 10,17) sino sobre todo el culto que se rinde a Dios.

No es el hombre sino Dios quien debe ser siempre el punto de referencia. De aquí que desde los orígenes todos se orientaban hacia Él y no un cara a cara entre sacerdote y asamblea. Es necesario sacar la consecuencia y reconocer francamente que la celebración versus populum es un error. Porque ella es en definitiva una orientación hacia el hombre y no hacia Dios”

 

(Klaus Gamber, “Vueltos hacia el Señor”, Ed. Francesa, con prólogo de Joseph Cardenal Ratzinger, 1992)

 

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Para escuchar la Antífona:

 http://www.youtube.com/watch?v=F5MaqjnSoHA

 

P. Ismael

O CLAVIS DAVID…

 

 

“Ni que vayas, ni que vengas,

con llave cierro la puerta”

(García Lorca)

 

 

 

 

 

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“O clavis David, et sceptrum domus Israel; qui aperis, et nemo claudit ; claudis et nemo aperit : veni, et educ vinctum de domo carceris, sedentem in tenebris, et umbra mortis »

 

 

« ¡Oh llave de David y cetro de la casa de Israel, que abres y nadie puede cerrar, y cierras y nadie puede abrir! Ven y saca de su prisión a los cautivos, sentados en tinieblas y sombras de muerte”

 

 

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Objetos y experiencia de todos los días: nuestras llaves.

 

La de nuestra casa, la oficina de trabajo, el coche. Las llaves de la parroquia, las de la biblioteca, la del Sagrario…

Tenerlas consigo significa la potestad, el uso y dominio de lo que es nuestro o de lo que se nos ha confiado.

Quien ha tenido la desagradable suerte de haber extraviado alguna vez su llavero, o que se lo hayan arrebatado, siente que “su” mundo se le cierra, que sus cosas y su propia persona quedan en la inseguridad, la inestabilidad.

Dejar las llaves de nuestra casa a un vecino cuando tenemos que cuidar a un pariente enfermo, ausentarnos por obligaciones o descanso, es un signo de grande confianza en su persona.

 

Desde que comenzaron a usarse en la historia de la humanidad las llaves, toda llave, ha adquirido la connotación de potestad: un pequeño artefacto que pone en nuestras manos todo lo que él puede franquearnos.

Tener las llaves es tener toda la casa.

Simbólicamente se entregan las “Llaves de la Ciudad” a un visitante ilustre, y más mediáticamente el emocionante momento (para el ganador) de un concurso con premios tales como una casa o un automóvil.

 

Que existieron en el Oriente antiguo no sólo lo atestigua la Escritura, sino la historia de muchos pueblos, como Egipto, por ejemplo, que cuenta en su alfabeto ideográfico con el signo de la llave (ank), hoy bastante en boga como adorno a modo de dije, en pulseras y demás colgantes.

En los bajorrelieves de numerosísimos templos y tumbas faraónicas, aparece el rey con este emblema en su mano: signo de poder sin límites, como hijo de los dioses que se le consideraba.

 

Pequeñísima o gigantesca, hermana inseparable de los engranajes combinados que ocultan la cerradura, conforman desde aquellos tiempos, aliados de la seguridad que el hombre procura para lo que desea guardar celosamente: su vida, su familia, sus bienes.

 

En el Antiguo Testamento tienen principalmente esta connotación de entrega del poder, y a juzgar por el texto que transcribimos, su tamaño ha sido importante.

 

“Pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; abrirá y nadie cerrará, cerrará y nadie abrirá.

Le hincaré como clavija en lugar seguro y será trono de gloria para la casa de su padre” (Is 22, 22-23)

 

El Mesías lleva “sobre su hombro” la llave de la casa de David. Y es llamado Clavis David, Llave de David.

El tiene potestad de abrir y cerrar. De dejar pasar o impedir la entrada.

 

Dice Jesús en la parábola del Buen Pastor:

 

“Yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto” Y más adelante aclaró: “… el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador, pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero…” (Jn, 10, 7-9; 1-3)

 

Esta potestad de dejar entrar le corresponde por derecho a Cristo por ser quien habría de dar su vida por las ovejas.

