“Cuando era protestante yo notaba que mi religión era seca y triste, pero no mi vida; sin embargo siendo católico mi vida es triste y seca, pero no mi religión”

(Beato Card. John Henry Newman)

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O SAPIENTIA…

“Salí del Padre y vine a este mundo”

(Juan, 16, 28) 

 

 

 

Annunciation

Giovanni Lanfranco, Anunciación

 

“O Sapientia, quae ex ore Altissimi prodiisti, attingens a fine usque ad finem, fortiter suaviterque disponens omnia: veni ad docendum nos viam prudentiae”

 

“Oh Sabiduría, que saliste de la boca del Altísimo, alcanzas de uno al otro confín, y ordenas todas las cosas poderosa y suavemente, ven y enséñanos el camino de la prudencia”

 

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Las antífonas “O” no son otra cosa que una exquisita síntesis teológico litúrgica de los títulos mesiánicos, por esa razón cada una de ellas va abriéndonos un insondable venero de contemplación del misterio de Cristo, el Verbo Encarnado y Redentor.

 

Hasta qué punto pudo vislumbrarse en el A.T. la revelación del Logos eterno, no es tarea fácil para el exegeta que pretenda encontrar algo más que un barrunto de la plenitud que los textos sapienciales alcanzarán a la luz deslumbrante del Prólogo de Juan que evocará la eterna existencia del Verbo en el seno de Dios.

Ciertamente podemos encontrar en los textos veterotestamentarios asombrosos indicios que sostienen nuestra fe, fundada en la interpretación patrística ininterrumpida, que desembocan, teniendo en cuenta el desarrollo progresivo de la historia de la salvación, en la adjudicación cristológica de la “Sabiduría divina”.

Inspirados para describir uno de los atributos divinos, los textos nos muestran lo que llamamos la “personificación de la sabiduría”, existiendo desde siempre. Ella misma hace su elogio: “Desde la eternidad fui yo moldeada, desde el el principio, antes que la tierra…, estaba yo con él como arquitecto, solazándome ante él en todo tiempo” (Prov 8, 23-30)

 

La personificación de la Sabiduría no obedece simplemente a una evolución del lenguaje poético, sino que nos señala el origen de dicha Sabiduría.

Procede de Dios, participa de su naturaleza, posee sus perfecciones de omnipotencia e inmutabilidad (Cf. Prov 7, 25; 7, 23-27)

 

El mismo libro de la Sabiduría describe la obra de Dios en el mundo y los hombres: “Pues hay en ella un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, perspicaz, inmaculado, claro, impasible, bienhechor, amigo del hombre, firme, seguro, sereno, que todo lo puede, todo lo observa, penetra todos los espíritus, los inteligentes, los puros, los más sutiles.

Porque a todo movimiento supera en movilidad la Sabiduría, todo lo atraviesa y penetra en virtud de su pureza. Es un hálito del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Omnipotente, por loo que nada manchado llega a alcanzarla. Es un reflejo de la luz eterna, un espejo sin macha de la actividad de Dios, una imagen de su bondad.

Aun siendo sol, lo puede todo; sin salir de si misma, renueva el universo en todas las edades…” (Sab 7, 22- 27 y ss)

Una interesante representación de la Sabiduría increada puede ser descubierta por el ojo de un buen observador, en fresco más universalmente conocido del techo de la Capilla Sextina: la Creación. En él, Miguel Ángel ha representado al Creador abrazando una delicada e inquietante figura femenina.

 

Jesús, el Hijo de Dios, se presenta ante sus contemporáneos como Maestro poseído de la sabiduría de Dios que viene a comunicarla. Su forma de enseñar –que llamaba la atención por su contraste con la de los doctores de la ley y los fariseos- está marcada por las formas literarias del profetismo: parábolas, alegorías, sentencias, proverbios.

Comparándose con el mismo Salomón (el sabio de Israel por excelencia, autor oficial de los más sublimes textos sapienciales) dirá: “Aquí hay alguien que es más que Salomón” (Cf Mt 12, 24; Lc 11, 31)

Solamente Dios mismo podía “llevar a su perfección” los mandamientos entregados a Moisés en Horeb. “Habéis oído que se dijo… pero Yo os digo” Ese YO está conformado sobre la misma forma gramatical de la revelación del Nombre de Dios.

 

Es en Cristo, en quien se revela la Sabiduría de Dios. Esa que el Padre quiso revelar a los pequeños y ocultar a los grandes sabios.

Las “obras” (signos, milagros) de Jesús, revelan las obras del Padre, la sabiduría divina.

Al igual que la Sabiduría de los sapienciales (Eclo 24, 19; Prov 3, 17) El nos invita a tener un encuentro personal, a saborear su doctrina y gozarnos de su presencia.

 

El paralelismo es asombroso.

“Venid a mí los que me deseáis, y hartaos de mis productos”; “Sus caminos son caminos de dulzura y todas sus sendas de bienestar”

“Venid a Mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11, 28-29)

Así, con toda propiedad Cristo es la Sabiduría (El logos eterno) que sale de la boca del Altísimo: su perfecta imagen, su impronta, su Palabra hecha carne para los hombres que pone su tienda entre nosotros.

 

Huelga la referencia a la etimología de SAPIENTIA. Ciencia sabrosa, para ser degustada, saboreada. La sabiduría del evangelio necesita un paladar “educado”.

Así como no todos los alimentos son apreciados o resistidos por el paladar y el estómago, la sabiduría de Cristo, puede ser para muchos necedad e indigestión.

El hombre carnal, el necio, el mundano no aciertan a este descubrimiento como un oído torpe rechaza o se burla de una acabada y sublime composición musical…

Es propio de la Sabiduría (arquitecta divina) ordenarlo todo y disponer con maravillosa providencia el curso de la historia, los grados de perfección de los seres, la inapreciable vida de la gracia en los hombres y los insondables movimientos de los ángeles.

 

La Sabiduría va creciendo en nosotros, si le damos lugar en la tierra de nuestro corazón, sin que nosotros nos demos cuenta, como lo ha enseñado el mismo Jesús. Ella se transformará en un frondoso árbol crecido junto al torrente de las aguas más puras.

Dispondrá el entendimiento para que “degustemos” las cosas de Dios.

El mundo ha ido perdiendo aceleradamente el gusto por las cosas divinas y su enfangarse en los engañosos bienes de la tierra pareciera su destino inevitable…

Nadie puede acercarse a Cristo si el Padre no lo atrae. Y el mismo Cristo lo atrae. Pero esta atracción se verifica por el imán de la libertad. Sí, una atracción poderosa que libremente nos hace elegir el bien, la sabiduría por encima de todas las riquezas y bienes creados, así como lo pidió Salomón.

 

Entre tantos bienes que la Sabiduría nos reporta (“todos los bienes nos vienen con Ella”) pudiéramos destacar la virtud de la prudencia: lo que en la Antífona se llama “el camino de la prudencia”

Efectivamente, la prudencia es un estrecho y costoso camino a recorrer: no llegamos a la Sabiduría, sin que Ella misma nos señale el camino a seguir: “Ego sum via”; “Yo soy el Camino…”

No hay otro camino para la prudencia que el ejemplo de la misma Vida del Señor Jesús que viene a nosotros. Y no hay mejor guía que el Espíritu Santo para recorrerlo: es nos ha concedido a modo de don la Sabiduría el día de nuestra confirmación.

 

Tengamos presente las palabras del salmista: “La boca del justo meditará sabiduría, y su lengua hablará lo justo”.

Para pasarlo a un lenguaje de cuño psicológico, digamos, por simplificar que sabiduría bien podría entenderse como plenitud en la madurez humana y cristiana.

