“Cuando era protestante yo notaba que mi religión era seca y triste, pero no mi vida; sin embargo siendo católico mi vida es triste y seca, pero no mi religión”

(Beato Card. John Henry Newman)

________

O CLAVIS DAVID…

 

 

Ni que vayas, ni que vengas,

con llave cierro la puerta”

(García Lorca)

 

 

 

 

 

Old_key_on_table

 

 

 

 

 

 

O clavis David, et sceptrum domus Israel; qui aperis, et nemo claudit ; claudis et nemo aperit : veni, et educ vinctum de domo carceris, sedentem in tenebris, et umbra mortis »

 

 

« ¡Oh llave de David y cetro de la casa de Israel, que abres y nadie puede cerrar, y cierras y nadie puede abrir! Ven y saca de su prisión a los cautivos, sentados en tinieblas y sombras de muerte”

 

 

estrella

 

 

Objetos y experiencia de todos los días: nuestras llaves.

 

La de nuestra casa, la oficina de trabajo, el coche. Las llaves de la parroquia, las de la biblioteca, la del Sagrario…

Tenerlas consigo significa la potestad, el uso y dominio de lo que es nuestro o de lo que se nos ha confiado.

Quien ha tenido la desagradable suerte de haber extraviado alguna vez su llavero, o que se lo hayan arrebatado, siente que “su” mundo se le cierra, que sus cosas y su propia persona quedan en la inseguridad, la inestabilidad.

Dejar las llaves de nuestra casa a un vecino cuando tenemos que cuidar a un pariente enfermo, ausentarnos por obligaciones o descanso, es un signo de grande confianza en su persona.

 

Desde que comenzaron a usarse en la historia de la humanidad las llaves, toda llave, ha adquirido la connotación de potestad: un pequeño artefacto que pone en nuestras manos todo lo que él puede franquearnos.

Tener las llaves es tener toda la casa.

Simbólicamente se entregan las “Llaves de la Ciudad” a un visitante ilustre, y más mediáticamente el emocionante momento (para el ganador) de un concurso con premios tales como una casa o un automóvil.

 

Que existieron en el Oriente antiguo no sólo lo atestigua la Escritura, sino la historia de muchos pueblos, como Egipto, por ejemplo, que cuenta en su alfabeto ideográfico con el signo de la llave (ank), hoy bastante en boga como adorno a modo de dije, en pulseras y demás colgantes.

En los bajorrelieves de numerosísimos templos y tumbas faraónicas, aparece el rey con este emblema en su mano: signo de poder sin límites, como hijo de los dioses que se le consideraba.

 

Pequeñísima o gigantesca, hermana inseparable de los engranajes combinados que ocultan la cerradura, conforman desde aquellos tiempos, aliados de la seguridad que el hombre procura para lo que desea guardar celosamente: su vida, su familia, sus bienes.

 

En el Antiguo Testamento tienen principalmente esta connotación de entrega del poder, y a juzgar por el texto que transcribimos, su tamaño ha sido importante.

 

“Pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; abrirá y nadie cerrará, cerrará y nadie abrirá.

Le hincaré como clavija en lugar seguro y será trono de gloria para la casa de su padre” (Is 22, 22-23)

 

El Mesías lleva “sobre su hombro” la llave de la casa de David. Y es llamado Clavis David, Llave de David.

El tiene potestad de abrir y cerrar. De dejar pasar o impedir la entrada.

 

Dice Jesús en la parábola del Buen Pastor:

 

“Yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto” Y más adelante aclaró: “… el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador, pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero…” (Jn, 10, 7-9; 1-3)

 

Esta potestad de dejar entrar le corresponde por derecho a Cristo por ser quien habría de dar su vida por las ovejas.

Más aún el texto indica que el paso es Él mismo: hay que pasar por Él.

 

Pero convenía que Cristo se fuera, para que entonces pudiera venir el Paráclito, el sostén, el Espíritu que Él había de enviar desde el Padre el día de Pentecostés.

¿Cómo actuará entonces el Señor para dejar pasar, para abrir, y también para cerrar, sino a través de este “acto de potestad y confianza” entregando las llaves de Su Iglesia a quien nombró piedra?

Su Casa, la Iglesia, es y seguirá siendo suya. Pero las llaves, hasta su retorno como Juez de vivos y muertos, las dejó en manos del pobre pescador galileo. En manos de un “arrepentido” que como lo vemos representado en un famoso cuadro del Greco, llora arroyos de lágrimas, con sus manos juntas, mirando al cielo, pero sin soltar el juego de dos llaves que lleva enganchado en su brazo derecho.

 

“Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos (Mt 16, 17-19)

 

Puesto que nadie puede poner otro fundamento que el puesto por Cristo y siendo su palabra infalible, la seguridad para llegar a Él y pasar por Él, nos viene, por encima de la fragilidad del portero, de Su voluntad de hacerlo depositario sobre sus hombros de las llaves del Reino: “El que os escucha a vosotros, a Mí me escucha, el que os rechaza, a Mí, me rechaza”

Y aunque Pedro tenga a su cargo tamaña tarea de abrir y cerrar, la causa “instrumental” de nuestra entrada o exclusión, es siempre Cristo, Llave de David, Puerta de las Ovejas, Cabeza y Señor de la Iglesia.

Al final de la historia, cuando Cristo entregue el Reino al Padre, para que todo sea uno en la eterna felicidad de la contemplación facial de Dios, juzgará de nuestras obras, si hemos guardado Su Palabra.

 

El Vidente de Patmos recibe el encargo de escribirle al Ángel de la Iglesia de Filadelfia:

“Esto dice el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David: si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra nadie puede abrir. Conozco tu conducta: mira que he abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar, porque, aunque tienes poco poder, has guardado mi Palabra y no has renegado de mi nombre…”

(Apoc 3, 7-8)

 

Guardar la Palabra de Cristo es la garantía para que funcionen las llaves.

Aunque tengamos poco poder, como los de Filadelfia, Él ha abierto ante nosotros una puerta cuando nos incorporó a Su Iglesia por el Bautismo, confirmado sobre la Fe de Pedro.

 

Dejamos para el final otra de las funciones de la llave.

 

El Mesías romperá los cerrojos de las cárceles de los cautivos. Abrirá sus celdas como abrió el Sheol en el que estaban detenidas las almas de los justos del Antiguo Testamento hasta el día de Su Resurrección.

Así lo profetizó Zacarías en su cántico del Benedictus que cada día recitamos en las Laudes matutinas:

“illuminare his qui in tenebris, et in umbra mortis sedent...”

“para iluminar a los que yacen (están sentados) en las tinieblas y sombras de la muerte”.

