“Cuando era protestante yo notaba que mi religión era seca y triste, pero no mi vida; sin embargo siendo católico mi vida es triste y seca, pero no mi religión”

(Beato Card. John Henry Newman)

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El Mentecato


For my friend The Monkey, in his birthday…




Mentecato. Del latín tardío (S. XVI) mentis captus: literalmente: que tiene la mente captada. Absorbido. Simple, simplón. No necesariamente inocente.

En adelante Mr. M. Porque lo citaré bastante

La especie existe en todos los ámbitos y tendencias.
Hay mentecatos estólidos y también ilustrados.
Fariseos o Saduceos.
Tradis o progres. Zurdos o fascistas. Falangistas o rojillos.

 
Termina la Misa, o una clase.

Y de tanto en tanto, más frecuentemente de lo que yo desearía, aparece una buena persona, tal vez “captada” por alguna palabra, una idea, un giro u ocurrencia sobre algún tema de actualidad que de seguro no conformaba el cuerpo de la exposición, y con esa capacidad de quedarse en el ejemplo o el ropaje oratorio que por allí, quién sabe por qué pudo impresionar, desea tener una charla personal a la que la caridad pastoral exige darle cabida.

Concedida la entrevista y a pocos minutos de la reiteración de las alabanzas e incensaciones ofrecidas ya en la presentación anterior (“…Padre, hace mucho tiempo que no escucho las cosas que Ud. dice, su valentía, su doctrina, su piedad, sus etcéteras…”) viene la serie de planteos que no me defraudan en mi expectativa, pues imaginaba por dónde vienen los temas, pero que me dejan bastante preocupado por esa capacidad de mirar alrededor que tiene nuestra gente y dejarse gustosamente “captar la mente” por tal o cual manera de descifrar la realidad, la vida misma.

No consigo terminar de explicarme a mí mismo esta capacidad, por llamar de alguna manera al descentramiento del eje de la vida espiritual, que se supone ha de ser la primera tarea del cristiano en el seguimiento del Evangelio de Jesucristo.

Ciertamente, y lo hemos dicho hasta el cansancio en este sitio, el ambiente, la cultura –o anticultura- en el que se desarrolla nuestra vida, va a inserir en el interior de cada hombre y condicionará, más de lo que quisiéramos, nuestra vida, o será molesto para quienes, por las razones que tuvieren, no encuentran en esas realidades un ambiente que favorezca su crecimiento espiritual. Y estoy bastante de acuerdo en ello.

De estas prolongadas conversaciones, algunas de las cuales son primeras y últimas, quedan algunos conversadores habituales y también –eso sería lo óptimo- algunos penitentes: que para eso estamos los sacerdotes: para mostrar la misericordia de Dios a los pecadores y ayudarles en su retorno al eje que les permita “girar” en la vida cristiana, como el Señor nos enseñó: “El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz cada día, y me sigua”.

Estos son gajes del oficio ministerial y de nosotros depende que el “paciente”, si aún no descubrió su afección, discierna el estado de su alma y calmamente vaya transitando por caminos de oración y vida interior, aplicándose los remedios y consejos que el confesor pueda ir dándole para avanzar en el camino de la santidad. Y esto no es romanticismo ni ascética anticuada, sino la quidditas del Evangelio.

Siempre he pensado que una formación nula y una vida descarriada tienen más potencial que una formación mediocre y una pequeña colección de pecadillos bien disimulados con exhibición de prácticas de piedad y presunta, digo presunta, ortodoxia doctrinal.

Y así, que estamos de nuevo encontrándonos con la vieja especie farisaica e hipócrita que le da gracias a Dios por no ser como los demás hombres: adúlteros, fornicarios, desviados, ladrones, libertinos y de ideas de izquierda.

En su lugar, derretido el makeup o la careta inicial, van apareciendo los rasgos igualmente temibles de la apokalíptica, la conflagración mundial de la masonería, los escándalos de la clerecía (alta y baja, y real) y las nunca ausentes revelaciones privadas, acompañadas de sus correspondientes devociones prometedoras del freno de la ira divina que se cierne sobre esta humanidad corrompida.

En todo ello hay algo o mucho de verdad.

Hay mucha verdad en que estamos, humanamente hablando, en peligro de extinción, de tergiversación malsana de la Revelación misma y del más amargante desamparo.

Supongo que voy decepcionando a muchos. No tengo la culpa de que me vean como una fotografía en sepia. Hace tiempo que no me siento (de sentirme, no sentarme) en ningún sitio. Para los derechosos me falta “gravedad”, para los payasos izquierdosos soy un Torquemada…

Y esta decepción sobre la percibida figura de un sacerdote angelical, piadoso, exigente, pide a fortiori en sus mentes, que uno adhiera a varios elementos que han conformado su conciencia (que no puedo menos que respetar) comienza cuando uno intenta hacer las distinciones de cada caso. Aunque hay que decir que la sintomatología es casi calcada en cada persona. Esto se aumenta si el visitante proviene del conjunto de los así llamados “conversos”. Y de aclarar inmediatamente que el converso de hoy no es el converso de un siglo atrás. Éste, generalmente poseía una base cultural y humana, que por razones de brevedad sería abrumador enumerar.

Les propongo en primer lugar un sincero esfuerzo intelectual por revisar las “fuentes” de su información, ya que no podemos pedir esto para su “formación”, casi siempre deficiente, por lo que ellos mismos reconocen: nada han recibido en su catequesis de los primeros años, y si hoy perseveran a su modo, habrá de ser por gracia de Dios. Pero hay cosas que deben corregirse. O serán mentecatos de algunas de las varias facciones, grupos o falanges que, convencidísimos de la íntegra y prístina posesión de la verdad, arremeten como cabras contra la cornamenta del vecino de su propia manada y más aún contra la de otro aprisco. Hay muchísimos apriscos. Lamentablemente.

En este revisar las fuentes de sus posturas, lo primero es ver de dónde sacan las grandes catástrofes e interpretaciones (la mayoría hilarantes) que les extraen de la prosa cotidiana en la que habrían de santificarse, para trasladarse a las grandes batallas celestiales con la bestia de las doce cabezas.

Y esta primera fuente que descubro son los blogs. Diciendo esto, no tengo pretensión alguna de considerar que lo aquí se escriba sea un lugar teológico. Los únicos lugares teológicos auténticos son la Escritura y la Tradición de la Iglesia. Las revelaciones y comunicados de la Casa de Gobierno Celestial, adjudicadas a la Santísima Virgen, devenida en Ministra del Interior, no tienen sitio en la teología católica. A lo sumo, si son “razonables” y no disuenan con la Revelación, “pueden ayudar” a una vida interior más delicada. Pero nada más.

Respeto a tantos sacerdotes celosos de la Fe y fomentadores de la piedad que dedican tantos esfuerzos a tales difusiones. Mi opinión, nada dogmática, es que hay muchísima buena voluntad en ellos. Pero no se ve el encaje perfecto que ha de darse con las Santas Escrituras y los Padres de la Iglesia. Estamos en terrenos diferentes. Y esto la gran masa, o no tan grande, de la feligresía simpatizante de lo tradicional no es capaz de distinguirlo. Y por lo tanto, pueden errar tanto como los desaforados teólogos que hacen derivar de las “bases” las verdades de la Fe.