 

Escribe San Buenaventura (que no leyó a Lersch ni a Pieper) : “La madurez en los juicios es la sexta columna sobre la que descansa el edificio construido por la sabiduría, lo cual equivale a decir que nos es juzgadora, como enseña el Apóstol Santiago. Esta madurez existe en el hombre, siempre que se guarda con sumo cuidado de formar juicios temerarios… quien aborrece a otro, no podrá juzgarlo recta e imparcialmente… por efecto de la prevención con que lo mira… pues todo hombre debe ser más propenso a disimular indulgentemente, que a juzgar temerariamente. Y por desgracia se observa que al presente todos se creen con derecho a juzgar los malos pensamientos, como diría el Apóstol Santiago…” (San Buenaventura, “Los dones del Espíritu Santo”)

 

Nos conceda el Maestro, Sabiduría Insondable de Dios, enseñarnos con su paciencia infinita este camino de la prudencia en este punto y en las múltiples exigencias de la vida espiritual.

Si somos discípulos sensatos veremos cuánto nos falta…

Acudamos a Santa María Sedes Sapientiae en quien se asentó la Sabiduría como en su Trono, Ella nos conduzca con su dulzura de Madre y su infalible pedagogía de Maestra.

Porque Ella fue primero discípula…

 

VENI DOMINE IESU!

 

Para apreciar el texto musicalizado:

http://www.youtube.com/watch?v=VcoYzoSfZUc

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P. Ismael

La rosada ansiedad del Adviento

un gozo anticipado…

 

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Jesús, dulce fruto de María, flor de la Raíz de Jessé

(ícono moscovita)

 

Período de santa confianza y recogimiento, el Adviento difiere del tiempo de Cuaresma en muchos aspectos, por más que con el transcurso de los siglos, especialmente en el VII, por influencia monástica haya querido equiparse a ésta en cuanto a los rigores del ayuno y la austeridad.

Por el contrario el tiempo del Adviento es el de una contenida respiración del alma ansiosa por la llegada de Aquel que ha de venir y no tardará…

 

El más destacado de los domingos de Adviento es el III, llamado Gaudete, por las palabras del Introito de la Misa que pone la clave del espíritu de este gozoso día:

Gaudete in Domino semper, iterum dico, gaudete…

Alegraos siempre en el Señor, otra vez os lo digo, alegraos.

Es pues este misterioso espíritu de alegría que se mixtura con las inquietudes humanas de la sociedad y de los individuos, inmersos como estamos en las cosas de este mundo tambaleante.

 

Sobradamente conocida es la nota del tono rosáceo de los ornamentos que junto con el IV domingo de Cuaresma, se usa solamente dos veces al año.

Un rubor inocente de la Iglesia virgen, que ya sabe lo que viene…

El rosado, un morado atenuado, anticipa la alegría por lo que ha de venir y nos animan a vivir el espíritu de sacrificio que a pocos días imprimirán las Témporas del Adviento, siendo éstas en la antigüedad las más importantes del año. Tanto que aún muchos ministros sagrados (subdiáconos, diáconos y presbíteros) reciben en estos días las Sagradas Ordenes.

 

A partir del 17 de diciembre, la Iglesia hace resonar en el Oficio de Vísperas las llamadas “Antífonas Mayores”, o antífonas “O”, por comenzar todas ellas con la piadosa exclamación O (Oh!) a modo de gemidos que el Espíritu pone en el corazón de los fieles para apurar la llegada del Deseado de las Naciones.

Para Amalario de Metz, estas antífonas, probablemente datan del siglo VII y son de origen romano, fueron hasta 10, pero San Pío V fijó el número septenario.

Cada una de ella hace referencia a un título cristológico, constituyendo verdaderas piezas de poética teología bíblica.

 

Son las siguientes:

O Sapientia = sabiduría……. Veni   (Ven)

O Adonai = Señor poderoso Veni…

O Radix Jesse= raíz, renuevo de Jesé (padre de David) Veni…

O Clavis David = llave de David, que abre y cierra… Veni…

O Oriens = oriente, sol, luz… Veni…

O Rex Gentium = rey de paz Veni….

O Emmanuel = Dios-con-nosotros. Veni…

 

Puede encontrarse el texto completo y la traducción castellana en

http://es.wikipedia.org/wiki/Ant%C3%ADfonas_de_Adviento

 

 

Como dijimos, comienzan a recitarse desde el 17 al 24 de diciembre.

Invirtiendo su orden se forma un curioso acróstico:

ERO CRAS

“Estaré mañana”

Es la respuesta de Cristo a Su Iglesia que clama por su pronto advenimiento.

 

En España principalmente, desde el siglo VII, se celebra a Nuestra Señora de la “Expectación”, o María de la O, teniendo su oficio mucho en común con el de la Anunciación y habiendo dado a populares composiciones del alegre cancionero español.

 

En fin, que el Domingo Gaudete nos ayude a examinarnos sobre el sentido de la verdadera alegría, mejor digamos GOZO. Porque la traducción adecuada es GOZAOS.

Que es cosa bien distinta. Uno puede estar gozoso (que es un estado interno del alma que posee un determinado bien) y no necesariamente “alegre” que tiene más bien una connotación externa.

Cuántos tendrán en estos días pocos motivos para la manifestación externa de su gozo, pero a nadie ha de faltarle el gozo interior por la proximidad de la salvación que, por voluntad divina, a todos quiere alcanzar.

 

El misterio del Adviento, no es otra cosa que el traspaso a la liturgia de la presente vida del hombre: una constante tensión esjatológica por la llegada de Aquel que ha de juzgar a este mundo y sabemos que ya vino en la humildad de nuestra carne.

 

Entre las Antífonas O, señalemos la que llama al Señor que viene “Raíz de Jessé”

Entre otras consideraciones notemos la importancia que le asigna toda la Escritura Santa al origen de Cristo “secundum carnem”.

El no es un alienígena. Proviene de una raza y una familia humana.

Una familia que aguarda la plena realización de las promesas en la Persona Adorable del Mesías, verdadero hijo de David, de Jessé.

 

De allí que durante este tiempo resuena constantemente en la liturgia el clamor de la Iglesia a su Divino Esposo:

Rorate coeli desuper…

Aperiatur terra, et germinet salvatorem…

 

Se trata de dos acciones:

La de Dios, significada por el fecundante rocío celestial que podemos relacionar con la sombra del Espíritu que hizo Madre a la Virgen Santísima.

La humana, sublimemente encarnada en María, que como tierra fecunda, aportando la Santísima Humanidad de Cristo, germina al Salvador: la flor de la humanidad redimida.

 

Por ello ningún otro tiempo litúrgico podría considerarse más “humano” que este: es propio del hombre esperar la realización de las más preciadas promesas.

Y Dios es siempre fiel. A pesar de las infidelidades del hombre.

En las genealogías del Jesucristo no se oculta la existencia de personajes que tuvieron sus serios defectos.

Y ello es garantía de redención.

 

Siglos y siglos de expectación brotaron en el rosado seno de Nuestra Señora…

Muchos quisieron ver ese día y no lo vieron…

Dichosos nuestros ojos, porque ven y nuestros oídos, porque oyen.

 

Aunque nuestra vida de cada día no siempre se vista de rosa. Y ya mañana volvamos al morado de la renuncia del discípulo de Cristo, en permanente estado de Adviento.

P. Ismael

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NOTA:

El color rosado no fue abolido por el Novus Ordo. Cf. nº 308, f) “Normas Generales del Misal Romano”

Quien tenga complejos con el rosa, pero se sienta bien hombre por dentro, no deberá tener respeto humano.

y siga el baile…

Si a un diablo del infierno

“se le hubiese encomendado

la ruina de la liturgia,

no hubiera podido hacerlo mejor”

Dietrich von Hildebrand

(The Devastated Vineyard)


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Sta. Cecilia, Virgen y Mártir


Cuando con perplejidad y dolor, nuestros padres y abuelos comenzaban a decir “nos han cambiado la religión” hacían algo más que una simple declaración nostálgica, como ha querido insidiosamente presentarse la confusión y el pensar del sentir de los fieles y el sentir de la fe.