 

Estar “sentado” es figura de quien no tiene esperanza de redención. Quien está en las tinieblas no tiene otra alternativa que sentarse, porque es imposible cualquier intento de caminar. Mientras hay luz se puede caminar, cuando llega la noche, nada se puede hacer.

Por eso el Mesías viene a tomarnos y ponernos de pié, como lo hizo Él y también los Apóstoles cuando sanaban a los lisiados.

 

Es un lugar común para la teología de la liberación el tópico de “las opresiones”. No está mal siempre que se entienda que la liberación más importante, y que sólo Cristo puede realizarla, cooperando el hombre, es la de la cautivad y esclavitud del pecado, principalmente el personal. Porque el llamado “pecado social” no es más que la suma de nuestros pequeños o grandes pecados, que nos tiran a “sentarnos” en una tiniebla que puede llegar a ser tan cómoda como mortal.

 

Pidamos en estos días al Divino Cerrajero que acomode los engranajes interiores de la combinación de nuestra alma, para que lo dejemos abrir, entrar y cenar con nosotros.

 

Para escuchar la Antífona:

 http://www.youtube.com/watch?v=mzR--y9MiPM&feature=related

 

 

linea_pluma

 

 

P. Ismael

O RADIX IESSE…

“Fructus eius dulcis”

“Su fruto es dulce”

(Cantar)

 

 

 

RADIX IESSE

La raíz de Jesé. Catedral de Chartres.

 

O radix Iesse, qui stas in signum populorum, super que continebunt reges os suum, quem continebunt reges os suum, quem gentes deprecabuntur: veni ad liberandum nos, iam noli tardare”

 

 

 

“Oh Raíz de Jesé que está de pié como una insignia del pueblo, ante quien los reyes guardarán silencio y ante quien los gentiles orarán, ven a librarnos, y no tardes”

 

 

 

estrella

 

 

Jesús es llamado en algunas ocasiones en los Evangelios como “Hijo de David”. Esta expresión aparece en boca de algunos afligidos que se acercaban a Él en busca de sus signos milagrosos.

Habiendo recusado el concepto nacional y político del Rey-Mesías, Jesús nunca se llamó a sí mismo hijo de David.

“Jesús, tomando la palabra, decía mientras enseñaba en el Templo: “¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? David mismo dijo, movido por el Espíritu Santo:

Dijo el Señor a mi Señor:

siéntate a mi diestra

hasta que ponga a tus enemigos

debajo de tus pies.

El mismo David le llama Señor: ¿cómo entonces puede ser hijo suyo? (Mc 12, 35-37)

En modo alguno se trata de un repudio a su dignidad real y davídica, de la cual dan suficiente cuenta las genealogías de Mateo y Lucas.

 

De cualquier forma, sirviéndose con más soltura y frecuencia del título de “Hijo del Hombre” (especialmente en ciertas ocasiones con referencia a Daniel 7, de connotaciones mesiánicas) ello no anula que ese Hijo del Hombre, es hijo de la descendencia de David.

Dice San Lucas: “Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David…” (Lc 1, 26-27) Según estos versículos hay una correspondencia con la genealogía de Mateo que hace de José descendiente de David, ya que ambos acentuarán, como era costumbre, la filiación por parte del padre. Lo que no significa en modo alguno que María no fuese igualmente de la estirpe y familia de David.

 

La historia de David y su preponderancia en la historia del pueblo elegido hace del piadoso y guerrero rey un prototipo del Ungido del Señor.

El fue ungido por Samuel cuando el Señor rechazó a Saúl.

Era el más pequeño de los hijos de Jesé.

Tan sin protagonismo que, cuando el profeta llega a casa de Jesé y quiere ver a todos sus hijos, tiene que preguntarle al final del desfile de los apuestos muchachos, si no le quedaba otro hijo, porque el Señor le había dicho no es éste el elegido.

David era pastor y estaba cuidando el ganado de su padre.

Antes que David fuese David, el Rey era “el hijo de Jesé”. Costumbre muy corriente entre los hebreos y orientales en general de designar a un por el nombre de su padre: los patronímicos, que diríamos nosotros, y que tanto se dan entre los apellidos españoles.

 

El título mesiánico otorgado en este caso por la liturgia en la Antífona de este día, da un salto por encima de David, para llamar al Mesías prometido, Raíz de Jesé.

Isaías había profetizado un descendiente de David sobre el que reposaría el espíritu del Señor con todos sus dones: “Saldrá un vástago del tronco de Jesé, un retoño de sus raíces brotará” (Is 11, 1)

En admirable consonancia anuncia Jeremías: “Mirad que días vienen –oráculo del Señor- en que suscitaré a David un Germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra” (Jer, 23, 5)

Estas bellísimas y fuertes imágenes: Germen, raíz, tronco, vástago, retoño; todas ellas originadas de la vida agrícola, tienen obviamente una clara referencia a la generación humana del Mesías.

 

Las genealogías de los santos evangelios tienen una primera finalidad: demostrar que Jesucristo es verdadero y perfecto Hombre.

En cuanto a su naturaleza humana, que le es otorgada totalmente por María, se puede señalar en Él, como en cualquier hombre, una procedencia, una genealogía, una familia.

¡Qué escándalo para el monofisita y el cátaro de todos los tiempos!

¡Y sobre todo que en los ascendientes de Jesús aparezcan ciertos personajes con “historia”! ¡Y el mismo David tuvo sus “historias”!

El Señor no se avergüenza de reconocerse descendiente, según la carne, de una familia, de una estirpe que aunque elegida por Dios, no dejó de ser nunca humana…

 

¡Qué bien podremos comprender esto todos nosotros, que gracias a Dios no hemos nacido por generación espontánea!

Hemos tenido, tenemos y tendremos en nuestras familias quienes están más cerca y quienes tal vez estén muy lejos de Dios. Y esto que podemos ver en estos miembros de nuestra familia, también puede darse en nosotros mismos…

 

Para que veamos hasta qué punto el arte sacro de la Iglesia ha incorporado con toda “naturalidad” esta “filiación humana de Cristo” hemos encabezado nuestro comentario con una fotografía de un formidable vitral de la catedral de Chartres que ilustra, al igual que numerosas miniaturas del Medioevo, esta imagen de la raíz o el tronco de Jesé.

Aunando dos cosas que la Edad Media supo muy bien hacer y que a nosotros nos cuesta tanto, el anónimo autor del vitral, representa la generación humana con un natural candor y un verismo muy fuerte. La raíz –cualquier observador podrá notarlo- no brota de la cabeza ni del corazón del susodicho Jesé, como tal vez lo hubiera representado una piadosa monjita del período jansenista, o los “fetos con alas”, como describía Don Orione a ciertos seminaristas de su tiempo (dicho sea de paso, ahora no tienen alas…)

 

Ante esta Raíz de Jesé, Jesucristo, el Mesías Rey de reyes, todos lo poderosos de la tierra enmudecerán y los gentiles llegarán a la conversión, dice la Antífona.

