“Cuando era protestante yo notaba que mi religión era seca y triste, pero no mi vida; sin embargo siendo católico mi vida es triste y seca, pero no mi religión”

(Beato Card. John Henry Newman)

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La redentora de cautivos. Cirugía litúrgico-teológica.

A mi Dulce Madre de la Merced,

la Virgen de mi infancia…

 

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Dejando aparte los datos y consideraciones históricas sobre el origen de la insigne Orden de la Santísima Madre de Dios, bajo el título de “Nuestra Señora de la Merced” o “de las Mercedes”, nuestra breve reflexión quisiera centrase en el contenido doctrinal que nos ofrece la oración del día que encontramos en el Misal y el Breviario Romanos de la edición 1962.

 

Puede constatar el lector las sucesivas modificaciones sufridas por las dos últimas traducciones de la oración Colecta (oración del día de la fiesta) y comprobar por sí, lo que tanto hemos venido diciendo sobre la “lex orandi”.

Así constatará cómo del sentido originario –no sólo de la Orden redentora de cautivos, sino además de la espiritualidad que denota- una rotación (siempre en el mismo sentido de pérdida del “sentido católico”) hacia esa tan pregonada “promoción humana” que alcanza su más alta formulación en lo que toda la teología de la liberación ha llamado y llama “opresión” y lo que éste término, según sus principios, declara.

 

MISAL ROMANO, 1962

 

Deus, qui per gloriosíssimam Fílii tui Matrem, ad liberandos Christi fidéles a potestáte paganórum, nova Ecclésiam tuam prole amplificáre dignátus es: præsta, quaesumus; ut, quam pie venerámur tanti óperis institutrícem, eius páriter méritis et intercessióne, a peccátis ómnibus et captivitáte daemonis liberémur.
Per eundem Dominum nostrum Iesum Christum filium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti, Deus, per omnia saecula saeculorum. (*)

 

Oh Dios, que por mediación de la gloriosísima Madre de tu Hijo, te dignaste aumentar tu Iglesia con una nueva Orden para librar a los fieles cristianos del poder de los paganos; te rogamos, por los méritos e intercesión de la Virgen, que devotamente veneramos como fundadora de tan grande Obra, nos concedas librarnos de todo pecado y de la cautividad del demonio. Por el mismo N.S.J.C tu Hijo…

 

EDICIÓN MISAL ARGENTINO 1981

 

Señor, Dios nuestro, en tu admirable providencia quisiste que la madre de tu Hijo único experimentase las angustias y los sufrimientos humanos;

por la intercesión de María,

consuelo de los afligidos

y liberadora de los cautivos,

concede a los que sufren cualquier modo de esclavitud,

la verdadera libertad de los hijos de Dios.

Por nuestro Señor Jesucristo.

 

EDICIÓN MISAL ARGENTINO 2011

 

Padre misericordioso, que otorgaste la redención a los hombres por medio de tu Hijo, concede, a cuantos invocamos a su Madre con el título de la Merced, mantenernos en la verdadera libertad de hijos, que Jesucristo nos mereció con su sacrificio, y ofrecerla incansablemente a todos los hombres.

Él que vive y reina contigo…

 

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Cualquier avisado lector podrá comprobar la cadencia –o decadencia- de los contenidos de fe, el espíritu que impregna las sucesivas reformas de la oración que intentamos analizar.

 

1ª Oración

 

a) Se formula inicialmente la mediación de la gloriosísima Madre Cristo, atribuyéndole la inspiración de la fundación de una ORDEN destinada a liberar a los fieles cristianos del poder de los paganos.

No puede decirse que esta sea una mera circunstancia histórica que no haya tenido ningún repique posterior al siglo XIII. Bástenos leer las crónicas diarias de las persecuciones del Islam en regiones como África, la India, etc. y los apremiantes y desesperados llamados de atención al mundo (cristiano o no) de las atrocidades padecidas por miles de católicos en aquellas regiones.

No puede decirse que la Orden de la Merced hoy debiera replantearse su “carisma” primigenio: la esclavitud (en variadísimas formas) es padecida por los cristianos en muchos territorios “paganos”.

 

b) La petición dirigida a Dios tiene como objeto una doble liberación: en primer término, la del pecado. Como lo enseña Jesucristo en el Evangelio: “todo el que comete pecado, es esclavo”

Huelgan comentarios que avalen la verdad de las palabras del Señor: el pecado es la primera, la gran, la tremenda y la constante amenaza de esclavitud del hombre.

Nacemos con el pecado original, del que sólo diremos que es un estado de la naturaleza humana de enemistad con Dios, anterior a toda decisión personal.

Pecado original originante, que llamamos en teología.

Y el pecado original originado, que es el que cada hombre, en uso de su razón y libre albedrío, comete de forma personal, como autodeterminación frente a un mandato divino.

Lucha constante, que como el Apóstol, experimentamos en nuestros miembros; oscilación entre los “dos hombres” que pelean dentro nuestro: el que ve el bien y lo aprueba, y el que escoge lo peor…

En segundo lugar, se hace explícita mención al gestor del pecado en el mundo, a ese ser personal que la Revelación y toda la Tradición de la Iglesia, llaman Satanás o demonio: el enemigo de Dios y del hombre, Su imagen y Su semejanza.

Por mediación de Aquella que aplastó la cabeza del dragón infernal, implora la Iglesia en este día, la disolución de todo vínculo (cadenas) que amarran al hombre y le impiden su plena realización humana y la consecución de su destino eterno.

 

2ª Oración

 

Ya reformada la liturgia –con la consigna de Bugnini de hacer una “buena cirugía estética” al Misal, a partir de 1970, nos encontramos con variantes significativas, aunque se podría decir que el tema de la redención de “cualquier modo de esclavitud”, dejaría a salvo lo esencial de la razón de la Fiesta mariana, si bien, resulta llamativo que el señor demonio haya sido borrado del texto, ya que no eliminado del mundo en el que impera.

Ya no se menciona explícitamente la Orden de la Merced. Sospecho las razones. Las dejaremos de lado.

Podría rescatarse la apreciación antropológicamente acertada que se hace acerca del estado de opresión existencial del hombre viator.

Hasta aquí, con las rebajas ya notadas, el sentido de la fe, aunque aguado por el prurito de cambiar todo a toda costa y la sensibilidad del hombre moderno (cabría preguntarse a qué sensibilidad nos estaríamos remitiendo…) mantiene un sentido ortodoxo de la redención operada por Jesucristo sobre los hombres.

Destaco que esta traducción realizada en 1981 para el Misal Romano (editado en Argentina) fue confiada a personas que conservaban el sentido católico y eran peritos en lengua latina.

 

3ª Oración

 

Continúa la cirugía a lo que parece a manos de jíbaros…

No hace mención alguna a “gracia específica” de la advocación mariana que se celebra, a saber la redención o liberación; ni de la esclavitud del pecado, ni la del demonio, ni siquiera se mantuvo la invención introducida en la versión del 81 de “las angustias y los sufrimientos humanos”, cosa muy del estilo del “humanismo cristiano”, lo cual algo más hubiese especificado.

Por supuesto que, fiel al principio de sustituir a troche y moche el Dominus por Padre, la oración sigue el esquema predeterminado por la “teología del Padre”.

Tema complejo, al que por toda respuesta, uno de los grandes “compositores” del Misal Argentino, prelado él, cuando le objeté esta cuestión me dijo que se tradujo por Padre porque ya la gente no entiende el término “ Señor”, que se refería al “Dominus”, o sea al Emperador!!! ¡Como si alguno de nosotros hubiésemos vivido bajo el gobierno de un Basileus! ¡¡¡Magnífico absurdo!!!

El final, si no objetable, siempre en la clave de ese beatificante sentimiento de “hermandad universal” de cercanía, fraternidad, pero que nada dice de la liberación que todo hombre necesita.

Y como se trata de una liberación que “viene de lo alto”, no puede generarse desde el simple ofrecimiento de un par, tan cautivo como el otro, y tan necesitado de la gracia para romper las gruesas o sutiles cadenas que a todos nos amarran y quitan la auténtica libertad.

 

Conclusión:

Lo de siempre, más agua al vino bueno –intenso y embriagante- del Evangelio de Cristo.

¡Ah! Y no nos olvidemos que la brevedad de las oraciones (no de las homilías) sigue siendo la suprema lex…

 

(*) Ponemos tilde a las palabras latinas –que nunca llevan- para facilitar la lectura.