Cada día vemos que se instala más cómodamente en su cátedra la abominación de la desolación, anunciada por Daniel y confirmada por Nuestro Señor Jesucristo.


Dolor, pena, profunda decepción vamos experimentando día a día los católicos ante la irrefrenable avalancha de abusos litúrgicos, que, a pesar de la claridad de los documentos y disposiciones recientes tendientes a poner un freno, son cometidos impunemente por sacerdotes y obispos pastoralistas y liturgos de un culto que ya hace tiempo desfiguró el rostro santo del auténtico culto católico.


Nos vamos encontrando día a día con una religión que cambia al gusto de la moda que impone una ya no tan minoría paranoica para consumo de jóvenes aborregados, advenedizos a la Iglesia, que con la aquiescencia de sus pastores va desplazando con una furia diabólica (encubierta de sensibilidad pastoral o falsa inculturación) la verdad dogmática, fundamento de todo culto legítimo que debe tener a Dios como destinatario, para trasladar su objetivo a la dimensión antropológica que se concibe como complacencia del gran público ignorante y superficial.


En estos últimos días nos venimos (iba a decir sorprendiéndonos, pero en los que todavía reside algo de sensatez, sería hipócrita decirlo) enterando por los medios, no ya de tímidas experiencias de laboratorio litúrgico, sino de manifiestas muestras de impiedad y sacrilegio.


En la Instrucción “Redemptionis Sacramentum” Sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía”, de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, de marzo de 2004, hacia el final del documento (Capítulo VIII) se dice entre otras cosas:


169. “Cuando se comete un abuso en la celebración de la sagrada Liturgia, verdaderamente se realiza una falsificación de la liturgia católica. Ha escrito Santo Tomás ‘incurre en el vicio de falsedad quien de parte de la Iglesia ofrece el culto a Dios, contrariamente a la forma establecida por la autoridad divina de la Iglesia y su costumbre’ (Cf S.Th II, 2, q 93, a 1)”.


170. “…donde los abusos persistan, debe procederse en la tutela del patrimonio espiritual y de los derechos dela Iglesia, conforme a las normas de derecho, recurriendo a todos los medio legítimos”.


171. “Entre los diversos abusos hay algunos que constituyen objetivamente los graviora delicta, los actos graves, y también otros que con no menos atención hay que evitar y corregir…”.


177. “Dado que tiene obligación de defender la unidad de la Iglesia universal, el Obispo debe promover la disciplina que es común a toda la Iglesia, y por tanto exigir el cumplimiento de todas las leyes eclesiásticas.. Ha de vigilar para que no se introduzcan abusos en la disciplina eclesiástica, especialmente acerca del ministerio de la palabra, la celebración de los sacramentos y sacramentales, el culto de Dios y de los Santos”.


183. “De forma muy especial, todos procuren, según sus medios, que el santísimo sacramento de la Eucaristía sea defendido de toda irreverencia y deformación, y todos los abusos sean completamente corregidos. Esto, por lo tanto, es una tarea gravísima para todos y cada uno, y excluida toda acepción de personas, todos están obligados a cumplir esta labor”.


Véase también el capítulo V en el que se hace referencia a puntos de capital importancia tales como, el lugar de la celebración, los vasos sagrados y las vestiduras litúrgicas.


Basten los textos citados para darnos cuenta de la gravedad que suponen las irreverentes iniciativas, de las cada vez más numerosas “misas rockeras” que están siendo no sólo mostradas, sino avaladas por obispos locales, con la ilusa esperanza de llenar el vacío que la desacralización interna y el paganismo universal han causado en nuestras iglesias.


Diríjase el amable lector a los siguientes vínculos que le ofrecerán una comprobación visual y auditiva de dos (entre las miles que hay) modelitos de celebrantes y celebraciones. Ambas con el efusivo placet episcopal.


El primer caso en el viejo mundo: Catedral de Tortosa (o tortuosa), España, con el P. Reverté, fundador del conjunto The Seminary Boys.

http://www.youtube.com/watch?v=4jG8LhBvEp4&feature=fvwk


 El segundo, en la prometedora América Latina, tan absurda en rechazar lo viejo de Europa y estar tan corrompida como ella. Un padrecito de una diócesis de Argentina con más pinta de conquistador de señoritas que de almas para Cristo.

http://www.youtube.com/watch?v=msQzrMYsEL4


¿Se lo habrán creído en realidad? ¿Son unos pobrecitos? ¿O trabajan horas extras para el Anticristo?


Cuando uno mira el contraste dramático entre esas catedrales góticas con sus retablos cargados de misticismo y piedad con la figura y el show representado por el ministro del altar (si es que así se reconoce el animador ordenado in sacris) no puede menos que ver la profunda fractura que se ha producido en uno de los elementos constitutivos de toda religión: el culto.


Sabemos que son tres los elementos que conforman toda religión:


1) Un dogma. Lo que se debe creer: el Credo o conjunto de verdades reveladas.

2) Una moral. El cuadro ético en el que se desenvuelve la vida del creyente: los Mandamientos.

3) Un culto, o liturgia. La expresión “plástica”, antropológica y sobrenatural de lo anterior.


Cuando los cambios sufridos en cualesquiera de estos componentes revisten por una parte un vaciamiento de los contenidos de fe (porque ya sabemos lex orandi, lex credendi) y la liturgia deviene en un espectáculo conforme a modelos no sólo profanos, sino manifiestamente anti-cristianos, como el rock u otras formas de esta cultura de la muerte que vivimos; ¿nos puede parecer exagerada la afirmación antes enunciada de encontrarnos con una religión cambiada?


El credo se nos predica mutilado, con selección de elementos doctrinales que no causen escándalo al hombre contemporáneo.

La moral se reduce al enunciado de dos mandamientos: no matar, no robar.

El culto, sufre las consecuencias de lo anterior: empobrecido, mutilado, mixturado, improvisado. Ridículo.


¿Hacia dónde vamos?


 Si la copa ya está hasta el borde, la caridad habrá de enfriarse (es decir se hará imposible la convivencia) y la abominación de la desolación está por enseñorearse del lugar santo, poco falta para que los verdaderos católicos busquen con angustia una lamparilla que señale la Presencia y no la encuentren. O bien sospechen sobre qué cosa sea eso que el hippie celebrante ha guardado allí…


Y no olvidemos que el sacerdote ha de tener la intención de hacer lo que hace la Iglesia cuando confecciona cualquier sacramento.


Supuesta que hubo intención de consagrar la Eucaristía; ¿en medio de qué irreverencias se hizo presente y se obliga a quedarse al Sufriente Prisionero del Sagrario?


Con independencia del juicio benévolo que harán mis amigos para quienes todo tiene que ver con la buena intención de tales celebrantes (por no decir payasos) y yendo más arriba, de los grandes cerebros que fueron destruyendo la liturgia desde hace más de cuarenta años, cualquiera que haya leído el Evangelio y conozca la teología de la liturgia, podrá ver que todo árbol se conoce por sus frutos.


¿Creen ustedes que tales excentricidades atraerán rectamente a la gente joven a nuestros templos cada vez más vacíos?


Hoy están. Mañana seguramente mudarán de salón bailable.


Una alianza mistonga –por usar un argentinismo- sin ningún fundamento y efímera durabilidad.


Entre tanto no hay lugar para los fieles que desean mantener la tradición.


Ocurrirá como en tiempos de San Atanasio, quien se atrevió a disentir de todo un episcopado enredado en el error del arrianismo.


