“Cuando era protestante yo notaba que mi religión era seca y triste, pero no mi vida; sin embargo siendo católico mi vida es triste y seca, pero no mi religión”

(Beato Card. John Henry Newman)

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“Palabras irreales”

“Propongámonos sentir lo que decimos,

y decir lo que sentimos”

(Bto. J. H. Newman)

 

 

 

Dedico este post a los que me han mentido,

y a quienes yo les mentí…

 

 

 

 

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Uno de los sermones más brillantes de Newman, en el que junto con su aguda visión de la realidad y su profundo conocimiento de la Escritura, muestra sin ocultamientos su más fina ironía, es el que conocemos bajo el título “Palabras irreales”.

 

Dejemos en claro que cuando asumimos la profesión de una religión comenzamos a manejar una serie de términos y palabras riesgosas como el filo de un bisturí.

 

A propósito del pasaje del libro Josué, en el que el sucesor de Moisés pone en apuros al pueblo israelita en Siquem, que fluctuaba entre seguir al Señor o volverse a los falsos dioses, Newman demuestra que muchas veces las expresiones que creemos provienen de una convicción religiosa, no son más que una irrealidad y concluye de ello que “la irrealidad… es un pecado; es el pecado de cada uno de nosotros, en la misma proporción en la que nuestros corazones son fríos o nuestras lenguas caen en excesos”

 

Según la acertada afirmación de Mons. F. M. Cavaller –uno de los más finos conocedores y difusores de la vida y obra del Beato Cardenal- en la introducción al sermón que nos referimos, “el verbo favorito de Newman para expresar la actitud del hombre frente a la realidad, es precisamente to realize, que no tiene igual en castellano, y traducido podría decirse tomar conciencia o darse cuenta…”

 

El texto en cuestión podemos leerlo detenidamente en el capítulo 24 del Libro de Josué que refiere la gran Asamblea de Siquem, añadido después del Destierro, pero de auténtica tradición antigua.

Nos llamará la atención la insistencia de las palabras con la que Josué parece no creer demasiado en las manifestaciones y promesas de fidelidad del pueblo referentes a optar por la fidelidad al Dios de sus Padres.

 

Newman dirá de los cristianos de su tiempo (que en esto sigue tan actual y conectado con el nuestro), son proclives a las declaraciones. “Éste es un tiempo en el que correcta o incorrectamente hay tanto de juicio personal, tanto de separación y diferencia, tanto de predicación y enseñanza, tanto de derecho de autor, que él mismo implica la declaración, la responsabilidad y recompensa personal de un modo peculiar…

No será salirnos del tema si en conexión al texto bíblico inicial consideramos algunas de las muchas maneras en que las personas, en esta u otra época, hacen declaraciones irreales, y viendo no ven, y oyendo no oyen, y hablan sin dominar o intentando dominar su palabras…”

 

Pasando por la forma insustancial en el hablar, hasta la impúdica actitud de hablar de lo que no se conoce suficientemente y de la inestabilidad de la opinión popular, Newman recorre distintas situaciones ejemplares que ilustran esta propensión –y más que ella- que los hombres tenemos hacia las palabras irreales.

 

No es la intención de nuestro comentario ni glosar ni transcribir el brillante sermón que bien podemos buscarlo y meditarlo con gran fruto y pasmo por su vigor radiográfico y añadir situaciones, multiplicar ejemplos, según la propia experiencia.

Lo que uno escribe, lo escribe primariamente para uno, no sabiendo muchas veces si alguna vez será leído. El presente comentario tiene en mi pensamiento y mis apuntes bastante tiempo. Serán algunas consideraciones personales sobre esta triste realidad tan nuestra y tan común entre católicos (o no) de basar nuestras declaraciones en palabras irreales, las que generalmente corresponden a conceptos irreales.

 

Josué ya era un hombre mayor, con experiencia humana y divina sobre la propia vida y los vaivenes de un pueblo que siempre daba muestra de marchar en su larga procesión al compás de un paso adelante y dos atrás.

Y digamos, no sólo por su misión venida de lo alto, sino por un objetivo conocimiento de la historia reciente y pasada de su pueblo, se muestra entre escéptico y enérgico ante aquellas protestas, aparentemente sinceras, de fidelidad incondicional a Dios y a él, sucesor del manso y gran Moisés.

 

En nuestra vida podemos constatar con una mezcla de pena, indignación, decepción y sospecha, la fragilidad de tantas promesas personales y ajenas acerca de la fidelidad a toda suerte de compromiso, a los juramentos brotados en momentos de alta emotividad afectiva, a los pactos “sellados con sangre del corazón”, a los “para siempre” de nuestros amores, convicciones o procederes, tengan ellos por objeto la vinculación con Dios o entre nosotros.

Aquel pueblo se encontraba, al igual que nuestra cultura, en una constante adolescencia e inmadurez. La variabilidad del ánimo lo acompañaba en cada acontecimiento histórico o familiar.

Invito al lector a elaborar mentalmente -¿y por qué no un listado escrito?- de cuantas veces ha sido el autor o la víctima de semejantes palabras irreales.

Parece que al hombre se le escapan siempre las palabras más nobles y una vez pronunciadas, llevadas por el viento de su interminable adolescencia, terminan siéndole irreconocibles para sí mismo.

 

Existe como una incontinencia verbal que nos lleva a decir lo que el otro desearía escuchar, a halagar sus oídos, conquistar su corazón, asegurarnos su favor y beneficios. Algo así como lo del tango: “…hoy un juramento y mañana una traición…”

Cada vez que oigo expresiones tocadas en esta cuerda, armadas en esta clave y con octavas tan osadas, no puedo evitar imaginarme el final lamentable de una sinfonía mal compuesta.

Van entrando uno tras otro los diversos instrumentos, van haciendo gala de sus propios sonidos, pero el ejecutante no se escucha. O más bien se escucha demasiado: tan fascinantes les suenan sus palabras que el propio oído no atiende al corazón, donde debiera residir la partitura.

“Todas estas grandes palabras –cielo, infierno, juicio, misericordia, arrepentimiento, obras, el mundo presente, el mundo venidero –son poco más que “sonidos sin vida ya sea de órgano o de arpa” en sus bocas y oídos, como la “canción encantadora del que tiene una voz agradable y puede tocar bien un instrumento”, como los cánones de la conversación o la urbanidad de la buena crianza” (op. cit.)

 

Esto supuesto que el sujeto padezca el autoengaño, tan frecuente en espíritus que confían en que sus expresiones adecuan con el pensamiento. Los podríamos llamar superficiales.

Pero encontramos un género más peligroso que el que acabamos de describir: el de aquellos que pretenden engañar, los que simulan, los “diplomáticos”.

En cualquier caso tal vez deban arrepentirse de una palabra dicha para salir del paso, por un cumplido.

Nuestro Señor Jesucristo nos ha enseñado a medir cuidadosamente nuestras palabras, nuestras afirmaciones: de ellas nos pedirá cuenta.

En la parábola de los dos hijos (Cf Mt 21, 28-32) nos enseña cuál es el auténtico valor de la palabra: aunque inicialmente respondiese a un estado de ánimo no bien dispuesto, la conducta final del hijo que dijo “no voy” es la que en verdad cumple la voluntad del Padre.

 

Nuestra época es un tiempo contradictorio como ninguno.

Por ser reductivos y simplificar en dos tipologías las palabras que oímos podríamos señalar un innumerable conjunto de personas que dice cualquier cosa, lo que se le viene, no a la mente, sino directamente a los labios y por otro, tal vez el más peligroso: el que piensa que por el mero hecho de decir lo que debiera decirse, lo adecuado, lo perfecto, ya tenemos recta intención y, por tanto, somos honestos.

Sermones, escritos, documentos, pronunciaciones, manifestaciones, marchas, charlas supuestamente fundadas en el afecto amical, promesas solemnes o simples compromisos, cumplidos, educación afectada de untuosidad y formalismo, rigidez principista, etc., etc., son campos profundamente afectados por la mala hierba de las palabras irreales.

¿Falsedad? ¿estupidez y debilidad humanas? ¿deseo inmoderado de caer siempre bien frente al ocasional o estable interlocutor? ¿imperativo de cumplir las consignas de una convivencia que no merece semejante nombre?

