“Cuando era protestante yo notaba que mi religión era seca y triste, pero no mi vida; sin embargo siendo católico mi vida es triste y seca, pero no mi religión”

(Beato Card. John Henry Newman)

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Solo con Él…

“Hominem non habeo…”

(Jn 5, 7)

 

 

 

 

 

AMPLEXUS

 

 

San Bernardo, AMPLEXUS

 

 


No es gratuito que haya llamado SOLEARES a este rejunte de mis pensamientos.

 

Casi siempre nos elige.

Algunas veces, la elegimos.

Depende de qué la llenemos.

Y, como decíamos hace poco, re-signamos el sentido de nuestro camino.

 

Al fin de cuentas, Jesús alternó entre las multitudes ávidas de milagros, el selecto grupo de los Apóstoles, algunos amigos, la caterva de los pontífices y la más íntima soledad con el Padre.

Por más que toda la tradición ascética y mística del cristianismo, al igual que las exhortaciones magisteriales nos propongan la identificación con Cristo, por más aproximación a su misterio, su vida y enseñanzas, cada hombre sabe –excepto que sea panteísta o esté tocado por la varita de la fatuidad- la insondable y abismal distancia que nos separa del Señor.

 

No en vano toda la tradición veterotestamentaria considera al Señor como El Qadosh, el cortado, el separado…

 

Jesucristo vino a enseñarnos: Estote vos perfecti, sicut et Pater vester caelestis perfectus est…

No quiero decir que la identificación con Cristo no signifique una gradual aceptación de la voluntad de Dios, un despojamiento del hombre viejo, un revestirse del hombre nuevo, una participación de la gracia divina…

No negamos nada de lo que la teología clásica de la gracia explica acerca de esta participación del hombre –por donación absolutamente gratuita de Dios- en la filiación divina y en esa transformación del alma hasta adquirir lo que se ha llamado la capacidad de ser “consortes” de la divina naturaleza.

 

Pero el hombre conserva su propio odre. Está contenido en su existencia concreta. Y aunque toda su voluntad se haga una con la divina, aquello de ser “otro Cristo”, admite muchos distingos.

 

Pensar como Cristo, sentirnos en su propia carne, su alma, sus sentimientos; si aún desde lo humano es una empresa titánica, mirando con verdad su condición divina (de la que quiso “despojarse”, anonadándose, haciéndose semejante a nosotros, tomando la “forma de siervo”) ello no separa de su Persona la Unión Hipostática, por la cual, manteniendo cada naturaleza lo que le es propio, constituye del Hijo de Dios un ser absolutamente único e irrepetible: el HOMBRE-DIOS.

Siendo ello así, no diremos ninguna herejía, si afirmamos que el Señor no se percibía a sí mismo del mismo modo como nosotros nos percibimos.

Aún en los momentos más duros de su vida terrena, es de verdad católica que nunca se separó esa Unión y que el Señor, “vivía” en una constante unión contemplativa de la beatitud que emanaba de su naturaleza divina, unida hipostáticamente a la naturaleza humana.

La soledad del hombre Jesús, con todo lo que la permisión del Padre dispuso que fuese padecida por su Hijo, no puede decirse que sea exactamente como la nuestra.

Él mismo había dicho: “Yo sé que nunca me dejas solo”.

Vengo corriendo el riesgo de ser catalogado por el ocasional lector, de “pesimista”.

Frente a mi “riesgo” está su libertad, la que no puedo menos que respetar.

“Omnis homo mendax”, dice el Salmista. Todo hombre es falaz, o mentiroso, si queremos ser más serviles traduciendo…

¿Por qué la soledad me eligió, o más bien, por qué la voy eligiendo – ciertamente a la fuerza- como una forma de vida o “sobrevida”?

 

Mi defensa de la soledad

 

Yo no sé si existe la “esencia” o la “naturaleza” humana, tal y como las estudiamos desde los diversos sistemas filosóficos; lo que sé es que existen “hombres”. A la “humanidad” nunca me la encontré a la vuelta de mi casa. Para ver a los “hombres”, me basta asomar la nariz a esta sociedad en la que vivo y descubrirme vivo yo mismo.

Nos han formado en los grandes principios. Hemos tenido brillantes formadores y maestros de los principios, conocedores de las esencias, las propiedades, y demás características de la humanidad.

Contradictoriamente estas célebres mentes capaces de describir los más intrincados movimientos de la naturaleza, suelen demostrar una paladina ignorancia para entender a un hombre, a una persona en concreto.

Saben lo que es el sacerdocio, pero no pueden comprender a un sacerdote.

Definen con toda la batería documentaria la esencia y las propiedades del matrimonio cristiano (y también las de toda unión) pero no entienden a Fulanita y Menganito.

Las precarias alianzas que vamos haciendo a lo largo de la vida con la gente que se nos acerca están siempre condicionadas por aquello en que podamos “servirle”. Y con esta cantinela del servicio como ley suprema de nuestra existencia, tal vez lleguemos al convencimiento subjetivo que hemos servido mucho a la Iglesia y a la sociedad. Subjetivo digo, porque no puedes saber qué caracoles has podido lograr con este oficio de sacerdote-bombero que es siempre llamado cuando el incendio está en lo más volcánico de su punto.

 

Los compañeros sacerdotes

 

Los “buenos”. Ortodoxos, engominados, externamente impecables, con la sonrisa, la disculpa y la invitación siempre listas.

Invitación inocultablemente interesada: sus propios intereses personales, o, para no ser tan injusto, los intereses de sus grupos (utilizo este término genérico para no dar pistas de su filiación).

“Afán apostólico”, que le dicen, a saber “pescarte” para su bolero de Ravel… Una repetición circular in crescendo con un final (que me perdone el compositor) que pareciera que no sabiendo cómo resolverlo, lo acaba con un derrumbe orquestal.

Ésa es mi experiencia con los buenos y piadosos sacerdotes, siempre dispuestos a la obediencia, al “nihil sine episcopo”, NISI, en aquellas cosas que tengan que ver con la vida interna de sus “grupos”.