Revelaciones privadas, con o sin reconocimiento oficial. Conjeturas o probaciones de avances de oscuras sociedades de carbonarios, masones, sionistas. Planes de perversión de la raza y naturaleza humana. Etc., etc., al igual que las brujas, como decían nuestras abuelas: “que las hay, las hay…”

Pero que un creyente de a pie piense más en ello que en ordenar su confusión interior, sus malas inclinaciones –que no por muchas coronillas serán sanadas del todo- es una auténtica subversión, por utilizar una palabra que a muchos de ellos les encanta.

No faltan rebrotes de neofascismo, antisemitismo y demás concepciones político-sociales incompatibles con el cristianismo, como lo enseñó claramente Pío XI, que demuestran que si acaso no se trata de personas malintencionadas, sí estamos ante inteligencias muy alejadas de esa tradición que ellos quieren detentar, a veces con gallardía, a veces lastimosamente.

Esta captación del la mente del mentecato (perdóneseme la tautología) ha llegado a lanzarlo a aventuras tan bien intencionadas y heroicas como la “Cruzada de los niños” hacia la Tierra Santa en los heroicos, pero no menos imprudentes tiempos de las Grandes Cruzadas, en la que murieron cientos de pequeños en una empresa que flotó sobre la recia y católica fe de los grandes príncipes de la cristiandad, pero que humanamente fue un desacierto que cualquier historiador, católico o no, es imposible que niegue.

 
Entre tanto, por el mucho mirar los desórdenes morales de la corrompida sociedad contemporánea, como si las anteriores hubiesen sido un modelo de honestidad, los mentecatos se olvidan bastante de mirarse a sí mismos.

Con los binoculares sobre la ventana del vecino, escudriñan sus desórdenes, desviaciones y demás atrocidades, en tanto que se permiten una vida que es tan vergonzosa y “guaranga” (palabra de señoras de otros tiempos) como la de los que censuran: evasiones de obligaciones, autodispensa para hacer lo mismo que los del otro bando porque ellos son muy observantes, hacer turismo al que llaman “peregrinaciones” y darse la mejor vida posible.

Cualquier parecido del mentecato con el fariseo no es mera coincidencia. El mentecato no es tan tonto como peyorativamente se usa el término.

 
Creer que hay una única manera de hacer las cosas, estar a la pesca de la última aparición, atacar los males por sus consecuencias y no por sus orígenes, ver el peligroso “orden mundial” en la sopa que nos tomamos y otras cosas por el estilo, es una posible sintomatología de ser un “mentecato”.

En todos los casos el mentecato católico en general tiene un desconocimiento importante, a veces total, de la Sagrada Escritura.

Es este un asunto de grave importancia en el afectado.

Casi todos, junto con las dos o tres preguntas que les atormentan (y cuya respuesta ya se han dado ellos mismos) hacen dos propuestas: comienzan por pedir una recomendación de un buen libro, signo claro de que no han descubierto o no les han hecho descubrir, o subestiman la Sagrada Escritura; y segunda propuesta –la terrorífica- “… padre, le voy a traer los 6 tomos de las revelaciones de Juanita Delacabra… ay! Ud. no sabe…! Cómo vio cada detalle de lo que está pasando ahora!?” Y aumenta el terror dentro de mí: “usted tendría que venir a nuestro grupo a dar una charla sobre los coros angélicos, o celebrarnos la Santa Misa…”

Por supuesto, como ya lo dicho otras veces, cada quien tiene su “combo”. El que Mr. M te obliga a aceptar… o si es más delicado/a te expone con fervor: militancia en tal cual grupo de corte político o social, maridaje de la doctrina católica con algún líder político de la pasada reciente historia o prócer catoliquísimo, que tenía un magnífico oratorio en su palacio… para bautizar a las decenas de hijos bastardos que hizo por allí… como ve, el hombre era católico de una pieza…

 
Y habiendo encontrado tantos mentecatos “mal” (como dicen los jóvenes ahora) desearía encontrarme algún Mr. M que tenga captada la mente por la Persona de Jesucristo, el Verbo Encarnado, Hijo de María Virgen, quién en la Cruz nos dio la muestra del Amor Infinito del Padre y sigue latiendo su Corazón en el Sacramento del Altar.

Si la mente se captó con esto, sólo con esto, me quitaría el sombrero.

Pero para que la mente sea captada, en algún momento hay que abrirla, para luego volverla a cerrar, como la boca, según escribía Chesterton en Ortodoxia.

Por ahí, alguna vez en la vida, encontré una mente captada así (“bien”) tras las rejas de un monasterio de carmelitas: uno se da cuenta en la mirada: está fija en Jesucristo.

Cierto que no hace falta meterse tras las rejas (aunque a algunos habría que enrejarlos) para centrar la mirada en Quien, lejos de alienarnos, nos hace ser más nosotros mismos.

A Mr. M, despidiéndome de él hasta la próxima, le transcribo estos párrafos del áureo libro de Tomás de Kempis, la “Imitatio Christi”, pues parece que lo tiene bastante olvidado. Le servirá además para la intelección del próximo post.

 
“Ponte primero a ti en paz, y después podrás apaciguar a los otros… El descontento y alterado, con diversas sospechas se atormenta; ni él sosiega, ni deja descansar a los otros…
Piensa los que los otros deben hacer, y deja él sus obligaciones.
Ten, pues, primero celo contigo, y después podrás tener buen celo con el prójimo.
Tú sabes excusar y disimular muy bien tus faltas, y no quieres oír las disculpas ajenas.
Más justo sería que te acusases a ti, y excusases a tu hermano…”

 
Imit. L II, cap 3

 
P. Ismael

Bodas de perlas

Santo Cáliz, réplica

 

 

 

 

 

En el capítulo XIII del Evangelio de San Mateo, su autor agrupa una serie de parábolas que tiene que ver con el origen, desarrollo, acogida y exigencias del Reino que Nuestro Señor nos vino a anunciar.

 

Los vv. 44 y 45 ofrecen respectivamente las dos parábolas más breves de todo el Evangelio (microparábolas, como las llamó un autor contemporáneo): sustancialmente tienen que ver con el valor del mismo y lo que cuesta adquirirlo.

 

En su Encíclica Spiritus Paraclitus, Bendicto XV interpreta como el tesoro escondido la fe y la gracia que vienen del Evangelio y realiza una interesante aplicación de la misma a quienes se dedican al estudio de la Sagrada Escritura, argumentando desde el ejemplo de San Jerónimo y San Agustín, los que felices de haberlo encontrado se deshicieron de todos su bienes y placeres del mundo para adquirir la ciencia del Evangelio.

 

Podríamos arriesgar alguna otra interpretación que sin referirse directamente a los así llamados Doctores de la Iglesia, pueda aplicarse al hombre corriente que acepta el Reino.

En el caso de la parábola del tesoro escondido podemos ver representado al hombre que se encuentra con el Reino inopinadamente, “por casualidad”: lo valora, pero debe ponerse en un jaleo bastante enredado para poder adquirirlo. Es tal vez un hombre simple que no se proponía otra tarea en su vida que trabajar en un campo, para llevar el pan a sus hijos…

Él no es el dueño del campo, sino simplemente un labriego. Y un hombre honesto que sabe que no podría sacar lícitamente aquel tesoro de un terreno que no es suyo. Pero el tesoro es tan maravilloso que pone en juego toda su industria y trabaja más y más para poder adquirir aquel campo, y con él su tesoro escondido.