 

 

 

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P. Ismael

ad quem ibimus?

quo vadis Carracci

Quo vadis?  Annibale Carracci 

 

 

 

El final casi esperado del “Discurso del Pan de Vida” (Jn 6, 22-72) viene resaltado por tres “rápidas y electrizantes” reacciones que colocan al lector en la exacta situación de dramático temblor que suscitó y suscitará en todas las generaciones de cristianos la revelación ascensional de Jesucristo, quien a partir del interés materialista y mesiánico de quienes le aguardaban en la otra orilla, tras la multiplicación de los panes, los introduce en el gran misterio de Su presencia en la Eucaristía.

 

Sin detenernos en los considerandos de la estructura de este discurso, sin desentrañar el profundo contenido de la doctrina de la Presencia Real, como en la necesidad de este Sacramento para la plenitud de la Vida que vino a darnos el Redentor, vamos a reflexionar sobre esas reacciones que calificamos de “nerviosas” que Juan destaca en su relato.

Aclaramos que estos nervios que intentaremos analizar, son en cada quien, de diversa procedencia y calidad.

La respuesta de los oyentes del Señor es doble, una verbal y otra, diríamos de “actitud”.

 

Cuando Jesús terminó de hablar, habiendo tenido diversas reacciones por parte de los judíos, “muchos de sus discípulos que esto oyeron, dijeron: Duro es este razonamiento, y ¿quién lo puede oír?” (6, 61)

“Y desde entonces muchos de sus discípulos se volvieron atrás, y no andaban con él” (v 67)

Todo tenía un límite. Hasta aquí llegó la fe y la confianza de aquellos hombres.

Pero no sólo su fe en Jesús, sino además sintieron que su inteligencia estallaba ante algo que no cabía en ella…

Habían caminado bastante con Él. Habían aceptado muchas exigencias e intentaban –sólo Jesús lo supo bien- forzar sus razonamientos ante las paradojas del Evangelio. Pero aquello fue demasiado. ¡Comer su carne! ¡Beber su sangre!

 

La segunda reacción electrizante es la firmeza de Cristo.

El Señor nunca retrocede ante sus afirmaciones. No rectifica. No corrige como los filósofos o los teólogos sus sentencias. A lo sumo las retoca: “habéis oído que se dijo, pero Yo os digo…”; “pocas cosas son necesarias, más bien una sola es necesaria”.

Jesucristo no es un político ni un líder religioso que tema perder adeptos, no es un maestro que busque metodologías digeribles a toda costa, no es un pastor de almas que revuelva en la casuística en busca de una solución prudente, equilibrada, adecuada a los tiempos que corren.

Cuando dice sí, es sí. Cuando dice no, es no.

¿Se descolocó el Maestro ante la fuga de discípulos que amenazaba disminuir notablemente su “feligresía”? ¿Los llamó para una conciliación basada en el diálogo y la exposición al menos franca de lo que cada uno quisiera haber comprendido?

En modo alguno.

Supongo que los cultores del diálogo a toda costa pasarán por alto la respuesta de Jesús… No es para nada ecuménica.

Cortada la interlocución con quienes libremente tomaron una decisión, y a pesar de la mansedumbre y dulzura sostenida durante todo el discurso (llevado, como decíamos en esa ley de gradualidad de la revelación) inesperadamente se vuelve ahora a los doce:

“Y vosotros, ¿queréis también iros?” (v. 68)

 

El que dijo “si alguno quiere seguirme…” será consecuente siempre con aquella suprema facultad otorgada al hombre desde la creación: el libre albedrío.

No hay “obligación” de seguir a Jesús. Quien lo hace, acepta sus condiciones.

El Señor, miró y amó al joven rico que mostraba interés en un vuelo más elevado que el resto del vulgo. Y mirándolo fijamente le dirá: “si quieres…”

¿Y si no quiero? ¿Me espera la condenación, la perdición eterna?

Ninguna pista nos ofrece el Evangelio más que el comentario triste de Jesús acerca de las dificultades que encuentran los ricos para entrar en el Reino.

Habla de dificultades. No de imposibilidad.

Pero siempre respetará la libertad.

Lo que no puede admitirse en ningún caso es la falsificación de su doctrina, la libre interpretación de sus mandatos.

No diremos nada nuevo si simplonamente afirmamos que el Evangelio es cuestión de tómalo o déjalo.

Un comentarista de peso, como el Cardenal Gomá, llega a sostener que Jesús, aunque afectado sin duda por la deserción de tantos discípulos, estaba dispuesto a quedar incluso sin sus Apóstoles. Pero Él ya sabe que creen.

 

Y ahora llegamos a la tercera intervención “electrizante”.

Una vez más, como tantas en el Evangelio, será Pedro protagonista.

El toma siempre la palabra en nombre del colegio apostólico. Pero habla desde la sinceridad de su corazón que no había reservado nada para sí.

Pero el evangelio jamás oculta su inocentona presunción, sus ímpetus que no conocían la mesura, al igual que la confianza desmedida en unas fuerzas que también podían abandonarle en los momentos difíciles…

No será Pedro el que deje largos silencios en circunstancias de este tipo.

Su respuesta es de un profundo amor y convencimiento de que fuera de Jesús no hay refugio.

“Señor, ¿a quién iremos?

Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios” (v. 64)

 

Es aquí, una vez más, que Pedro hablará por instinto e inspiración del Padre que está en los cielos. No es ni la carne ni la sangre quien esto le revela.

Más bien, si considerásemos la respuesta desde “la carne y la sangre”, su traducción sería algo así como “ya que no tenemos otra alternativa…”

Pero su ad quem ibimus?, no es un sinónimo de nuestro “¡Qué le vamos a hacer!”

Aún así, me atrevo –prescindiendo del fundamento que el Espíritu le sopla a Pedro para seguir con Jesús- a ver en aquellas palabras del simple y tosco Simón Pedro, un paradigma de lo que yo llamaría la resignación de la fe.

 

Y lo explico desde nuestra pobrísima, pero real experiencia.

Aunque carecemos de la experiencia singularísima de los Apóstoles que vieron, oyeron y tocaron al Verbo de Vida , de una forma asimilable, también, a nuestro modo, somos testigos de cotidianos milagros en nuestra vida de creyentes: no nos han faltado ocasiones de ser protagonistas de verdaderos milagros producidos por la doctrina de Cristo.

Sin embargo, nuestra fe es constantemente puesta a prueba por innumerables instancias provenientes de muchos flancos, siendo las más dolorosas las que se generan en el seno mismo de la Iglesia.

Humanamente no vemos salida a la confusión, la superstición, el relativismo, la desacralización y tantos otros males que nos aquejan “ad intra”, en el torrente mismo de la vida de la Sociedad fundada y querida por Jesucristo.

 

Otra fuente copiosa de pruebas son los males que provienen del mundo –servidor de los espíritus del mal- y nuestra propia carne, siempre pronta a clamar por sus derechos.

El “¿a quién iremos?” también podemos traducirlo como el grito del hombre decepcionado. (*)

La decepción, el desengaño, de suyo, no constituyen un pecado. Tal vez sean la consecuencia ineluctable de la condición humana.

¿Es empobrecer el concepto de la fe, pensar que pueda actuar como camino de resignación?

No es su función principal. Pero la resignación puede ser un camino de vuelta.

Si re-signar, puede interpretarse como re-significar, asignar otro sentido, volver a marcar, no creo que sea pensar fuera del Evangelio que cualquier desengaño “criatural”, del orden que fuere, es lo más humano –y a la vez, lo más divino- que nos pueda pasar.

 

¿A quién iremos?

¿Hay alguien en el mundo que haya colmado nuestras expectativas afectivas, intelectuales… humanas, en general?

¿Quién puede comprender la plenitud que reclama nuestro corazón desorientado, ávido de un guía, de un abrazo cálido, de una comunión promisoria de hondura e intimidad?

¿Será otro hombre, tan extraviado en el camino como nosotros mismos, el que nos pueda llevar a esa plenitud por la que clama cada célula de nuestro ser?

¿A quién iremos?

Si la pregunta de Pedro hubiese terminado aquí, aunque válida, quedaría sin respuesta y retrocederíamos al Qohelet.

Pero “Tú tienes palabras de vida eterna, y nosotros hemos creído y conocido que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios”

Y aquí la resignación de la fe, se muta en una serena certeza. Pero está en la misma línea: no busca garantías, no exige comprobaciones milagrosas: sólo confía en las palabras de Cristo y confiesa su Divinidad. Sólo eso. Nada más que eso: que Cristo es el Hijo de Dios.

Pero todas nuestras afirmaciones, (pues provienen de nuestro pensamiento) tal como lo afirman los libros sapienciales son precarias.