La flor más delicada ha producido el fruto más sabroso: María, verdadera Rosa Mística nos ha dado el fruto bendito de su vientre: Jesús.

 

Y la Iglesia cantará enternecida en estos días:

 

“Memento, rerum Conditor,

nostri quod olim corporis,

sacrata ab alvo Virginis

nascendo formam sumpseris”

 

“Creador de todo lo creado,

acuérdate del día en que este suelo

te vio nacer del vientre de una Virgen

vestido con un cuerpo igual al nuestro”

 

(Himno de Navidad Iesu Redemptor omnium)

Traducción: Fco. Luis Bernárdez, “Himnos del Breviario Romano”

 

linea_pluma

 

 

Para escuchar la Antífona:

http://www.youtube.com/watch?v=VFE7B-DZ8_w&feature=related

 

 

P. Ismael

O ADONAI

“Dios se viene muy fuerte este año”

(E. García Caffarena)

 

 

Moses_Burning_Bush_Bysantine_Mosaic

 

O Adonai, et Dux domus Israel, qui Moysi in igne flammae rubi apparuisti, et ei in Sina legem dedisti: veni ad redimendum nos in bracchio extento”

 

 

“Oh Conductor de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente, y le diste los mandamientos sobre el Monte Sinaí, ven y redímenos por el poder de tu brazo”

 

 

 

estrella

 

 

Los Padres de la Iglesia y los santos Doctores, basados en las Santas Escrituras, aciertan notablemente cuando llaman a Dios tanto el sin-nombre, como el de muchos nombres, más, el de todos los nombres.

“Como nosotros no podemos nombrar nada si no es en la medida de nuestro conocimiento, tampoco podemos llamar a Dios si no es por las perfecciones que encontramos en los demás seres, pero que tienen su origen en Dios. Pero como las perfecciones son múltiples en las cosas, es necesario llamar a Dios con muchos nombres. Si pudiéramos contemplar su esencia en sí misma no necesitaríamos una pluralidad de nombres, sino que solo existiría un concepto más simple de Él, porque su esencia es simple. Y esto es lo que esperamos en el día de nuestra glorificación según aquellas palabras: Aquel día el Señor será uno y uno su nombre (Zac 14,9)” Sto. Tomás, Compendium Theologiae 2, 243)

 

La antífona de las Vísperas de este día nos sitúa en un mismo escenario –el monte Sinaí- con dos impresionantes actos: la revelación del Nombre de Dios y la promulgación del Decálogo.

Dios es el actor y productor principal, aunque invisible y Moisés el “actor invitado”…

 

La teofanía del Sinaí el acontecimiento de mayor importancia de todo el Antiguo Testamento: el conocimiento del Dios personal que había llamado a Abraham de Ur de los caldeos y continuó guiando a sus descendientes llega al máximo grado de comunicabilidad concebible al revelar su nombre a aquellos que habían “luchado” con Él, como Jacob, para obtener su bendición y conocer Su Nombre para poder invocarlo.

El conocimiento del nombre es la llave de una amistad. De un poder. De familiaridad que no podía sospecharse nunca.

Hemos visto en otras ocasiones como toda revelación es a la vez un ocultamiento.

 

Es conocido de todos el texto de Éxodo 3, 14. Moisés descalzo y aterrado dialoga con el Dios de sus padres: “Qué les diré a los israelitas cuando me pregunten quién me ha enviado…”

Dios revelará a través del sagrado TETRAGRAMMATON su nombre propio. Como dice Schmaus: “es un regalo de Dios al hombre” (Teología Dogmática, I)

Es el mismo teólogo quien señala que desde muy pronto creció en la Antigua Alianza el sagrado terror a pronunciar la palabra YAVÉ. Cuando en algún texto aparecía esta palabra, en su lugar se pronunciaban los términos Elohim o Adonai. Los masoretas al poner vocales al texto griego, pusieron bajo las letras de la palabra original las vocales de las palabras nuevas usadas en la pronunciación. Así nació la palabra Jehová, totalmente infundada desde el punto de vista filológico y creación puramente artificial” (Ibid) Un “barbarismo” dirá Bouyer.

 

El Papa Benedicto XVI en su libro “Jesús de Nazaret”, comentando la petición del Padrenuestro santificado sea tu Nombre, señala magistralmente:

“…Esta afirmación es al mismo tiempo nombre y no-nombre (Yo soy el que Soy). Por eso, era del todo correcto que en Israel no se pronunciara esta autodefinición de Dios que se percibe en la palabra YHWH, que no la degradaran a una especie de nombre idolátrico. Y por ello no es del todo correcto que en las nuevas traducciones de la Biblia se escriba como un nombre más este nombre, que para Israel es siempre misterioso e impronunciable, rebajando así el misterio de Dios, del que no existen ni imágenes ni nombres pronunciables, al nivel ordinario de una historia genérica de las religiones”

 

Hoy invocamos al Dios fuerte y poderoso, esperado de las naciones con el término ADONAI.

Es un plural abstracto y significa señorío. El término es una acentuación del dominio divino: Dios es el “Súper Fuerte” al que se le puede llamar “Señor mío”, siendo el Señor supremo.

Los Setenta traducen el término por Kyrios : Señor.

 

Este Señor, Dios de nuestros padres, entrega a Moisés, durante el trayecto del éxodo, en el mismo monte las tablas de la Ley, escritas por su mismo dedo.

Jesús, El Señor, no ha venido a abolir la Ley, sino ha llevarla a su perfección: ni una tilde ni una iota dejarán de cumplirse. Así ha declarado el Maestro que el que menospreciare el más pequeño de los mandamientos y así lo enseñare será considerado pequeño en el Reino de los Cielos (Cf Mt 5, 17-20)

El Dios Fuerte, no podía menos que darnos mandamientos fuertes. Jesucristo, sin disminuir las exigencias de la Ley divina positiva, nos alienta diciéndonos que su yugo y su carga son livianos.

 

La crisis por la que atraviesa el cristianismo contemporáneo detenta, entre otras gravísimas falencias, no sólo la ignorancia práctica de la Ley divina, sino además el desconocimiento teórico de los Mandamientos.

Cuando predico a niños me atrevo a hacerlo. Con los adultos no. No por ahorrarme el mal rato (que un cura pasa muchos) sino la vergüenza ajena.