 

A diferencia del tesoro en el campo que hay que esconderlo cuando se encuentra, comprar el campo y hacerse con él; la parábola de la perla fina nos ofrece, como lo describe San Jerónimo, la posibilidad de llevarla en el puño de la mano. Una tarea tal vez menos engorrosa que la anterior.

Si bien en ambas parábolas referidas al precio del Reino suponen un dejarlo todo, vender todo lo que se tiene, podemos encontrar algunas diferencias entre una y otra: En el caso primero, el labriego no se dedicaba a buscar tesoros, sino a trabajar en el campo, en cambio en el segundo caso, se trata, de alguien que ya está en búsqueda de “perlas finas”. Tendría unas cuantas sin duda. Pero sumado el valor de todas, ese precio es infinitamente menor que el de la que acaba de “descubrir”, como describe el Evangelio…

 

Un tesoro, aún legítimamente poseído es difícil de asegurar, resulta más vulnerable y exige una vigilancia permanente contra ladrones y embaucadores.

La pequeña, pero valiosísima perla adquirida a costa de la venta de todas las coleccionadas, puede ser fácilmente escondida, y llevada constantemente por su afortunado dueño…

 

Así quisiéramos hoy simbolizar nuestro sacerdocio de todos estos años:

Como la fina perla que siempre buscábamos y encontramos hace 30 años.

 

 

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Radiante y blanca en sí misma, aunque oculta entre los harapos de nuestras miserias y más de una vez embarrada por descuidos o menosprecios. Pero siempre segura, jamás extraviada.

El Señor me pedirá cuentas de esta perla que dejó en mis manos.

Pero todavía –presunción sería lo contrario- deberé seguir vendiendo y liquidando toda otra perla que intentara rivalizar en brillo y valor con ésta, teniendo los ojos bien abiertos a cualquier mercachifle que ofrezca cualquiera joya más subyugante y prometedora.

Una sola perla se nos entregó el día de nuestra consagración sacerdotal, y con ella todos los tesoros de la riesgosa dignidad de nuestro poder sobre el Cuerpo Real de Cristo, y cuidado que ello comporta, como dispensador de los misterios de Dios (Cf I Cor 4, 1)

 

No nos parece ilegítimo ni alejado del sano uso de la alegoría, sino –también con el sentir de los Padres- comparamos la perla fina con el Santísimo Sacramento de la Eucaristía.

 

Fulgurante en su “alegrísma Forma” (*) perfecta en la economía de su pequeñez, siempre inalterada de frescura, simplicísima en su apariencia y resguardo, la Eucaristía es el tesoro más preciado y exquisito del sacerdote: allí donde él vaya y celebre el Sacrificio, se hará presente, brillando sobre la suave candidez de los corporales.

 

Descansará algunos instantes en sus manos que la sostienen con delicadeza y temblor, marcará con precisión los sublimes momentos del PER IPSUM, para luego ser fraccionada pidiendo la paz para los fieles, incorporada en su pequeñísima partícula a la Sangre Preciosísima y finalmente comulgada por el celebrante, tras haberse signado con ella sobre sí.

Todo un “juego” o “danza ritual” de la perla antes de ser recibida por quien -¡Oh grandeza, oh Misterio de Fe!- sabe que toda su vida debiera consistir en la guarda de esta preciosa margarita.

 

Para seguir con el símil eucarístico de la “perla fina”, no podemos dejar de pensar con seriedad en aquella otra ocasión en que el Señor nos mandó: Nolite dare Sanctus canibus, neque mittatis margaritas vestras ante porcos, ne forte conculcent eas pedibus suis et conversi dirumpant vos: “No deis lo santo a los perros ni echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pateen con sus pies y revolviendo contra vosotros os hagan trizas” (Mt 7, 6)

Aunque nosotros no seamos todo lo que debiéramos ser, aunque –y como cualquier pecador sintamos que no estamos completamente inmaculados- no olvidemos la advertencia de Cristo.

Apreciar nuestro sacerdocio es no sólo cuidar la perla que se nos ha dado, sino mirar por aquellos que también están llamados a comulgarla.

 

¿Ha contribuido a dignificar la Presencia Real, el culto de Adoración, la piedad de los fieles, en último término, la distribución masiva e inocultablemente irreverente de la Eucaristía la práctica de la comunión en la mano?

Y no sólo eso.

La celebración y consagración de las Especies en vasos de vidrio, canastas de mimbre y el “autoservicio” de los comulgantes, fundados en la consigna del mismo sacerdote que se declara igual que ellos y ¿quién es él para darles a ellos la Comunión?

 

Y si queremos avancemos más.

 

Circula entre muchos fieles (con recta conciencia, o no tanto, Dios lo sabe) la opinión transformada en principio, de muchos sacerdotes de que no es necesario confesar los pecados mortales para recibir la Sagrada Eucaristía.

Y en cuanto al modo, ¿no nos sorprende, no somos sensibles a la manera en que es distribuida y recibida la Comunión, aún en las mismísimas ceremonias pontificias? Porque es claro que quienes comulgan de manos del Santo Padre lo hacen con dignidad. ¿Pero la inmensa masa que alarga su mano cuanto le permite el brazo para que con movimiento similar un ministro deposite en ella la Forma cual si fuera una galletita y el comulgante la lleve a su boca con un gesto insufrible y se aleje masticándola como un alimento cualquiera?

Y en otros tantos lugares, buenas señoras en chancletas que se apresuran a abrir el Sagrario como la alacena de su cocina y retiran la Eucaristía como lo harían con el frasco de los spaghettis y la distribuyen a una velocidad de restaurante…

 

Tema delicadísimo, sobre el que se ha escrito suficiente.

Y bastante antiguo por cierto.

 

Aunque hubo episodios y doctrinas anteriores, recordemos que la Confesión de Augsburgo (1530) y los Artículos de Esmalcalda, denigraron la Eucaristía (dejando aparte el dogma de la Presencia Real) exigiendo la comunión en la mano y bajo ambas Especies.

 

No juzgo, como antes he dicho, el interior de las personas.

Pero si de la grandeza del corazón habla la boca, hay mucho que lamentar del tratamiento que viene sufriendo (¡hace ya tanto tiempo!...) la perla fina de la Eucaristía.

 

Pero no deseo terminar esto con los tintes meramente descriptivos de una situación que ciertamente oficia de termómetro, mas no cambia por ello la Voluntad de Cristo al haber puesto en nuestras manos la confección y la distribución del Sacramento del Amor.

 

Quiero concluir mi reflexión con un par de versos de la Secuencia de Corpus, Lauda Sion, verdadero monumento poético y teológico del Aquinate, que vienen a sostenernos en nuestra Fe, equilibrar nuestro ánimo y nuestro juicio.

 

Sumunt boni, sumunt mali:

Sorte tamen inaequali, vitae vel interitus.

Mors est malis, vita bonis:

Vide paris sumptionis quam sit dispar exitus.