Y si son precarias las afirmaciones, ¿cómo no han de ser precarias nuestras acciones?

También Pedro sentirá en carne propia de la distancia entre nuestras afirmaciones y nuestros actos.

Mucho se ha escrito, predicado y meditado sobre la triple negación de aquel hombre sobre quien el Señor quiso fundar la solidez de la Fe de Su Iglesia.

Ya hemos dicho muchas veces que es SU Iglesia, de Cristo, no de Pedro…

 

Simón Pedro entendió aquella tristísima noche de su cobardía que más allá de la flaqueza, de la defección (tan humillante como arrebatada fue su protesta de amor incondicional en la Cena), el “haber creído”, era camino del retorno: cuando saliendo fuera lloró amargamente; debió repetirse una y mil veces su electrizante respuesta de la sinagoga de Cafarnaúm: “¿Domine, ad quem ibimus?” Señor, ¿a quién iremos? ¿a quién iré?

 

Pero la debilidad humana de Pedro, al igual que la nuestra (¡oh maravilla de nuestra miseria incomprensiblemente sublime!) no había de terminar la noche de la Pasión.

Después de la Resurrección, Pedro, junto con los demás Apóstoles, será el gran anunciador del kerigma de la salvación: Jesús ha sido constituido Señor a la diestra del Padre y él es testigo.

Llamará incesantemente a la conversión y a compartir los sufrimientos de Cristo.

El mismo Señor le predecirá que será llevado donde él no quiera… y de esa forma glorificaría a Dios.

 

Es de todos conocido aquel conmovedor episodio no referido en los Evangelios Canónicos del Quo vadis?

Un manuscrito llamado La leyenda Aurea, según se presume redactado en el siglo XIII, por el monje dominico y arzobispo de Génova, Jacobo de Vorágine, refiere
que cuando el emperador Nerón en el año 64 inicia una ferocísima persecución contra los cristianos, San Pedro temeroso de lo que pudiera sucederle huía de Roma por la Via Apia, pero en el trayecto se encontró con Nuestro Señor Jesucristo cargado con una cruz. Preguntándole "Quo Vadis Domine?" ¿A donde vas Señor?, Jesucristo le contesto: Mi pueblo en Roma te necesita, si abandonas a mis ovejas yo iré a Roma para ser crucificado de nuevo.

 

¿A dónde vas Señor? ¿A dónde vas Pedro?

No hago teología ficción, si sostengo que en aquel instante volvió a la cabeza del pobre Simón Pedro su resignada afirmación-pregunta de algunos años atrás:

“¿Domine, ad quem ibimus?” Señor, ¿a quien iremos?...

Y una vez más el pobre, como les pasa con frecuencia a los de gran corazón y dura cabeza, se sintió avergonzado y volvió a llorar.

Y aquí sus esperanzas humanas, la resignación y la sobrenaturalidad de la Fe, se hicieron una sola cosa: volver sus viejos y encallecidos pies por el camino andado para encontrarse para siempre en la cruz –no podía ser de otro modo- con Aquel a quien, con toda la sinceridad de su corazón había dicho:

Domine, tu omnia nosti, tu scis quia amo te.

Señor, tu lo sabes todo, sabes que te amo…

 

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P. Ismael

 

 

(*)

2. Desde el comienzo de mi ministerio como Sucesor de Pedro, he recordado la exigencia de redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo. En la homilía de la santa Misa de inicio del Pontificado decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo han de ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia Aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud». Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.

3. No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14). Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). En efecto, la enseñanza de Jesús resuena todavía hoy con la misma fuerza: «Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna» (Jn 6, 27). La pregunta planteada por los que lo escuchaban es también hoy la misma para nosotros: «¿Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?» (Jn 6, 28). Sabemos la respuesta de Jesús: «La obra de Dios es ésta: que creáis en el que él ha enviado» (Jn 6, 29). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.

Carta Apostólica Porta Fidei. Benedicto XVI

Telarañas de mi rincón

Hace más de doce años, moría Josesito, un joven vecino de mi antigua parroquia del barrio L., arrebatado de la vida por un absurdo accidente, fruto de la imprudencia y el desenfreno…

 

Recuerdo una de sus últimas frases, tan graciosa, como tautológica, la última vez que cenamos en la casa parroquial con sus amigos: ¡¡¡yo, si me llego a morir, me muero!!!

 

Juntando viejos cuadernos, encontré lo que escribí en aquella ocasión, y quiero recordarlo en este sitio que tal vez tenga poco que ver con él, o tal vez, su fugaz paso por nuestras vidas, tenga bastante que ver. El Señor lo sabe.

Para él era una fiesta cuando me cruzaba al taller de sus amigos a compartir algún festejo y escucharlos. No le he olvidado. La muerte de un joven es un sermón muy fuerte.

 

Aunque ella no conoce este texto, quiero dedicarlo a su siempre dolorida madre.

 

 

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A Josesito,

en tu entierro.

(31-I-2000)

Los ángeles volvieron la cara

con espanto

cuando la helada muerte,

corderito rubio,

rebanó tus sienes.

Y por un instante tembló

la madrugada que se vestía

de decencia.

¡Cómo te desgarraron ese cuerpo

de tibia cera

que tanto amaste,

y esos tus vidriosos ojos garzos!

Porque amabas sin saberlo

el abismo de la muerte

que sembraste en la carne

de tu sacrificio sin sentido.

No te diste cuenta.

No nos dimos cuenta, y ahora

ya es muy tarde…

¡Qué efímero pasaste,

adolescente primitivo,

pequeño fauno

con ilusiones de atlante!

Y ahora es nada

porque el dolor cierra la esfera

de tu edénico mundo

de embriaguez y blanca arquitectura…

Y en la oscuridad de ese cofre que te supera,

los silicatos y el alumbre

apresuran los ángulos de tu cráneo,

y las blondas de organza

arropan tu sexo frío…

Ya no oyes los gemidos de tu madre

y las gotas del hisopo

no llegaron a rociarte…

Porque estás todo encerrado.

Porque no pudimos verte,

Ni tantas manos que estrechaste

tocar aquella cabeza

de cordero casi inocente.

En tu mismo aburrimiento

de cachorro solitario,

aún estás sentando

haciendo nada

en las tardes del verano.

Me raspa en la mejilla

tu beso viril y tu mano

me saluda en una esquina

de domingo futbolero.

Dios te dé su blanda paz

y el mejor amor

que en este mundo no se encuentra.

Aquí quedó tu risa.

y también el olvido de los

egoístas…

Su camino no era el tuyo.

Fue tu tiempo.

El que Dios te tenía reservado.

El único sacramento

que tuve tiempo de darte,

fue hacerte reír y

tal vez que comprendieses

que Dios no estaba tan lejos…

 

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P. Ismael

Pelear con Dios

A  N.A.L. , boxeador desde la infancia,

que cojea de su pierna diestra…

 

 

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La mayoría de los comentaristas se limitan a calificar de “misteriosa” la lucha sostenida por Jacob con aquel misterioso personaje –un ángel que se traba en pelea con el atemorizado y fugitivo hijo de Isaac, al otro lado del Jordán, más allá de Canaán, en la zona controlada por su hermano Esaú- sin indagar demasiado en el extraño suceso, tan extraño como el narrado en el capítulo 28 del Génesis que refiere el sueño de la escala cuyo extremo llegaba al cielo y era transitada ordenadamente por una multitud de ángeles.

 

El relato de la lucha del patriarca con ángel la encontramos en Gén 32, 23-32.

A cierta altura de la noche se ve enfrentado por un sujeto que se pone sin más a luchar con él.

Algo así como una “lucha libre” que se prolongó hasta el despunte de la aurora. Y como el contrincante no podía con el entrenado y astuto (aunque cansado y asustado) hermano de Esaú, le descoyunta la articulación del fémur rogándole: “Déjame partir, porque llega la aurora”.

 

Sospechando de haber tenido contacto con un ser bastante singular, Jacob, que de todo sabía sacar ventaja –su madre Rebeca lo había confirmado en sus artes de “arrebatador”, y antes de soltarle –con todo el dolor que habrá tenido en el nervio ciático- no deja de exigir su premio: no te dejaré ir si no me bendices. Preguntado por el ángel cuál era su nombre y respondiendo que Jacob, y en consonancia con lo que ya por entonces significaba el cambio de nombre y la misión asignada a futuro, el misterioso luchador espiritual –contradictoriamente corpóreo- le dice: en adelante no te llamarás más Jacob, sino Israel; porque has luchado con Dios y con los hombres y has prevalecido…

Todavía Jacob continúa: Por favor, dime tu nombre. Y se le dará una respuesta que encontramos en la misma clave de la que recibirá Moisés en el Sinaí: ¿Por qué preguntas mi nombre?