Están dispuestos siempre a ayudarte. Ellos a ti. Desde su torre ebúrnea dónde no padecen las vulgares penurias de un pobre cura secular que tiene batallas por todos los flancos de su vida: desde la cocinera (que generalmente no la tiene) hasta el obispo (que generalmente es un ausente, o un vitando)

Pero tendrás que ayudarlos tú a ellos, especialmente con tu metálico, a sostener “labores” maravillosas, heroicas, universales, en tanto que el techo de tu casa se descascara sobre tu calva.

Los sacerdotes “progres”

Por más que te vistas a su uso, que te aparezcas en sus fraternas reuniones masticatorias luciendo un atuendo a la moda “Padre Pinto”, serás siempre el “cuervo”, el troglodita.

Si te llaman una vez para que les des una mano en alguna tarea, no lo harán una segunda: tu estilo “escandaliza” a los fieles.

 

Los seminaristas

 

“Sine pecunia, sine verecundia et cum apparentia sanctitatis”. Así se los definía otrora simpáticamente… La definición sigue valiendo, pero sin simpatía alguna.

Siempre a la pesca de algún “padrinazgo”. Si el tuyo les conviene, te “adoptan”, agasajándote con sus periódicas visitas, la interminable enumeración de sus pesares, especialmente los económicos y la protesta irrebatible de que quieren ser como tú (¡Oh modelo del sacerdocio!) y serás eternamente su padre espiritual.

Lo cierto es que no llegas ni a tío postizo.

Su debilidad y flojera espiritual –sin contar la nesciencia de su formación- nos prometen un clero digno de competir con la gran masa eclesiástica que dominaba los siglos XIV y XV.

 

El laicado

 

Alabado y superexaltado como el fermento en la masa, la manus longa de la jerarquía, protagonistas potenciales de las megalómanas ideas de alcanzar sitios políticos donde impartir la justicia social de la Iglesia, mutantes en una especie subdiaconal que los convierte en “ministros” intermedios entre el clero que menosprecia su poder sacramental y el simple fiel de Misa dominical.

Una síntesis, nada más, es lo que podemos hacer aquí de las múltiples interferencias e intercambios en roles, funciones y principalmente ese sentirse interiormente con una misión que cumplir, directamente descendida del cielo.

A la hora de la verdad –y es verdad que debe ser respetada- no pueden estar más que en el sitio que les corresponde: su propia casa, su familia, su trabajo.

Pero han embarcado a su cura en una tarea que descansará, a la larga sobre sus espaldas y que las más de las veces terminará extinguiéndose en el boscoso jardín de los proyectos de pastorales de conjunto.

 

Y tus amigos…

 

Laicos o curas, jóvenes sobre todo.

Serás su paño de lágrimas, el espacio de sus largas horas muertas, principalmente cuando no tienen el corazón ocupado en algún afecto que les llene lo que en el fondo desean llenar.

Allí estarán, colmados de inquietudes intelectuales, grandes dramas existenciales, trabajos sin futuro y la desafiante pretensión de que les respondas como un oráculo a los bizantinismos de cierta etapa de la vida.

Casi siempre tendremos algo más que la mera sensación de que nos han robado el tiempo. Más. Creo que casi lo deseábamos, ¡porque no teníamos en qué emplearlo! Y su cariñosa y promisoria compañía nos hizo sentir vivos…

 

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Y ahora (en esto nomás) me siento como Santa Teresa, que confesaba haberse disparado de su intento inicial y debiera confesar: “tornando pues a aquello que pretendía decir…”

Que con esto de poner ejemplos, lo que pretendo describir es el estado tan particular de nuestras soledades.

Pero para darme a entender bien, debo, en mi caso, aclarar que la más tremenda de las soledades es la de no ser “entendido”.

Y digo “entendido”, no en el sentido de comprensión personal, contención afectiva, etc. Sino que me refiero a una acertada comprensión de lo que uno quiere “explicar”, “clarificar” en la mente de aquellos que Dios pone a nuestro lado.

Gran injuria le haría al Señor, si dijese que Él no tuvo experiencia de ello.

Basta recorrer el Evangelio para darnos cuenta cuánto le costó la comprensión de sus más allegados y cómo en ocasiones esa incomprensión le causó fastidio… “¿Hasta cuándo tendré que soportaros?”…

 

Es entonces que no tengo otra respuesta para mí que esta soledad es constitutiva de quien sepa lo que ha recibido cuando le fue conferido el Orden Sacerdotal.

 

Hace bastante decíamos que siempre ha de haber un espacio vacío para Dios.

Ahora bien, este vacío no se logra simplemente dejando abierta una ventana para que las cosas se vayan cuando quieran, si quieren irse.

A veces será necesario, aunque parezca una brutalidad (hay santas brutalidades) tomar una escoba… y barrer… o sacar a escobazos…

La caridad nos exige muchísimas veces perder el tiempo con nuestro prójimo.

Y otras tantas no permitir que nos roben un instante de la soledad que Dios nos exige.

 

Solos. A nuestro modo.

¿Igual que Cristo?

Cada uno lo sabrá.

¿Seremos como Él?

El lo sabe.

Respeto la entidad de la soledad: no es solamente ausencia.

Ella es toda realidad cargada. Cargada de humanidad.

Quiera Dios que yo intente divinizarla.

 

Y porque nada deja de tener su poesía en esta vida, y en estas “soleares”, transcribo este sugestivo poema de García Lorca.

 

 

 

 

(Homenaje a Fray Luis de León)
Difícil delgadez:
¿Busca el mundo una blanca,
total, perenne ausencia?