 

Dirá Newman: “Los jóvenes que nunca han conocido el dolor o la ansiedad, o los sacrificios que la experiencia involucra, comúnmente carecen de esa profundidad y seriedad de carácter que solamente pueden dar el dolor, la ansiedad, la abnegación. No insisto en esto como una falta, sino como una realidad pura que frecuentemente se ve…”

 

Sean malos o estúpidos, el trato con tales sujetos, siempre lastima y afecta la respuesta que podamos darles a tales palabras: nosotros mismos caemos en lo irreal.

 

Y lo que decimos de los individuos, podemos aplicarlo a la situación de la Iglesia en tiempos en que el amor se ha enfriado y la fe desvanecido. No seré yo quien lo describa. Le dejo la palabra al mismo Newman:

 

“El sistema total de la Iglesia, su disciplina y ritual, son todos en su origen el fruto espontáneo y exuberante del principio real de religión espiritual en los corazones de sus miembros. La Iglesia invisible se ha convertido en la Iglesia visible, y sus ritos y formas externas se nutren y animan por el poder vivo que habita dentro de ella. Así, cada una de sus partes es real hasta en los más diminutos detalles. Pero cuando las seducciones del mundo, las concupiscencias de la carne han devorado esta vida divina interior, ¿qué es la Iglesia exterior sino un vacío y una burla, como los sepulcros blanqueados de los que Nuestro Señor habla, un memorial de lo que era y ya no es? Y aunque confiamos en que la Iglesia en ninguna parte está totalmente abandonada por el Espíritu de la Verdad, al menos de acuerdo a la común providencia de Dios, no obstante ¿no podemos decir que en la medida en que ella se aproxima a este estado de mortandad, la gracia de sus ceremonias, aunque no invalida, fluye, pero sólo como corriente muy escasa e incierta?”

 

P. Ismael

 

 

 

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Peligrosas mixturas

“Lo mismo que a los jesuitas se les suele imputar

falsamente todas las cosas posibles, así exactamente

o bien parecido acaece con los judíos”

Edith Stein

 

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Quien se encuentre medianamente informado de los dimes y diretes y pretensiones de quienes se han erigido en censores inapelables de la más pura ortodoxia católica, habrán notado la curiosa mixtura y maridazgo –absolutamente arbitrario como un “collage” surrealista compuesto a su criterio en el que se pegotean posturas, doctrinas y sentencias que imbrican dogma, teología, historia y una alarmante Veltanschauung (cosmovisión) de la sociedad y el mundo cristiano.

 

Quiero referirme brevemente al caprichoso pegote que muchos católicos derechosos –que deshonran a los auténticos católicos fieles a la Tradición de la Iglesia y ponen en grave peligro lo poco que se intenta salvar de la demolición (externa e interna) que la Iglesia de Cristo viene sufriendo desde hace algo más que 50 años.


Ese “pegote” mistongo, cuyo resultado es un mutante de la auténtica Fe Católica ha engendrado un curioso cuadro variopinto y de figuras que tienen tanto que ver entre sí, como la manteca con la ley de Newton.


En especial en nuestra Argentina (como también en Latinoamérica) que hace tiempo viene comiendo de las migajas que caen de la mesa infectada de la ya no tan opulenta y epulona Europa, nos encontramos con grupos que han asociado sin demasiado examen realidades cuya conexión intrínseca se halla sólo en la mente de sus creadores.


Así nos encontramos con quijotescos defensores de la ortodoxia católica que han incluido en su puchero elementos cohesionados por algún motivo que alguna vez quisiera comprender qué lógica teológica tienen.


Este es el menú: estos sectores (o cuasi sectas) hilvanan sin dificultad alguna:


1) Defensa de la Tradición ininterrumpida a las enseñanzas de la Iglesia.

2) Lucha por la recuperación de la maltrecha liturgia romana.

3) Restauración de una cristiandad, de la que el mismísimo Newman tenía dudas si alguna vez existió tal como pensamos que la concretaron los cristianos de los siglos heroicos de la fe.

4) Una suerte de nacionalismo de corte folklórico.

5) Adhesión a los sistemas militares que establecieron –dicen ellos- el supuesto orden moral que la sociedad necesitaba.

6) Simpatía y algo más por el nazismo.

7) Antisemitismo manifiesto y negación del holocausto.


De estos tópicos señalados, no podemos más que sostener –a riesgo de no ser católicos- los 3 primeros.


Es mi propósito manifestar mi dolor por la obstinación en sustentar el séptimo.


En lugar de ver la innegable voluntad del Santo Padre Benedicto XVI de contar con aliados que le sostengan en su heroico y casi desmesurado intento de devolver a la Iglesia la liturgia de siempre, fundada en su Tradición y con ello la ocasión para que muchísimos fieles tengan la oportunidad de contar con un clero católico, que les predique las verdades católicas y celebre el culto católico para gloria de Dios y santificación de los católicos, se empecinan en el injusto retorno a presentar una Iglesia falsamente afectada no sólo de ignorancia histórica, sino de manifiesto antisemitismo.


No me extenderé en algunas distinciones que serían necesarias para entender bien a fondo las raíces de un tema tan delicado. Me limito solamente a señalar la distinción entre “hebraísmo” y “judaísmo” y recordarles a estos señores la enérgica afirmación de S.S. Pío XI (nada sospechoso de progresista pro-judío): NO SE PUEDE SER CATÓLICO Y ANTISEMITA.

El entonces Secretario de Estado, Cardenal Pacelli, en un sermón durante los ritos de consagración de la Basílica de Lisieux, condena el racismo de Alemania. Gebbels lo ataca ferozmente.

El 17 de marzo de 1937 Pío XI publica la “Mit brennender sorge” condenando la “falsa moneda” del racismo y las “liturgias” del Reich(1)

En 1938 Mussolini prohíbe a los hebreos cualquier clase de ejercicio de profesiones (médicos, abogados, profesores, etc.)

La Encíclica que preparaba Pío XI (cuya redacción encargó al jesuíta J. Lafarge y el asesoramiento de Pacelli) nunca se publicó: el Papa muere repentinamente. Suspicacia: uno de sus médicos era hermano de la amante de Mussolini.


Negar el “holocausto” es una tamaña brutalidad como querer imponer la fe con la tortura.


A causa de este creciente y lamentable movimiento, el descrédito de los desinformados en materia de religión, se extenderá también a un creciente número de movimientos y sociedades sacerdotales que luchan con valentía por la restauración católica que vale la pena. Y la pérdida será muy grande.


El progresismo se hará más rabioso y terminará por perderse lo poco que se viene recuperando.


En concreto, y para no abundar en los numerosísimos testimonios de todo lo que la Iglesia con corazón angustiado y solicitud maternal hizo en tiempos del Angélico Pastor Papa Pacelli, quiero traer solamente a la meditación del lector el párrafo final del testamento de Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Teresa Hedwig Stein), “verdadera judía”, como la podría haber llamado otro verdadero judío PABLO DE TARSO (¿lo conocen, verdad?) que supo hacer carne el llamamiento del Unico Dios Verdadero a la aceptación del misterio de Cristo, y como sapientísima filósofa cristiana supo “tomistizar” a su maestro Husserl.


“Desde ahora acepto con alegría, y con absoluta sumisión a su santa voluntad la muerte que Dios ha preparado para mí. Pido al Señor que acepte mi vida y también mi muerte en honor y gloria suyas; por todas las intenciones del Sagrado Corazón de Jesús y de María; por la Santa Iglesia y, especialmente, por el mantenimiento, santificación y perfección de nuestra Santa Orden, en particular los conventos Carmelitas de Colonia y Echt, en expiación por la falta de fe del pueblo judío y para que venga a nosotros su Reino de Gloria, por la salvación de Alemania y la paz del mundo. Finalmente por todos mis seres queridos, vivos y muertos, y todos aquellos que Dios me dio. Que ninguno de ellos tome el camino de la perdición”


Lean los que desestiman la verdad histórica y la extensión del holocausto la biografía de su hermana de religión Sor María Renata Posselt.


Recuerden que el recrudecimiento de la persecución y exterminación de los judíos en Holanda alcanza su máxima ferocidad a partir de la carta pastoral de la Iglesia Católica en ese país que fue leída el 20 de julio de 1942 en todas las iglesias. Dicho sea de paso que Pío XII quería evitar este pronunciamiento porque temía la feroz represalia nazi.