Más aún el texto indica que el paso es Él mismo: hay que pasar por Él.

 

Pero convenía que Cristo se fuera, para que entonces pudiera venir el Paráclito, el sostén, el Espíritu que Él había de enviar desde el Padre el día de Pentecostés.

¿Cómo actuará entonces el Señor para dejar pasar, para abrir, y también para cerrar, sino a través de este “acto de potestad y confianza” entregando las llaves de Su Iglesia a quien nombró piedra?

Su Casa, la Iglesia, es y seguirá siendo suya. Pero las llaves, hasta su retorno como Juez de vivos y muertos, las dejó en manos del pobre pescador galileo. En manos de un “arrepentido” que como lo vemos representado en un famoso cuadro del Greco, llora arroyos de lágrimas, con sus manos juntas, mirando al cielo, pero sin soltar el juego de dos llaves que lleva enganchado en su brazo derecho.

 

“Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos” (Mt 16, 17-19)

 

Puesto que nadie puede poner otro fundamento que el puesto por Cristo y siendo su palabra infalible, la seguridad para llegar a Él y pasar por Él, nos viene, por encima de la fragilidad del portero, de Su voluntad de hacerlo depositario sobre sus hombros de las llaves del Reino: “El que os escucha a vosotros, a Mí me escucha, el que os rechaza, a Mí, me rechaza”

Y aunque Pedro tenga a su cargo tamaña tarea de abrir y cerrar, la causa “instrumental” de nuestra entrada o exclusión, es siempre Cristo, Llave de David, Puerta de las Ovejas, Cabeza y Señor de la Iglesia.

Al final de la historia, cuando Cristo entregue el Reino al Padre, para que todo sea uno en la eterna felicidad de la contemplación facial de Dios, juzgará de nuestras obras, si hemos guardado Su Palabra.

 

El Vidente de Patmos recibe el encargo de escribirle al Ángel de la Iglesia de Filadelfia:

“Esto dice el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David: si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra nadie puede abrir. Conozco tu conducta: mira que he abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar, porque, aunque tienes poco poder, has guardado mi Palabra y no has renegado de mi nombre…”

(Apoc 3, 7-8)

 

Guardar la Palabra de Cristo es la garantía para que funcionen las llaves.

Aunque tengamos poco poder, como los de Filadelfia, Él ha abierto ante nosotros una puerta cuando nos incorporó a Su Iglesia por el Bautismo, confirmado sobre la Fe de Pedro.

 

Dejamos para el final otra de las funciones de la llave.

 

El Mesías romperá los cerrojos de las cárceles de los cautivos. Abrirá sus celdas como abrió el Sheol en el que estaban detenidas las almas de los justos del Antiguo Testamento hasta el día de Su Resurrección.

Así lo profetizó Zacarías en su cántico del Benedictus que cada día recitamos en las Laudes matutinas:

“illuminare his qui in tenebris, et in umbra mortis sedent...”

“para iluminar a los que yacen (están sentados) en las tinieblas y sombras de la muerte”.

 

Estar “sentado” es figura de quien no tiene esperanza de redención. Quien está en las tinieblas no tiene otra alternativa que sentarse, porque es imposible cualquier intento de caminar. Mientras hay luz se puede caminar, cuando llega la noche, nada se puede hacer.

Por eso el Mesías viene a tomarnos y ponernos de pié, como lo hizo Él y también los Apóstoles cuando sanaban a los lisiados.

 

Es un lugar común para la teología de la liberación el tópico de “las opresiones”. No está mal siempre que se entienda que la liberación más importante, y que sólo Cristo puede realizarla, cooperando el hombre, es la de la cautivad y esclavitud del pecado, principalmente el personal. Porque el llamado “pecado social” no es más que la suma de nuestros pequeños o grandes pecados, que nos tiran a “sentarnos” en una tiniebla que puede llegar a ser tan cómoda como mortal.

 

Pidamos en estos días al Divino Cerrajero que acomode los engranajes interiores de la combinación de nuestra alma, para que lo dejemos abrir, entrar y cenar con nosotros.

 

Para escuchar la Antífona:

 http://www.youtube.com/watch?v=mzR--y9MiPM&feature=related

 

 

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P. Ismael