Pregúntele ustedes a algún amigo, vecino o pariente, ocasionalmente pontificante en materias de fe y costumbres, cuántos y cuáles son los Mandamientos…

Se llevarán verdaderas sorpresas. Mucho mayores si les interrogan salteadamente por el 8º, el 3º, el 9º, etc…

Me contó un amigo sacerdote que vio, no sé por qué medio, una entrevista en plena plaza de San Pedro hecha al azar a cuantos sacerdotes (muchos bien ensotanados y requintados) podía asaltar el periodista, solicitándoles enumerasen los Diez Mandamientos: ¡un desastre!

La ley de Dios debiera ser la alegría de nuestro corazón, la luz de nuestros ojos…

Y no se diga que los mandamientos están formulados en “negativo”, que no hay que obligar a los niños a memorizar y todas esos absurdos que cultivan los y las catequistas y los sacerdotes que les dan (¿les dan?) de comer…

 

Escribía Santa Teresa Benedicta de la Cruz:

“Ser hijo de Dios significa: caminar de la mano de Dios, hacer su voluntad y no la propia, poner todas nuestras esperanzas y preocupaciones en las manos de Dios y confiarle también nuestro futuro. Sobre estas bases descansan la libertad y la alegría de los hijos de Dios. ¡Qué pocos, aun de entre los verdaderamente piadosos y dispuestos al sacrificio heroico, poseen este don precioso! Muchos de ellos marchan por la vida encorvados bajo el peso de sus preocupaciones y deberes” (Edith Stein, El misterio de la Nochebuena)

 

No ha sido acortada la mano del Señor. Sigue teniendo fuerza. Aún en estos días de debilidad en la fe.

Acerquémonos confiadamente al Dios que sigue siendo EL FUERTE, EL SEÑOR, ADONAI y que no permitirá que ningún otro que EL sea nuestro poderoso conductor.

Siempre que no le atemos las manos: es Fuerte, jamás violento con el corazón del hombre.

linea_pluma

 

Para escuchar la antífona:

http://www.youtube.com/watch?v=o6y9Idko8-A&feature=related

 

 

P. Ismael

O SAPIENTIA…

Salí del Padre y vine a este mundo”

(Juan, 16, 28) 

 

 

 

Annunciation

Giovanni Lanfranco, Anunciación

 

O Sapientia, quae ex ore Altissimi prodiisti, attingens a fine usque ad finem, fortiter suaviterque disponens omnia: veni ad docendum nos viam prudentiae”

 

“Oh Sabiduría, que saliste de la boca del Altísimo, alcanzas de uno al otro confín, y ordenas todas las cosas poderosa y suavemente, ven y enséñanos el camino de la prudencia”

 

estrella

 

 

Las antífonas “O” no son otra cosa que una exquisita síntesis teológico litúrgica de los títulos mesiánicos, por esa razón cada una de ellas va abriéndonos un insondable venero de contemplación del misterio de Cristo, el Verbo Encarnado y Redentor.

 

Hasta qué punto pudo vislumbrarse en el A.T. la revelación del Logos eterno, no es tarea fácil para el exegeta que pretenda encontrar algo más que un barrunto de la plenitud que los textos sapienciales alcanzarán a la luz deslumbrante del Prólogo de Juan que evocará la eterna existencia del Verbo en el seno de Dios.

Ciertamente podemos encontrar en los textos veterotestamentarios asombrosos indicios que sostienen nuestra fe, fundada en la interpretación patrística ininterrumpida, que desembocan, teniendo en cuenta el desarrollo progresivo de la historia de la salvación, en la adjudicación cristológica de la “Sabiduría divina”.

Inspirados para describir uno de los atributos divinos, los textos nos muestran lo que llamamos la “personificación de la sabiduría”, existiendo desde siempre. Ella misma hace su elogio: “Desde la eternidad fui yo moldeada, desde el el principio, antes que la tierra…, estaba yo con él como arquitecto, solazándome ante él en todo tiempo” (Prov 8, 23-30)

 

La personificación de la Sabiduría no obedece simplemente a una evolución del lenguaje poético, sino que nos señala el origen de dicha Sabiduría.

Procede de Dios, participa de su naturaleza, posee sus perfecciones de omnipotencia e inmutabilidad (Cf. Prov 7, 25; 7, 23-27)

 

El mismo libro de la Sabiduría describe la obra de Dios en el mundo y los hombres: “Pues hay en ella un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, perspicaz, inmaculado, claro, impasible, bienhechor, amigo del hombre, firme, seguro, sereno, que todo lo puede, todo lo observa, penetra todos los espíritus, los inteligentes, los puros, los más sutiles.

Porque a todo movimiento supera en movilidad la Sabiduría, todo lo atraviesa y penetra en virtud de su pureza. Es un hálito del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Omnipotente, por loo que nada manchado llega a alcanzarla. Es un reflejo de la luz eterna, un espejo sin macha de la actividad de Dios, una imagen de su bondad.

Aun siendo sol, lo puede todo; sin salir de si misma, renueva el universo en todas las edades…” (Sab 7, 22- 27 y ss)

Una interesante representación de la Sabiduría increada puede ser descubierta por el ojo de un buen observador, en fresco más universalmente conocido del techo de la Capilla Sextina: la Creación. En él, Miguel Ángel ha representado al Creador abrazando una delicada e inquietante figura femenina.

 

Jesús, el Hijo de Dios, se presenta ante sus contemporáneos como Maestro poseído de la sabiduría de Dios que viene a comunicarla. Su forma de enseñar –que llamaba la atención por su contraste con la de los doctores de la ley y los fariseos- está marcada por las formas literarias del profetismo: parábolas, alegorías, sentencias, proverbios.

Comparándose con el mismo Salomón (el sabio de Israel por excelencia, autor oficial de los más sublimes textos sapienciales) dirá: “Aquí hay alguien que es más que Salomón” (Cf Mt 12, 24; Lc 11, 31)

Solamente Dios mismo podía “llevar a su perfección” los mandamientos entregados a Moisés en Horeb. “Habéis oído que se dijo… pero Yo os digo” Ese YO está conformado sobre la misma forma gramatical de la revelación del Nombre de Dios.

 

Es en Cristo, en quien se revela la Sabiduría de Dios. Esa que el Padre quiso revelar a los pequeños y ocultar a los grandes sabios.

Las “obras” (signos, milagros) de Jesús, revelan las obras del Padre, la sabiduría divina.

Al igual que la Sabiduría de los sapienciales (Eclo 24, 19; Prov 3, 17) El nos invita a tener un encuentro personal, a saborear su doctrina y gozarnos de su presencia.

 

El paralelismo es asombroso.