Recuerden que en la barraca que habitó desde el 2 de agosto hasta el 9 (día de su muerte en un horno de gas en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau) junto a su hermana, la terciaria carmelita Rosa Stein, y 300 personas entre las que se encontraban numerosas religiosas y sacerdotes, se prodigó con ejemplar amor cristiano en la atención de numerosos niños que descuidados por la desesperación en que sus madres se encontraban, hallaron en ella todo el consuelo del que era capaz su corazón.


“…como bienvenida recibieron el comunicado de que el Campo quedaba castigado por dos o tres días. Si no recuerdo mal, había “robado” uno de los hambrientos detenidos pan seco tirado. El resto estaba de pie. Entre los que aún estaban de pie, vi a lo último al inexorable adversario de Tercer Reich y Director General Dr. Lazarus, un valiente católico como todos aquellos que habían llegado…


No quiero silenciar que durante todo el día se les golpeaba y maltrataba. Pero aquello se podía soportar. Más penoso era ver el estado en que se encontraban muchas mujeres… En aquellos momentos manifestó Edith Stein su esforzado ánimo. Hay que recordar que fueron puestos en libertad todos los que habían sido detenidos por equivocación, como protestantes, ortodoxos griegos (búlgaros) etc...” (Testimonio del Dr. Lenig).


Lean, señores, la noticia de “L’Osservatore Romano” (1947) “Del judaísmo a la Universidad y al Carmelo”:


“Sor Benedicta había nacido en 1891 y fue secuestrada en 1942 por manos de los nazis… El 2 de agosto de 1942 se paró un coche de la policía nazi delante del monasterio. Se le dieron cinco minutos a Sor Benedicta para prepararse para el viaje. Como gran condescendencia se le alargó a diez minutos el plazo del tiempo concedido. Seguidamente la llevaron juntamente con su hermana Rosa y otras víctimas desconocidas.

A su llegada… recibió fuertes golpes, fue arrojada a la cárcel y después muerta en una cámara de gas o precipitándola en una mina”.

 

 

Recuerden también los centenares de judíos acogidos por Pío XII en las diversas Basílicas de Roma y numerosos conventos (la Canónica de San Pedro, San Calixto, la Tiberina, S, Pablo Extramuros, Castelgandolfo) Detalle de notar: la Guardia Palatina que contaba a la fecha de la coronación del Papa Pacelli con 400 miembros, fue elevada en aquellos años a 4000. Uno de los tantos recursos caritativos de la Iglesia por hacer lo que podía frente ante tanto horror…


Señores católicos tradicionalistas pro nazis, siento pena por ustedes y vergüenza de su farisaica ignorancia; me ruboriza que nos parezcamos tanto: defendemos la Tradición, amamos la Misa de siempre, deploramos los errores del modernismo y el progresismo, lloramos la pérdida progresiva del sentido de lo sacro del clero y de muchísimos obispos, queremos una civilización cristiana…


Siento, como expresaba con pesar Pío XII un profundo dolor por la persecución de tantos hombres, que sin culpa propia, en razón de su credo y su raza… Pero no quiero sentir lo mismo que ustedes sienten: el odio.


Por ustedes pido lo mismo que Jesús Crucificado pidió por sus verdugos y también pidieron miles de judíos católicos o no, porque aunque muchos reclamaron su Sangre, como lo enseña el Príncipe de los Apóstoles –judío él también- “lo hicieron por ignorancia” (Cf. Act 3, 17).


Ustedes, también obtendrán el perdón: son bastante ignorantes.


P. Ismael


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(1) Llamativamente la Encíclica – de un contenido no sólo histórico contingente sino de gran importancia teológica y filosófica- no figura en el más famoso y usado Enchiridion de documentos del Magisterio de la Iglesia, iniciado por Henrich Denzinger (1819-1883). A partir de 1908, bajo la dirección de Bannwart, recibirá el título de Enchiridion symbolorum, definitionum et declarationum de rebus fidei et morum.  Hasta 1921, se  añadirán pocas cosas (juramento antimodernista, declaraciones de la Comisión Bíblica) Karl Rahner se encarga de la publicación de la obra desde la 28ª edición hasta la 31ª. En 1963 Adlof Schöenmetzer realiza una profunda refundición de la obra incorporando 150 nuevos documentos, etc. Eliminó una serie de textos que por su dureza (según la crítica de Maron y Fenton) hubieran sido contraproducentes al movimiento ecuménico. También se observó reducir al mínimo la infalibilidad del Magisterio eclesiástico y convertirse en el propagandista de una deplorable corriente teológica de la época (citamos la misma introducción  ed. año 2000). Peter Hünermann, el último corrector y amplificador, conforme a los planes trazados por Schöenmetzer, además de incluir el Concilio Vaticano II, llega a buena parte de la documentación de Juan Pablo II.


Por lo visto, no sólo se omitieron documentos “contraproducentes” al movimiento ecuménico, sino a la pura sangre de los compiladores.


Para quienes deseen apreciar la riqueza del documento del Papa Ratti, aquí ofrecemos un vínculo:


MIT BRENNENDER SORGE

Super flumina Babylonis: Cuando vale la pena llorar…

“Quién dará a mi cabeza agua

y a mis ojos una fuente de lágrimas,

y lloraré día y noche”

(Responsorio Maitines, miércoles,

semana I de Pasión)

Salmo 136


Kiss of Judas, Caravaggio 1602

Caravaggio. “El beso de Judas”


Super flúmina Babylónis, illic sédimus et flévimus: cum recordarémur Sion:

In salícibus in médio ejus, suspéndimus órgana nostra.
Quia illic interrogavérunt nos, qui captívos duxérunt nos, verba cantiónum:
Et qui abduxérunt nos: Hymnum cantáte nobis de cánticis Sion.
Quómodo cantábimus cánticum Dómini in terra aliéna?
Si oblítus fúero tui, Jerúsalem, oblivióni detur déxtera mea.
Adhæreat lingua mea fáucibus meis, si non memínero tui:
Si non proposúero Jerúsalem, in princípio lætítiæ meæ.
Memor esto, Dómine, filiórum Edom, in die Jerúsalem:
Qui dicunt: Exinaníte, exinaníte usque ad fundaméntum in ea.
Fília Babylónis mísera: beátus, qui retríbuet tibi retributiónem tuam, quam retribuísti nobis.
Beátus, qui tenébit, et allídet párvulos tuos ad petram


*


Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos y llorábamos,

al acordarnos de Sión.

En los sauces de aquella tierra, colgamos nuestras cítaras.

Y aun allí lo que nos deportaron, nos pedían cantares,

y nuestros opresores alegría:

¿Cantadnos algunos cantares de Sión!

¿Cómo cantaremos el cantar del Señor en tierra extranjera?

¡Si de ti me olvidare, Jerusalén, olvídeme de mi mano derecha!

¡Péguese mi lengua al paladar, si de Ti no me acordare!

¿Si no pusiere yo a Jerusalén sobre toda mi alegría!

Acuérdate, Señor, contra los hijos de Edón, en el día de Jerusalén,

Cuando ellos decían: “¡Arrasadla, arrasadla hasta los cimientos!”

¡Hija de Babilonia, devastadora, afortunado el que te haya de pagar

los males que nos hiciste!

¡Dichoso el que tomare a tus pequeñuelos, y los estrellare

contra una piedra!


Cuando el alma es desterrada de su patria a causa del pecado –lejos de Dios- como el hijo pródigo, añora la casa paterna.


El pueblo de Israel en su destierro siente el desgarro en sus entrañas por la lejanía de lo que era toda su honra y su orgullo: la colina de Sión y el Templo del Señor que la coronaba.


Nacidos de estos sentimientos, varios textos de la Escritura Santa, y en concreto esta bellísima pieza del salterio, expresan la nostalgia por la Casa de Dios y la vida que merecía vivirse, aún con dificultades en la propia tierra.


El salmo 136 (137), una de las más hermosas poesías de todos lo tiempos, por su dramatismo y sobriedad nos describe la profunda tristeza que impregna….


El pecado y especialmente la hipocresía, nos destierra de nuestro verdadero suelo: la casa del Señor en que desearíamos habitar toda nuestra vida, nos deporta a la Babilonia del mundo, la cual nos ha seducido sin violencia y con engaño.


No resulta fácil volver de esa tierra mentirosa y ladrona.