Lo bendijo, y allí le dejó.

 

¿Cómo quedó Jacob, aparte de continuar el camino cojeando del muslo?

¿Qué compresión tuvo de semejante combate “cuerpo a cuerpo” con un espíritu?

La Escritura Santa nos da por único detalle el coloquio que sostiene consigo mismo el nuevo ISRAEL: “He visto a Dios cara a cara, y ha quedado a salvo mi vida” Bautizó el sitio con el nombre PENUEL – “rostro de Dios”, o “visión de Dios”.

 

Giorgio Castellino, entre otras opiniones recoge la que sostiene un simbolismo sobre los infortunios de los años precedentes de Jacob, luchando con los hombres, por disposición de la providencia divina, y finalmente, ayudado por Dios era ahora depositario de mayores promesas.

Si como es de pensar este episodio tiene alguna conexión con la visión de la escala, ocurrido no bien parte hacia Paddán Aram (Mesopotamia) con la fresca y mañosa bendición arrebatada a su padre.

Enviado a casa de su tío Batuel para que le eligiese una esposa que garantizase una unión endogámica con el fin de evitar toda contaminación con los cultos idolátricos, y transitando de Bersabee, al sur de Palestina, se dirige más hacia el norte de Jerusalén, descansando por la noche sobre una piedra como almohada.

(Además del ciático de Jacob, siempre me han dado que pensar sus cervicales…)

Y además me imagino en el Santo Patriarca el patrono de los que “claudican”…

“Claudus”, en latín: rengo. Renguear, claudicare, no necesariamente significa “traicionar”. Al menos en el sentido latino. Con ello me quedo…

 

Ya conocemos el texto que refiere la visión.

Recordemos lo que dice la voz de Dios:

Yo soy Yahvé, el Dios de tu padre Abraham, y el Dios de Isaac; la tierra en que estás acostado, te la daré a ti y a tu descendencia. Tu posteridad será como el polvo de la tierra; y te extenderás hacia el occidente y hacia el oriente; hacia el aquilón y hacia el mediodía; y en ti y en tu descendencia serán benditas todas las tribus de la tierra. Y he aquí que yo estaré contigo, y te guardaré en todos tus caminos y te restituiré a esta tierra; porque no te abandonaré hasta haber cumplido cuanto te he dicho”

Lleno de temor, al despertar, Jacob exclamará ¡Cuán venerable es este lugar!, no es sino la casa de Dios y la puerta del cielo!

Levantado muy de mañana erigió la piedra-almohada en monumento, derramando aceite sobre ella y bautizándola BETEL (ciudad de la luz) haciendo ante el Señor sus promesas, algo interesadas, como no podían ser las de un peregrino errante como él, asegurando para Dios el diezmo de lo que obtuviera.

 

Aquellos lugares “altos” tan frecuentes en la cultura mesopotámica, sitios de culto y encuentro con las divinidades extranjeras serían la constante tentación del incipiente pueblo de Israel.

En concreto Harrán, ciudad de su tío Laban, era sede de un templo dedicado a la luna (el dios Sin), conectada con Ur, de donde había partido al llamamiento divino Abran con su padre Tare.

Con la seguridad de tan enjundiosas promesas por parte Dios, Jacob entra en la Mesopotamia, fortalecido por una bendición divina.

Aún esposado con Raquel (que había escondido entre sus pertenencias los terafim –pequeños idolillos familiares-) Jacob no se contaminó con ninguna seducción idolátrica, permaneciendo fielmente anclado en las promesas divinas y en la experiencia absolutamente palpable de un ángel que se le escapó de las manos, pero como con Abraham, marchará delante de él.

 

Estas someras consideraciones de base textual no serán impedimento para otra mirada que vea en este “misterioso encuentro” un aspecto –siempre en el claroscuro de nuestro entendimiento aquí en la tierra- de lo que podríamos llamar la “pelea” de todo hombre con Dios.

Jesucristo dirá a Saulo, en los comienzos de su elección como vaso destinado a tan grande misión, es en vano dar coces contra el aguijón…

Y el mismo hombre, ya el Pablo fortalecido por la lucha contra sí mismo y las potestades enemigas dirá al fin de su vida: He peleado el buen combate…

 

¡Luchar con Dios!

¡Una locura!

Pero si miramos nuestras vidas, tal vez nos demos cuenta que no hemos venido haciendo otra cosa que trabarnos en lucha cuerpo a cuerpo (¿¡!??) con el ángel del Señor…

Sin una misión tan señalada como la de Israel, sin una tierra que conquistar y una descendencia heredera de tan grandes promesas, sin promesas tan eternas, todos hemos soñado con un cielo al que acceder y luego nos vemos, no sabemos cómo ni por qué en esa misteriosa lucha, que pienso, es la lucha más humana de todas las que lo hombre sostiene en su corta y azarosa existencia.

 

Lucha con la belleza de lo divino que se encubre en la engañosa criatura que lo subyuga, y por ello no quiere soltarla hasta que le bendiga…

 

¿Tiene el combate con el ángel un filón de la pudorosa sensualidad con que oculta el hebreo la desembozada crudeza de la fricción de los luchadores grecorromanos?

¿Es la bendición del ángel el amor que todo hombre busca en cualquier pelea que se presenta en este mundo?

¿Qué se quiebra en nosotros tras una pulseada inacabable con lo sublime y lo que nos supera?

¿Por qué no abandonamos al otro hasta que obtenemos su “bendición”?

¿Esa bendición es la aceptación de nuestro destino que sólo Dios conoce?

Podemos considerarnos benditos si, como Jacob, nos disponemos a realizar nuestro “viaje” con las provisiones que Dios quiera acercarnos hasta que retornemos a nuestro origen…

Y ¿vale la pena esa lucha de la que sabemos podemos sacar algo más que una renguera compañera fiel de lo que nos quede por andar?

 

De muchas maneras el hombre lucha con Dios.

Lucha cuando lo busca y no lo descubre ni en los acontecimientos históricos generales o particulares de su vida.

Cuando no ve su mano en la dirección que los sucesos cotidianos de mayor o menor consecuencia tienen en la rutina de existir.

También es lucha la resistencia a dejarse vencer por la primacía que Dios exige en nuestros corazones, con la consiguiente expulsión de los falsos ídolos que nos prometen llevarnos a la cima de las torres más altas de nuestras realizaciones carnales o de poder…

Y las luchas podrían seguir enumerándose…

 

Bástenos distinguir entre peleas “buenas”, con causa, y luchas obstinadas, que no tienen otro origen que el pecado que resiste a la gracia de Dios.

No será tan difícil sacar nuestras propias conclusiones.

Ideales, proyectos, deseos de toda índole, son para muchos de nosotros una constante batalla entre lo que pretendemos y lo que Dios quiere para nosotros…

A veces a brazo partido, como Jacob. Otras veces sin resistencia, a lo Jeremías…

 

Aclaremos que Jacob sostiene una “lucha o guerra justa con Dios”: no lucha por sus caprichos o pasiones, por su mera prevalencia sobre su piloso hermano…

Si los ángeles que suben por la escala, llevan la oraciones de los hombres hasta el trono de Dios y los que bajan, traen su respuesta, la gran lucha del hombre de fe será siempre el permanecer “hasta el amanecer” (es decir hasta que despunte la aurora de la resurrección) en estado de resistencia y perseverancia en su oración.

 

También Moisés mantuvo, no sin fatiga –y no sin ayuda humana- los brazos en alto para obtener la victoria de Israel sobre Amalec. Sus brazos elevados no significan otra cosa que aquello que Jesús nos enseñó que es necesario orar, sin desfallecer jamás…

Y dicho sea de paso, al igual que Moisés, sería bueno encontrar quienes nos ayuden en el combate de la oración… Al menos sosteniéndonos los brazos.

En otra ocasión hemos hablado de las cualidades dispositivas de la oración, dejando bien en claro que no es para torcer la voluntad divina por lo que pedimos a Dios aquellas cosas que estimamos buenas para ser buenos.

El episodio que comentamos contrapesa aquella afirmación: el que persevera en un buen propósito verá colmadas sus esperanzas.

 

Nos parece que el siguiente comentario de San Agustín tiene algo que ver con lo que intentamos esbozar:

 

“La parte paralizada de Jacob significa a los malos cristianos, de modo que en él se dan la bendición y la claudicación.