“Venid a mí los que me deseáis, y hartaos de mis productos”; “Sus caminos son caminos de dulzura y todas sus sendas de bienestar”

“Venid a Mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11, 28-29)

Así, con toda propiedad Cristo es la Sabiduría (El logos eterno) que sale de la boca del Altísimo: su perfecta imagen, su impronta, su Palabra hecha carne para los hombres que pone su tienda entre nosotros.

 

Huelga la referencia a la etimología de SAPIENTIA. Ciencia sabrosa, para ser degustada, saboreada. La sabiduría del evangelio necesita un paladar “educado”.

Así como no todos los alimentos son apreciados o resistidos por el paladar y el estómago, la sabiduría de Cristo, puede ser para muchos necedad e indigestión.

El hombre carnal, el necio, el mundano no aciertan a este descubrimiento como un oído torpe rechaza o se burla de una acabada y sublime composición musical…

Es propio de la Sabiduría (arquitecta divina) ordenarlo todo y disponer con maravillosa providencia el curso de la historia, los grados de perfección de los seres, la inapreciable vida de la gracia en los hombres y los insondables movimientos de los ángeles.

 

La Sabiduría va creciendo en nosotros, si le damos lugar en la tierra de nuestro corazón, sin que nosotros nos demos cuenta, como lo ha enseñado el mismo Jesús. Ella se transformará en un frondoso árbol crecido junto al torrente de las aguas más puras.

Dispondrá el entendimiento para que “degustemos” las cosas de Dios.

El mundo ha ido perdiendo aceleradamente el gusto por las cosas divinas y su enfangarse en los engañosos bienes de la tierra pareciera su destino inevitable…

Nadie puede acercarse a Cristo si el Padre no lo atrae. Y el mismo Cristo lo atrae. Pero esta atracción se verifica por el imán de la libertad. Sí, una atracción poderosa que libremente nos hace elegir el bien, la sabiduría por encima de todas las riquezas y bienes creados, así como lo pidió Salomón.

 

Entre tantos bienes que la Sabiduría nos reporta (“todos los bienes nos vienen con Ella”) pudiéramos destacar la virtud de la prudencia: lo que en la Antífona se llama “el camino de la prudencia”

Efectivamente, la prudencia es un estrecho y costoso camino a recorrer: no llegamos a la Sabiduría, sin que Ella misma nos señale el camino a seguir: “Ego sum via”; “Yo soy el Camino…”

No hay otro camino para la prudencia que el ejemplo de la misma Vida del Señor Jesús que viene a nosotros. Y no hay mejor guía que el Espíritu Santo para recorrerlo: es nos ha concedido a modo de don la Sabiduría el día de nuestra confirmación.

 

Tengamos presente las palabras del salmista: “La boca del justo meditará sabiduría, y su lengua hablará lo justo”.

Para pasarlo a un lenguaje de cuño psicológico, digamos, por simplificar que sabiduría bien podría entenderse como plenitud en la madurez humana y cristiana.

 

Escribe San Buenaventura (que no leyó a Lersch ni a Pieper) : “La madurez en los juicios es la sexta columna sobre la que descansa el edificio construido por la sabiduría, lo cual equivale a decir que nos es juzgadora, como enseña el Apóstol Santiago. Esta madurez existe en el hombre, siempre que se guarda con sumo cuidado de formar juicios temerarios… quien aborrece a otro, no podrá juzgarlo recta e imparcialmente… por efecto de la prevención con que lo mira… pues todo hombre debe ser más propenso a disimular indulgentemente, que a juzgar temerariamente. Y por desgracia se observa que al presente todos se creen con derecho a juzgar los malos pensamientos, como diría el Apóstol Santiago…” (San Buenaventura, “Los dones del Espíritu Santo”)

 

Nos conceda el Maestro, Sabiduría Insondable de Dios, enseñarnos con su paciencia infinita este camino de la prudencia en este punto y en las múltiples exigencias de la vida espiritual.

Si somos discípulos sensatos veremos cuánto nos falta…

Acudamos a Santa María Sedes Sapientiae en quien se asentó la Sabiduría como en su Trono, Ella nos conduzca con su dulzura de Madre y su infalible pedagogía de Maestra.

Porque Ella fue primero discípula…

 

VENI DOMINE IESU!

 

Para apreciar el texto musicalizado:

http://www.youtube.com/watch?v=VcoYzoSfZUc

linea_pluma

 

 

P. Ismael

Las grandes Antífonas “O”

 

 

 

o_antiphons_all

 

 

 

 

De origen romano (s. VII) según el testimonio de Amalario de Metz, en número decenario hasta S. Pío V, que las fija en siete, las grandes antífonas de Vísperas de la última semana de Adviento (del 17 al 23 de diciembre) constituyen unos de los tesoros litúrgicos más bellos del Oficio Divino.

 

 

Verdaderas plegarias de inspiración netamente veterotestamentaria, repletas de esperanza y alegría, constituyen una llamada apremiante de la Santa Iglesia por la venida del Mesías.

 

Han recibido tradicionalmente el nombre de ANTIFONAS “O”, por empezar cada una de ellas con una piadosa O! (¡Oh!) Composiciones del clásico canto gregoriano, sobre la misma melodía van expresando gradualmente los anhelos de la humanidad por la llegada del Emmanuel, el “Dios con nosotros”.

 

El P. Azcárate, osb refiere que algún liturgista ha hecho notar que las letras iniciales de estas Antífonas, invertidas (es decir, comenzando por la del día 23) conforman un acróstico: ERO CRAS (estaré mañana), como respuesta del Divino Emmanuel a los llamados de Su Iglesia.

 

 

E mmanuel

 

R ex Gentium

 

O riens

 

 

C lavis David

 

R adix Iesse

 

A donai

 

S apientia

 

 

A partir del 17 , comenzando por la primera (O Sapientia) iremos comentando día a día su sentido, intentando extraer de su jugoso contenido una gota para nuestra meditación.

 

 

 

 linea_pluma

 

 

P. Ismael

Toda hermosa eres María!

inmaculada-concepcion-tiepolo

Tiépolo. La Inmaculada Concepción

 

El 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX proclamó el Dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, mediante la Bula “Ineffabilis Deus”.

Este Dogma acerca de la Concepción Inmaculada de María, significa que “la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente.....”

 

La Iglesia, no obstante, ya venía desde hacia muchos siglos profesando una gran devoción a la Virgen Inmaculada, habiendo testimonios de muchos santos, como San Francisco de Asís (siglo XIII), que no solo tenían esta devoción, sino que la exteriorizaban para extenderla.

El Papa Sixto IV, en el año 1483, prácticamente cuatro siglos antes de la proclamación del Dogma, extendió la celebración de la Fiesta de la Concepción Inmaculada de María a toda la Iglesia de Occidente.