En primer término por no haber comprendido suficientemente lo que destroza en nosotros el pecado y luego por el endurecimiento (o acostumbramiento) de la conciencia a vivir alejados de Dios.


Dice el P. Faber que muy pocas almas adelantan en la virtud por “la ausencia de un dolor constante excitado por el recuerdo del pecado”.


El alma en su lejanía de Dios busca un refrigerio en los ríos de Babilonia, pero no lo encuentra.

Allí se sienta a llorar.


Ya sabemos lo que connota el la Escritura el estar sentado. “Para iluminar a los que en tinieblas y sombra de muerte yacen…” Estar sentado –o más bien postrado- es signo de no tener demasiadas posibilidades de levantarse.


Sentados y llorando. El llanto impulsa a sentarse. Sentarse en la postración del llanto, como quien no tiene redención.


El recuerdo de Sión aumenta la pena y no da lugar a la alegría.


Junto a los sauces colgábamos nuestras cítaras.


Ninguna imagen más nostálgica que la del sauce junto a las aguas. Lloran los sauces y lloran los deportados.


Y la burla de los adversarios se suma a su dolor: Cantadnos un cántico de Sión


Es así como el mundo quisiera que en el cautiverio al que nos redujo, mostrásemos una alegría que sólo le corresponde a Dios y a los que viven en Él.


Lo que fue hecho para Dios y su culto no puede ya profanarse para hacer un espectáculo para el pagano.


Herodes quiso ver un número de un ilusionista, profanando el sentido de los milagros de Jesús. El Señor ni siquiera lo miró a los ojos.


En los Salmos se menciona tres veces un instrumento llamado 'asor en hebreo que se traduce "decacordo".  No hay duda de que se trata de un instrumento de diez cuerdas, pues la palabra hebrea en cuestión significa básicamente "diez".  Encontramos diversas opiniones en cuanto a la forma exacta que tendría este instrumento. 


En Sal. 33: 2 y 144: 9 la palabra 'asor aparece en seguida de nébel, "arpa", sin conjunción, de modo que algunos han pensado que se trataría de un arpa de diez cuerdas.  Pero en Sal. 92: 3 se hace una nítida distinción entre tocar nébel y tocar 'asor.  Es probable que en los tres textos 'asor es un instrumento diferente del arpa.


Piensan algunos que 'asor sería un laúd.  Pero esta interpretación es frágil pues las representaciones gráficas del laúd, tanto egipcias como mesopotámicas, los muestran angostos de modo que no podrían tener más de dos o tres cuerdas. 


Algunos estudiosos sugieren que el 'asor podría corresponder con la "cítara".  Los antiguos pobladores de Egipto y Mesopotamia no conocían la cítara, pero la usaban los fenicios, vecinos de Israel.


La versión del salterio del breviario del 62 traduce organa, pudiendo entonces establecer otra clase de instrumento al que veníamos describiendo.


¿Se trataría entonces de instrumentos de viento o instrumentos compuestos?


Instrumentos elaborados con evidente artesanía que llevaron los israelitas a las tierras de la deportación.


No imaginaban que su tristeza sería tal que no serían capaces de tañerlos ni ejecutarlos para acompañar los gozosos cánticos de Sión.


¿De qué sirvieron la maestría de la salmodia, el gozo de proclamar a voz en cuello que el Señor es el único Dios?


No había otra cosa que hacer más que suspender las cítaras.


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Hoy, Jueves Santo, he colgado en los sauces mi decacordo.


Porque después de largo tiempo –Deus scit- de no publicar aquí varios artículos que están horneándose, mis soleares de dolor, hoy quieren llorar junto a los ríos de Babilonia…


Misa Crismal. Alboroto, saludos sobreactuados, liturgia emparchada, cánticos mistongos, y la lex orandi, siempre delatora de lo que nos pasa, de lo que duele.


La verdad no ofende, dicen, pero hace llorar.


El Novus Ordo, prevé la renovación de las promesas sacerdotales, cosa que no existía en la Renovación de la Semana Santa instaurada por Pío XII, en 1955.


Si se quiere, un gesto, amén de emotivo, de cierto corte sacramental , que ofrece la oportunidad de un compromiso y un testimonio edificante para los fieles, que ahora pueden entender lo que se dice, aunque muchas veces no entienden “lo que se hace”.


Con una mezcla se sorpresa, dolor y tranquilidad (porque al fin se muestran los dientes del diablo) comprobé, junto a un par de sacerdotes que co-padecíamos la co-celebración, la notoria supresión de dos elementos que integraban la mencionada renovación de las promesas sacerdotales, extraídas de la novísima edición del misal argentino.


Transcribo el texto anterior:

“Queréis uniros y conformaros más profundamente a Cristo Jesús, renunciando a vosotros mismos en el gozo de vuestra consagración, observando el celibato y conservando obediencia a vuestro Obispo?”


El que se utiliza ahora:

“Quieren unirse y conformarse más estrechamente al Señor Jesús, renunciando a ustedes mismos y cumpliendo los sagrados deberes que, movidos por el amor de Cristo, para servicio de su Iglesia, asumieron con alegría el día de su ordenación sacerdotal?”


Me dirán que la segunda fórmula contiene implícitamente lo que dice la primera. Lo que se quiera. Pero no lo dice.


Y dice la verdad.


Por eso imagino que, si mis hermanos en el sacerdocio tienen memoria y escucharon y entendieron, tendrán tal vez este deseo de colgar las cítaras.


Porque ya no se proclama con claridad el deber del celibato sacerdotal, porque se sabe que no se vive, y por ello siempre se recurre al infaltable circunloquio: “sagrados deberes”.


Hay muchos “sagrados deberes”. Desde el celibato, pasando por la recitación del breviario, hasta la entrega de las colectas imperadas al tesoro de la sede episcopal…


Pero el asunto es que se está reconociendo que ya no se puede hablar de ello.

¿Por qué?


¿Será que las autoridades han reconocido que dicha “carga” del celibato es vivida miserablemente por una exigua minoría, en tanto que el resto se burla (desde los años del seminario) y no tiene cargo de conciencia alguno de llevar lo que llamaríamos doble vida?


¿Será que no quiere ofenderse a quienes manifiestamente declaran por diversos medios que se trata de una ley absurda, opresiva, antinatural, obsoleta?



Y en cuanto a la obediencia, ¿se habrán dado cuenta las autoridades que no tienen la más mínima autoridad moral y espiritual? ¿Se habrán dado cuenta que no les obedecen más que el reducido número de corifeos de la familia pontificia en lo que a etiquetas versallescas se refiere?


Algunos estarán contentos por la explícita omisión del celibato sacerdotal.


Yo estoy contento de que ya no me pidan ante el Señor, la obediencia para la estupidez, la herejía y la apostasía hacia la que nos han deportado.


¡Gracias señores autores, redactores, peritos y obispos!


¡Gracias porque ya no me caben dudas de que saben lo que pasa y confiesan con la ley de la oración la ley que tienen en la fe y en el corazón!


Si desde el comienzo de este alud de autodemolición se hubiesen estrellado a esos pequeños (errores) contra las piedras, hoy diríamos y haríamos otra cosa.


Sea el Señor nuestro Juez.


Nos hemos sentado en las sombras de un pacto con la mediocridad, la dependencia del mundo y la tiranía de las pasiones.


Otro motivo para la soledad, el dolor y el recuerdo de una Jerusalén a la que parece falta muchísimo para que retornemos.


P. Ismael


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Narciso: el ipsismo de la autoestima

 

 

 

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 NARCISO. Caravaggio

 

 

 

“¿Eres o te haces?”

Es esta la pregunta que casi siempre me queda sin salir de los labios tras escuchar entre paciente, complaciente, y siempre con creciente asombro, a mis habituales interlocutores o ínter corresponsales que hablan y piensan (en este orden) con una convicción que no los convence ni a ellos mismos.

 

Sentados en la cátedra que se han erigido, te hablan con una seguridad, un aplomo que erizan los pelos del alma.

Los encontramos en todos los niveles culturales, sociales y religiosos.

Pronuncian una sentencia y ves en sus gestos una suerte de placer ipsista que los exalta al Parnaso del submundo en el que habitan.

Se han enamorado de la propia imagen que creen ser ellos los únicos que la ven.

Y efectivamente, ellos solamente la ven…

 

Que los pensamientos del hombre son insustanciales (Ps. 93) no es verdad que yo venga a descubrir porque vendría a revelar que el mío no puede ser de otra manera.