Lo reciben los buenos, lo reciben los malos;

Con resultado dispar: la vida o la muerte.

Muerte es para los malos, vida para los buenos:

Mira como la misma recepción tiene efecto desigual.

 

Nos haga el Señor cuidadosos custodios de esta perla que es la Eucaristía, de esta perla de nuestro Sacerdocio, que rogamos a su Infinito Amor y Misericordia, vivir lo menos indignamente posible.

 

(*) García Lorca, Oda al Santísimo Sacramento.

 

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P. Ismael

En la Fiesta de la Presentación de Ntra. Señora

“Nadie se presentará delante del Señor con las manos vacías”

Dt. 16, 16

 

 

 

 

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Con ocasión de la fiesta de la Presentación de la Ssma. Virgen María, quisiéramos reflexionar sobre el sentido que tiene para nosotros el mandato de presentarnos delante de Dios.

 

La Sgda. Escritura, en general utiliza muchas veces indistintamente los términos presentar y ofrecer, si bien, o por el contexto y por la precisiones que la teología ha ido realizando en el decurso del tiempo podemos establecer diferencias de notar, principalmente cuando nos referimos a la ofrenda sacrificial realizada en el Sacramento del Altar.

 

A propósito de las traducciones del Ofertorio de la Misa, ya hemos señalado, en otra oportunidad, las grandes diferencias que existen entre presentar y ofrecer.

No es el propósito del presente artículo reincidir en aquellas consideraciones, sino más bien focalizarnos en otro aspecto que puede tenerse en cuenta desde una mirada “desde nuestro interior”, una consideración de que procediendo del interior del hombre la autenticidad de todas nuestras acciones, será este estado del alma el que venga a dar sentido y explicación a muchas de nuestras batallas cotidianas por alcanzar esa coherencia de vida, esa unidad interior tan buscada para llegar a ser en verdad alabanza de gloria para Dios.

 

En primer término recordemos la oración que nos propone la liturgia del día que recuerda el momento en que los bienaventurados padres de Nuestra Señora, al cumplirse los cincuenta días de su nacimiento (tal como lo manda la ley de Moisés, para la niñas) presentaron al precioso fruto de su entrañas en el Templo de Jerusalén.

 

Hemos rezado en la Oración Colecta de la Misa:

 

Deus, qui beatam Mariam semper Virginem, Spiritus Sancti habitaculum hodierna die in templo presentari volvisti: praesta, quaesumus, ut, ejus intercessione, in templo gloriae tuae praesentari mereamur. Per Dominum…

 

Oh Dios que quisiste que la bienaventurada siempre Virgen María, Sagrario del Espíritu Santo, fuese hoy presentada en el Templo: haz que, por su intercesión, merezcamos nosotros ser presentados en el templo de tu gloria. Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo…

 

Como toda oración Colecta, la presente hace referencia y glorificación del misterio que celebra y luego dirige a Dios una determinada petición. El sentido inmediato de oración, en lo que la parte de la “petición” se refiere, implora la consecución del ingreso a la “vida eterna”, significada aquí por la figura “templo de tu gloria”.

 

Mas podemos permitirnos una consideración intermedia que se centre en nuestro estado actual de “viatores” (caminantes, peregrinos hacia la Patria del Cielo) y darle al término ser presentados, un sentido anticipado a aquella entrada que todos esperamos, por misericordia de Dios, alcanzar en la eternidad.

 

Tratemos de mirar, sencillamente, a lo humano, qué sea esto de “presentarnos” delante de Dios, así como todo hijo de Israel era presentado por sus familiares allí donde el Altísimo quiso morar.

Entrar simplemente en el Templo.

 

Aquí señalamos la diferencia que se mantiene, entre ser presentados y ser ofrecidos, entre presentarnos y ofrecernos.

Manteniendo la misma analogía que hemos sentado, decíamos, en relación a la ofrenda de la Hostia Santa, Hostia Pura, Hostia Inmaculada (Suscipe Sancte Pater… hanc immaculatam Hostiam quam … offero Tibi…) no nos resultará difícil entender que el “ofertorio” de nuestra vida, casi todos nosotros (al menos quien esto escribe, así se siente) estamos más para presentarnos que para ofrecernos.

Y ya presentarse en bastante difícil.

 

Presentarse uno mismo. Y presentarse con algo en las manos…

Uno mismo

¿Qué otra cosa puede hacer el hombre más que presentarse, así como está delante del Señor?

¿Podemos componernos de algún modo para no aparecer impresentables?

Sí y no.

Sí, porque estamos llamados a la purificación de nuestras conciencias, por medio de la penitencia y las buenas obras.

Sí, porque creemos que Dios puede sacar de las piedras hijos de Abraham.

 

Aún así, cada uno sabe, si toma conciencia de la grandeza de Dios y su conocimiento del corazón de cada hombre, que se encuentra temblando por su propia desnudez y también que no puede eludir en modo alguno el decirle: “Aquí estoy, Señor”

Esta es nuestra presentación: sin rebozos, sin fingimientos.

En modo alguno nos sería lícito eludir este ponernos frente a Él:

Es esta nuestra primera “presentación”: ponernos en su Presencia.

 

Somos hechura de sus manos y Él ha visto que todo lo que hizo era bueno…

También nosotros, en el orden criatural, así como estamos y somos; en cuanto salidos de su libertad creadora, en cuanto hombres, y pesar de nuestra casi infinita vergüenza –como Adán escondiéndose del Señor- fuimos hechos buenos por el Único que es Bueno.

 

Y también sentimos en lo profundo de nuestra alma que no estamos a la altura de tan grande encuentro. Pero el Criador llama a su criatura, y ella no puede no decir: Adsum, aquí estoy.

Pienso que el primer paso es pararse –como uno pueda- ante Dios.

 

Con algo en las manos

 

Aquí podríamos entrar en el complejísimo discurso de la Fe Católica sobre la necesidad de las obras y fundamentar todo lo que la Iglesia nos ha enseñado desde la herejía de Pelagio hasta la de Lutero.

Para ello tenemos los documentos magisteriales y la historia de la Iglesia.

 

“No te presentarás ante el Señor con las manos vacías”

¿Y si no tenemos nada?

¿Tendremos que salir como las vírgenes fatuas corriendo en busca del aceite para nuestras lámparas?

Ciertamente, mientras estemos “en camino”, ya que habrá un instante en que el tiempo de llenar la lámpara se terminará, y como ha dicho el Señor, “a la hora menos pensada”

Sin combustible no hay combustión. Para que brille la luz de Cristo (tanto lo hacemos cantar a nuestros niños…) hay que tener aceite.

La luz sería la Fe, el aceite la buenas obras.

 

Santa Teresita del Niño Jesús, Doctora de la Iglesia, alejada en el tiempo y en el conocimiento de la tortuosa teología luterana, nos deja pasmados cuando afirma en sus Novísima Verba, que a la hora de presentarse ante la majestad de Dios, lo hará con las manos vacías…

¿En qué quedamos entonces?

Una vez más nos encontramos, como gustaban decir Chesterton y Castellani, ante las paradojas del Evangelio.