Es bendito Jacob por parte de los que viven bien, y cojea por parte de los que viven mal. En el mismo hombre se dan ambas cosas ahora. Pero algún día se hará la reparación y la distinción.

Eso es lo que la Iglesia desea, cuando dice en el salmo: Júzgame, ¡Oh Dios!, y discierne mi causa de la gente no santa… (Ps. 42, Iudica me)

Ahora la Iglesia es coja. Hinca bien un pie, pero el otro es inválido.

Atended hermanos, a los paganos. Hallan, a veces, cristianos buenos que sirven a Dios, y se admiran, son atraídos y creen.

Pero a veces ven los que viven mal y dicen: “¡Mira a los cristianos”. Esos que viven mal corresponden al tendón del muslo tocado y se han secado…”

 

(Sermones. V: El combate de Jacob con el ángel)

 

Y lo que Agustín distingue en el trigo y la cizaña que se da en la Iglesia, no sin apartarnos de su sentir, podemos aplicarlo a cada hombre en sí mismo:

Hay días que peleamos con Dios por ser buenos, y otros, luchamos por salirnos con la nuestra: caminamos rengueando…

 

Pero recordemos que es preferible llegar rengueando, antes que tirarse para siempre en el camino, sin sueños, sin ángeles hermosos que revoloteen sobre nuestras cabezas endurecidas en la almohada de la vida y sin la emoción sublime de pelear con la belleza misma.

 

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P. Ismael

Eminentísimo Cardenal

 

 

 

Ladran, Alfredo…

sigues cabalgando…

 

 

Ottaviani

 

 

Citábamos al paso ayer, la saña que no ha disminuido en nada, del progresismo resentido, llegando a hacer de quien fuera en su tiempo Prefecto de la Congregación del Santo Oficio, una figura arquetípica del conservadurismo absurdo, intransigente y obtuso.

El paso del tiempo lo ha convertido en una suerte de caricatura de un Torquemada del siglo XX y la furia de los renovadores de entonces y de hoy vuelve una y otra vez sobre la persona de un hombre humildísimo y de gran piedad y sabiduría.

Vendrá muy bien, para quien no tiene otra referencia sobre el Cardenal Alfredo Ottaviani, a modo de síntesis, la profunda y sentida homilía del Beato Juan Pablo II, con ocasión de sus exequias.

Esto es lo que pensaba y expresaba el Papa de aquel guardián de la Fe, digno antecesor de Ratzinger, en quien pondría su mirada – la del Espíritu Santo- para sucederle al poco tiempo.

 

 

HOMILÍA DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

Basílica de San Pedro
Lunes 6 de agosto de 1979

 

Ecce sacerdos magnus, qui in diebus suis placuit Deo et inventus est iustus (cf. Sir 44, 16-17): Son éstas las primeras palabras que espontáneamente me vienen a los labios en el momento en que ofrecemos a Dios el sacrificio eucarístico y nos disponemos a dar el último adiós al venerado hermano cardenal Alfredo Ottaviani. Realmente ha sido un gran sacerdote, insigne por su religiosa piedad, ejemplarmente fiel en el servicio a la Santa Iglesia y a la Sede Apostólica, solícito en el ministerio y en la práctica de la caridad cristiana. Y ha sido al mismo tiempo un sacerdote romano, es decir, adornado de ese espíritu típico, quizá no fácil de definir, que quien ha nacido en Roma —como él nació diez años antes de finalizar el siglo XIX— posee como en herencia y que se manifiesta en una adhesión especial a Pedro y a la fe de Pedro e incluso en una exquisita sensibilidad por lo que es y hace y debe hacer la Iglesia de Pedro.

Por esto, he hablado de "fidelidad ejemplar", y ahora que él ha muerto, después de una larga y laboriosa jornada terrena, resulta más fácil reconocer esta fidelidad como característica constante de toda su vida. Realmente la suya fue una fidelidad a toda prueba; sin intentar recorrer las fases de su actividad en los diversos ministerios a los que le llamaron su gran talento y la confianza de los Sumos Pontífices, él se distinguió siempre por esta cualidad moral, cualidad singular, cualidad que quiere decir coherencia, dedicación, obediencia. Como Sustituto de la Secretaría de Estado y luego Asesor, Pro-Secretario, Pro-Prefecto y Prefecto de la entonces Congregación del Santo Oficio; como prelado, obispo y cardenal, demostró poseer esta cualidad como divisa que le caracterizaba y le identificaba ante los ojos de cuantos —y eran muchos, tanto dentro como fuera de Roma— lo conocían y estimaban. Siendo responsable del dicasterio al que institucionalmente está delegada le tutela del sagrado patrimonio de la fe y de la moral católica, manifestó esta misma virtud con un comportamiento de atención perspicaz, en la convicción, objetivamente fundada y en él cada vez más madura por la experiencia de las cosas y de los hombres, de que la rectitudo fidei, esto es, la ortodoxia, es patrimonio irrenunciable y condición primaria para la rectitudo morum u ortopraxis. Su elevado sentido jurídico, que ya en edad juvenil le había convertido en maestro aplaudido y escuchado por muchas generaciones de sacerdotes, lo sostuvo en el trabajo tenaz que desarrolló en defensa de la fe.

Siempre disponible, siempre pronto a servir a la Iglesia, él captó también en las reformas el signo providencial de los tiempos, de manera que supo y quiso colaborar con mis predecesores Juan XXIII y Pablo VI, como ya lo había hecho con Pío XII, e incluso antes con Pío XI. Su existencia se ha gastado literalmente por el bien de la Iglesia santa de Dios. Nuestro hermano fue en todo y siempre homo Dei, ad omne opus bonum instructus (2Tim 3, 17); y esto sí, esto es una referencia de orden esencial, esto es un parámetro válido para encuadrar bien la fisonomía espiritual y moral.

Fue además un hombre de gran corazón sacerdotal: son muchos todavía los que lo recuerdan en su ministerio cotidiano en medio de los muchachos y de los jóvenes del Oratorio de San Pedro, que lo tuvieron —junto con otros sacerdotes y prelados romanos no olvidados— como amigo y hermano, y mejor diría, como padre, solícito y afectuoso. Esta presencia suya no era una evasión para superar la fatiga tediosa de los papeles de oficina y de los compromisos burocráticos, sino una exigencia que brotaba espontánea, intencionada y generosa de un programa sacerdotal: era un servicio que le exigía su vocación.

Había nacido pobre en el barrio popular del Trastévere, y a este origen hay que atribuir su tierno amor y su solicitud preferencial por los pobres, por los pequeños y por los huérfanos. Y ahora precisamente son estas almas inocentes las que —al lado de tantos sacerdotes y laicos que recibieron del cardenal Ottaviani la luz de la sabiduría, la lección de la sencillez, la medicina de la misericordia— interceden por él ante el altar del Señor, para que se le acelere el premio destinado al "siervo bueno y fiel" (cf. Mt 25, 21).

Por singular coincidencia, este rito fúnebre se desarrolla a la misma hora en que, hace exactamente un año, estaba para dejar este mundo mí amado predecesor Pablo VI. Y me complace evocar con vosotros la voz robusta y emocionada del cardenal que, el 21 de junio de 1965, anunció públicamente la elevación al Pontificado del cardenal Giovanni Battista Montini. En el tono mismo de sus palabras, que, por lo demás, repetían la acostumbrada fórmula latina del Habemus Papam, se traslucía la satisfacción del antiguo maestro que veía exaltado a un colega y amigo, tan digno de estima, que abriría en la Iglesia y para la Iglesia una época intensa, prometedora. Uno y otro, en sus respectivas situaciones de responsabilidad, con la obvia diferencia de su propia personalidad, han terminado ahora ya el ciclo de la existencia terrena, para entrar definitivamente —como todos deseamos y pedimos— en ese Reino en el que los había introducido en esperanza su ardiente e intrépida fe.

A uno y a otro conceda ahora el Señor el descanso en su luz, en su paz. Amén.

P. Ismael

 

María Magdalena, la que busca entre los muertos…

María Magdalena

“Noli me tangere”  Correggio

 

Este año no tiene lugar la celebración de la fiesta de Santa María Magdalena, por ocurrir un día domingo.

Igualmente no quisiéramos dejar pasar la ocasión para decir algo de tan formidable figura de los Evangelios.

 

Aunque los textos de la tradición litúrgica se hallan entremezclados y confundan, bajo la autoritativa influencia de San Gregorio Magno –cuya vibrante homilía se lee en el Breviario Romano- , detalles que suman al único perfil de Santa María Magdalena, no dejan de presentar a nuestra mirada de fe un asombroso conjunto que nos conmueve profundamente.