Tenemos la sensación de que esta fanfarronería narcisista que ha enfermado a tantos es un mal contemporáneo, fruto de corrientes psicologistas con la que hace rato se viene formando a nuestra niñez y juventud, fundada en la aceptación a ultranza de todo lo que al sujeto le brote de su interior y cuidadosa de no corregir (mucho menos reprimir) nada de lo que sea espontáneo y “auténtico” en la persona.

 

Siempre me ha inquietado el justo medio que ha de buscarse entre el optimismo prefabricado y el pesimismo militante: una suerte de piedra filosofal que de hecho sirva para vivir de veras.

(El pesimista tenderá a adjudicarse la sensatez y el optimista la voluntad)

 

Tomaremos como texto de análisis el conocido pasaje de Lc 14, 25 hasta el final con el clásico “Quien tiene oídos para oír, que oiga”

El Señor se dirige a la multitud que lo seguía y lanza esta sentencia que supone una condicional antes enunciada en el v. 26, la libertad del seguidor: “Todo aquel que no lleva su propia cruz y no anda en pos de Mí, no puede ser discípulo mío” (v. 27)

A continuación propondrá dos ejemplos que tienen que ver con las capacidades de quienes, libremente, deseen seguirlo: el de la edificación de la torre y el de iniciar una batalla con menor número de soldados que el adversario.

 

En el variopinto mundo de las personas y las personalidades nos encontramos con muchos osados –o enfermos de autoestima- que tienden a lanzarse a las empresas más ambiciosas; con densos calculadores de sus recursos que nunca terminan de decidirse por una u otra acción; con ingenuos incurables y con quijotescos voluntaristas.

Asombra ver la poca claridad y conciencia que se tiene de las propias fuerzas y recursos.

 

Tomemos por ejemplo a nuestros estudiantes, aquellos que deberán pasar por el tubo de la ilustración académica y la práctica que anticipa el futuro ejercicio de la profesión elegida. O condenada…

Es el típico estudiante, y también hasta el investigador, que parece no haberse “sentado” a considerar si con los materiales y recursos disponibles en su “ser personal” podrá acabar la construcción de su torre. El abandono y cambio de carreras –en algunos casos como hábito- demuestra que no hubo una toma de conciencia de los materiales acopiados.

 

Y muchísimos que han llegado a construir algo (no entremos a considerar el material de la construcción, porque sino seríamos nosotros quienes no acabaríamos este artículo) se presentan con una gallardía y suficiencia que mete miedo.

Nos pasma como tantísima gente con tan poca “materia” (la gris puede ser una de ella) se lanza a grandiosos emprendimientos.

Esto lo podemos aplicar al campo de lo afectivo con el mismo paradigma y tal vez peores resultados.

 

El espejo del propio criterio y la propia mirada, generalmente no devuelven la imagen correcta de quien en él se mira.

Todos tenemos la secreta (o no tan secreta) convicción que el único que me mira y me ve tal cual soy, no puede ser otro que yo mismo.

Y así como las generaciones pasadas nos acostumbramos a mirarnos más feos de lo que éramos-, hoy te encuentras con un mundo de lindos: un mundo de gente que ve muy bien a sí misma.

Y cuando hablamos de lindura no lo restringimos a las condiciones físicas que el sujeto aprecia en sí, más bien apuntamos a todas las aptitudes de la persona.

 

Al contrario de los proselitistas religiosos, que a toda costa quieren presentar el seguimiento de Cristo como tarea de mera adhesión y voluntad instantánea, Nuestro Señor, sin temer la falta de matrícula en su discipulado, tras aclarar que el seguirle es asunto de libertad, no duda en poner de inmediato ante los ojos de todos la necesaria sensatez para que cada uno vea qué puede hacer.

 

Si Jesús ha dicho “si alguno quiere venir en pos de Mí…” la introducción de la condicional si, más allá de los resultados que tenga para la vida eterna para ese alguien, da por supuesto su libertad.

Esta libertad inicial en su seguimiento jamás debería ser olvidada.

Como tampoco debe olvidarse aquello con lo que uno cuenta: ni pelagianismo, ni jansenismo.

 

Para tener una justa visión de lo que uno es, hay que mirarse en el espejo que es Cristo.

Si nos miramos a lo Narciso en el espejo del agua cambiante de nuestra propia apreciación, al igual que él nos hundiremos en lo más profundo del fracaso al que conduce el amor propio y el olvido de lo que somos.

Para alcanzar las alturas a las que hombre está llamado por vocación divina, hay que sudar mucho sabiendo que es Dios quien da la fuerza sobre la natura de cada quien.

Y cada quien alcanza las alturas, como diría el P. Julio, como las águilas o como las serpientes.

Aquellas volando alto, éstas arrastrándose.

 

El Apóstol nos exhorta:

“No fomentéis pensamientos altivos, sino acomodaos a lo humilde. No seáis sabios a vuestros ojos…” (cf Rm 12, 16)

Terminemos con una sentencia de oro y hormigón de San Josemaría Escrivá:

“¿Tú…, soberbia? - ¿De qué?”

(Camino, 600)

 

 

 

 

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P. Ismael

Obediencia: la virtud peligrosa

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Adorarás al Señor tu Dios, y a Él sólo servirás”



“…et erat subditus illis”



En la festividad de la Sagrada Familia, el Breviario Romano nos presenta unos textos bellísimos sobre el sometimiento y la obediencia de Jesús a José y María Santísima.


En los últimos cincuenta años se ha hablado mucho, sobre todo en el ámbito de la Iglesia Católica, de la así llamada “crisis de obediencia”


Como tantísimas cosas, la obediencia, su concepción, su enseñanza y su práctica han tenido un movimiento tan pendular que ha llegado a extremos tan ridículos como perniciosos.


La obediencia ha sido causa de muchos santos y muchos malogrados.


Causa de paz y también de tormento.


El tema es complejísimo y casi una quaestio disputata.


En mis primeros años como Vicario Cooperador (o teniente cura, como se le llamaba) conocí a un sacristán tan buen hombre y tan solícito a cualquier cosa que se le pidiese que bastaba que uno le dijera: “Francisco, ¿puede ir…? para que sin saber el sitio y la misión a encomendarle, se calzara la gorra y se echara a la calle sin más esperar. Había que hacerlo volver para precisarle su cometido…


Impresionaba tanto su buena disposición como su ignorancia.

Con personas así uno puede hacer lo que quiere…

Aunque el tema no es tan nuevo.


Tras muchos años de formación en la machacona obediencia jesuítica y la producción en serie de soldaditos de madera o de plomo como religiosos, sacerdotes y monjitas, no resultó difícil para quienes tenían una mirada tan intuitiva como direccionada, disponer las voluntades –bastantes resentidas con la asunción de consignas y formas de vida con las que nunca estuvieron de acuerdo- y volcarlos por el camino de una manifiesta desobediencia a toda la obediencia fundada en la Tradición y, volcarse a posturas que hicieron de ellos un fantoche expuesto de la persona y figura de un consagrado.


Para Sto. Tomás la obediencia es la “oblación razonable firmada por voto de sujetar la propia voluntad a otro por sujetarla a Dios y en orden a la perfección”


No se trata de otra cosa que la imitación de la obediencia de Cristo quien teniendo la forma Dei, adquiere la forma servi, humillándose por obediencia usque ad mortem, en orden a la redención del género humano, consumada en el sacrificio del Calvario.


Para Castellani (“Cristo y los fariseos”) la obediencia religiosa está enderezada a la perfección evangélica; sólo puede producirse en el clima de la caridad; y el abuso de la autoridad no solamente la hace imposible sino que constituye una especie de profanación o sacrilegio


Acerca de la consistencia de la obediencia, que a mi parecer se define por el objeto, no puede ser verdadera si no es informada por la caridad.


Y como dice el mismo Castellani, una virtud informe es a veces más peligrosa que un vicio… Ésas son las “virtudes locas”, que a semejanza de las “verdades locas” de Chesterton, son dinamita”.


Mientras que todas las virtudes tendrían una entidad en sí, me parece que la obediencia no posee en sí la fuerza, sino que ésta le viene del objeto que la determina.


Si la obediencia es virtud, ha de caminar entre dos extremos: la insumisión y la sujeción servil.