Jorge Guillén

 

 

Soledad pensativa
sobre piedra y rosal, muerte y desvelo
donde libre y cautiva,
fija en su blanco vuelo,
canta la luz herida por el hielo.
Soledad con el estilo
de silencio sin fin y arquitectura,
donde la planta en vilo
del ave en la espesura
no consigue clavar tu carne oscura.
En ti dejo olvidada
la frenética lluvia de mis venas,
mi cintura cuajada:
y rompiendo cadenas,
rosa débil seré por las arenas.
Rosa de mi desnudo
sobre paños de cal y sordo fuego,
cuando roto ya el nudo,
limpio de luna, y ciego,
cruce tus finas ondas de sosiego.
En la curva del río
el doble cisne su blancura canta.
Húmeda voz sin frío
fluye de su garganta,
y por los juncos rueda y se levanta.
Con su rosa de harina
niño desnudo mide la ribera,
mientras el bosque afina
su música primera
en rumor de cristales y madera.
Coros de siemprevivas
giran locos pidiendo eternidades.
Sus señas expresivas
hieren las dos mitades
del mapa que rezuma soledades.
El arpa y su lamento
prendido en nervios de metal dorado,
tanto dulce instrumento
resonante o delgado,
buscan ¡oh soledad! tu reino helado.
Mientras tú, inaccesible
para la verde lepra del sonido,
no hay altura posible
ni labio conocido
por donde llegue a ti nuestro gemido.

 

 

 

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P. Ismael

Telarañas de mi rincón

Hace más de doce años, moría Josesito, un joven vecino de mi antigua parroquia del barrio L., arrebatado de la vida por un absurdo accidente, fruto de la imprudencia y el desenfreno…

 

Recuerdo una de sus últimas frases, tan graciosa, como tautológica, la última vez que cenamos en la casa parroquial con sus amigos: ¡¡¡yo, si me llego a morir, me muero!!!

 

Juntando viejos cuadernos, encontré lo que escribí en aquella ocasión, y quiero recordarlo en este sitio que tal vez tenga poco que ver con él, o tal vez, su fugaz paso por nuestras vidas, tenga bastante que ver. El Señor lo sabe.

Para él era una fiesta cuando me cruzaba al taller de sus amigos a compartir algún festejo y escucharlos. No le he olvidado. La muerte de un joven es un sermón muy fuerte.

 

Aunque ella no conoce este texto, quiero dedicarlo a su siempre dolorida madre.

 

 

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A Josesito,

en tu entierro.

(31-I-2000)

Los ángeles volvieron la cara

con espanto

cuando la helada muerte,

corderito rubio,

rebanó tus sienes.

Y por un instante tembló

la madrugada que se vestía

de decencia.

¡Cómo te desgarraron ese cuerpo

de tibia cera

que tanto amaste,

y esos tus vidriosos ojos garzos!

Porque amabas sin saberlo

el abismo de la muerte

que sembraste en la carne

de tu sacrificio sin sentido.

No te diste cuenta.

No nos dimos cuenta, y ahora

ya es muy tarde…

¡Qué efímero pasaste,

adolescente primitivo,

pequeño fauno

con ilusiones de atlante!

Y ahora es nada

porque el dolor cierra la esfera

de tu edénico mundo

de embriaguez y blanca arquitectura…

Y en la oscuridad de ese cofre que te supera,

los silicatos y el alumbre

apresuran los ángulos de tu cráneo,

y las blondas de organza

arropan tu sexo frío…

Ya no oyes los gemidos de tu madre

y las gotas del hisopo

no llegaron a rociarte…

Porque estás todo encerrado.

Porque no pudimos verte,

Ni tantas manos que estrechaste

tocar aquella cabeza

de cordero casi inocente.

En tu mismo aburrimiento

de cachorro solitario,

aún estás sentando

haciendo nada

en las tardes del verano.

Me raspa en la mejilla

tu beso viril y tu mano

me saluda en una esquina

de domingo futbolero.

Dios te dé su blanda paz

y el mejor amor

que en este mundo no se encuentra.

Aquí quedó tu risa.

y también el olvido de los

egoístas…

Su camino no era el tuyo.

Fue tu tiempo.

El que Dios te tenía reservado.

El único sacramento

que tuve tiempo de darte,

fue hacerte reír y

tal vez que comprendieses

que Dios no estaba tan lejos…

 

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P. Ismael

Toda hermosa eres María!

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Tiépolo. La Inmaculada Concepción

 

El 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX proclamó el Dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, mediante la Bula “Ineffabilis Deus”.

Este Dogma acerca de la Concepción Inmaculada de María, significa que “la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente.....”

 

La Iglesia, no obstante, ya venía desde hacia muchos siglos profesando una gran devoción a la Virgen Inmaculada, habiendo testimonios de muchos santos, como San Francisco de Asís (siglo XIII), que no solo tenían esta devoción, sino que la exteriorizaban para extenderla.

El Papa Sixto IV, en el año 1483, prácticamente cuatro siglos antes de la proclamación del Dogma, extendió la celebración de la Fiesta de la Concepción Inmaculada de María a toda la Iglesia de Occidente.

 

Quisiéramos, una vez más, con corazón de niños y fe de apóstoles meditar en las maravillas que Dios ha obrado en la persona de Su Madre Santísima, a quien todas las generaciones llamarán Bienaventurada

 

Lógicamente se puede plantear esta reflexión desde los más variados ángulos y perspectivas que ofrece, pero desde aquí solo se pretende un objetivo: llamar la atención ante este singular acontecimiento y lograr entre todos un conocimiento más completo y más perfecto, no solo de este importante Dogma sino de todo lo que es y representa la Santísima Virgen en la vida del hombre contemporáneo.

 

Vivimos inmersos en un mundo que busca resultados fáciles e inmediatos en todo aquello que emprende. Que no quiere perderse en demasiados romanticismos, porque los objetivos que se marca los quiere conseguir rápidamente.

Quiere ser dueño de su libertad, aunque no pocas veces de forma paradójica, somete esta libertad a dependencias o esclavitudes que, por más sutiles que se le presenten, no dejan de tener un resultado inadecuado y hasta cruel en la mayoría de los casos.

Todo ello representa una realidad que se empeña en esconder los valores más nobles que lleva el corazón humano y de los que la Virgen María dejó buen testimonio a lo largo de su vida terrena.

 

Detenernos ahora en exponer todas las virtudes que vivió María, sería una larga tarea que no admite la extensión de esta reflexión, pero sí podemos detenernos en alguna más significativa que emana de su Concepción Inmaculada y que para nosotros puede resultar significativa y de un gran valor.