 

Quisiéramos, una vez más, con corazón de niños y fe de apóstoles meditar en las maravillas que Dios ha obrado en la persona de Su Madre Santísima, a quien todas las generaciones llamarán Bienaventurada

 

Lógicamente se puede plantear esta reflexión desde los más variados ángulos y perspectivas que ofrece, pero desde aquí solo se pretende un objetivo: llamar la atención ante este singular acontecimiento y lograr entre todos un conocimiento más completo y más perfecto, no solo de este importante Dogma sino de todo lo que es y representa la Santísima Virgen en la vida del hombre contemporáneo.

 

Vivimos inmersos en un mundo que busca resultados fáciles e inmediatos en todo aquello que emprende. Que no quiere perderse en demasiados romanticismos, porque los objetivos que se marca los quiere conseguir rápidamente.

Quiere ser dueño de su libertad, aunque no pocas veces de forma paradójica, somete esta libertad a dependencias o esclavitudes que, por más sutiles que se le presenten, no dejan de tener un resultado inadecuado y hasta cruel en la mayoría de los casos.

Todo ello representa una realidad que se empeña en esconder los valores más nobles que lleva el corazón humano y de los que la Virgen María dejó buen testimonio a lo largo de su vida terrena.

 

Detenernos ahora en exponer todas las virtudes que vivió María, sería una larga tarea que no admite la extensión de esta reflexión, pero sí podemos detenernos en alguna más significativa que emana de su Concepción Inmaculada y que para nosotros puede resultar significativa y de un gran valor.

La rectitud de intención y la pureza de su corazón, emergen en María inmediatamente que el Arcángel San Gabriel comienza a hablarle en la Anunciación.

 

El Arcángel empieza saludándola en Nombre de Dios y Ella lejos de sentirse halagada y perdida en su propia complacencia, dice el evangelio que “se conturbó por estas palabras y se preguntaba que significaría aquel saludo”.

No entra en cavilaciones sobre un hecho realmente extraordinario que a cualquiera le envolvería poniéndole en una situación especial, precisamente por el ambiente extraordinario que se había creado por la presencia, nada menos, que de un Arcángel, de un enviado de Dios.

 

En su silencio meditativo espera más explicaciones y el Arcángel le detalla la pretensión de Dios sobre Ella, manifestándose inmediatamente su rectitud de intención y pureza de corazón que apuntábamos más arriba, pues lejos de aceptar a ciegas y asegurar para sí tan altísimo privilegio, expone los argumentos que le parecen hacen imposible lo que le ha dicho el Arcángel.

“¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”, le dice María a Gabriel. Y solo cuando él le explica cómo va actuar el Altísimo, Ella acepta con toda sencillez, transparencia y rotundidad: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.

 

Sin duda que este episodio, decisivo en la historia de la humanidad, es la consecuencia del privilegio divino por el que María ha sido concebida sin pecado original, pero que en ningún momento menoscabó su libertad como criatura humana y, por tanto, con la capacidad suficiente para aceptar o rechazar al igual que cualquier hija de Adán.

 

Estas dos virtudes de María, la rectitud de intención y la pureza de corazón, son tan significativas en el entorno que vivimos, como importantes y necesarias.

 

En las relaciones humanas y a todos los niveles posibles, se observa que el hombre cae fácilmente en la tentación de acomodarse a lo que sea, con tal de ir logrando todo aquello que se tiene marcado como objetivo o que se le va presentando para un mayor interés personal. En una palabra, no presenta todas las cartas, no las pone, como se dice habitualmente, “boca arriba”.

Ello supone abandonar la rectitud de intención que debería acompañar siempre a la persona en cualquier acto o relación humana, aunque a veces pudiera verse perjudicado por haber actuado con transparencia y honradez.

 

De igual forma podemos decir de la pureza de corazón, aunque en esta virtud de María el hombre encuentra una inagotable fuente de luz para una vida como la actual en la que precisamente la pureza está tan atacada, tan abandonada, tan mal vista y tan vilipendiada.

Contrariamente, en las Bienaventuranzas el Señor Jesucristo marcó muy alto esta cuestión de la pureza cuando dijo: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

Es imposible alcanzar la pureza en cualquiera de sus manifestaciones en la vida humana sin cuidar y cultivar la pureza de corazón, con todas las exigencias que ello conlleva.

 

Es verdad que los atractivos que tantas cosas de este mundo presentan en el orden de las comodidades y de los placeres,  no hacen fácil vivir la pureza a imitación de María, pero si se quieren alcanzar los frutos del Espíritu Santo, se ha de trabajar por lograr que la propia vida tenga en activo la gran virtud de la PUREZA.

Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. Por tanto, son la garantía de una vida a imitación de María, nuestra Madre y nuestra Guía.

Y garantía de nuestra felicidad…

 

Recordamos con nostalgia y gratitud aquel felicísimo día de nuestra Primera Comunión, o de nuestra Primera Misa: Santa María en modo alguno estuvo ausente en aquel momento, el corazón palpitaba intensamente y nos asíamos con fuerza de aquella Madre que nos llevaba al Altar, para la más profunda y perdurable de nuestras “comuniones”.

 

 

 

estrella

 

O viridissima virga, ave,
quae in ventoso flabro sciscitationis
sanctorum prodisti.
Cum venit tempus
quod tu floruisti in ramis tuis,
ave, ave fuit tibi,
quia calor solis in te sudavit
sicut odor balsami.
Nam in te floruit pulcher flos
qui odorem dedit
omnibus aromatibus
quae arida erant.
Et illa apparuerunt omnia
in viriditate plena.
Unde coeli dederunt rorem super gramen
et omnis terra laeta facta est,
quoniam viscera ipsius frumentum protulerunt
et quoniam volucres coeli
nidos in ipsa habuerunt.
Deinde facta est esca hominibus
et gaudium magnum epulantium.
Unde, o suavis Virgo,
in te non deficit ullum gaudium.
Haec omnia Eva contempsit.
Nunc autem laus sit Altissimo.

 

 

O verdísima vara, ave
Que, en el soplo de viento
de la pregunta de los santos brotaste.

Cuando vino el tiempo
en el que floreciste en tu rama
Ave, salve
porque el calor del sol se destiló en ti
como el olor del bálsamo.

Pues una flor hermosa surgió en ti
la cual dio su perfume
a todas las especies
que estaban secas.

Y todas aquellas reaparecieron
en pleno verdor.

Del cielo enviaron rocío sobre la hierba
y toda la tierra se alegró,
ya que su vientre produjo el trigo
y las aves del cielo hicieron nido en ella.

De aquí fue hecho el alimento para los hombres
y la gran alegría para los comensales.
Por lo cual, oh dulce Virgen,
En ti no falta ninguna alegría.