Pereza de pensar, cobardía de ser persona: una verdadera abominación.


Cuando la filosofía escolástica habla de la potencia obediencial, entiende por ella una cierta capacidad de educir de la materia una forma superior.


Y se pone el clásico ejemplo de un bloque de mármol del cual puede educirse una forma superior a sí: ser transformado por la mano del artista en una escultura a la que se siente impulsado, como Buonarotti, a decirle “parla”.


Un superior puede sacar de los supuestos bloques de mármol que les son entregados para tallarlos un David o un W.C.


¿Qué cosa hace buena la obediencia?

¿Una cosa es buena porque está mandada o está mandada porque es buena?


A quienes tienen la pasión por el breakfast dogma (la devoción por desayunarse cada mañana con un nuevo dogma) por la mera ocasión de ejercitarse en la virtud del acatamiento, casi siempre la bondad de una determinada acción les viene del hecho de “estar mandado”, sin que se planteen demasiado, o casi nada, el bien objetivo que tal acción comportaría.


Para ciertas mentes débiles, la obediencia es un recurso de pereza intelectual y operativa: incapaces de una actividad pensante y una acción comprometida, siempre prefieren que les digan qué, cómo y cuándo deben hacerlo todo.


Dios manda obedecerle porque lo que manda es bueno. Un bien objetivo.


Y aunque ese bien no se vea demasiado claramente, por ser Dios quien es y haberlo mandado quien es la Suma Verdad y la Suma Bondad, la voluntad del hombre se somete libremente (con gusto o sin él) a la Voluntad divina.


Tratándose de un mandato humano, la cosa cambia.

Algo no es bueno por estar mandado, sino que está mandado porque es bueno.


La bondad objetiva de la cosas no puede cambiar ni por voluntad del superior gobernante, ni por el devenir histórico, ni por cualquier otra razón.


Lo que ha sido bueno antes, sigue siendo bueno ahora; y lo que antes era malo, también ahora lo es.


“Un árbol bueno, produce frutos buenos…”

Un buen superior no puede mandar otra cosa que lo bueno.


Pero la historia vieja y la contemporánea nos demuestran que muchos buenos mentecatos (mens, mentis, captus = el que tiene capturada la mente, o el alma) creyendo hacer el bien, por obediencia, terminan causando grandes males.


El principio de cierta claridad sobre un asunto tan complicado nos lo ofrece el mismo evangelio.

«Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en un hoyo? (Lc 6, 39 ss)


¿Podemos explicarnos sin ser mentecatos, cómo es posible lo que hemos visto tantas veces: un superior que durante toda su vida, por obediencia, observó cuidadosamente la liturgia de la Iglesia y luego, también por la misma obediencia, destruyese, como Atila, a machetazos y fuego, lo material y lo espiritual de su iglesia?


¿Podemos, sin ser mentecatos, entender que las simpáticas hermanitas de Sor Infatuada Rubicunda que otrora rivalizaban con sus vecinas por el primer puesto en austeridad y observancia y se enfurecían a ver quien usaba más largo el velo de tercería, el cornete o el modestín, hoy se muestren tan insertadas (o encarnadas, como gusta decirse) que mandaron al cuerno el velo, el cornete y a la misma fundadora y sería mejor que se hubiesen dedicado a ser buenas empleadas domésticas antes que parecer unos/as marimachos que dan ganas de enviar a nuestros hijos a un colegio Adventista?


Y así comenzó la historia de lo que hoy tenemos.

Pongamos por caso, el ámbito de la liturgia. Y todo lo que conlleva y contrae.


Unos primeros desobedientes (y ya antes nuestros protoparentes en el Edén) convencidos por su soberbia de haber descubierto la verdad –porque en los siglos anteriores nadie dio con ella- comenzaron a imponer su ideología, es decir, desobedecer.


Convencieron a muchos mentecatos de su lucidez y ganándolos para su causa, se inició la larga cadena de motores (bien móviles, en el intelecto y la voluntad) que lograron poner como óptimo lo que antes se tuvo como pésimo.


Ejemplos? Tómese el lector la molestia de repasar la condenación de los errores del Sínodo de Pistoya y subrayar las líneas generales de Pascendi y Humani Generis; compare y vea lo que digo.


La batalla la tenían ganada desde la base de obediencia ciega con la que contaban en sus inconscientes adeptos.


Sólo bastó un imperativo, una obligación impuesta sin demasiadas explicaciones y San Anímal Bugnini –en materia litúrgica y algo más- convenció a casi toda la Iglesia haber vivido en siglos y siglos de oscuridad participativa, consciente y fructuosa.


La obediencia religiosa o la religiosa obediencia


Dijimos antes que muchos santos llegaron a serlo por haber sido quebrantados en su voluntad por la causa segunda de sus superiores que actuaron como instrumentos (nobles o terroríficos) de la voluntad de Dios que, a pesar de aquella causalidad realizó su obra en ellos.


Es muy cierto que “Los que llevados de cualquier pasión, o por ignorancia o por malicia, sabiéndolo o no sabiéndolo, quieren hacer un “cadáver” literal de sus súbditos, o bien se sujetan al superior con el servilismo inerte de estólidos “bastones”; pecan, abusan del don de Dios, desacreditan a Cristo” (Castellani, op.cit. “Cristo y los fariseos”)


La obligación de la obediencia, cesa por incumplimiento por parte de uno de los “contratantes”


Genicot, sostiene que el súbdito que notase en el superior señales inequívocas y habituales de hostilidad o enemistad, no estaría obligado a obedecerle en los mandatos donde no se vea temor, pues un enemigo nos desea de suyo la destrucción…


Podríamos enumerar una larga lista de santos y doctores “desobedientes” que a la larga, sacaron a la Iglesia de ese estado de modorra o sueño profundo que fue aprovechado por sus enemigos para sembrar la cizaña:


Atanasio el Grande.

Eusebio.

Juan Crisóstomo.

Catalina de Siena.


“El que obedece no se equivoca”, me dice Mentecato. Una media verdad…


Le respondo: “Si un ciego guía a otro ciego; ¿no caerán ambos en la fosa?”. Verdad del Evangelio.


De la media verdad y de la verdad podemos inferir, sin demasiadas pretensiones lógicas, que ambos se equivocan: mandando y obedeciendo.


Pero el que manda tiene mayor culpa:

“El servidor que, conociendo la voluntad de su señor, no tuvo las cosas preparadas y no obró conforme a lo que él había dispuesto, recibirá un castigo severo. Pero aquél que, sin saberlo, se hizo también culpable, será castigado menos severamente. Al que se le dio mucho, se le pedirá mucho; y al que se le confió mucho, se le reclamará mucho más”. (Cf Lc 12, 47. 48)


Gregariamente se envían manadas de creyentes al corral del error y tal vez, Dios lo sabrá, a aquel sitio del que no se puede pasar a la otra orilla.


Y todo bajo el imperativo de la obediencia.


Hace algunos decenios un joven a quien Dios le mostró otra cosa (léase una bonita chica con quien luego se casó) había ingresado en la seráfica orden franciscana en búsqueda de –sabrá él si así era- la perfección evangélica.


A la hora de la meditación el Maestro de Novicios (¡¡¿¿??!!) les retiraba del oratorio las biblias para entregarles personalmente a los formandos (¡¡¿¿??!!) el periódico de los últimos días para que hicieran oración encarnada con la realidad en la que debían estar insertos…


Sine verba.


Dice el Apóstol: “Todos han de someterse a las potestades superiores; porque no hay potestad que no esté bajo Dios, y las que hay han sido ordenadas por Dios. Por donde el que resiste a la potestad, resiste a la ordenación de Dios; y los que resisten se hacen reos de juicio” (Rom 13, 1,2)


Encarece Pablo la obediencia a las legítimas autoridades temporales, base de toda convivencia y orden.


Esto supuesta la racionabilidad del mandato en orden al bien común.


Innumerables textos de la Sagrada Escritura señalan el altísimo y sublime valor de la obediencia, a la que exaltan por encima de todos los holocaustos y sacrificios.


Y la obediencia religiosa será siendo fuente de santificación.


Tratándose de la gloria de Dios, nada debe amedrentar al súbdito en el seguimiento fidelísimo de lo dispuesto por los superiores.


De la gloria de Dios. No de la gloria, el capricho o la locura de los mismos.