La rectitud de intención y la pureza de su corazón, emergen en María inmediatamente que el Arcángel San Gabriel comienza a hablarle en la Anunciación.

 

El Arcángel empieza saludándola en Nombre de Dios y Ella lejos de sentirse halagada y perdida en su propia complacencia, dice el evangelio que “se conturbó por estas palabras y se preguntaba que significaría aquel saludo”.

No entra en cavilaciones sobre un hecho realmente extraordinario que a cualquiera le envolvería poniéndole en una situación especial, precisamente por el ambiente extraordinario que se había creado por la presencia, nada menos, que de un Arcángel, de un enviado de Dios.

 

En su silencio meditativo espera más explicaciones y el Arcángel le detalla la pretensión de Dios sobre Ella, manifestándose inmediatamente su rectitud de intención y pureza de corazón que apuntábamos más arriba, pues lejos de aceptar a ciegas y asegurar para sí tan altísimo privilegio, expone los argumentos que le parecen hacen imposible lo que le ha dicho el Arcángel.

“¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”, le dice María a Gabriel. Y solo cuando él le explica cómo va actuar el Altísimo, Ella acepta con toda sencillez, transparencia y rotundidad: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.

 

Sin duda que este episodio, decisivo en la historia de la humanidad, es la consecuencia del privilegio divino por el que María ha sido concebida sin pecado original, pero que en ningún momento menoscabó su libertad como criatura humana y, por tanto, con la capacidad suficiente para aceptar o rechazar al igual que cualquier hija de Adán.

 

Estas dos virtudes de María, la rectitud de intención y la pureza de corazón, son tan significativas en el entorno que vivimos, como importantes y necesarias.

 

En las relaciones humanas y a todos los niveles posibles, se observa que el hombre cae fácilmente en la tentación de acomodarse a lo que sea, con tal de ir logrando todo aquello que se tiene marcado como objetivo o que se le va presentando para un mayor interés personal. En una palabra, no presenta todas las cartas, no las pone, como se dice habitualmente, “boca arriba”.

Ello supone abandonar la rectitud de intención que debería acompañar siempre a la persona en cualquier acto o relación humana, aunque a veces pudiera verse perjudicado por haber actuado con transparencia y honradez.

 

De igual forma podemos decir de la pureza de corazón, aunque en esta virtud de María el hombre encuentra una inagotable fuente de luz para una vida como la actual en la que precisamente la pureza está tan atacada, tan abandonada, tan mal vista y tan vilipendiada.

Contrariamente, en las Bienaventuranzas el Señor Jesucristo marcó muy alto esta cuestión de la pureza cuando dijo: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

Es imposible alcanzar la pureza en cualquiera de sus manifestaciones en la vida humana sin cuidar y cultivar la pureza de corazón, con todas las exigencias que ello conlleva.

 

Es verdad que los atractivos que tantas cosas de este mundo presentan en el orden de las comodidades y de los placeres,  no hacen fácil vivir la pureza a imitación de María, pero si se quieren alcanzar los frutos del Espíritu Santo, se ha de trabajar por lograr que la propia vida tenga en activo la gran virtud de la PUREZA.

Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. Por tanto, son la garantía de una vida a imitación de María, nuestra Madre y nuestra Guía.

Y garantía de nuestra felicidad…

 

Recordamos con nostalgia y gratitud aquel felicísimo día de nuestra Primera Comunión, o de nuestra Primera Misa: Santa María en modo alguno estuvo ausente en aquel momento, el corazón palpitaba intensamente y nos asíamos con fuerza de aquella Madre que nos llevaba al Altar, para la más profunda y perdurable de nuestras “comuniones”.

 

 

 

estrella

 

O viridissima virga, ave,
quae in ventoso flabro sciscitationis
sanctorum prodisti.
Cum venit tempus
quod tu floruisti in ramis tuis,
ave, ave fuit tibi,
quia calor solis in te sudavit
sicut odor balsami.
Nam in te floruit pulcher flos
qui odorem dedit
omnibus aromatibus
quae arida erant.
Et illa apparuerunt omnia
in viriditate plena.
Unde coeli dederunt rorem super gramen
et omnis terra laeta facta est,
quoniam viscera ipsius frumentum protulerunt
et quoniam volucres coeli
nidos in ipsa habuerunt.
Deinde facta est esca hominibus
et gaudium magnum epulantium.
Unde, o suavis Virgo,
in te non deficit ullum gaudium.
Haec omnia Eva contempsit.
Nunc autem laus sit Altissimo.

 

 

O verdísima vara, ave
Que, en el soplo de viento
de la pregunta de los santos brotaste.

Cuando vino el tiempo
en el que floreciste en tu rama
Ave, salve
porque el calor del sol se destiló en ti
como el olor del bálsamo.

Pues una flor hermosa surgió en ti
la cual dio su perfume
a todas las especies
que estaban secas.

Y todas aquellas reaparecieron
en pleno verdor.

Del cielo enviaron rocío sobre la hierba
y toda la tierra se alegró,
ya que su vientre produjo el trigo
y las aves del cielo hicieron nido en ella.

De aquí fue hecho el alimento para los hombres
y la gran alegría para los comensales.
Por lo cual, oh dulce Virgen,
En ti no falta ninguna alegría.

Eva despreció todas estas cosas.

Ahora entonces alabanza sea (dada) al Altísimo.

 

(Hildegarda de Bingen)

-Traducción Ma. Esther Ortiz, UCA-

 

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P. Ismael

La rosada ansiedad del Adviento

un gozo anticipado…

 

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Jesús, dulce fruto de María, flor de la Raíz de Jessé

(ícono moscovita)

 

Período de santa confianza y recogimiento, el Adviento difiere del tiempo de Cuaresma en muchos aspectos, por más que con el transcurso de los siglos, especialmente en el VII, por influencia monástica haya querido equiparse a ésta en cuanto a los rigores del ayuno y la austeridad.