Eva despreció todas estas cosas.

Ahora entonces alabanza sea (dada) al Altísimo.

 

(Hildegarda de Bingen)

-Traducción Ma. Esther Ortiz, UCA-

 

linea_pluma

 

 

P. Ismael

El Adviento: un tiempo para conjugar

“Mirando a lo lejos, veo llegar

el poder de Dios y una nube

que cubre la faz de la tierra”…

“Oh Cielos, derramad desde las alturas

vuestro rocío y haced que las nubes

lluevan al Justo”

(Responsorio de Maitines, Primer Domingo, Breviarium Romanum)

 

 

 

2438692603_6be166c687_b 

San Gabriel Arcángel

 

Una de las notas más sobresalientes del tiempo litúrgico que iniciamos es la curiosa conjugación verbal de los tres tiempos básicos de nuestro lenguaje.

El Adviento presenta ante nuestros ojos el misterio de Cristo que vino, que viene y que vendrá.

 

Ello se encuentra de algún modo implícito en la revelación que hace el Dios de Israel a Moisés en el Horeb, cuando el caudillo de los Israelitas le pregunta por su nombre. Dios dará a conocer su Nombre como: “El que es” “Yo soy el que Yo soy”, literalmente en hebreo. “Yo soy el que es”. El existente. Ego eimi o on traducirán los LXX. (Cf. Ex 3, 14)

Siendo Dios la plenitud de la existencia, “existiendo” fuera de todo transcurso, es decir por encima de la temporalidad creada, sabemos por la Revelación y también por la teodicea que su “duración” es la “eternidad”.

Cuánto contenga de hondura este punto concreto de la duración divina la revelación de Santísimo Nombre del Tetragrama, apenas si tendremos algún atisbo en nuestro discurrir teológico.

 

Pero siendo bien claro para nosotros que el Dios Único es el revelado por Cristo, pues quien lo ve a Él ve al Padre, y que nadie conoce al Padre, sino aquel a quien Cristo se lo muestre, podemos conocer, a partir de las palabras del Verbo Encarnado el misterio de la vida intratrinitaria.

Es precisamente el último libro de la Sagrada Escritura, el Apocalipsis, el que enlaza sugestivamente y cierra aquella larga serie de contactos reveladores de Dios para con el hombre.

“Y Aquel que estaba sentado en el trono dijo: “He aquí, Yo hago todo nuevo”…”Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin…” (Ap 21 5-6)

“He aquí que vengo presto, y mi galardón viene conmigo para recompensar a cada uno según su obra. Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin” (Ap 22, 13)

Es el mismo que “en el principio estaba junto a Dios” (Jn 1, 2) y que vino a anunciarnos que Su Reino ya estaba en medio nuestro “El tiempo se ha cumplido, y se ha acercado el reino de Dios. Arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15)

 

El Adviento se nos presenta entonces, en su significación más profunda, como una estupenda conjugación de todos los tiempos. Así lo han visto los Padres de la Iglesia y los primitivos escritores eclesiásticos.

Bástenos recordar las catequesis de San Cirilo de Jerusalén y los sermones de San Bernardo y San Carlos Borromeo sobre el triple advenimiento de Cristo, conocidos por la mayoría de los lectores: el Adviento histórico, el metahistórico o parusíaco, y el intermedio a través de la gracia en el alma del creyente (tiempo pasado, futuro y presente)

 

Dom Carbol en su obra “La oración de la Iglesia”, se complace en citar una imagen utilizada a su vez por el P. Nilles para caracterizar a este tiempo que, durante cuatro semanas incompletas, resume y celebra toda la esperanza de la historia de la salvación.

En el escudo de armas de los obispos de Bizancio hay un águila de dos cabezas (armas del antiguo imperio bizantino, las del imperio ruso también) Una de sus cabezas mira al Asia, mientras la otra se dirige hacia el viejo Occidente.

Para Nilles podría colocarse a la entrada de esta estación litúrgica el águila de dos cabezas, una vuelta hacia los siglos del pasado, otra hacia los del porvenir.

 

En tanto que el recuerdo de la venida histórica del Señor, acaecida en un tiempo y un lugar concretos, nos invita a la dulce intimidad de Belén, apenas reconocido por un grupo de humildes elegidos, su venida Final, al consumarse los tiempos nos presenta a Cristo Glorioso, patente a todos los hombres, quien nos invita como los primeros cristianos a aguardar con aquel temor e impaciencia de sobra conocidos, su triunfal retorno.

Temporariamente ubicados en el estado intermedio de expectación, los que aún caminamos por entre las luces y las sombras de este mundo, intentaremos remozar en estos días el ansia por su silenciosa y pacificadora llegada a nuestros corazones vacilantes, amenazados por el pecado personal y el clima de pecado que respira nuestra sociedad.

 

Las tres Venidas de Cristo, sumo bien para los hombres del beneplácito (bonae voluntatis), encuentran su antagonista en el mal que ha “venido” al mundo con el pecado original –gestado por el Maligno- y los pecados de todos los hombres y sociedades a lo largo de los tiempos. Por el pecado vinieron todos los males para el hombre.

 

Es una pena que, por la consigna de suprimir, se haya quitado en el Novus Ordo, entre tantas cosas no sólo bellas, sino de contenido doctrinal, la especificación que detallaba la súplica siguiente a la recitación del Padrenuestro en la Misa Gregoriana: Líbranos, te pedimos Señor, de todos los males, pasados, presentes y futuros.

 

Al respecto comentaba Dom Próspero Guéranger en su bello libro “La Santa Misa Explicada”:

“Fortifícanos, Señor, porque nuestros pasados malos nos han dejado en lastimoso estado de flaqueza espiritual y estamos todavía convalecientes. Preservadnos de las tentaciones que al presente nos amenaza y de las aflicciones que nos agobian, así como de los pecados en que podemos incurrir. En fin defendednos de todos los males que pueden ocurrirnos en el porvenir…”

Una formidable expresión orante de la Iglesia que diariamente se recita, haciendo explícita esta consideración sobre los tiempos humanos.

 

Vine, vengo, vendré. Son los verbos que Jesucristo, Dios y Señor de la historia conjuga en la liturgia de estos días. Verbos que deben ponernos en estado de vigilancia, como los gallos que pican la aurora…

Que su llegada no nos encuentre dormidos, perdidos los reflejos cristianos, enervadas la fuerzas para poder para levantarnos y salir a su encuentro con las lámparas encendidas… Y ya sabemos que sin aceite no hay luz.

No podemos vivir como todo el mundo quienes esperamos durante las cuatro vigilias de la noche la llegada del Dueño de casa.