Porque es igualmente cierto que: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres…” (Hech 5)


Los votos hacen al religioso una cosa sagrada.


Según la mayoría de los teólogos usar del mandato bajo santa obediencia de cualquier manera, para cosas absurdas, irrazonables, fútiles, inútiles, inconsideradas o simplemente menores en volumen o ridículas en importancia, es pecado grave.


El ejemplo de los mártires y los nuevos mártires


Cuando la Iglesia Apostólica se lanzó al mundo pagano, insertándose en él, no para mundanizarse, sino para convertirlo, tuvo muy claro, bajo la enseñanza de sus Columnas, que había de someterse a toda humana autoridad, a ejemplo de Cristo, que no vino a ser servido sino a servir.


Su servicio fue el servicio a la Verdad de Cristo. Su reinado fue someterse a Cristo y someter a su imperio moral la vida de los hombres y la tierra misma.


En ningún momento, como hemos visto, los Apóstoles incitaron a los cristianos a desobedecer a quienes estaban constituidos en autoridad, al contrario.


Del mismo modo, en el seno de la naciente Iglesia, cuidaron que se prestara igual obediencia a sus sucesores, a quienes constituyeron en testigos de la Verdad, previniéndoles sobre la aparición de falsos pastores y hombres necios que no resistirían la sana doctrina.


Pero aquellos cristianos, además de buenos y santos, eran inteligentes.


Se dieron cuenta de lo que se quería decir y qué cosas debían obedecer… No eran mentecatos.


Los mártires, fueron tales, por desobedecer a los perseguidores de la Iglesia quienes les mandaban sacrificar a los falsos dioses.


La cosa estaba suficientemente clara, ninguno de ellos entró en conflicto o escrúpulo porque el que mandaba era Diocleciano, Decio o Nerón, soberanos emperadores constituidos en autoridad.


Como tampoco entraron en conflicto, avanzada la historia, otros mártires que sufrieron el destierro o la muerte, por oponerse a obispos y prelados herejes que les ordenaban obedecer sus mandatos.


En síntesis: que en materia que afecte a la fe y a los mandamientos de Dios, siempre se ha tenido claro –por todos, en todo tiempo y en todas partes-* que el valor de referencia para obedecer es la continuidad de lo mandado con la Tradición de la Iglesia.


Rota la continuidad, se rompe la obediencia.


Recogemos los testimonios documentados del final del proceso a Tomás Moro. Parte de su diálogo con Norfolk y Audeley.


Audeley remite por enésima vez al argumento de los votos de los obispos, de los eruditos y de las universidades, el ex Canciller responde:


“dudo de que no sea más cierto que, quizá no en este reino, pero sí en toda la cristiandad**, la mayor parte de los obispos eruditos y de los hombres virtuosos que aún están en vida son en este asunto de la misma opinión que yo. Y si tuviera que hablar de los que ya murieron, estoy completamente seguro de que la mayoría de ellos pensaban exactamente de la misma manera que yo ahora. Por eso no estoy obligado, Mylord, a adaptar mi conciencia, en contra del concilio universal de los cristianos, al concilio de únicamente un reino. Pues de dichos santos obispos puedo contraponer más de cien a cada uno de los Vuestros; y en contra de Vuestro Concilio o Parlamento –Dios sabe qué es- están todos los concilios que se han celebrado en los últimos mil años. Y contra este reino están todos los demás reinos cristianos… Por eso invoco a Dios, cuya mirada es la única que penetra en las profundidades del corazón humano, para que Él sea mi testigo. Pero sea como sea: No buscáis mi sangre tanto por esta supremacía, como porque no he querido aprobar el matrimonio”.


Audeley: “Maestro Moro, Vos queréis que se os tenga por más sabio y con mejor conciencia que todos los obispos y nobles, que todo el reino entero”.


Norfolk: “Ahora, Moro, se evidencia claramente vuestra maldad”.


Moro: “Mylord, lo que digo aquí es necesario tanto para revelar mi conciencia como para tranquilizar mi alma, y para eso pongo a Dios por testigo, que es el único que conoce los corazones de los hombres”.


Es sabido que la ironía irrita a los santulones. También lo supo Moro, quien la tuvo en el grado más fino y más justo, como la tuvo hasta el mismo Cristo a quien le dijeron los “doctores”: “Maestro, hablando así, también nos ultrajas a nosotros…”


Pro bono pacis, como se dice, y siempre obedeciendo, hemos llegado a situaciones que debieran avergonzarnos cuando leemos la vida de los santos.


Vistas así las cosas, me impugnará Mentecato:

“Cuando no puedas alabar, has de callar”


Y sigue mi amigo con las medias verdades.


Si esa hubiera sido la máxima de Cristo, el Bautista, los Apóstoles y los Mártires, por no llamar raza de víboras, sepulcros blanqueados, guías ciegos, hipócritas y toda la letanía de piropos que no mezquinaron a los constituidos en autoridad, comportándose como correctos escolares, no habría ni evangelio, ni fe sobre la tierra… La poca que queda… (Lo dice el Señor, no yo)


¿Se dan hoy estas situaciones, así tan extremas como Mentecato piensa que las describo?


¿Estamos condenando la desobediencia que no es de nuestro signo y justificando la que nos conviene?


Cuando algo va directamente en contra de las verdades de la Fe, la Ley de Dios y su Culto, todo ello tal como lo ha interpretado y vivido la Tradición y las tradiciones de la Iglesia, su seguimiento, lejos de ser un acto virtuoso, por más piadosamente que se obedezca, es una falta grave.


Claro que es más cómodo callarse y obedecer cuando ponen en manos de un catequista un catecismo que distorsiona las verdades reveladas; cuando se militariza uniformando cierta comunidad (porque todos debemos hacer lo mismo); cuando en una casa de altos estudios (Católica, por supuesto) se ignora la doctrina social de la Iglesia no reconociendo los derechos sociales de sus “empleados”; cuando –jugándose los intereses personales de ascenso- siempre se dice sí a lo que venga…


Es más cómodo ser obediente. Total uno obedeciendo, nunca se equivoca…


Y no se le ocurra mi amigo Mentecato decirle a los gobiernos democráticos actuales que los militares actuaron como actuaron por la obediencia debida.


Lo pondrán a Ud. tras las rejas.


Y lo terrible de esto es que Ud. estará beatíficamente contento de obedecerle a su guardia cárcel.


* San Vicente de Lerins.

* *Cuando todavía existía.


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P. Ismael

Nochevieja: tarea para el año entrante.

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“Luego dijo Dios: haya lumbreras

en el firmamento del cielo, que separen el día

de la noche y sirvan de señales y marquen

las estaciones, días y años”

Gén 1, 14.


Para San Agustín, el tiempo es uno de los conceptos más difíciles de definir.


“…Si nadie me lo pregunta, lo sé; si quiero explicarlo al que me pregunta, no lo sé; pero sin vacilación afirmo saber, que si nada pasase, no habría tiempo pasado; si nada hubiera de venir, no habría tiempo futuro; y si nada hubiese, no habría tiempo presente…” (Cf. Confesiones, Lib. XI, cc 14, 15 y ss)


Medida del movimiento, según un antes y un después, diremos con la escolástica; paso de una forma de ser a otra.


Cualquier tiempo, del que el mismo Agustín, no puede llamarse “largo”, sólo puede ser medido cuando va pasando ya que “sintiéndolos es como los medimos: mas los pasados que ya no son, o los futuros, que todavía no son, ¿quién puede medirlos? A no ser que alguien ose decir que puede medirse lo que no existe. Cuando pasa, pues, el tiempo es posible sentirlo y medirlo; mas cuando ya pasó, no puede serlo, porque ya no existe”


Según nuestra medida, una vuelta acabada en torno al astro rey, nos pondrá en pocas horas al comienzo de una nueva rotación, a partir del momento en que adquirimos la medida –que es humana y fundada en el movimiento- y que contamos desde el instante de la aparición del Sol que nace de lo alto: el Nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo.


Por ello creemos con toda propiedad, que la plenitud de los tiempos se inicia con el advenimiento de Cristo.

Ella nos ha mostrado el misterio escondido desde toda la eternidad en el seno de Dios.

A un día de la Octava de Navidad, despedimos la así llamada Nochevieja o fin del año solar.