 

Nadie acusará a Teresita de luterana… (¡Ya se las vería conmigo!) Pero su afirmación, fundada en su profunda teología de la confianza hasta la audacia y en el omen novum (su camino de infancia espiritual) no hace más que resaltar que aún las “buenas obras”, sin el Amor, NO SON NADA.

Baste para persuadirnos de esta verdad, releer la interpretación de la Santita del texto paulino de I Cor 13. Por eso “sus manos vacías” no contienen Nada más que el Amor: y con ello contienen todo. Es más, creo que al enrevesado Lutero le hubiese hecho bajar su obstinación y darle sentido a su postura el saber que la Santa lexoviense planificaba poner en sus manos todos los merecimientos de Cristo.

 

Lo cierto es que, en esta primera instancia que describimos, quisiéramos estar dispuestos a presentarnos. Tal como nos pillen las circunstancias y estado de nuestra alma. Tal vez estemos impresentables.

Y pienso que ante el apurón, nuestro recurso es la Santísima Madre del Redentor.

 

¿A quién de nosotros no nos puso “presentables” nuestra madre a la hora de salir a la calle, de actuar en una obrita de la escuela, corriendo con el peine hasta la puerta de casa para que nuestra cabecita de niños no fuera un nido de lechuza?

No dudemos en salir a presentarnos. Y la Virgen hará lo suyo.

 

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¿Y qué hay del ofrecerse?

 

Aquí la cosa es mucho más seria. Se trata de una voluntad coincidente con la divina de no hacer de nuestra vida otra cosa que absolutamente todo lo que Dios espera y quiere de nosotros.

Supuesto que conozcamos esa voluntad ¿Son en verdad sinceras nuestras disposiciones? Supuesto que lo fueren ¿conocemos los alcances de un “ofrecimiento”?

Presentarse es decir: Aquí estoy. Ofrecerse equivale: Haz de mí lo que quieras; estoy aquí para ser transformado, transubstanciado, si se me permite el atrevimiento en el lenguaje.

 

No es argumento ni garantía de nada el que yo refiera circunstancias personales en este sitio, pero si la propia experiencia no le sirve a muchos más que a quien la tiene, tal vez, la sinceridad en referirla, pueda ayudar a alguno.

 

Para seguir con mi querida “doctorcita”. Recuerdo que a poco de ordenarme sacerdote copié en un papel que trataba de llevar siempre conmigo el ofrecimiento al Amor Misericordioso que redactó Santa Teresita (un texto de una conmovedora profundidad teológica, espiritual y mística)

Como todos sabemos, los primeros años de nuestra vida sacerdotal tienen mucho de bucólicos (por no decir utópicos o sencillamente ingenuos) y aquel ofrecimiento de quien tanto oró por los sacerdotes significaba para mí algo así como un programa de vida, un talismán protector, algo que creía conmovería a Dios por la sublimidad de lo que comportaba…

Tal vez Dios se haya conmovido. No por mi ofrenda, sino por mi inconsciencia.

 

Con el tiempo –he aquí mi confesión- tuve miedo. Sí me di cuenta que Dios se lo tomaría en serio. Pero Aquel que está más dentro nuestro que nosotros mismos, en el decir de S. Agustín, es el único que ha de saber la verdad de aquella aventura mística…

Lo que yo sé decir es que a partir de mi “cobardía” –humana, comprensible, todo lo que se quiera, pero una falta de confianza manifiesta- me di cuenta que me faltaba mucho para considerarme (con obras y de verdad) una víctima para el ofrecimiento.

 

Lo que ahora puedo agradecer es el estupendo porrazo que Dios permitió para mi presunción:

Aunque sé muy bien que Dios es quién conoce cuando la Hostia está lista para el Gran Ofertorio, ayer opté por ponerme ante el altar, de pié, y en el transcurso del Iudica reforzar con la voz –quiera Él que también el corazón- spera in Deum, quoniam adhuc confitebor illi..- Espera en Dios, que todavía volverás a alabarlo…

 

Por ahora, preséntate como eres, con todas tus miserias, pecados, negligencia y cobardías, que Dios no te rechaza…

Llegará el momento en Él mismo te convierta en Ofrenda permanente…

 

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P. Ismael

Solo con Él…

“Hominem non habeo…”

(Jn 5, 7)

 

 

 

 

 

AMPLEXUS

 

 

San Bernardo, AMPLEXUS

 

 


No es gratuito que haya llamado SOLEARES a este rejunte de mis pensamientos.

 

Casi siempre nos elige.

Algunas veces, la elegimos.

Depende de qué la llenemos.

Y, como decíamos hace poco, re-signamos el sentido de nuestro camino.

 

Al fin de cuentas, Jesús alternó entre las multitudes ávidas de milagros, el selecto grupo de los Apóstoles, algunos amigos, la caterva de los pontífices y la más íntima soledad con el Padre.

Por más que toda la tradición ascética y mística del cristianismo, al igual que las exhortaciones magisteriales nos propongan la identificación con Cristo, por más aproximación a su misterio, su vida y enseñanzas, cada hombre sabe –excepto que sea panteísta o esté tocado por la varita de la fatuidad- la insondable y abismal distancia que nos separa del Señor.

 

No en vano toda la tradición veterotestamentaria considera al Señor como El Qadosh, el cortado, el separado…

 

Jesucristo vino a enseñarnos: Estote vos perfecti, sicut et Pater vester caelestis perfectus est…

No quiero decir que la identificación con Cristo no signifique una gradual aceptación de la voluntad de Dios, un despojamiento del hombre viejo, un revestirse del hombre nuevo, una participación de la gracia divina…

No negamos nada de lo que la teología clásica de la gracia explica acerca de esta participación del hombre –por donación absolutamente gratuita de Dios- en la filiación divina y en esa transformación del alma hasta adquirir lo que se ha llamado la capacidad de ser “consortes” de la divina naturaleza.

 

Pero el hombre conserva su propio odre. Está contenido en su existencia concreta. Y aunque toda su voluntad se haga una con la divina, aquello de ser “otro Cristo”, admite muchos distingos.

 

Pensar como Cristo, sentirnos en su propia carne, su alma, sus sentimientos; si aún desde lo humano es una empresa titánica, mirando con verdad su condición divina (de la que quiso “despojarse”, anonadándose, haciéndose semejante a nosotros, tomando la “forma de siervo”) ello no separa de su Persona la Unión Hipostática, por la cual, manteniendo cada naturaleza lo que le es propio, constituye del Hijo de Dios un ser absolutamente único e irrepetible: el HOMBRE-DIOS.

Siendo ello así, no diremos ninguna herejía, si afirmamos que el Señor no se percibía a sí mismo del mismo modo como nosotros nos percibimos.

Aún en los momentos más duros de su vida terrena, es de verdad católica que nunca se separó esa Unión y que el Señor, “vivía” en una constante unión contemplativa de la beatitud que emanaba de su naturaleza divina, unida hipostáticamente a la naturaleza humana.

La soledad del hombre Jesús, con todo lo que la permisión del Padre dispuso que fuese padecida por su Hijo, no puede decirse que sea exactamente como la nuestra.

Él mismo había dicho: “Yo sé que nunca me dejas solo”.

Vengo corriendo el riesgo de ser catalogado por el ocasional lector, de “pesimista”.