En el año 360 San Gregorio Nacianceno describe aquellos momentos:


“Sin ninguna duda, la actitud de los pastores fue indefendible, pues, a excepción de un muy pequeño número que o bien no dejaron rastro, a causa de su insignificancia, o bien resistieron valientemente y desaparecieron como simiente y raíz de una primavera futura y de un renacimiento de Israel bajo la influencia del Espíritu, todos contemporizaron, no diferenciándose unos de los otros sino por el abandono más rápido o más lento. Algunos eran los campeones y jefes de la impiedad, los otros seguían en segundo rango, cediendo por miedo o por interés o por adulación o, más excusables, por su propia ignorancia” (Orac. XXI, 24).


¿Qué hacen hoy los obispos? ¿en qué piensan?


Muchos, con ignorancia afectada de los claros deseos del Santo Padre por la recuperación de la Misa Gregoriana –codificada desde los tiempos de S. Gregorio Magno y consagrada por S. Pío V, no inventada- o han declarado que no ven conveniente autorizar su celebración, o en algún caso verdaderamente malicioso la han prohibido, con manifiesto abuso de autoridad y desaliento de muchos católicos.


¿Adónde van a parar los eruditos y convincentes estudios y exposiciones de peritos en materia de liturgia, música y arte sacro que vemos publicar con más profusión que eficacia por vías oficiales y oficiosas?


Resulta que hoy nuestra Iglesia, tan abierta, tan respetuosa de las libertades, tiene un lugar para todos.


Para todos, menos para aquellos que desean usar los templos para la finalidad por la que fueron levantados.


Cualquier parecido de esta realidad con los tiempos del arrianismo, es absoluta y deliberadamente procurada.


Y no lo digo yo.


El Beato Cardenal Newman (“Los fieles y la Tradición”) , citando a San Hilario en su carta a Constancio, escribía:


“vuestra clemencia debería escuchar la voz de aquellos que gritan tan fuertemente: soy un católico, no deseo ser un hereje”.


P. Ismael


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Dueño de tus ojos

“illos tuos

misericordes oculos…”


Virgen


Hace poco, utilizando la expresión de uso vulgar “los ojos son ventanas del alma”, nos quedó la necesidad de reflexionar un poco más –sin pretensiones de especialista- sobre el mirar, el ver, los ojos en particular.


No decimos nada nuevo cuando notamos que junto con el sentido del oído (por el cual viene la fe, en el sentir de San Pablo), la visión ocular, constituirá para el bienaventurado la fuente de su eterno conocimiento y fruición del rostro de Dios (cf. Artículo anterior, en la conmemoración de los Fieles Difuntos).


Tampoco es novedad para el lector asiduo del Santo Evangelio, las sutiles anotaciones de sus Autores sobre las miradas y los ojos de Jesús.


El padre de la parábola vio a su hijo y se conmovió (cf Lc 15, 21).


Jesús vio a Zaqueo, quien subido a un sicómoro quería verlo a Él: “y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista…” (Lc 19, 5).


Al joven rico el Señor dirigirá una mirada muy particular. “Jesús fijando en él su mirada, le amó y le dijo…” (Mc 10, 21).


Ante la dureza de aquellos de la sinagoga que le acechaban a ver qué hacía aquel sábado con el hombre de la mano paralizada, nota Marcos: “Entonces, mirándoles con ira, apenado por la dureza de su corazón…”(3, 5).


Al ver el sitio donde habían puesto el cuerpo de su amigo Lázaro “Jesús se echó a llorar” (Jn 11, 35).


Durante su Pasión, mientras Pedro peleaba con su corazón que quería ser del Maestro y temblaba ante unos sirvientes ordinarios, y tras el escalofriante canto del gallo predicho por ÉL, “el Señor se volvió y miró a Pedro… y saliendo fuera, rompió a llorar amargamente” (Lc 22, 61,62).


Dejemos aquí el listado, que sería extenso, de citas que tienen que ver con la mirada y los ojos del Hijo de Dios.

El Evangelio da cuenta de muchos sucesos de miradas y otros podemos suponerlos por el contexto, la realidad y la Persona de Jesús.


¿Cómo sería la mirada de Cristo que bastó para que de una, casi todos sus Apóstoles, dejándolo todo, le siguiesen?


¿Cómo sería la mirada del Maestro que dijo sinite parvulos venire ad me?


¿Cómo fue la mirada sobre la adúltera, la Magdalena, la hemorroísa y tantos pobrecitos y pecadores que se atrevieron a acercársele?


Es imposible imaginar en Él unos ojos enjuiciadores, duros, indiferentes…


Hace bastante leí, creo que la idea era de Martín Descalzo, que hacia cierta edad de la vida uno ya es responsable del rostro que tiene. Digo que no lo recuerdo con exactitud y espero que desde el cielo me perdone la imprecisión, ya que no el plagio, cosa que siempre me ha repugnado.


La reflexión giraba en torno a las facciones. Yo lo aplicaría a las miradas y a los ojos que miran.


San Juan en su Primera Carta habla de la concupiscencia de los ojos (Cf I Jn 2, 16) entendiendo por ello la idolatría de la insaciable avaricia; dándose la mano con el crudo Cohélet para quien “no se cansa el ojo de ver ni el oído de oír” (Qo 1, 8).


Supuesta en el hombre esta tendencia originada por el primer pecado y la inclinación desordenada a querer apropiarse, al menos mediante la vista, de toda criatura, y la insaciabilidad de los ojos, hay algo que podemos, y debemos considerar.


Si Jesús ha dicho “Bienaventurados los puros de corazón porque verán a Dios”, hemos de pensar que la pureza interior y la felicidad eterna también se forjan a partir del ver las cosas como Dios las ve.


Si con el paso del tiempo somos “dueños de nuestro rostro” (porque él acusa las expresiones faciales más habituales de nuestro diario gesticular), con el mismo implacable avance, nos vamos haciendo dueños de nuestros ojos: ellos son lo qué miramos, cómo miramos y los más ingobernables delatores de nuestro estado interior.


En su pegadiza canción “Miradas” el cantautor argentino Axel (¡y no se escandalicen la devota Filotea ni el ortodoxísimo teólogo por mi cita!) hay una sugestiva y necesariamente incompleta, lista o tipología de “miradas” de esas que a diario nos encontramos en la vida.


En mi juvenil mundo andaluz sonaba también aquello de “y tu mirá se me clava en los ojos como una espá…”


Cada uno, más allá de la tonalidad del iris, ha ido labrando su mirar “hacia fuera”: el mundo, el prójimo, las más pequeñas situaciones.

Por deambular un poco por el mundo animal, podríamos por ejemplo, graficar algunas miradas: de perro, de tigre, de león, de cobra, de ternero, de lechuza, etc., etc. ; salvando claro está, la mención de los caninos, que excepto en caso de rabia, tienen miradas más tiernas que muchos humanos…


Cada quien, va siendo, día a día, responsable de su mirar, de sus ojos: quien mira mal no puede tener otra cosa que ojos de malo.


¿Qué cirugía estética u oftalmológica podrá cambiarnos, a esta altura de la vida, estos ojos que tenemos, que nosotros mismos, en buena parte nos hicimos?


Pienso en la vocación de Abrahán y el imperativo que el Dios que lo saca de su pueblo le señala: “Yo soy Él Shadday, anda en mi presencia y sé perfecto” (Gén 17, 1)


Caminar en la presencia del Señor no es otra cosa que sentirse mirado por Él, dejarse mirar, buscar su mirada, mirarlo en definitiva.


Ser dueño de tus ojos.


En la retina del alma se graba lo que cautiva la mirada. Allí se guardan los recuerdos más fuertes de la vida de un hombre: los rostros amados y las grandes tragedias y dolores.

Imborrables, coloridas, fidelísimas con un verismo perfecto…


Si nos dejamos mirar por Dios, tal vez Él mismo cambie nuestra mirada y nuestro mirar. Presencia de Dios, que le llamamos en Ascética.