Conforme a la exégesis más cuidada y minuciosa, en los Evangelios podemos distinguir tres Marías de temperamentos diversos, al igual que sus vidas, pero con un destino común que les cupo en suerte a quienes dejaron que el Señor entrase en ellas: ya nadie será el mismo…

 

Encontramos en los Evangelios.

Una pecadora innominada: Lc 7, 36-50

María de Magdala (Magdalena o Madalena): Lc 8, 2. También ella aparece en los cuatro relatos de la Pasión (Mt 27, 56-61 y //). En la resurrección (ibid. 28, 1 y especialmente Jn 20, 11-15)

María de Betania: la hermana de Lázaro y Marta (Lc 10, 39-42; Jn 12, 1-8)

 

Vamos a detenernos en un texto seguro, en el que podemos captar bastante de la personalidad de esta Santa, patrona de pecadores arrepentidos y de penitentes.

La vemos presente en el momento crucial de la muerte del Señor, junto a Su Madre y el Discípulo amado, entre otros: “Junto a la cruz de Jesús esta de pie su madre, y también la hermana de su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena” (Jn 24, 25) y será ella la elegida por Cristo Resucitado como primera testigo y apóstol de los apóstoles (Jn 20, 1-18)

“Así hacen los que buscan alguna piedra preciosa u otra cosa de gran valor que perdieron: que muchas veces vuelven y revuelven el mismo lugar que ya vieron, para ver si, por ventura, hallarán las postreras veces lo que las primeras no hallaron” (Fr. Luis de Granada, Una suma de la vida cristiana, Libro III, cap. XL)

 

Los ángeles que se aparecen sentados uno a la cabecera y otro a los pies donde había sido depositado el cuerpo de Jesús le dicen:

“Mujer, ¿por qué lloras?...Porque se han quitado a mi Señor, y yo no sé dónde lo han puesto” (v 13)

“Bien parece estar fuera de sí esta santa mujer, pues cuantas palabras pronuncia tantas ignorancias dice. Porque, lo primero no responde a propósito ni entiende lo que le preguntan, porque no entiende más de lo que ama ni tiene sentido para otra cosa.

Y demás de esto, llama señor al hortelano, que era demasiada cortesía para quien tan bajo oficio tenía. Y junto con esto no habla por nombres, sino por pronombres, diciendo: Si tú o tomaste, dime dónde lo pusiste, porque yo lo llevaré. Apréciale que todos estaban en lo que ella estaba y que así no había necesidad de más declaración.

También parece disparate presuponer que el hortelano andaba tomando los cuerpos de los muertos, y mucho mayor, ya que por algún misterio lo hubiese tomado, que luego por una palabra lo diese a quien no conocía.

Todo esto obraba el amor, el cual tan santamente la hacía errar, aunque mayor yerro era tener al Señor delante y no conocerlo; porque como estaba enferma de amor, de tal manera se le habían oscurecido los ojos con esta enfermad que no veía a quien veía, porque veía a Jesús y no sabía que era Jesús” (Fr. Luis de Granada, Una suma de la vida cristiana, libro III cap XL)

 

También a nosotros el dolor, por muy justificado y santo que pueda ser, muchas veces nos vela –con la profusión de sus lágrimas humanas- el descubrimiento de Cristo vivo en los más diversos dramas de nuestra existencia.

No queremos asumir que el dolor es el gran maestro del encuentro con el Señor y que quien no conoce la “desesperación” de no hallar al Señor, en realidad no ha comenzado su camino en la fe cristiana.

¿Qué sabe el que no ha sufrido? ¿Qué de lo humano puede comprender quien no sabe lo que es perder “el amor”? ¿Y qué sabe del amor cristiano quien se no se ha preguntado alguna vez no sé dónde han puesto a mi Señor?

¿No podría ser acaso ésta la angustia de tantos cristianos de nuestro tiempo?

“NO SÉ DÓNDE LO HAN PUESTO”

 

Teólogos, pastoralistas, opinólogos, visionarios, devotos, renovadores y tantos etcéteras de todos los tiempos, han dicho, dicen: “no está aquí”; “está allí”…

Y allí van las manadas abandonadas, ayunas de doctrina y verdadera vida espiritual buscando, tanteando, errantes… como ovejas sin pastor.

No debemos asustarnos o avergonzarnos si hoy, locos como la Magdalena, damos vueltas en espiral en torno a la fe que debiera ser nuestra seguridad (el sepulcro vacío) y buscamos una y mil veces y no hallamos al Verdadero y Único Jesucristo.

¿Dónde ha puesto al Señor?

¿Nos lo robaron? ¿Nos lo cambiaron por un clon irreconocible?

No nos referimos a la imaginería religiosa que ha ido mutando con las culturas.

Nos referimos a los contenidos de fe, desde Nicea a Trento.

¿Es Cristo el mismo, ése del que la carta a los Hebreos dice que es el mismo, ayer, hoy y siempre?

¿Si Cristo es el mismo? ¿Cómo no puede ser la misma su doctrina, su moral, su Evangelio?

¿Dónde lo han puesto?

 

Revísense con paciencia, en especial ciertos escritos contemporáneos y establézcanse columnas comparativas con la doctrina de la Tradición más antigua que el mismo Evangelio.

Bajo la muletilla ambigua de los llamados “signos de los tiempos” (vulgata postconciliar usada sin discreción y reductivamente ) uno de los cuadernillos de la Fundación Lluís Espinal (Barcelona, Nº 178, 2012) de la autoría de Javier Vitoria, dedica su inocultable antipatía a la Tradición, en un extenso artículo (fundamentado en su “larga experiencia”) instruyendo al lector que la Iglesia aún no entiende, ni lee los “signos de los tiempos”.

 

Transcribo algunos párrafos:

Estamos ante la imagen canónica de una Iglesia piramidal, muy alejada de la conciliar. La jerarquía en sus distintos niveles –desde el más elevado (el obispo) hasta el más bajo (encargado de la parroquia)- está en condiciones de hacer y deshacer a su antojo (bastante razón tiene en esto, pero quiere llegar a otra cosa) Nada se lo impide. Por una razón bien sencilla: no existen controles jurídicos del ejercicio de su poder (también para uds. los jesuitas) La Iglesia se convierte así en un campo abonado para los desmanes de los ottavianis de turno, que “haberlos, hailos” (como para los Benellis, Bugninis, etc. que tú quisieras resucitar ¿no?)

Recientemente González Faus (*) ha recordado que el Vaticano enseñó que “la verdadera Iglesia de Cristo “subsiste” en la Iglesia católica, pero no se identifica con ella (LG 8) (Esto es una magnífica mentira. No dice así el concilio. Tómense la molestia de leer el texto, preferentemente sobre la versión latina) y que esa enseñanza es precisamente, y significativamente, la que con más afán pretenden desmotar los no aceptan el Vaticano II”. Hoy quizás urja recordar una enseñanza complementaria del Concilio, que igualmente se pretende dejar de lado: la Iglesia católica-romana no es el Reino de Dios, sino solamente su anunciadora, su servidora, su germen y su principio (seguro que no estás pensando en los fieles cristianos del este Ortodoxo)

Pero nuevamente debo insistir con el Concilio en algo que se pretende ocultar: el espíritu es el ama del Cuerpo de Cristo que lo constituye el Pueblo de Dios (¿quién lo niega) y a quienes tienen autoridad en la Iglesia les “compete ante todo no sofocar el Espíritu y retener lo que es bueno.

La imagen pública de la Iglesia católica contradice y oculta esta enseñanza conciliar. Quien la contemple desde fuera no será capaz de sospechar estas palabras del Concilio. Más bien parece que el Espíritu sólo es “principio de vida” para la jerarquía y, SI SE ME APURA, SÓLO PARA EL PAPA. Todo aquello que quede fuera de las consignas oficiales es reprimido o prohibido por los jerarcas, sin intentar probarlo todo para quedarse con lo bueno… Se ha renunciado al diálogo como único medio evangélico de buscar la verdad y crear comunión y se ha optado por la impoisición con “el rodillo” del PODER Y DE LA AMENAZA, que nada tien que ver con Jesús…

 

Me pregunto en que mundo vive este señor!!!

Tergiversa, le sigue picando Ottaviani y no se curó del complejo sesentista: debe ser bastante mayor ya, sospecho, aunque no quiero tener el gusto de conocerlo personalmente.

¿Qué jerarquía amenaza? ¿Qué obispo tiene poder? ¿Quién estima el magisterio petrino?

Hacia el final, como buen pedagogo el editor, propone preguntas “comprometidas” para la reflexión.