Por el contrario el tiempo del Adviento es el de una contenida respiración del alma ansiosa por la llegada de Aquel que ha de venir y no tardará…

 

El más destacado de los domingos de Adviento es el III, llamado Gaudete, por las palabras del Introito de la Misa que pone la clave del espíritu de este gozoso día:

Gaudete in Domino semper, iterum dico, gaudete…

Alegraos siempre en el Señor, otra vez os lo digo, alegraos.

Es pues este misterioso espíritu de alegría que se mixtura con las inquietudes humanas de la sociedad y de los individuos, inmersos como estamos en las cosas de este mundo tambaleante.

 

Sobradamente conocida es la nota del tono rosáceo de los ornamentos que junto con el IV domingo de Cuaresma, se usa solamente dos veces al año.

Un rubor inocente de la Iglesia virgen, que ya sabe lo que viene…

El rosado, un morado atenuado, anticipa la alegría por lo que ha de venir y nos animan a vivir el espíritu de sacrificio que a pocos días imprimirán las Témporas del Adviento, siendo éstas en la antigüedad las más importantes del año. Tanto que aún muchos ministros sagrados (subdiáconos, diáconos y presbíteros) reciben en estos días las Sagradas Ordenes.

 

A partir del 17 de diciembre, la Iglesia hace resonar en el Oficio de Vísperas las llamadas “Antífonas Mayores”, o antífonas “O”, por comenzar todas ellas con la piadosa exclamación O (Oh!) a modo de gemidos que el Espíritu pone en el corazón de los fieles para apurar la llegada del Deseado de las Naciones.

Para Amalario de Metz, estas antífonas, probablemente datan del siglo VII y son de origen romano, fueron hasta 10, pero San Pío V fijó el número septenario.

Cada una de ella hace referencia a un título cristológico, constituyendo verdaderas piezas de poética teología bíblica.

 

Son las siguientes:

O Sapientia = sabiduría……. Veni   (Ven)

O Adonai = Señor poderoso Veni…

O Radix Jesse= raíz, renuevo de Jesé (padre de David) Veni…

O Clavis David = llave de David, que abre y cierra… Veni…

O Oriens = oriente, sol, luz… Veni…

O Rex Gentium = rey de paz Veni….

O Emmanuel = Dios-con-nosotros. Veni…

 

Puede encontrarse el texto completo y la traducción castellana en

http://es.wikipedia.org/wiki/Ant%C3%ADfonas_de_Adviento

 

 

Como dijimos, comienzan a recitarse desde el 17 al 24 de diciembre.

Invirtiendo su orden se forma un curioso acróstico:

ERO CRAS

“Estaré mañana”

Es la respuesta de Cristo a Su Iglesia que clama por su pronto advenimiento.

 

En España principalmente, desde el siglo VII, se celebra a Nuestra Señora de la “Expectación”, o María de la O, teniendo su oficio mucho en común con el de la Anunciación y habiendo dado a populares composiciones del alegre cancionero español.

 

En fin, que el Domingo Gaudete nos ayude a examinarnos sobre el sentido de la verdadera alegría, mejor digamos GOZO. Porque la traducción adecuada es GOZAOS.

Que es cosa bien distinta. Uno puede estar gozoso (que es un estado interno del alma que posee un determinado bien) y no necesariamente “alegre” que tiene más bien una connotación externa.

Cuántos tendrán en estos días pocos motivos para la manifestación externa de su gozo, pero a nadie ha de faltarle el gozo interior por la proximidad de la salvación que, por voluntad divina, a todos quiere alcanzar.

 

El misterio del Adviento, no es otra cosa que el traspaso a la liturgia de la presente vida del hombre: una constante tensión esjatológica por la llegada de Aquel que ha de juzgar a este mundo y sabemos que ya vino en la humildad de nuestra carne.

 

Entre las Antífonas O, señalemos la que llama al Señor que viene “Raíz de Jessé”

Entre otras consideraciones notemos la importancia que le asigna toda la Escritura Santa al origen de Cristo “secundum carnem”.

El no es un alienígena. Proviene de una raza y una familia humana.

Una familia que aguarda la plena realización de las promesas en la Persona Adorable del Mesías, verdadero hijo de David, de Jessé.

 

De allí que durante este tiempo resuena constantemente en la liturgia el clamor de la Iglesia a su Divino Esposo:

Rorate coeli desuper…

Aperiatur terra, et germinet salvatorem…

 

Se trata de dos acciones:

La de Dios, significada por el fecundante rocío celestial que podemos relacionar con la sombra del Espíritu que hizo Madre a la Virgen Santísima.

La humana, sublimemente encarnada en María, que como tierra fecunda, aportando la Santísima Humanidad de Cristo, germina al Salvador: la flor de la humanidad redimida.

 

Por ello ningún otro tiempo litúrgico podría considerarse más “humano” que este: es propio del hombre esperar la realización de las más preciadas promesas.

Y Dios es siempre fiel. A pesar de las infidelidades del hombre.

En las genealogías del Jesucristo no se oculta la existencia de personajes que tuvieron sus serios defectos.

Y ello es garantía de redención.

 

Siglos y siglos de expectación brotaron en el rosado seno de Nuestra Señora…

Muchos quisieron ver ese día y no lo vieron…

Dichosos nuestros ojos, porque ven y nuestros oídos, porque oyen.

 

Aunque nuestra vida de cada día no siempre se vista de rosa. Y ya mañana volvamos al morado de la renuncia del discípulo de Cristo, en permanente estado de Adviento.

P. Ismael

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NOTA:

El color rosado no fue abolido por el Novus Ordo. Cf. nº 308, f) “Normas Generales del Misal Romano”

Quien tenga complejos con el rosa, pero se sienta bien hombre por dentro, no deberá tener respeto humano.

soleares de mi sacerdocio

Sante Francisce, qui conscius puritatis

ac sanctitatis ad sacerdotium requisitae,

ab eo pro reverentia abstinuisti: ora pro me:

Ut et ego munus tam sanctum et sublime

condigne aestimare ac honorare studeam.

 

(Letanías eucarísticas)

 

 

 

 

QUO VADIS painting-annibale-carracci-1602

Quo vadis?”