Al cambiar de agenda, remozar nuestras casas, ordenar lo más que se pueda nuestros asuntos materiales y espirituales, sentimos en nuestro interior esta fugacidad y levedad de la vida, lo efímero de nuestras acciones, pensamientos y proyectos.


Una nostalgia por el tiempo desperdiciado, un vértigo por el implacable transcurrir de este gran maestro de la vida que termina quitándosela a quienes aprendieron de sus enseñanzas.


Por él se prueban, como en un crisol, la autenticidad de nuestros ideales, deseos, promesas y palabras.


Efectivamente, el tiempo es el gran maestro.

En su transcurso se decide nuestra eternidad.


Este año que ya expira, tal vez se haya llevado consigo a varios seres queridos: familiares, amigos y muchos de nuestros conocidos.


Una antigua leyenda refiere que esta noche un ángel sacude las ramas del árbol de la vida y caen muchísimas hojas: en cada una de ellas está escrito el nombre de los que el año entrante dejarán el tiempo para volar a la eternidad.


Pidámosle a Dios ser avaros de nuestro tiempo, no desperdiciarlo; ser sus administradores cuidadosos.


¡Cuántos buscan cómo matar el tiempo, cuántos no tienen conciencia de su valor y su pérdida!

No sabemos si éste será nuestro último año.

A cada uno de nosotros se nos ha entregado este talento que es el transcurso que durará nuestra existencia terrena. Debemos hacerlo rendir cuanto nos dé nuestra inteligencia y nuestras fuerzas.


Démosle un momento en esta Nochevieja a una mirada retrospectiva que nos lleve a pensar lo poco que hemos avanzado en la virtud y a un sincero acto de contrición por el desperdicio de nuestro tiempo y todo aquello que durante su transcurso ha ofendido la sabiduría y la bondad infinitas del Dios Eterno, Vivo y Verdadero.


Meditemos con el salmista:


“En el principio cimentaste la tierra,

y obra de tus manos es el cielo.

Ellos van pasando,

mas Tú permanecerás;

todo en ellos se envejece

como una vestidura;

tú los mudarás

como quien cambia de vestido,

y quedarán cambiados”

(Salmo 101, 26)


A nuestros queridos lectores y seguidores,

mi más cordial y afectuosa bendición.


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P. Ismael

La rosada ansiedad del Adviento

un gozo anticipado…

 

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Jesús, dulce fruto de María, flor de la Raíz de Jessé

(ícono moscovita)

 

Período de santa confianza y recogimiento, el Adviento difiere del tiempo de Cuaresma en muchos aspectos, por más que con el transcurso de los siglos, especialmente en el VII, por influencia monástica haya querido equiparse a ésta en cuanto a los rigores del ayuno y la austeridad.

Por el contrario el tiempo del Adviento es el de una contenida respiración del alma ansiosa por la llegada de Aquel que ha de venir y no tardará…

 

El más destacado de los domingos de Adviento es el III, llamado Gaudete, por las palabras del Introito de la Misa que pone la clave del espíritu de este gozoso día:

Gaudete in Domino semper, iterum dico, gaudete…

Alegraos siempre en el Señor, otra vez os lo digo, alegraos.

Es pues este misterioso espíritu de alegría que se mixtura con las inquietudes humanas de la sociedad y de los individuos, inmersos como estamos en las cosas de este mundo tambaleante.

 

Sobradamente conocida es la nota del tono rosáceo de los ornamentos que junto con el IV domingo de Cuaresma, se usa solamente dos veces al año.

Un rubor inocente de la Iglesia virgen, que ya sabe lo que viene…

El rosado, un morado atenuado, anticipa la alegría por lo que ha de venir y nos animan a vivir el espíritu de sacrificio que a pocos días imprimirán las Témporas del Adviento, siendo éstas en la antigüedad las más importantes del año. Tanto que aún muchos ministros sagrados (subdiáconos, diáconos y presbíteros) reciben en estos días las Sagradas Ordenes.

 

A partir del 17 de diciembre, la Iglesia hace resonar en el Oficio de Vísperas las llamadas “Antífonas Mayores”, o antífonas “O”, por comenzar todas ellas con la piadosa exclamación O (Oh!) a modo de gemidos que el Espíritu pone en el corazón de los fieles para apurar la llegada del Deseado de las Naciones.

Para Amalario de Metz, estas antífonas, probablemente datan del siglo VII y son de origen romano, fueron hasta 10, pero San Pío V fijó el número septenario.

Cada una de ella hace referencia a un título cristológico, constituyendo verdaderas piezas de poética teología bíblica.

 

Son las siguientes:

O Sapientia = sabiduría……. Veni   (Ven)

O Adonai = Señor poderoso Veni…

O Radix Jesse= raíz, renuevo de Jesé (padre de David) Veni…

O Clavis David = llave de David, que abre y cierra… Veni…

O Oriens = oriente, sol, luz… Veni…

O Rex Gentium = rey de paz Veni….

O Emmanuel = Dios-con-nosotros. Veni…

 

Puede encontrarse el texto completo y la traducción castellana en

http://es.wikipedia.org/wiki/Ant%C3%ADfonas_de_Adviento

 

 

Como dijimos, comienzan a recitarse desde el 17 al 24 de diciembre.

Invirtiendo su orden se forma un curioso acróstico:

ERO CRAS

“Estaré mañana”

Es la respuesta de Cristo a Su Iglesia que clama por su pronto advenimiento.

 

En España principalmente, desde el siglo VII, se celebra a Nuestra Señora de la “Expectación”, o María de la O, teniendo su oficio mucho en común con el de la Anunciación y habiendo dado a populares composiciones del alegre cancionero español.

 

En fin, que el Domingo Gaudete nos ayude a examinarnos sobre el sentido de la verdadera alegría, mejor digamos GOZO. Porque la traducción adecuada es GOZAOS.

Que es cosa bien distinta. Uno puede estar gozoso (que es un estado interno del alma que posee un determinado bien) y no necesariamente “alegre” que tiene más bien una connotación externa.

Cuántos tendrán en estos días pocos motivos para la manifestación externa de su gozo, pero a nadie ha de faltarle el gozo interior por la proximidad de la salvación que, por voluntad divina, a todos quiere alcanzar.

 

El misterio del Adviento, no es otra cosa que el traspaso a la liturgia de la presente vida del hombre: una constante tensión esjatológica por la llegada de Aquel que ha de juzgar a este mundo y sabemos que ya vino en la humildad de nuestra carne.

 

Entre las Antífonas O, señalemos la que llama al Señor que viene “Raíz de Jessé”

Entre otras consideraciones notemos la importancia que le asigna toda la Escritura Santa al origen de Cristo “secundum carnem”.

El no es un alienígena. Proviene de una raza y una familia humana.

Una familia que aguarda la plena realización de las promesas en la Persona Adorable del Mesías, verdadero hijo de David, de Jessé.

 

De allí que durante este tiempo resuena constantemente en la liturgia el clamor de la Iglesia a su Divino Esposo:

Rorate coeli desuper…

Aperiatur terra, et germinet salvatorem…

 

Se trata de dos acciones:

La de Dios, significada por el fecundante rocío celestial que podemos relacionar con la sombra del Espíritu que hizo Madre a la Virgen Santísima.

La humana, sublimemente encarnada en María, que como tierra fecunda, aportando la Santísima Humanidad de Cristo, germina al Salvador: la flor de la humanidad redimida.

 

Por ello ningún otro tiempo litúrgico podría considerarse más “humano” que este: es propio del hombre esperar la realización de las más preciadas promesas.

Y Dios es siempre fiel. A pesar de las infidelidades del hombre.

En las genealogías del Jesucristo no se oculta la existencia de personajes que tuvieron sus serios defectos.

Y ello es garantía de redención.

 

Siglos y siglos de expectación brotaron en el rosado seno de Nuestra Señora…

Muchos quisieron ver ese día y no lo vieron…

Dichosos nuestros ojos, porque ven y nuestros oídos, porque oyen.

 

Aunque nuestra vida de cada día no siempre se vista de rosa. Y ya mañana volvamos al morado de la renuncia del discípulo de Cristo, en permanente estado de Adviento.

P. Ismael

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NOTA:

El color rosado no fue abolido por el Novus Ordo. Cf. nº 308, f) “Normas Generales del Misal Romano”

Quien tenga complejos con el rosa, pero se sienta bien hombre por dentro, no deberá tener respeto humano.