Retengo ésta:

2. ¿Qué vientos de cambio te parece que corren por la Iglesia en estos días de encrucijadas y aturdimiento? ¿Es posible averiguar dónde sopla el Espíritu y en qué dirección, para dejarnos mover por él y no por “otros aires”, AUNQUE SOPLEN DESDE LA CURIA VATICANA?

 

Si yo fuese manipulador de los textos como él diría lo de Caifás:

“¿Qué necesidad tenemos ya de testimonios…?

 

¿Queremos más vientos de cambios?

¿No nos ha bastado el vendaval, el tsunami que ha destrozado la piedad de los fieles, la fe en los sacramentos, y fundamentalmente en las verdades básicas de la Fe cristiana para transformarnos en un cocoliche que pierde día a día los que llamamos en teología católica “motivos de credendidad”?

¿Quiénes generaron los aturdimientos de desobediencia y confusión en estos días?

¿Si el Espíritu les sopla a ellos? Porque no dicen directamente que Roma es la gran Ramera? Lutero no llegó a tanta hipocresía.

¿El espíritu de los vientos de cambio no se ha saciado aún con lo que ha arrasado?

 

Los cristianos orientales, a los que se los inciensa nada más que en las ponencias teológicas experimentales y en alguna que otra ceremonia litúrgica; los cristianos orientales que no se animaron a convocar ningún concilio ecuménico después del III de Constantinopla, no conocen el cuasi sintagma: vientos de cambio.

Será por esto que no se sigan preguntando dónde han puesto al Señor, porque ya tienen su fe afirmada en el mismísimo Sepulcro vacío del Redentor y no se plantean la hipotética y blasfema teoría de un sepulcro con su respectivo cadáver.

 

Un sacerdote amigo, árabe, de rito Bizantino, me hacía hace poco el siguiente comentario: “Padre, estamos asistiendo a los funerales de la Iglesia”.

Seguro que él nunca leyó ni conoció a Ottaviani.

Y en cuanto a los Concilios, le sobran con los primeros que fueron la base de la fe cristológica.

Y en cuanto a los vientos, tiene todo el aire de fuego del Crisóstomo, Atanasio, Basilio y el gran denostado Cirilo Alejandrino.

Y en cuanto a ver a Cristo presente en los tiempos actuales, el viento que le sopla es el del amor a los pobres a los que alimenta personalmente en su olvidada y modesta parroquia, a la que no la afectó, ni Bugnini, ni los jesuitas.

 

Volviendo a la Magdalena.

Por insistir y mirar dónde ya nada se veía, mereció encontrar lo que deseaba.

Así como uno desesperadamente revisa una y mil veces el sitio donde dejó algo que ha desaparecido.

“Dime dónde lo pusiste y yo lo buscaré…”

Estos alquimistas de la fe, se reirán de ella, buscarán contradicciones en la redacción del cuarto Evangelio, recurrirán a las prescripciones judaicas que prohibían transportar un cadáver y más un día de Pascua…

Pero la verdad que ella fue apóstol de los Apóstoles.

 

En el mencionado cuaderno, entre otros reproches a la Iglesia(todos viejos, ninguno nuevo… poco original el hombre…) está la postergación de la mujer.

Se ve que Jesucristo ya tenía resuelto esto. Porque fue una mujer la primera en reconocerlo, cuando Él la llamó: “¡María!”.

Pero para la pobre gente, esa gente que estos portavoces del “magisterio paralelo” quieren preservar del olor a rancio de la Tradición, se prolonga el dolor de la búsqueda:

¡No saben dónde está puesto el Verdadero Cristo Resucitado!

Porque del Sacrificio de la Misa, la Presencia Real en la Eucaristía, y el verdadero viento de los dones del Espíritu Santo; en el supradicho cuadernito, en sus cabezas y en su predicación:

Nada de nada.

 

El dolor de los “verdaderos pobres” –aquellos a quienes se les ha sustraído la fe- tendrá sí, porque la Fe misma nos lo asegura, su recompensa: aquel grito y aquel abrazo contenido: ¡RABBONNI!

 

(*) el gran inflado “cristólogo” español

 

 

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P. Ismael

Los nuevos Borgia

“Si non caste, tamen caute”

¿Y si probamos con la virtud?

 

César Borgia

François Arnaud, en el papel de César Borgia.

Serie “Los Borgia”

 

“Que no se le imponga al pueblo un obispo que el pueblo no desee". "Aquel que debe presidir a todos debe ser elegido por todos". "No se debe ordenar obispo a nadie contra el deseo de los cristianos y sin haberles consultado expresamente al respecto".

 

Seguro que no pocos lectores pensarán que estas tres afirmaciones están tomadas de algún documento de los movimientos cristianos de base o de colectivos de teólogas y teólogos contrarios al actual sistema de nombramiento de obispos. Pues no. Son textos de los siglos III y V. El primero pertenece a san Cipriano (principios del siglo III-258), obispo de Cartago, quien consideraba "de origen divino" el derecho del pueblo a elegir a sus pastores. Su propia elección episcopal fue muy discutida.

Los dos siguientes corresponden a León Magno, papa de 440 a 461, el más importante del siglo V, que frenó la marcha de Atila sobre Roma. Y no son excepción en la literatura teológica de la época, ni se limitan a reflejar un ideal a conseguir.

 

Los cito como una brevísima antología que podría ampliar con otros muchos testimonios en la misma dirección. La elección de los obispos por el pueblo fue una práctica habitual en la historia de la Iglesia durante el primer milenio.

Agustín (354- 430) y Ambrosio (340-397) se vieron obligados a aceptar su elección como obispos de Hipona y de Milán, respectivamente, incluso contra su voluntad, porque fueron aclamados por la comunidad cristiana. También Paulino de Nola (355-431), amigo de Agustín, Ambrosio y Jerónimo, fue elegido obispo por aclamación popular, siendo sacerdote casado.

El concilio de Calcedonia (año 451) se opuso a la ordenación de aquellos candidatos que no estuvieran vinculados a una comunidad, hasta el punto de declarar inválida esa ordenación. El obispo o sacerdote que dejaba de presidir una comunidad, volvía al estado laical.

A veces la elección era muy reñida, y se producían altercados si no se respetaba la voluntad del pueblo. Algo parecido sucede hoy, pero no porque la comunidad cristiana participe en la elección de los obispos, sino porque ésta se hace al margen suyo e incluso en contra de sus deseos.

 

En la tiranía de lo relativo en la que estamos chapoteando, acostumbrados a un escándalo hoy y mañana tranquilizando beatíficamente la conciencia con alguna frasecilla de autoayuda, basados en lo que brillantemente Brunero Gherardini (*) ha llamado la “Vulgata del Concilio” con su colección de términos irritantes a cualquier intelecto que tenga algo de sentido común (y traspasado ello al lenguaje del mundo) los slogans: “pastoral”; “comunión”, “desafío”, “simpatía con el mundo”,“utilidad de los fieles”; “peculiaridades culturales…” –que en su momento nos empacharon los que venían con la fresca oleada de primavera posconciliar, parece que logran –no logran un rabanito- que los incautos (por no decir nueva generación de supersticiosos y superficiales christifideles )se vayan convenciendo, o al menos aceptando de hecho que las cosas deban ser así como son.

 

En la década de los sesenta un trío de astronautas americanos y la magna comitante caterva (expresión de Virgilio, citada por Gherardini) de los Padres Conciliares, llegaban a la luna.

Unos para sacarse una veintena de fotos, y los otros para producir una veintena de documentos que aún no terminamos de explicar, como lo pide a gritos el sentido común, la Tradición de la Iglesia y con su suavidad acostumbrada, el Pontífice reinante (¿reinante’) De la luna muchos no volvieron y los que volvieron muchos quedaron “lunáticos”.

 

La “hermenéutica de la continuidad” suplicada por el Santo Padre, exige aclaraciones de profunda teología que dejamos para quienes perdieron su tiempo en las Universidades romanas (y ganaron en lo humano) y que disuelvan las gigantescas contradicciones que de facto se producen entre los altisonantes documentos (pastorales) del Concilio y las bochornosas resoluciones canónicas (que siempre basada en la caridad, para con ellos mismos, obviamente) se contrastan mutuamente.

 

A propósito de uno de los últimos escandaletes episcopales en nuestro país, dos cuestiones que desearíamos –entre tantas- se resolviesen con toda claridad y totalmente despojadas de hipocresía.