Y en los caminos de la Mística, que no es otra cosa que unión de amor con Dios, veremos qué sentido tan natural –y lo remarco porque no hay otra felicidad para el hombre-  tienen los versos de San Juan de la Cruz:


Descúbreme tu presencia,

y máteme tu vista y hermosura,

mira que la dolencia de amor,

que no se cura,

sino con la presencia y la figura.


De los ojos y el mirar de Nuestra Señora, nada nos dice el Evangelio.

Por lo que hemos considerado acerca de Su Divino Hijo, y por lo que nos enseña la cristología, inferimos que los ojos de Jesús y su mirar han sido lo más parecidos, lo más calcado, a los ojos de Su Madre.


Jesús tiene los ojos de Su Madre.

Este habrá sido uno de los primeros cumplidos que recibió el Niño que María mostraba con alegría de Madre y temblor de sacerdotisa a sus parientes y vecinos.

Mucho antes que el zafado piropo de aquella mujer de la multitud (que a algunos puritanos les gustaría que el Evangelio mejor lo omitiese) “Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron”.


¿Cómo pudo, cómo puede mirar la Virgen?

Como se lo enseño a Jesús. Como Él la vio mirar.

Con aquellos dulces ojos de Misericordia, como rezamos en la Salve.

Porque al mundo, si no se lo mira con ojos de misericordia, se le condena.


Y Jesucristo no vino al mundo para condenar sino para que el mundo se salve por Él.

Y por su mirar…


P. Ismael


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El corazón maduro

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El Corazón de Jesús. Pompeo Batoni. Gesù, Roma


Logro auténticamente humano, si lo hay, no podrá ser otro que el dominio y posesión íntima de esa misteriosa víscera que nos diferencia de los ángeles (seres amantes, pero eviscerados) que en todos los lenguajes ha significado la profundidad más abisal de las cuerdas de nuestra voluntad: el corazón.


Hace pocos días celebrábamos con el calendario tradicional la fiesta de la Maternidad divina de María, instituida por S.S. Pío XI para conmemorar la definición dogmática de Éfeso.


Vinieron a mi recuerdo los primeros dibujos que aprendí a trazar cuando mi madre me llevaba mi mano de niño: entre ellos, el infaltable corazón que, ora atravesado de una flecha, ora como la flor de una planta exótica y con las más diversas formas improvisábamos sobre mi cuaderno de ilustraciones caseras.


Todavía está en mi memoria visual un curioso diseño que ella dibujara sobre el universo infinito de mi imaginación plástica y que me hizo entender por vez primera algo de la grandeza e insanabilidad del corazón humano.


Las figuras que trazábamos en general eran de formas graciosas, pero ella, hacia el final de los numerosos corazones dibujados, hizo uno que sombreó con la fuerza del lápiz rojo en el interior de su borde negro: me sorprendió muchísimo. ¿Mamá, por qué pintaste ese corazón casi negro? Y sus ojos, sus hermosos ojos castaños –los más hermosos y tristes que he visto en mi vida- me respondieron: “hijo, este es mi corazón”.


Allí se cortó la conversación y la clase de dibujo.


Nunca he olvidado el episodio y creo que fue a partir de allí cuando comencé a entender el carácter sufriente de su existencia que los años desplegarían en su pasión.


Al final de sus días, cuando la religiosa que la cuidaba la sentaba junto a una imagen de la Macarena, quedó pasmada al comparar el asombroso parecido de los ojos de Nuestra Señora con los de aquella anciana que ya casi no tenían luz. Lo que sí tenían era la misma tonalidad violácea que los circundaba. Tonalidad que yo conocía muy bien porque se había formado en ellos con el paso de sus años sufrientes y porque los ojos son las ventanas de todo corazón.


Sé que amó con todas sus fuerzas y sé también cuánto le costó amar, cuánto lloró: no recuerdo un día en que su pena andaluza no le brotara a raudales por aquellos soles que fueron siempre mi consuelo y mi dulzura.


Ella, que jamás había leído el “Laberinto de amor” de Marechal, poeta-teólogo de quien la separaban apenas unos veinte años, había vivido y retratado en su doméstica lección para su hijo aquella verdad tan cierta en materia de amor que el poeta porteño –fallecido en 1970- insertó en uno de sus más vibrantes poemas metafísicos:


Dirás al que reproche tu color extremado:

“Si el corazón madura, va del rojo al morado”


Cuando Marechal afirma que "si el corazón madura va del rojo al morado", no define un diagnóstico científico sobre disfunciones cardíacas, sino que sentencia, poética y sapiencialmente acerca de la madurez humana interior a través de la experiencia del sufrimiento. O cuando, casi de pasada, sentencia gráficamente – tomando como ejemplo esos laberintos que aparecen en las revistas de crucigramas, intrincados en el desarrollo del camino de salida en el plano horizontal, pero visibles desde lo alto -, que de soluciones inalcanzables para la debilidad humana, nos salva el recurso a Dios. Es el doble y profundo sentido de su dicho:


“En su noche toda mañana estriba:

De todo laberinto se sale por arriba”


Se abandona el ilusionado y prefabricado amor edulcorado que tiñe de bermellón los corazones juveniles, y brota el morado intenso de una cuaresma que no termina para el alma que ha madurado en el amor verdadero: para el corazón que madura su tonalidad será otra.


Un corazón se pone morado cuando, desencantado de los amores del mundo, divinamente endurecido para sus encantos, se añeja en el dolor del amor a la Cruz y sale por arriba de los intrincados vericuetos del amor puramente carnal que tiñe siempre a nuestra víscera en un rojo, casi rosado, demasiado optimista para ser real.


Siempre me ha inquietado el justo medio que ha de buscarse entre el optimismo prefabricado y el pesimismo militante: una suerte de piedra filosofal que de hecho sirva para vivir de veras.


Lo que me enseña la auténtica liturgia es que el cristiano no encuentra su madurez más que en la renuncia sin cortapisas, en el desprecio de los goces terrenos y en la esperanza en la vida eterna que no defrauda: todo ello va amoratando el corazón.


Y esta pátina que lo recubre por fuera, pues por dentro su sangre se espesa con el dolor de la propia pasión, lo hace fuerte: auténticamente un corazón crucificado.


Por eso, aquellos que pasan del rojo al morado son los únicos a los que me animaría a llamar cristianos, aunque ellos se hayan enterado poco del imperativo evangélico estote vos perfecti, sicut et Pater vestris coelestis perfectus est. Su perfección les viene de su pasión real.


Y allí en sus intimidades precordiales se ha producido la verdadera madurez: no el optimismo engañosamente transitorio, como así tampoco la irremediable amargura del hombre en su estado natural.


¿Quiénes tendrán una vida cardiológicamente espiritual más sana que un Francisco de Asís con sus miembros estigmatizados, una Teresa de Ávila con el corazón trasnsverberado y otros tantos con la delicadísima víscera incorrupta después de su muerte porque durante su vida el morado de la penitencia sustituyó al rojo, aún inmaduro, de pasiones superficiales?


¿Qué sabe de la vida –aún la natural y humana- aquel que no ha sufrido?


¿Qué sabe el alegre inconsciente que mixtura las efímeras alegrías humanas con la Sangre del Señor que comulga con indiferencia?


Los alegres despreocupados, los animalitos sanos, los groseros, los de corazón de muñeco, deberían causarnos verdadera pena, en tanto que los corazones que alcanzaron el tinte borravino del dolor se nos presentan como traslúcidas imágenes del Amor Crucificado que quiso que de su corazón ya sin latidos, brotasen todavía frutos de redención para los hombres…


¡Cuánto les ha enseñado la decepción del rojizo amor humano y cuánto los purificó el morado Amor Divino!

Duele. Pero madura…


Ellos son los que blanquearon sus vestiduras en la Sangre del Cordero y ofrecieron ese corazón dilatado en el dolor sobre el trono del Viviente y del Cordero.