Frente a mi “riesgo” está su libertad, la que no puedo menos que respetar.

“Omnis homo mendax”, dice el Salmista. Todo hombre es falaz, o mentiroso, si queremos ser más serviles traduciendo…

¿Por qué la soledad me eligió, o más bien, por qué la voy eligiendo – ciertamente a la fuerza- como una forma de vida o “sobrevida”?

 

Mi defensa de la soledad

 

Yo no sé si existe la “esencia” o la “naturaleza” humana, tal y como las estudiamos desde los diversos sistemas filosóficos; lo que sé es que existen “hombres”. A la “humanidad” nunca me la encontré a la vuelta de mi casa. Para ver a los “hombres”, me basta asomar la nariz a esta sociedad en la que vivo y descubrirme vivo yo mismo.

Nos han formado en los grandes principios. Hemos tenido brillantes formadores y maestros de los principios, conocedores de las esencias, las propiedades, y demás características de la humanidad.

Contradictoriamente estas célebres mentes capaces de describir los más intrincados movimientos de la naturaleza, suelen demostrar una paladina ignorancia para entender a un hombre, a una persona en concreto.

Saben lo que es el sacerdocio, pero no pueden comprender a un sacerdote.

Definen con toda la batería documentaria la esencia y las propiedades del matrimonio cristiano (y también las de toda unión) pero no entienden a Fulanita y Menganito.

Las precarias alianzas que vamos haciendo a lo largo de la vida con la gente que se nos acerca están siempre condicionadas por aquello en que podamos “servirle”. Y con esta cantinela del servicio como ley suprema de nuestra existencia, tal vez lleguemos al convencimiento subjetivo que hemos servido mucho a la Iglesia y a la sociedad. Subjetivo digo, porque no puedes saber qué caracoles has podido lograr con este oficio de sacerdote-bombero que es siempre llamado cuando el incendio está en lo más volcánico de su punto.

 

Los compañeros sacerdotes

 

Los “buenos”. Ortodoxos, engominados, externamente impecables, con la sonrisa, la disculpa y la invitación siempre listas.

Invitación inocultablemente interesada: sus propios intereses personales, o, para no ser tan injusto, los intereses de sus grupos (utilizo este término genérico para no dar pistas de su filiación).

“Afán apostólico”, que le dicen, a saber “pescarte” para su bolero de Ravel… Una repetición circular in crescendo con un final (que me perdone el compositor) que pareciera que no sabiendo cómo resolverlo, lo acaba con un derrumbe orquestal.

Ésa es mi experiencia con los buenos y piadosos sacerdotes, siempre dispuestos a la obediencia, al “nihil sine episcopo”, NISI, en aquellas cosas que tengan que ver con la vida interna de sus “grupos”.

Están dispuestos siempre a ayudarte. Ellos a ti. Desde su torre ebúrnea dónde no padecen las vulgares penurias de un pobre cura secular que tiene batallas por todos los flancos de su vida: desde la cocinera (que generalmente no la tiene) hasta el obispo (que generalmente es un ausente, o un vitando)

Pero tendrás que ayudarlos tú a ellos, especialmente con tu metálico, a sostener “labores” maravillosas, heroicas, universales, en tanto que el techo de tu casa se descascara sobre tu calva.

Los sacerdotes “progres”

Por más que te vistas a su uso, que te aparezcas en sus fraternas reuniones masticatorias luciendo un atuendo a la moda “Padre Pinto”, serás siempre el “cuervo”, el troglodita.

Si te llaman una vez para que les des una mano en alguna tarea, no lo harán una segunda: tu estilo “escandaliza” a los fieles.

 

Los seminaristas

 

“Sine pecunia, sine verecundia et cum apparentia sanctitatis”. Así se los definía otrora simpáticamente… La definición sigue valiendo, pero sin simpatía alguna.

Siempre a la pesca de algún “padrinazgo”. Si el tuyo les conviene, te “adoptan”, agasajándote con sus periódicas visitas, la interminable enumeración de sus pesares, especialmente los económicos y la protesta irrebatible de que quieren ser como tú (¡Oh modelo del sacerdocio!) y serás eternamente su padre espiritual.

Lo cierto es que no llegas ni a tío postizo.

Su debilidad y flojera espiritual –sin contar la nesciencia de su formación- nos prometen un clero digno de competir con la gran masa eclesiástica que dominaba los siglos XIV y XV.

 

El laicado

 

Alabado y superexaltado como el fermento en la masa, la manus longa de la jerarquía, protagonistas potenciales de las megalómanas ideas de alcanzar sitios políticos donde impartir la justicia social de la Iglesia, mutantes en una especie subdiaconal que los convierte en “ministros” intermedios entre el clero que menosprecia su poder sacramental y el simple fiel de Misa dominical.

Una síntesis, nada más, es lo que podemos hacer aquí de las múltiples interferencias e intercambios en roles, funciones y principalmente ese sentirse interiormente con una misión que cumplir, directamente descendida del cielo.

A la hora de la verdad –y es verdad que debe ser respetada- no pueden estar más que en el sitio que les corresponde: su propia casa, su familia, su trabajo.

Pero han embarcado a su cura en una tarea que descansará, a la larga sobre sus espaldas y que las más de las veces terminará extinguiéndose en el boscoso jardín de los proyectos de pastorales de conjunto.

 

Y tus amigos…

 

Laicos o curas, jóvenes sobre todo.

Serás su paño de lágrimas, el espacio de sus largas horas muertas, principalmente cuando no tienen el corazón ocupado en algún afecto que les llene lo que en el fondo desean llenar.

Allí estarán, colmados de inquietudes intelectuales, grandes dramas existenciales, trabajos sin futuro y la desafiante pretensión de que les respondas como un oráculo a los bizantinismos de cierta etapa de la vida.

Casi siempre tendremos algo más que la mera sensación de que nos han robado el tiempo. Más. Creo que casi lo deseábamos, ¡porque no teníamos en qué emplearlo! Y su cariñosa y promisoria compañía nos hizo sentir vivos…

 

estrella

 

Y ahora (en esto nomás) me siento como Santa Teresa, que confesaba haberse disparado de su intento inicial y debiera confesar: “tornando pues a aquello que pretendía decir…”

Que con esto de poner ejemplos, lo que pretendo describir es el estado tan particular de nuestras soledades.

Pero para darme a entender bien, debo, en mi caso, aclarar que la más tremenda de las soledades es la de no ser “entendido”.

Y digo “entendido”, no en el sentido de comprensión personal, contención afectiva, etc. Sino que me refiero a una acertada comprensión de lo que uno quiere “explicar”, “clarificar” en la mente de aquellos que Dios pone a nuestro lado.

Gran injuria le haría al Señor, si dijese que Él no tuvo experiencia de ello.

Basta recorrer el Evangelio para darnos cuenta cuánto le costó la comprensión de sus más allegados y cómo en ocasiones esa incomprensión le causó fastidio… “¿Hasta cuándo tendré que soportaros?”…

 

Es entonces que no tengo otra respuesta para mí que esta soledad es constitutiva de quien sepa lo que ha recibido cuando le fue conferido el Orden Sacerdotal.

 

Hace bastante decíamos que siempre ha de haber un espacio vacío para Dios.