Muchísimos católicos “piadosos” viven deplorando la corrupción de las costumbres del mundo contemporáneo, los crímenes contra la vida, las nuevas formas de constitución de la vida sexual de las personas, las desigualdades sociales, etc. Y está bien.

Pero está demasiado. Demasiado porque desplazan cuestiones dogmáticas de fondo que no terminan de cerrar y que hacen de aquellos caballitos de batalla una pantalla de distracción sobre la repelente corrupción de muchos de nuestros obispos.

Y digo nuestros, por estética literaria, nada más. Así como por estética canónica, se ha aplicado el cánon 401…

 

La primera cuestión es que el obispo, como nos lo han enseñado hasta el paroxismo, es el Pastor Ordinario y propio de una determinada porción del Pueblo de Dios, llamada Diócesis, que junto a su presbiterio, mostrándose solícitos por todos los hombres y por todas las iglesias, están “desposados” con sus propias comunidades (diócesis) al modo como Cristo amó a su Iglesia y se entregó por ella… (Cf. TODO EL DOCUMENTO “CHRISTUS DOMINUS”; TODA LA “LUMEN GENTIUM”, TODA LA “PRESBYTERORUM ORDINIS”, TODO EL CONCILIO)

 

Ahora bien, si Cristo no tiene más que una sola Esposa, que es la Santa Iglesia – diseminada por todo el mundo en las llamadas “iglesias particulares”, según el uso de la vulgata del Concilio; el obispo diocesano, por seguir el símil con el sacramento del matrimonio, ha de desposarse con Ella, y Ella con él, amándola, cuidándola, etc. “tanto en la salud como en la enfermedad, tanto en la prosperidad con la adversidad”…

 

El Canon 401 de Código de Derecho Canónico, en el par. 1 le ruega al Obispo diocesano que, cumplidos los 75 años de edad, presente la renuncia a su oficio al Sumo Pontífice, el cual proveerá, etc., etc.

 

Muchísimas personas con 75 y hasta 95 años –por extremar- gracias a los avances de la ciencias médicas (¡que, como tantísimas otras ciencias, tanto ha alabado el último concilio!) cuentan con una salud física y mental verdaderamente envidiables, amén de una riquísima experiencia de vida.

Sabemos que las sociedades que dan espacio a sus ancianos (los que verdaderamente merecen el sentido bíblico de tan gran calificativo) son sociedades de gran experiencia, sabiduría, prudencia y con escasas posibilidades de desatinos y malos ejemplos, entre otras cosas…

 

Si es teológicamente cierto, aproximado a la fe, sentencia probable, o verdad de la mencionada vulgata, que el obispo se desposa con su iglesia particular, nos preguntamos en qué situación esponsal queda a la hora de pasar a formar parte del nutridísimo número de “obispos eméritos” que tenemos en la universa ecclesia.

¿Es que la iglesia particular, como la “viuda negra” o como la “reina de la colmena” se deshace del macho fecundador cuando se pone viejo?

¿Es que un padre deja de ser padre y esposo cuando pasa los 75 años?

 

¿Por qué un padre no puede seguir cumpliendo sus funciones de padre -¡Y tanto dice el concilio que el obispo lo es!- por más que exceda los 75 años?

Obviamente que no soy tan absurdo que esté pensando que un prelado con el seso perdido pueda seguir gobernando una diócesis…

Es más, muchos que tienen muchos menos de 75, deberían ser removidos por insanos mentales.

¿Se tenía miedo a una “gerontocracia”? ¿O a gente con experiencia que recordara que los experimentos hay que dejarlos para Einsten, Pasteur, y otros salvadores de la humanidad?

 

¿Mediante qué causa formal o instrumental, obispos tan jóvenes –sobre todo hoy con la “creatividad pastoral” y libido tan activa- asumen de la noche a la mañana la “paternidad” por un documento de identidad (llamado solemne e irrisoriamente “Bula”) comienzan a tener sentimientos de comprensión por miles y miles de fieles y sacerdotes que no conocen? ¿Hasta aquí llega el “ex opere operato”?

Y aunque muchos olvidaron la escolástica, esto se lo tienen bien masticado: basta sentarse en la cátedra para pontificar… “En la cátedra de Moisés…”, dijo Alguien…

 

Quisiera encontrar una respuesta coherente, no jurídica.

Al multiplicarse de ésta manera el número de mitrados jubilados e incrementarse la “sangre joven” entre los sucesores de los apóstoles, uno se pregunta acerca de su efectividad pastoral, es decir apostólica.

 

En tiempos de Toribio de Mogrovejo –Patrono súper aclamado del Episcopado Latinoamericano- ¿cuántos obispos viajan de aquí para allá convocados para asambleas plenarias, comisiones permanentes, asambleas ordinarias, equipos episcopales para las diversas áreas de la pastoral de la Iglesia?

¿Han incrementado los frutos de santidad en el pasivo “pueblo de Dios”?

¿Cuántas veces visitó la misma parroquia el mencionado Toribio? ¿Cuántas declaraciones a la “prensa” de su tiempo hizo? ¿Cuántas campañas de batifondo publicitario en las que invirtiera el dinero y la estólida ilusión de los fieles?

 

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Y lo segundo, que tiene que ver con el parágrafo 2 del mencionado canon.

Se menciona una enfermedad u otra causa grave que disminuyera su capacidad para el desempeño de su oficio.

El canon pareciera desconocer que los obispos han sido concebidos, ellos también, en pecado original.

Los últimos escándalos, que –COMO SIEMPRE DEFINEN LOS VOCEROS- son calificados de “imprudencia”, “desconcierto de los fieles”, son eufemismos por: sacrilegio, traición a Jesucristo y Su Iglesia, engaño a los fieles, doble vida.

 

¿Sanción moral? ¿Deposición del cargo? ¿Degradación?

No señores, esas son cosas de la época inquisitorial.

Con ellos toda la comprensión. Muy bien. Que se tenga la misma comprensión con los que piensan distinto en otras materias…

Nada se improvisa en la vida. Lo dijimos muchas veces.

“Un abismo llama a otro abismo”.

Los abismos de las infidelidades personales, llaman a los abismos del encubrimiento y la complicidad.

 

Pero no son los pecados de la carne de estos señoritos monseñores los que me preocupan. No diré que me alarman (porque la alarma suena cuando comienza el incendio, y aquí ya estamos casi en cenizas). Simplemente digo con Chesterton: “No queremos que la Iglesia se mueva con el mundo, queremos que la Iglesia mueva al mundo” y que “para entrar a la Iglesia, hay que sacarse el sombrero, no la cabeza”.

La cabeza ve muy claro que el problema de los que estos señores hacen no reside en su bragueta, sino en su modo de concebir el sacerdocio: allí está el verdadero problema. Con lo cual, el que terminen yéndose (porque fueron descubiertos, no por la valentía de cortar con el Señor al que no podían servir) es lo mejor que puede pasar.

Pero aquí no termina todo.

 

Es que parece que nada hubiera pasado. Siempre bajo capa de prudencia y caridad, entre ladrones se cubren: un obispo que renuncia por mantener una “relación sentimental” con una mujer (relación sentimental ¿mandarle flores?) quiere “humildemente” (¿alguna vez fue humilde?) continuar como simple sacerdote trabajando a favor de los humildes…

 

Los que decimos o escribimos estas cosas, somos los negativos, los pesimistas, los derechosos, los “tradis” resentidos, los trogloditas de siempre. Los que deberíamos vivir y dejar vivir para que no se nos quemen las neuronas…

 

Es fácil ser optimista prefabricado mientras las cosas te van bien. Siempre que estamos bien somos buenos…

Estamos. Estoy. En soledad.

No esperamos más.

 

Y si yo pudiera decirle alguna palabra; una palabra de alguien que no vale nada, que no sabe nada, al Beatísimo Padre, de rodillas le imploraría que cree un “Seminario para obispos” y allí los tenga en Roma por tres años con él. Porque Pedro y Pablo sabían bien a quienes imponían las manos… Y el Santo Padre lo que tiene ante sí son los papeles (y también las presiones) de los obispos “enamoradizos” de los Nuncios comodones y las Conferencias Episcopales que le obedecen en lo que les conviene…. Santo Padre, perdóneme: ¡así le está yendo!

Y un último atrevimiento, Amado Santo Padre: ¿por qué no vuelve al bolillero? ¿por qué no prueba como con San Matías y echa suertes?

 

Tal vez, tengamos mejor suerte.

 

San Matías

 

San Matías, Apóstol.

Electo por el Dedo de Dios

 

 

 

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P. Ismael

 

(*) “Vaticano II: Una explicación pendiente” Ed, Peripecia, Madrid, 2001