Ellos son los que con sus venas coaguladas, a fuerza de dolor de amor, del laberinto engañoso de la vida, comprendieron que se sale por arriba, vestidos de morado, para recibir la blanca túnica nupcial en el cielo.


Algunas frutas necesitan de las heladas invernales para alcanzar su utilidad y sabor auténticos, en especial los citrus.


Como mi corazón nada tiene de fruta tropical y sí mucho del acidulado limón, sé muy bien que las heladas pasadas y venideras que cada invierno de esta vida le deparen, serán otras tantas oportunidades de revestirlo de ese color tan poco conocido del amor.


Y de ese color de amor desearía que me revistiesen los ornamentos sacerdotales, cuando la corteza de mi cuerpo se despida de este mundo.


P. Ismael


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Lamentaciones segundas

Stat Crux

 

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Hemos continuado en los maitines de hoy con la lectura de las Lamentaciones de Jeremías (Lamentación segunda), y nos detendremos en la letra NUN.

 

“Prophetae tui viderunt tibi falsa et stulta…”

“Tus profetas te anunciaron visiones falsas e insípidas,

no pusieron al desnudo tus iniquidades para hacer

cambiar tu suerte,

sino que te anunciaron oráculos vanos y falaces”

 

Hace poco tiempo nuestro continente y el mundo entero se conmocionaron con los terremotos y tsunamis que han causado, en el decir de algunos científicos, un desplazamiento del eje del planeta.

Dejemos a geólogos, sismólogos y demás especialistas en el tema el continuar investigando las causas y las consecuencias que tales movimientos traerán a nuestra pobre “casa grande”.

 

Al modo como se ha producido un corrimiento de tierras y ciudades y la inclinación del eje de nuestro globo, en los últimos siglos comprobamos un desplazamiento del eje central sobre el que debe girar nuestra fe cristiana.

Precisamente el Viernes Santo, la liturgia de la Iglesia nos centra en ese eje de nuestra salvación, en lo que ha de ser para nosotros el axis mundi (el eje del mundo), el pivote de giro de la Fe: la Santa Cruz.

Ya desde los tiempos apostólicos existieron quienes intentaban torcer el mensaje de Cristo: poner otro fundamento: un cristianismo sin Cruz.

El Apóstol denuncia con audacia a aquellos que se comportan como enemigos de la Cruz de Cristo y asegura fuertemente que él no quiere saber otra cosa que “Cristo Crucificado”.

 

Ha dicho El Santo Padre:

"El "escándalo" y la "necedad" de la Cruz están precisamente en el hecho que ahí donde parece haber solo fracaso, dolor, derrota, precisamente allí está todo el poder del Amor ilimitado de Dios, porque la Cruz es expresión de amor y el amor es el verdadero poder que se revela precisamente en esta aparente debilidad. Para los judíos la Cruz es skandalon, es decir, trampa o piedra de tropiezo: parece obstaculizar la fe del pío israelita, que no consigue encontrar nada parecido en las Sagradas Escrituras. Pablo, con no poco valor, parece decir aquí que la apuesta es altísima: para los judíos, la Cruz contradice la esencia misma de Dios, que se ha manifestado con signos prodigiosos. Por tanto, aceptar la Cruz de Cristo significa realizar una profunda conversión en el modo de relacionarse con Dios.

 

Por no denunciar al mundo sus iniquidades y no poner al desnudo su mentira, muchos también hoy, anuncian visiones falsas y estúpidas.

Visión falsa del cristianismo es la que oculta la esencialidad redentora del sacrificio de Cristo, sacrificio que se consuma en el Calvario con la Muerte del Señor.

Se viene a reemplazar la fuerza de la Cruz con el edulcorante de la mentira y la estupidez.

 

Durante la Última Cena, en la cual el Señor instituyó los sacramentos de la Eucaristía y el Sacerdocio, soportó el cinismo de Judas, la presunción de Pedro y la poca inteligencia de los Apóstoles sobre el sentido de lo que estaba realizando. “¿Entendisteis lo que acabo de hacer con vosotros?”

 

No sólo el lavatorio de los pies. Sino además el adelanto místico de su inmolación definitiva en el Gólgota: el haberse hecho presente de modo admirable en aquel pan que partió con sus santas y venerables manos.

 

En el Huerto, mientras Él oraba y los discípulos se dormían, Judas no perdía tiempo en concertar los últimos detalles de su prendimiento.

 

Martín Descalzo nota con agudeza que mientras se llevaba a cabo el drama más grande de la historia (la Muerte del Hijo de Dios) algunos soldados jugaban a las tabas.

Cuando llegó el momento de la repartija de los despojos de los crucificados, al advertir la calidad del manto del Señor –tejido en una sola pieza- decidieron “sortearlo para ver a quién le tocaba”.

Este sorteo del premio debió de llevarse a cabo de alguna manera.

Para aquellos verdugos ejecutores de tantas muertes, pasar el rato era algo “de more” y por ello contaban con sus jueguitos: llevaban dados en sus mochilas.

 

¿Cómo vería Jesús tras sus ojos velados por la sangre y el dolor aquel espectáculo?

¿Han entendido los suyos lo que significó su Cruz?

“Ahora no lo entendéis. Más adelante lo entenderéis”

 

Sublimados por la infusión del Espíritu Santo, los Apóstoles comprendieron todo lo que su Maestro hizo y dijo.

Y ya no hubo dubitación: el eje estaba bien puesto. Nadie podía edificar sobre otra roca que Jesucristo.

Y en esa roca, bien clavada y firme el arma de su victoria: la Santa Cruz.

 

Ahora bien, cuando por halagar los oídos (prurientes aures), los hombres (y entre ellos también muchos pastores) que en expresión del Apóstol ya no soportarán la sana doctrina, se inclina el eje del misterio cristiano, no nos sorprenderá que muchos “creyentes” hayan perdido el “equilibrio” de su Fe.

Han sido engañados hábilmente y juegan a los dados mientras el Señor agoniza.

 

La Cruz seguirá firme mientras el mundo da sus vueltas.

Stat Crux dum volvitur orbis, reza el antiguo lema cartujano.

 

Habrá muchos terremotos espirituales, eclesiales, teológicos y litúrgicos.

Mucha murga carnavalesca acompañará al Señor este Viernes Santo.

Las visitas a las siete iglesias –otrora impregnadas de un doloroso recogimiento- se tornan en bullangueras comparsas.

Comprometer para el dolor y la cruz tiene mala prensa.

Pero cuando cae el baño de repostería, es probable que el consumidor se rompa los dientes contra el leño firme de la Cruz de Cristo.

 

Para nosotros, durante esta vida, Jesús seguirá allí: sin bajarse de la Cruz. Y nosotros no podemos bajarnos.

Su Cruz seguirá firme hasta el fin de los tiempos.

Hasta que el eje de la tierra siga donde debe y haya Profetas y Apóstoles de la Verdad.

 

P. Ismael

 

 

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Epifanía, llamado y camino

“Esta estrella resplandece como

una llama,  y muestra al Rey de los reyes;

los Magos la vieron y ofrecieron dones al gran Rey”

(5ta. ant. Laudes. Brev. Romanum)

 

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En el Calendario litúrgico tradicional el Tiempo de Epifanía se extiende hasta el comienzo de Septuagésima, que este año comienza el domingo 31 de enero.

Hasta esa fecha la Iglesia, iluminada por el fulgor de la Epifanía del Señor, saborea el misterio de la manifestación del Hijo de Dios.

 

El destino de los Magos

 

Que Dios se revela como, cuando y a quienes Él quiere, es una realidad de la que da cuenta la misma Escritura la que, a lo largo de su extensión histórica y literaria va refiriendo de forma impresionante la voluntad salvífica universal de un Dios que vino a ser para todos, el Niño que se nos ha dado.