A. Carracci

 

 

 

 

Cuando en mis manos, Rey eterno, os miro
y la cándida víctima levanto,
de mi atrevida indignidad me espanto
y la piedad de vuestro pecho admiro.


Tal vez el alma con temor retiro,
tal vez la doy al amoroso llanto,
que, arrepentido de ofenderos tanto,
con ansias temo y con dolor suspiro.


Volved los ojos a mirarme humanos,
que por las sendas de mi error siniestras
me despeñaron pensamientos vanos;
no sean tantas las desdichas nuestras
que a quien os tuvo en sus indignas manos
vos le dejéis de las divinas vuestras.

 

(Lope de Vega)

 

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Si a nacer volviera,

ten seguro Señor Paciente

que ni un ángel me convenciera

de no ser otra cosa en la vida

que un poeta penitente…

 

En el dolor y el amor de un nuevo aniversario de mi indigno sacerdocio. Queriendo escapar y temblando ante el Señor que me sale al encuentro y me dice:

Quo vadis, Petrus?”

 

P. Ismael

 

 

 

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El corazón maduro

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El Corazón de Jesús. Pompeo Batoni. Gesù, Roma


Logro auténticamente humano, si lo hay, no podrá ser otro que el dominio y posesión íntima de esa misteriosa víscera que nos diferencia de los ángeles (seres amantes, pero eviscerados) que en todos los lenguajes ha significado la profundidad más abisal de las cuerdas de nuestra voluntad: el corazón.


Hace pocos días celebrábamos con el calendario tradicional la fiesta de la Maternidad divina de María, instituida por S.S. Pío XI para conmemorar la definición dogmática de Éfeso.


Vinieron a mi recuerdo los primeros dibujos que aprendí a trazar cuando mi madre me llevaba mi mano de niño: entre ellos, el infaltable corazón que, ora atravesado de una flecha, ora como la flor de una planta exótica y con las más diversas formas improvisábamos sobre mi cuaderno de ilustraciones caseras.


Todavía está en mi memoria visual un curioso diseño que ella dibujara sobre el universo infinito de mi imaginación plástica y que me hizo entender por vez primera algo de la grandeza e insanabilidad del corazón humano.


Las figuras que trazábamos en general eran de formas graciosas, pero ella, hacia el final de los numerosos corazones dibujados, hizo uno que sombreó con la fuerza del lápiz rojo en el interior de su borde negro: me sorprendió muchísimo. ¿Mamá, por qué pintaste ese corazón casi negro? Y sus ojos, sus hermosos ojos castaños –los más hermosos y tristes que he visto en mi vida- me respondieron: “hijo, este es mi corazón”.


Allí se cortó la conversación y la clase de dibujo.


Nunca he olvidado el episodio y creo que fue a partir de allí cuando comencé a entender el carácter sufriente de su existencia que los años desplegarían en su pasión.


Al final de sus días, cuando la religiosa que la cuidaba la sentaba junto a una imagen de la Macarena, quedó pasmada al comparar el asombroso parecido de los ojos de Nuestra Señora con los de aquella anciana que ya casi no tenían luz. Lo que sí tenían era la misma tonalidad violácea que los circundaba. Tonalidad que yo conocía muy bien porque se había formado en ellos con el paso de sus años sufrientes y porque los ojos son las ventanas de todo corazón.


Sé que amó con todas sus fuerzas y sé también cuánto le costó amar, cuánto lloró: no recuerdo un día en que su pena andaluza no le brotara a raudales por aquellos soles que fueron siempre mi consuelo y mi dulzura.


Ella, que jamás había leído el “Laberinto de amor” de Marechal, poeta-teólogo de quien la separaban apenas unos veinte años, había vivido y retratado en su doméstica lección para su hijo aquella verdad tan cierta en materia de amor que el poeta porteño –fallecido en 1970- insertó en uno de sus más vibrantes poemas metafísicos:


Dirás al que reproche tu color extremado:

“Si el corazón madura, va del rojo al morado”


Cuando Marechal afirma que "si el corazón madura va del rojo al morado", no define un diagnóstico científico sobre disfunciones cardíacas, sino que sentencia, poética y sapiencialmente acerca de la madurez humana interior a través de la experiencia del sufrimiento. O cuando, casi de pasada, sentencia gráficamente – tomando como ejemplo esos laberintos que aparecen en las revistas de crucigramas, intrincados en el desarrollo del camino de salida en el plano horizontal, pero visibles desde lo alto -, que de soluciones inalcanzables para la debilidad humana, nos salva el recurso a Dios. Es el doble y profundo sentido de su dicho:


“En su noche toda mañana estriba:

De todo laberinto se sale por arriba”


Se abandona el ilusionado y prefabricado amor edulcorado que tiñe de bermellón los corazones juveniles, y brota el morado intenso de una cuaresma que no termina para el alma que ha madurado en el amor verdadero: para el corazón que madura su tonalidad será otra.


Un corazón se pone morado cuando, desencantado de los amores del mundo, divinamente endurecido para sus encantos, se añeja en el dolor del amor a la Cruz y sale por arriba de los intrincados vericuetos del amor puramente carnal que tiñe siempre a nuestra víscera en un rojo, casi rosado, demasiado optimista para ser real.


Siempre me ha inquietado el justo medio que ha de buscarse entre el optimismo prefabricado y el pesimismo militante: una suerte de piedra filosofal que de hecho sirva para vivir de veras.


Lo que me enseña la auténtica liturgia es que el cristiano no encuentra su madurez más que en la renuncia sin cortapisas, en el desprecio de los goces terrenos y en la esperanza en la vida eterna que no defrauda: todo ello va amoratando el corazón.


Y esta pátina que lo recubre por fuera, pues por dentro su sangre se espesa con el dolor de la propia pasión, lo hace fuerte: auténticamente un corazón crucificado.


Por eso, aquellos que pasan del rojo al morado son los únicos a los que me animaría a llamar cristianos, aunque ellos se hayan enterado poco del imperativo evangélico estote vos perfecti, sicut et Pater vestris coelestis perfectus est. Su perfección les viene de su pasión real.