Ahora bien, este vacío no se logra simplemente dejando abierta una ventana para que las cosas se vayan cuando quieran, si quieren irse.

A veces será necesario, aunque parezca una brutalidad (hay santas brutalidades) tomar una escoba… y barrer… o sacar a escobazos…

La caridad nos exige muchísimas veces perder el tiempo con nuestro prójimo.

Y otras tantas no permitir que nos roben un instante de la soledad que Dios nos exige.

 

Solos. A nuestro modo.

¿Igual que Cristo?

Cada uno lo sabrá.

¿Seremos como Él?

El lo sabe.

Respeto la entidad de la soledad: no es solamente ausencia.

Ella es toda realidad cargada. Cargada de humanidad.

Quiera Dios que yo intente divinizarla.

 

Y porque nada deja de tener su poesía en esta vida, y en estas “soleares”, transcribo este sugestivo poema de García Lorca.

 

 

 

 

(Homenaje a Fray Luis de León)
Difícil delgadez:
¿Busca el mundo una blanca,
total, perenne ausencia?

Jorge Guillén

 

 

Soledad pensativa
sobre piedra y rosal, muerte y desvelo
donde libre y cautiva,
fija en su blanco vuelo,
canta la luz herida por el hielo.
Soledad con el estilo
de silencio sin fin y arquitectura,
donde la planta en vilo
del ave en la espesura
no consigue clavar tu carne oscura.
En ti dejo olvidada
la frenética lluvia de mis venas,
mi cintura cuajada:
y rompiendo cadenas,
rosa débil seré por las arenas.
Rosa de mi desnudo
sobre paños de cal y sordo fuego,
cuando roto ya el nudo,
limpio de luna, y ciego,
cruce tus finas ondas de sosiego.
En la curva del río
el doble cisne su blancura canta.
Húmeda voz sin frío
fluye de su garganta,
y por los juncos rueda y se levanta.
Con su rosa de harina
niño desnudo mide la ribera,
mientras el bosque afina
su música primera
en rumor de cristales y madera.
Coros de siemprevivas
giran locos pidiendo eternidades.
Sus señas expresivas
hieren las dos mitades
del mapa que rezuma soledades.
El arpa y su lamento
prendido en nervios de metal dorado,
tanto dulce instrumento
resonante o delgado,
buscan ¡oh soledad! tu reino helado.
Mientras tú, inaccesible
para la verde lepra del sonido,
no hay altura posible
ni labio conocido
por donde llegue a ti nuestro gemido.

 

 

 

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P. Ismael

ad quem ibimus?

quo vadis Carracci

Quo vadis?  Annibale Carracci 

 

 

 

El final casi esperado del “Discurso del Pan de Vida” (Jn 6, 22-72) viene resaltado por tres “rápidas y electrizantes” reacciones que colocan al lector en la exacta situación de dramático temblor que suscitó y suscitará en todas las generaciones de cristianos la revelación ascensional de Jesucristo, quien a partir del interés materialista y mesiánico de quienes le aguardaban en la otra orilla, tras la multiplicación de los panes, los introduce en el gran misterio de Su presencia en la Eucaristía.

 

Sin detenernos en los considerandos de la estructura de este discurso, sin desentrañar el profundo contenido de la doctrina de la Presencia Real, como en la necesidad de este Sacramento para la plenitud de la Vida que vino a darnos el Redentor, vamos a reflexionar sobre esas reacciones que calificamos de “nerviosas” que Juan destaca en su relato.

Aclaramos que estos nervios que intentaremos analizar, son en cada quien, de diversa procedencia y calidad.

La respuesta de los oyentes del Señor es doble, una verbal y otra, diríamos de “actitud”.

 

Cuando Jesús terminó de hablar, habiendo tenido diversas reacciones por parte de los judíos, “muchos de sus discípulos que esto oyeron, dijeron: Duro es este razonamiento, y ¿quién lo puede oír?” (6, 61)

“Y desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás, y no andaban con él” (v 67)

Todo tenía un límite. Hasta aquí llegó la fe y la confianza de aquellos hombres.

Pero no sólo su fe en Jesús, sino además sintieron que su inteligencia estallaba ante algo que no cabía en ella…

Habían caminado bastante con Él. Habían aceptado muchas exigencias e intentaban –sólo Jesús lo supo bien- forzar sus razonamientos ante las paradojas del Evangelio. Pero aquello fue demasiado. ¡Comer su carne! ¡Beber su sangre!

 

La segunda reacción electrizante es la firmeza de Cristo.

El Señor nunca retrocede ante sus afirmaciones. No rectifica. No corrige como los filósofos o los teólogos sus sentencias. A lo sumo las retoca: “habéis oído que se dijo, pero Yo os digo…”; “pocas cosas son necesarias, más bien una sola es necesaria”.

Jesucristo no es un político ni un líder religioso que tema perder adeptos, no es un maestro que busque metodologías digeribles a toda costa, no es un pastor de almas que revuelva en la casuística en busca de una solución prudente, equilibrada, adecuada a los tiempos que corren.

Cuando dice sí, es sí. Cuando dice no, es no.

¿Se descolocó el Maestro ante la fuga de discípulos que amenazaba disminuir notablemente su “feligresía”? ¿Los llamó para una conciliación basada en el diálogo y la exposición al menos franca de lo que cada uno quisiera haber comprendido?

En modo alguno.

Supongo que los cultores del diálogo a toda costa pasarán por alto la respuesta de Jesús… No es para nada ecuménica.

Cortada la interlocución con quienes libremente tomaron una decisión, y a pesar de la mansedumbre y dulzura sostenida durante todo el discurso (llevado, como decíamos en esa ley de gradualidad de la revelación) inesperadamente se vuelve ahora a los doce:

“Y vosotros, ¿queréis también iros?” (v. 68)

 

El que dijo “si alguno quiere seguirme…” será consecuente siempre con aquella suprema facultad otorgada al hombre desde la creación: el libre albedrío.

No hay “obligación” de seguir a Jesús. Quien lo hace, acepta sus condiciones.

El Señor, miró y amó al joven rico que mostraba interés en un vuelo más elevado que el resto del vulgo. Y mirándolo fijamente le dirá: “si quieres…”

¿Y si no quiero? ¿Me espera la condenación, la perdición eterna?

Ninguna pista nos ofrece el Evangelio más que el comentario triste de Jesús acerca de las dificultades que encuentran los ricos para entrar en el Reino.

Habla de dificultades. No de imposibilidad.

Pero siempre respetará la libertad.

Lo que no puede admitirse en ningún caso es la falsificación de su doctrina, la libre interpretación de sus mandatos.

No diremos nada nuevo si simplonamente afirmamos que el Evangelio es cuestión de tómalo o déjalo.

Un comentarista de peso, como el Cardenal Gomá, llega a sostener que Jesús, aunque afectado sin duda por la deserción de tantos discípulos, estaba dispuesto a quedar incluso sin sus Apóstoles. Pero Él ya sabe que creen.

 

Y ahora llegamos a la tercera intervención “electrizante”.

Una vez más, como tantas en el Evangelio, será Pedro protagonista.

El toma siempre la palabra en nombre del colegio apostólico. Pero habla desde la sinceridad de su corazón que no había reservado nada para sí.