Habiendo Dios hablado de muchas maneras en otro tiempo, ahora se nos ha revelado en Su Hijo Único… (Cf Heb 1,1 ss)

 

Por esas “muchas maneras” podemos entender no sólo las comunicaciones directas de la divina revelación al pueblo escogido, sino extender además –según el auténtico sentido de la Escritura- otras formas de divina intervención en la historia de la humanidad más allá de los límites de la verdadera religión depositada en Israel y llevada a plenitud por nuestro Señor Jesucristo.

 

El esplendor de la Epifanía, que se prolonga a través de estos días, ofreciéndonos preciosos textos de la Escritura y los Padres, es tan deslumbrante que nos lleva de la mano a la consideración de la bondad infinita de Dios para con los hombres de todo tiempo y lugar.

 

El pueblo escogido estaba más que acostumbrado a los ángeles: ellos revolotean por todas las páginas de la Biblia y eran los autorizados heraldos de Dios para las grandes noticias y los fuertes guerreros protectores de la nación y los individuos.

No es de extrañar que para el anuncio de la concepción del Bautista y de la Encarnación del Redentor, Dios Padre haya señalado a San Gabriel (“Fortaleza de Dios”) como su embajador para indicar la fuerza incontenible de la voz que clama en el desierto y la acción salvífica del Fuerte León de Judá, el Mesías Salvador.

 

Son los coros angélicos los que después del anuncio de otro ángel, llenarán el cielo de Belén con el primer Gloria in excelsis Deo de la historia.

Efectivamente, es por mediación de un ángel que Dios comunica a los pastores el nacimiento del Salvador: “se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvía con su luz, quedando ellos sobrecogidos de gran temor...” (Cf Lc 2, 9 y ss)

Para un pueblo acostumbrado a los ángeles, son los ángeles quienes le llevan a Belén a ver esto que el Señor nos ha anunciado (Lc 2, 15)

 

¿Y para los paganos? ¿Tomará Dios el mismo procedimiento? ¿Serán los espíritus celestiales quienes les llamen a Belén?

La historia sagrada nos dice que Dios tomó otro camino, otro recurso…

Para que los paganos volvieran a Él “por otro camino” (cf Mt 2, 12)

La sabiduría divina que, como centella de luz, también se difundió entre los paganos, los dirige al Dios verdadero por el camino por el que ellos intentaban transitar: la ciencia de las cosas superiores.

 

Cuando la ciencia procede de un intelecto límpido, de una intención pura, teniendo en Dios su mismo origen, no puede dejar en tinieblas a los hombres que buscan a Dios con sinceridad de corazón…

 

Los Magos miraban constantemente las estrellas, criaturas sublimes del firmamento, creadas por Dios.

Ellas habían sido “colgadas” en el espacio por el Señor, el cuarto día de la Creación, como luminarias en la oscuridad (Gén 1, 4)

A los pueblos circunvecinos de Israel esta imagen ciertamente les escandalizaría bastante: que aquellas divinidades celestes fuesen tratadas por el relato del Génesis casi como faroles y semáforos de la noche…

Sin embargo, a un selecto grupo de científicos con fe en lo invisible, una estrella no les significó un objeto de adoración: más bien una flecha direccionada hacia la trascendencia de un Dios personal.

 

Así es como fue una estrella la que “habló” a aquellos hombres sabios que se despidieron de sus familias respectivas con un: me voy a seguir un cometa… no sé cuándo regresaré…

La Epifanía es una auténtica fiesta “ecuménica”: todos son llamados por el Dios Verdadero a la Verdadera Fe.

Y para los Magos ya no hubo otro dios que el Dios que se hizo Hombre: Jesucristo.

 

Ciencia, intuición, confianza, audacia: combinación admirable de estos misteriosos hombres para quienes el misterio se hace Luz a partir de aquello que les era propio y familiar: mirar al cielo.

Y en el cielo es donde se les manifiesta el signo divino.

A un ángel no lo hubiesen entendido y seguido.

 

Pero como todo tiene su unión, también podemos pensar –con el Angélico y el Dante- que si cada estrella es movida por un espíritu celestial, la “peregrina” estrella de Belén fue “empujada” por su ángel y los Magos empujados por Dios…

Por donde no dejará de comprobarse una vez más que Dios es el Primer Motor y conduce a todos a la feliz oportunidad de encontrar la salvación.

 

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El arca que contiene las reliquias de los Reyes Magos. Catedral de Colonia.

 

El destino de los dones

 

Si los Magos fueron como mínimo tres o superaron la docena (ello se lo dejamos al misterio de la “leyenda”) no lo sabemos con certeza.

Si fueron Reyes, tampoco.

 

Razonablemente podemos suponer que se trataba de sabios o científicos nada corrientes y con sobrados recursos para semejante viaje.

Que pertenecerían a la nobleza de sus naciones es muy verosímil si tenemos en cuenta la cualidad de los dones ofrecidos al Divino Infante.

El texto de Mateo dice: “… y abriendo sus tesoros, le ofrecieron como dones oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11)

No se trataría de una cantidad exigua ciertamente.

 

Podemos preguntarnos entonces qué destino tuvieron tales presentes y cómo los administrarían los castísimos padres del recién Nacido con tan escaso ajuar como el que tenían al momento de la sorprendente visita de aquel cortejo.

 

Lo que no llena la información revelada no le está vedado a nuestra piedad contemplarlo a la luz del espíritu del Evangelio.

 

Si a la vuelta de Egipto José se instala en Nazaret y retoma su humilde oficio de artesano, podemos preguntarnos: ¿qué fue de aquel oro que poco tiempo atrás le entregaron los magos orientales?

 

No sería absurdo pensar que, si al momento de la Presentación del Niño en el Templo, José ofrece un par de pichones de paloma (ofrenda de los pobres, ya que quienes contaban con recursos ofrecían un corderito) y, llegados a Egipto, y allí seguir trabajando José; los padres de Jesús hayan practicado anticipadamente el precepto del Maestro: entregar todo a los pobres para tener un tesoro en el cielo.

 

¿Y con aquella cantidad del rico y sublime incienso? ¿Qué pudieron hacer? ¿Qué destino le correspondía a la santa resina que sólo se quema en el culto divino?

Es posible que lo llevaran con todo amor al Templo para que los sacerdotes encargados de ofrecerlo cada día a la hora del sacrificio, lo quemaran en la Presencia de Aquel que se sienta sobre los Querubines.

 

Nos parece que María sólo guardó consigo la perfumada y amarga mirra:

aquel don que significa la Santísima Humanidad de Jesús.

Sí. Porque así quiso presentarse el Hijo de Dios: revestido de la carne mortal, semejante al hombre al que venía a redimir.

Nuestra Señora pudo no verlo todo en aquel momento.

Pero todo lo guardaba en su corazón.

Y su corazón de Madre intuía que de los tres dones recibidos aquel magnífico día, éste sí lo usaría para su Jesús…

P. Ismael

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Oración y Voluntad Divina

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“Entre todas las potencias movidas por la voluntad, se distingue la inteligencia, no sólo por su nobleza de facultad espiritual al igual que la voluntad, sino también por su proximidad, que la somete al influjo inmediato de la voluntad.

Y por eso después de la devoción, que es puramente un acto de la voluntad religiosa, ocupa el primer lugar entre los actos de religión la oración, por la cual la religión dirige a Dios la inteligencia humana” (S.Th. 2 2ae, q 83)

 

A partir de estas palabras del Aquinate, podemos tener una idea clara del valor de la oración como expresión de lo más excelso que el hombre puede hacer sobre la tierra: orar; esto es, hablar con Dios.