Y allí en sus intimidades precordiales se ha producido la verdadera madurez: no el optimismo engañosamente transitorio, como así tampoco la irremediable amargura del hombre en su estado natural.


¿Quiénes tendrán una vida cardiológicamente espiritual más sana que un Francisco de Asís con sus miembros estigmatizados, una Teresa de Ávila con el corazón trasnsverberado y otros tantos con la delicadísima víscera incorrupta después de su muerte porque durante su vida el morado de la penitencia sustituyó al rojo, aún inmaduro, de pasiones superficiales?


¿Qué sabe de la vida –aún la natural y humana- aquel que no ha sufrido?


¿Qué sabe el alegre inconsciente que mixtura las efímeras alegrías humanas con la Sangre del Señor que comulga con indiferencia?


Los alegres despreocupados, los animalitos sanos, los groseros, los de corazón de muñeco, deberían causarnos verdadera pena, en tanto que los corazones que alcanzaron el tinte borravino del dolor se nos presentan como traslúcidas imágenes del Amor Crucificado que quiso que de su corazón ya sin latidos, brotasen todavía frutos de redención para los hombres…


¡Cuánto les ha enseñado la decepción del rojizo amor humano y cuánto los purificó el morado Amor Divino!

Duele. Pero madura…


Ellos son los que blanquearon sus vestiduras en la Sangre del Cordero y ofrecieron ese corazón dilatado en el dolor sobre el trono del Viviente y del Cordero.


Ellos son los que con sus venas coaguladas, a fuerza de dolor de amor, del laberinto engañoso de la vida, comprendieron que se sale por arriba, vestidos de morado, para recibir la blanca túnica nupcial en el cielo.


Algunas frutas necesitan de las heladas invernales para alcanzar su utilidad y sabor auténticos, en especial los citrus.


Como mi corazón nada tiene de fruta tropical y sí mucho del acidulado limón, sé muy bien que las heladas pasadas y venideras que cada invierno de esta vida le deparen, serán otras tantas oportunidades de revestirlo de ese color tan poco conocido del amor.


Y de ese color de amor desearía que me revistiesen los ornamentos sacerdotales, cuando la corteza de mi cuerpo se despida de este mundo.


P. Ismael


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Soleares pascuales


meditación

sobre un fragmento de una vieja carta

a mi amigo Jerónimo


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La cena de Emaús  (Rembrandt)


Cada día le pido a Jesús que se quede conmigo porque atardece.


Mi vida atardece, mis proyectos ya son noche. Sé muy bien que para todos los hombres cada día atardece.


Y sé también, que muchos viven como si en lugar de atardecer sus vidas fueran amaneciendo. Son formas. Son maneras.

Pero inexorablemente todos atardecemos.


No obstante este sentimiento de ir dejándolo todo me ha plantado en el misterio de Emaús. Me siento envuelto en esa luminosidad del cuadro de Rembrandt, en una luz rojiza y dorada, en un clima de encuentro con el Señor Resucitado, sin que siempre pueda reconocerlo, porque mis ojos están "detenidos"...


Pero me doy cuenta que "es el Señor" cuando parto el pan.

No sé por cuánto tiempo me dejarán partir el pan. Tengo la sensación que llegará un momento, para que mi cruz sea cruz, en que los poderosos querrán atarme de nuevo las manos.


Por ahora me siento envuelto en la luz de la salita de Emaús. No quiero salirme de allí. No me interesa volver a Jerusalén para contarle esto a los "Apóstoles".


Me quedaría allí siempre, mirando la silla donde se sentó el Maestro, recogiendo cada miguita de la mesa, manteniendo la luz... Y cada mañana dejaría todo en orden para que al atardecer del círculo diurno pudiera encerrarme de nuevo y esperar el preciso momento en que se hizo presente.


Yo también, como Cleofás, creía que Él sería el que salvara a Israel, y ya ves... han pasado casi treinta años desde que sucedió aquello y el drama del Calvario se me hace cada día más estable, y las "resurrecciones" menos frecuentes y estables... No me dejo ilusionar por los que dicen que lo han visto no sé en qué circunstancias.


Ya dije en cierta ocasión que no creo en los subproductos de la fe. Tal vez tenga –a lo Tomás el Dídimo- cierta envidia de los crédulos. Pero lo que me domina es cierto desprecio. Sí, desprecio los subproductos, las mutaciones, las baratijas espirituales que, como un desesperado intento de supervivencia nos ofrecen hoy los que se consideran "columnas".


Veo que todo atardece, la fe se va oscureciendo y vienen tinieblas y se han llevado el cuerpo del Señor... y tienen los templos... y las llaves de la ciencia... Y no entran ni dejan entrar. Y es fecunda como nunca la esterilidad.


Sí, es lo único que veo que se reproduce: la infelicidad de ser estéril, profundamente estéril, rabiosamente fecundos en su esterilidad. Nada entregan, a no ser el sin sentido de hacer lo que hay que hacer, lo establecido, cumplir la consigna de hacer infelices a un decreciente ejército de eunucos.


No me pidas que me consuele con un supuesto número de fieles del resto fiel. Cuando el Señor murió, murió y estuvo muerto, bien muerto. No pidas que vea la resurrección cuando veo cadáveres ambulantes y todo lo que creí que tenía vida fosilizado. Hoy sigue muerto entre nosotros y agoniza, como decía Pascal, hasta el fin del mundo.


Mi esperanza viene por otros caminos. Viene de mirar al Señor que me ha mostrado cuánto me ama y que perdona que yo sea tardo en entender que el Mesías debía pasar por su pasión para llegar a su glorificación. Hoy ya no le digo nada. Lo miro. Lo miro en mi agonía indigna y en mis intentos de resucitar con Él. Él me está mirando por otros ojos. No son los de sus vicarios.


Acuérdate que Caifás era vicario del Dios Bendito... Me arrepiento profundamente de haber creído alguna vez en los magnates de esta Iglesia. Me arrepiento de mis disimulados intentos de lograr su favor y ser alguien y pensar que con algo de poder podría haber hecho el bien. ¡Que yo siempre entienda que en la debilidad se manifiesta el poder de Cristo!