Pero el evangelio jamás oculta su inocentona presunción, sus ímpetus que no conocían la mesura, al igual que la confianza desmedida en unas fuerzas que también podían abandonarle en los momentos difíciles…

No será Pedro el que deje largos silencios en circunstancias de este tipo.

Su respuesta es de un profundo amor y convencimiento de que fuera de Jesús no hay refugio.

“Señor, ¿a quién iremos?

Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios” (v. 64)

 

Es aquí, una vez más, que Pedro hablará por instinto e inspiración del Padre que está en los cielos. No es ni la carne ni la sangre quien esto le revela.

Más bien, si considerásemos la respuesta desde “la carne y la sangre”, su traducción sería algo así como “ya que no tenemos otra alternativa…”

Pero su ad quem ibimus?, no es un sinónimo de nuestro “¡Qué le vamos a hacer!”

Aún así, me atrevo –prescindiendo del fundamento que el Espíritu le sopla a Pedro para seguir con Jesús- a ver en aquellas palabras del simple y tosco Simón Pedro, un paradigma de lo que yo llamaría la resignación de la fe.

 

Y lo explico desde nuestra pobrísima, pero real experiencia.

Aunque carecemos de la experiencia singularísima de los Apóstoles que vieron, oyeron y tocaron al Verbo de Vida , de una forma asimilable, también, a nuestro modo, somos testigos de cotidianos milagros en nuestra vida de creyentes: no nos han faltado ocasiones de ser protagonistas de verdaderos milagros producidos por la doctrina de Cristo.

Sin embargo, nuestra fe es constantemente puesta a prueba por innumerables instancias provenientes de muchos flancos, siendo las más dolorosas las que se generan en el seno mismo de la Iglesia.

Humanamente no vemos salida a la confusión, la superstición, el relativismo, la desacralización y tantos otros males que nos aquejan “ad intra”, en el torrente mismo de la vida de la Sociedad fundada y querida por Jesucristo.

 

Otra fuente copiosa de pruebas son los males que provienen del mundo –servidor de los espíritus del mal- y nuestra propia carne, siempre pronta a clamar por sus derechos.

El “¿a quién iremos?” también podemos traducirlo como el grito del hombre decepcionado. (*)

La decepción, el desengaño, de suyo, no constituyen un pecado. Tal vez sean la consecuencia ineluctable de la condición humana.

¿Es empobrecer el concepto de la fe, pensar que pueda actuar como camino de resignación?

No es su función principal. Pero la resignación puede ser un camino de vuelta.

Si re-signar, puede interpretarse como re-significar, asignar otro sentido, volver a marcar, no creo que sea pensar fuera del Evangelio que cualquier desengaño “criatural”, del orden que fuere, es lo más humano –y a la vez, lo más divino- que nos pueda pasar.

 

¿A quién iremos?

¿Hay alguien en el mundo que haya colmado nuestras expectativas afectivas, intelectuales… humanas, en general?

¿Quién puede comprender la plenitud que reclama nuestro corazón desorientado, ávido de un guía, de un abrazo cálido, de una comunión promisoria de hondura e intimidad?

¿Será otro hombre, tan extraviado en el camino como nosotros mismos, el que nos pueda llevar a esa plenitud por la que clama cada célula de nuestro ser?

¿A quién iremos?

Si la pregunta de Pedro hubiese terminado aquí, aunque válida, quedaría sin respuesta y retrocederíamos al Qohelet.

Pero “Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”

Y aquí la resignación de la fe, se muta en una serena certeza. Pero está en la misma línea: no busca garantías, no exige comprobaciones milagrosas: sólo confía en las palabras de Cristo y confiesa su Divinidad. Sólo eso. Nada más que eso: que Cristo es el Hijo de Dios.

Pero todas nuestras afirmaciones, (pues provienen de nuestro pensamiento) tal como lo afirman los libros sapienciales son precarias.

Y si son precarias las afirmaciones, ¿cómo no han de ser precarias nuestras acciones?

También Pedro sentirá en carne propia de la distancia entre nuestras afirmaciones y nuestros actos.

Mucho se ha escrito, predicado y meditado sobre la triple negación de aquel hombre sobre quien el Señor quiso fundar la solidez de la Fe de Su Iglesia.

Ya hemos dicho muchas veces que es SU Iglesia, de Cristo, no de Pedro…

 

Simón Pedro entendió aquella tristísima noche de su cobardía que más allá de la flaqueza, de la defección (tan humillante como arrebatada fue su protesta de amor incondicional en la Cena), el “haber creído”, era camino del retorno: cuando saliendo fuera lloró amargamente; debió repetirse una y mil veces su electrizante respuesta de la sinagoga de Cafarnaúm: “¿Domine, ad quem ibimus?” Señor, ¿a quién iremos? ¿a quién iré?

 

Pero la debilidad humana de Pedro, al igual que la nuestra (¡oh maravilla de nuestra miseria incomprensiblemente sublime!) no había de terminar la noche de la Pasión.

Después de la Resurrección, Pedro, junto con los demás Apóstoles, será el gran anunciador del kerigma de la salvación: Jesús ha sido constituido Señor a la diestra del Padre y él es testigo.

Llamará incesantemente a la conversión y a compartir los sufrimientos de Cristo.

El mismo Señor le predecirá que será llevado donde él no quiera… y de esa forma glorificaría a Dios.

 

Es de todos conocido aquel conmovedor episodio no referido en los Evangelios Canónicos del Quo vadis?

Un manuscrito llamado La leyenda Aurea, según se presume redactado en el siglo XIII, por el monje dominico y arzobispo de Génova, Jacobo de Vorágine, refiere
que cuando el emperador Nerón en el año 64 inicia una ferocísima persecución contra los cristianos, San Pedro temeroso de lo que pudiera sucederle huía de Roma por la Via Apia, pero en el trayecto se encontró con Nuestro Señor Jesucristo cargado con una cruz. Preguntándole "Quo Vadis Domine?" ¿A donde vas Señor?, Jesucristo le contesto: Mi pueblo en Roma te necesita, si abandonas a mis ovejas yo iré a Roma para ser crucificado de nuevo.

 

¿A dónde vas Señor? ¿A dónde vas Pedro?

No hago teología ficción, si sostengo que en aquel instante volvió a la cabeza del pobre Simón Pedro su resignada afirmación-pregunta de algunos años atrás:

“¿Domine, ad quem ibimus?” Señor, ¿a quien iremos?...

Y una vez más el pobre, como les pasa con frecuencia a los de gran corazón y dura cabeza, se sintió avergonzado y volvió a llorar.

Y aquí sus esperanzas humanas, la resignación y la sobrenaturalidad de la Fe, se hicieron una sola cosa: volver sus viejos y encallecidos pies por el camino andado para encontrarse para siempre en la cruz –no podía ser de otro modo- con Aquel a quien, con toda la sinceridad de su corazón había dicho:

Domine, tu omnia nosti, tu scis quia amo te.

Señor, tu lo sabes todo, sabes que te amo…

 

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P. Ismael

 

 

(*)

2. Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. En la homilía de la santa Misa de inicio del Pontificado decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud». Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.

3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.

Carta Apostólica Porta Fidei. Benedicto XVI