 

Orar responde a la naturaleza más noble del ser humano, dotado por el Creador de la capacidad de comunicarse con Él, pidiéndole aquellas cosas que más convienen para la salvación de su alma e incluso, la felicidad temporal, que no escapa en modo alguno a la Voluntad divina.

 

Como no sabemos pedir lo que conviene, Dios mismo, por su Verbo Eterno Encarnado, nos ha enseñado cómo debemos orar y qué debemos pedir.

Una de las grandes interrogantes del creyente es el por qué y en qué circunstancias Dios atiende a las peticiones que le dirigimos.

 

El P. Gardeil O.P., en su brillante y lamentablemente inacabada obra “La verdadera vida cristiana”, dedica uno de sus capítulos al papel de la oración en nuestra vida religiosa.

 

Allí señala que no dejamos de tener influencia sobre los hechos aunque no dispongamos de una eficacia absoluta. “Si no podemos mandar a uno por ejemplo, podemos por nuestra influencia disponer su espíritu, su voluntad… y si triunfamos, tenemos derecho a atribuirnos una parte, con frecuencia decisiva, en el resultado” (op. cit. “La oración”)

El genial dominico abordará a partir de este fundamento el punto de las cualidades dispositivas de la oración.

 

Intentaré sintetizar la magnífica respuesta tomista.

 

Dios tiene determinado concedernos aquellas gracias que le pediremos a lo largo de nuestra vida, sí y sólo si se las pedimos.

Pero nuestra experiencia de “orantes” puede comprobar que, habiendo pedido a Dios determinadas gracias, no siempre obtenemos de su largueza la intención de nuestras súplicas.

¿Para qué nos han servido entonces aquellas insistentes peticiones que durante tanto tiempo le hemos presentado?

 

Dejemos a Gardeil la palabra.

 

“Pero, ¿de dónde proviene esta causalidad dispositiva de la oración frente a las cosas que pedimos a Dios? Cuando rogamos a un hombre, el secreto de la eficacia de nuestros ruegos no es difícil de descubrir. El hombre es variable en sus voluntades. Podemos influir en esta variabilidad sea por la fuerza intrínseca de nuestras razones, sea por lo que añade a estas razones el interés afectuoso o compasivo que lo inclina hacia nosotros. Pero Dios tiene una voluntad inmutable. ¿Quién cambiará entonces lo que Él ha determinado para siempre en su sabiduría eterna?

Cuando planteamos este problema, no nos colocamos en el punto de vista de los adversarios de nuestra fe, de los que niegan la Providencia, o que convierten los designios divinos en un necesario e implacable Destino.

 

Pero con toda seriedad, tampoco podemos admitir que la voluntad de Dios cambie según nuestro deseo, que la oración pueda cambiar las disposiciones decididas por su infinita sabiduría desde toda la eternidad. Dios ya no sería Dios, si nosotros, sus pobres criaturas, pudiésemos influir eficazmente en Él y hacernos dueños del curso de las cosas humanas, si pudiésemos hacer que variara su voluntad. Nuestra oración ya no sería un culto, un honor prestado a Dios: sería un acto impío que destronaría a Dios de su sitial de Causa absolutamente primera de todo…”

La Providencia divina es inmutable en sus disposiciones, éste es el hecho y el dogma que dominan todo el problema…”

 

No oramos para torcer la voluntad divina ni para cambiar lo que Dios ha dispuesto hacer, sino para pedir que suceda lo que Dios, de antemano, ha determinado realizar que sucediera mediante nuestras oraciones.

Incluso el pecado, según Santo Tomás –que sigue en esto a S. Agustín- entra en el plan divino.

 

¿Qué queremos decir cuando hablamos de causalidad dispositiva de la oración?

Simplemente que la oración nos dispone para el cumplimiento de la inmutable voluntad divina.

 

La oración más perfecta es la oración de Cristo.

Nuestro Señor, en el huerto de los Olivos, nos da un perfecto ejemplo de esta disponibilidad a la Voluntad santísima de Dios.

Todo lo que Cristo pidió a su Padre indefectiblemente había de cumplirse.

“Yo sé que siempre me escuchas” le dice Jesús a Su Padre…

Pero en el Huerto, el Redentor pone una condicional: “Padre, si es tu voluntad que pase este cáliz sin que yo lo beba…”

En nuestro caso, todo lo que pedimos a Dios ha de tener también esta condicional.

 

¿Y entonces para qué pedir si lo que Dios ha dispuesto ha de cumplirse indefectiblemente?

Precisamente por eso. Porque nuestras peticiones nos disponen para el cumplimiento de la voluntad de Dios.

 

La oración adquiere entonces una dimensión insospechada.

Nos dispara desde el interesado y raso plano de nuestros intereses personales al plan de la Providencia para el gobierno del mundo.

Nuestras vidas se insertan en el desconocido pero maravilloso plan que Dios tiene sobre sus criaturas. Un plan amoroso y sublime.

Fuimos a la oración con unas intenciones concretas y determinadas y nos empeñamos en presentarle a la Divina Majestad todas las razones de conveniencia que creíamos irrebatibles a fin de obtener un determinado desenlace de los acontecimientos.

Dios no resolvió esos acontecimientos en la línea de nuestros argumentos.

 

¿Y para qué nos sirvió la oración?

Para disponer nuestro espíritu al cumplimiento de Su Voluntad.

¿No es ya suficiente y grandiosa obra el que hayamos salido de la oración con el convencimiento de que suceda lo que suceda –conforme o no a nuestra visión de las cosas- ello será lo mejor para nosotros y para el mundo entero?

Una fe muy ilustrada podrá comprenderlo.

Las visiones limitadas, temporales y estrechas, sentirán que Dios ya no nos escucha y que la oración fue inútil.

 

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Siempre me ha llamado la atención el sentido que la gente común le da al término “resignación”.

Escuchaba con frecuencia esta palabra en el contexto exequial de las condolencias expresadas con motivo de la partida de un ser querido.

Término de comadres que no alcanza a entender lo que se está diciendo.

Se entiende entonces la “resignación” como el último recurso ante las plegarias no atendidas. Es como un “bueno, ya que Dios no te ha escuchado, que te conceda quedarte quietecita… No contenta, pero resignada ante lo irreparable”.

 

Será interesante le devolvamos al término su auténtico sentido.

Re signare. “Volver a signar”; “volver a significar, a marcar”.

A eso nos dispone la oración: a re- significar la intencionalidad de nuestra voluntad. A marcarla con el signo de la Voluntad Divina.

Si lo que pedimos en la oración no fue concedido, el resultado de nuestra petición no fue en vano: ahora entendemos lo que Dios quería. Y ello nos ha de consolar, e incluso, llenar de gozo.

 

Re-signamos el sentido de nuestras intenciones –siempre marcadas por la pobreza de nuestra visión humana- a lo que Dios, en su infinita sabiduría, dispone sobre cada uno de nosotros.

Ciertamente, estamos convencidos de la bondad y “necesidad” de nuestras oraciones de petición. Mas ello no nos garantiza que esa sea la Voluntad de Dios.

 

Ello no nos exime de pedir lo bueno, más aún, nos exige pedirlo cada día.

La salud espiritual de los cristianos; la tranquilidad en el orden; la justicia social; la extirpación del error y el triunfo de la verdad, son cosas que siempre hemos de pedir y de lo que estamos seguros Dios no ha de desatender su oportuna concesión.

 

¡Cuántas veces las almas finas se levantan de la oración casi como abandonando lo que habían comenzado a pedir con insistencia dándose cuenta que lo que mejor que Dios puede hacer es lo que Él quiera y no tanto lo que ellas fueron a rogarle en su oración!

 

¡Señor! ¡Lo que Tú quieras! ¡Como Tú lo quieras! ¡Cuando Tú lo quieras!

 

Y así, la oración ha dispuesto adecuadamente nuestro espíritu y vino a constituir un verdadero acto de religión.

P. Ismael

 

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