 

La liturgia nos insistirá en estos días: “Todos los que esperan en Ti, Señor, no serán confundidos”. Rorate coeli. La lluvia de las gracias divinas no serán negadas a quienes disponen la tierra de su corazón para que en ellos brote la salvación.

“El que da testimonio de esto dice: “Sí, vengo pronto”. “¡Así sea: ven, Señor Jesús! (Ap 22, 20)

 

Nuestro mundo aún puede esperar otra Navidad.

 

linea_pluma

P. Ismael

Ensayo de soledad

 

Historias viejas

de las

“telarañas de mi rincón” 

 

 

 

 

st_paulAtDesk_Rembrandt

 

San Pablo en su escritorio”  Rembrandt

 

 

 

Supuesto que en ciertos temas poco puedo decir al margen de la propia historia, estos no serán otra cosa que apuntes de mis despuntes interiores en búsqueda de un pequeño espacio en mi corazón que me deje el aire para que respire a un viento mejor...

 

Fue un “adelantarme”. Una “composición de lugar” o descomposición del tiempo. Armar el “como si”, el hacer ... el “etsi non daretur...” de las objeciones de la Summa.

Ahora veo que es un intento de la mente por racionalizar, de algún modo. Re-armarme. Algo así como vivir en una economía de guerra. Cómo sería si yo estuviera, aquí y ahora, completamente solo, o más bien, cómo sería si no tuviera a quien o quienes son mi no-soledad, mi “anti-Qohelet” (porque para mí son nuevos, como el amor es nuevo, aunque siempre tenga la misma química...)

 

Alguien ha dicho que en la soledad se encuentra lo que a la soledad se lleva. Esta vez no ha sido buscar un estado de soledad a modo de retiro o ejercicios espirituales, en los que uno trata de apartar las preocupaciones mundanas para encontrarse “solus cum Solo”, sino pensarme en una ausencia de un “alguien”, objeto (sujeto) de amor, un ejercicio de forzada “prescindencia” de la presencia. Un imaginar que, por toda una historia que pesa –dichosa o fatalmente – sobre sus protagonistas; la distancia geográfica, las comunicaciones, las múltiples (y cuasi inútiles) tareas que desarrollamos, impiden la presencia. Imaginé que hacía de la carencia (porque eso es la ausencia) virtud. Y uno llega casi a encontrarle gusto. ¿Es una forma de vuelta al viejo tratado de ascética? Pienso que hasta los clavos del faquir le resultan gustosos cuando los incorporó a su plan de vida.

 

A propósito he observado durante casi un mes las formas y conductas de las religiosas para quienes celebré en otro tiempo la eucaristía diaria. “Casi” hechas “uno” con lo que es –para el profano – un terrible conjunto de espinillas, pero que a ellas les han salvado de muchas cosas... y tal vez, acercado al Amor.

 

Y temí. Temí que el ensayo terminara gustándome. Gustándole también a mis “sujetos de amor” a quienes les entusiasmaría que me ensayara a ver si... en una de esas tal vez... Que sea libre, que me deje ser libre. Que me dé aire para yo tener otra compañía...todas las que quiera, como corresponde a un corazón entregado a Dios... Que hiciéramos de la ingobernable realidad virtud.

Algo así como un estoicismo del que tanto el cristianismo conoce. Algo así como los consejos de Séneca a Lucilio. “Come conmigo, estudia conmigo, conmigo estudia... estate a mi lado”... Pero a muchos kilómetros, Lucilio!!!. Temí que debiera interponer una suerte de “especie” conceptual, algo así como el aferrarme a una determinada piedrita sacramental, forma vicaria de la carne y los huesos que son más sobrenaturales de lo que uno imagina...

 

Otro movimiento ha sido el de llenar la soledad con la esperanza. Leí que Péguy la llama la pequeñita de las virtudes teologales, pero que lleva de la mano a sus dos hermanas mayores. Maravilloso! Pero la esperanza quiere acortar, modificar, tal vez inflar el ensayo de soledad. No quiere que el ensayo de soledad se vuelva una obra maestra del olvido o la indiferencia (son palabras mías...) Para eso ya tengo otras cosas bien escritas...

 

Pero, entonces la soledad queda en su estado puro, o se transforma en espera del retorno y sueño por el restablecimiento de la presencia? Si la soledad se hace consuelo es sólo porque tiene guardada una entraña de esperanza. Decía García Lorca que “el más terrible de los sentimientos es el de tener la esperanza perdida”. Si ensayo la soledad es porque en el fondo siempre esta la esperanza...

De qué? Tal vez algo nuevo? Ilusiones? En el fondo pienso que nunca esperé que fuera distinto de lo que hoy es. Sólo que me parece que hoy tengo un poquito más de paz. Algo más que la resignación.

 

La soledad verdadera es la ausencia de lo que amamos. La ausencia de otras cosas hasta puede ser un descanso... Entonces el misterio es presencia – ausencia.

Pero yo tuve miedo. Miedo de acostumbrarme. Miedo de amoldarme a una mediocre resignación. Aunque el alma todo lo resiste...

 

Sólo la esperanza puede ser causa nostrae laetitiae, en un sentido originario y terminal a la vez.

 

Y creo entender por qué a Nuestra Señora la llamamos así: Ella nos trajo la Vida al mundo, el que podía remediar nuestra verdadera tristeza.

Comunicó la verdadera alegría al mundo. Y por eso se alegró con su nacimiento y con su resurrección. Tuvo ensayos de soledad a lo largo de su vida: el tiempo de silencio hasta que José conociera (cuando Dios se lo quiso revelar) el misterio de su maternidad; la soledad de los días siguientes a la visita de los Magos; la soledad y la angustia de los tres días en los que Jesús se quedó en el templo; la soledad durante su ministerio público. Y finalmente la gran prueba de soledad: la que llamamos por antonomasia la soledad de María. La verdadera muerte de su Hijo. El que quedó muerto en la cruz, en sus brazos y en el sepulcro. Para este momento ensayó sus soledades. Y por ello pudo alegrarse con la resurrección. Aunque, hasta su exaltación a la gloria, aunque acompañada de Juan y los apóstoles, continuó en verdad sola, porque su corazón estaba con el Hijo.

 

La esperanza es el origen de la la alegría y el fundamento de la soledad. Y también es la concreción del objeto de nuestro amor.

 

Al final de mi “ensayo” he sentido que podía dominar mi corazón, pero que al hacerlo adquiere cierta (no sé cómo llamarla) “vulgaridad”. Una molestia que no puedo describir bien. Algo así como si uno quisiera –lo dije muchas veces – echarle agua al vino que una vez lo embriagó.

 

linea_pluma

 

 

 

P. Ismael