Para resucitar hay que estar bien muerto. Y a mí me falta morir a mí mismo y a mi pecado. Por eso no puedo ser ni un Savonarola ni un Pippo Neri, dos florentinos con agallas.


Argentino y gallináceo, con roturas en las cañerías y entuertos por componer, poco tiempo me queda para redimir instancias superiores. Pero debo componer mis cacharros, cuidar mis plantas, enseñar teología y las decenas de cosas que me pertenecen, porque son mías y me aman...


Debo cuidar mi rosa, deshollinar mi pequeño planeta, porque son míos y lloran por mí. No puedo, no debo, no quiero desatender sus reclamos. Y si fueran sus caprichos, son más santos que el presunto celo de nuestros obispos! Yo los complacería gustoso.


Así tendré descendencia, seré su padre, más padre que los que anteponen el Reverendísimo a su paternidad bastarda y ladrona.


Yo, por dentro, siempre fui rey. Para eso nací. Lástima que me haya esclavizado de mi egoísmo. Pero creo que todavía puedo ser generoso si aprendo a quedarme en la salita claroscura de Emaús sin esperar otra cosa sino que Él cene conmigo y me muestre su rostro.


Y deje mi corazón ardiendo…

P. Ismael


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Miércoles Santo: el día de la traición

Lamentaciones por mi Iglesia:

Con la indulgente venia de Jeremías

 

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estrella

Aleph

 

¡Qué sola está tu Iglesia, antes llena del pueblo fiel!

La Señora de las naciones se convirtió en viuda sin hijos.

Aquella que enseñaba al mundo es tributaria de sus principios.

 

Beth

 

Su llanto copioso no tiene consuelo y los suyos

se le volvieron enemigos.

 

Guimel

Emigró de su tierra santa y sentada entre los gentiles

no encuentra reposo: sus perseguidores la han alcanzado.

Quisieron abrirla al mundo y el humo satánico

mareó a los buenos.

 

Dalet

 

Sus caminos están de luto y son tan pocos los que

vienen a sus solemnidades.

Sus puertas desoladas, sus sacerdotes corrompidos,

sus vírgenes ridículas; ella llena de amargura.

 

He

Prevalecieron sus enemigos y prosperaron

los que la aborrecían.

El Señor la afligió por sus rebeldías

y sus niños cautivados por violadores.

 

Wau

Ha desaparecido todo el esplendor de su culto,

sus prelados son como ciervos sin pasto

y huyen sin fuerza ante el perseguidor.

 

Zain

Se acordó de sus días de gloria y de los bienes

que antes tuvo.

Cayó su pueblo en manos de los enemigos sin

que nadie le ayudase, sus enemigos la miraron

y se burlaron de su perdición.

 

Jet

Muchos han sido tus pecados, Iglesia Santa,

por eso has sido objeto de aversión:

Cuantos antes te honraban te desprecian

viendo tu desnudez.

Estás sosa y sin luz…

 

Tet

Su inmundicia manchó sus vestiduras sacras

y cayó de manera sorprendente…

Donde había veneración hoy domina la burla.

 

Yod

Echó mano el enemigo de todos tus tesoros:

tus retablos, tus ornamentos, tu latín, tu celibato,

tu unción religiosa, el silencio de tu interior…

Vio penetrar en el santuario la mano irreverente

que ultraja el Sacramento.

Tus asambleas son un circo de gitanos.

Y cualquiera pontifica.

 

Kaf

Todo el pueblo van en busca de pan

mientras tus prelados dicen:

“Denles ustedes de comer”

y en lugar de tu Pan, le dan migajas de superstición.

¿Es esta la Fe que encontrará tu Esposo a su retorno?

 

Lámed

Oh vosotros cuantos pasáis por el camino,

mirad y ved si hay dolor comparable al suyo.

El Señor la ha afligido con el ardor de su cólera.

 

Mem

Mandó Dios desde lo alto un fuego que consume

nuestros huesos, nos arrojó en la desolación

y no tenemos consejeros.

 

Nun

El yugo de nuestras iniquidades pesa sobre nosotros

y no podemos levantarnos.

Merecemos ser pisoteados por tribunales paganos.

 

Sámec

Rechazó el Señor a todos sus buenos guerreros.

Los desprestigiaron por integristas.

Convocó a quienes quebrantaron a los mancebos

con lasciva seducción.

 

Ayim

Por eso lloro y manan lágrimas de mis ojos y mi

alma está sin alivio.

Tus hijos están desolados al ver el triunfo del enemigo

que está adentro y reforma tus mismas oraciones

con que otrora les aterrabas.

 

Pe

Tiende Sión sus manos y nadie la consuela.

Dios permitió que sus enemigos la rodeen

y la ciudad Santa es objeto de abominación.

 

Sade

Justo es Dios, pues fuiste rebelde con sus mandatos.

Contemplad el dolor de nuestra Madre: sus doncellas y

sus mancebos han ido al cautiverio de pastores ladrones

de su fe y su castidad.

 

Qof

Llamaste a tus amigos, pero te engañaron.

Firmaste tus propios decretos de autodemolición.

Tus sacerdotes y cardenales perecen en las ciudades

buscando la Comida que ellos debieran preparar.

 

Res

Mira, Señor, la angustia de tus hijos fieles.

Mira cómo se revuelven sus entrañas por la rebeldía del

error que hizo estragos en el cuerpo de tu Esposa.

 

Sin

Oyen nuestros gemidos y nadie nos consuela:

nos contentan con mentirosas reformas de palabras.

Y el Antiguo Enemigo se alegra de haber sido olvidado,

porque ahora exorcizan a quienes antes lo exorcizaban.

 

Tau

Señor descubre ante tus ojos la maldad del enemigo

y trátalo como nos trataste a nosotros

por nuestras rebeldías.

Muy dolorido está nuestro corazón.

 

¡Jerusalén, Jerusalén, conviértete al Dios que es TUYO!

 

P. Ismael

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