“Cuando era protestante yo notaba que mi religión era seca y triste, pero no mi vida; sin embargo siendo católico mi vida es triste y seca, pero no mi religión”

(Beato Card. John Henry Newman)

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Apoteosis de la Iglesia

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“El triunfo de la Iglesia”, de Pedro Pablo Rubens. Museo del Prado

 

Precedida por el emblema de la tienda constantiniana (la umbrela púrpura y dorada con las llaves de oro y plata cruzadas) la Iglesia avanza triunfalmente representada por una joven sobre la que un ángel suspende la tiara del triple poder pontificio. En sus delicadas manos sostiene un Ostensorio gótico con el Santísimo Sacramento.

Bien en el centro resplandece el Espíritu Santo en figura de paloma, precedido por un ángel que porta una rama de olivo.

 

A su paso son vencidos el demonio y la herejía. El paganismo representado por un fauno de orejas puntiagudas y la incredulidad por el cautivo de los ojos vendados.

En el centro, abajo, la palma de la gloria mundana se quiebra y se retuerce la serpiente infernal

 

En este magnífico cuadro no aparece ningún Papa, ningún obispo, ningún clérigo, ninguna beata…. La Iglesia sigue. La tiara está flotando. La fe la guía. El pueblo puede seguir. Los ángeles son anunciadores y guías.

 

Dios acampó entre nosotros: mientras haya Eucaristía, la tienda sigue plantada, el carro va tirando, el arca navega…

Como el arca de Noé, la Iglesia seguirá, hasta su fin, “per undas saevas, tranquilla”, pasando por entre las aguas procelosas y los embates del infierno.

 

MARIA, AUXILIUM CHRISTIANORUM, ORA PRO NOBIS !!!

 

O RADIX IESSE…

“Fructus eius dulcis”

“Su fruto es dulce”

(Cantar)

 

 

 

RADIX IESSE

La raíz de Jesé. Catedral de Chartres.

 

O radix Iesse, qui stas in signum populorum, super que continebunt reges os suum, quem continebunt reges os suum, quem gentes deprecabuntur: veni ad liberandum nos, iam noli tardare”

 

 

 

“Oh Raíz de Jesé que está de pié como una insignia del pueblo, ante quien los reyes guardarán silencio y ante quien los gentiles orarán, ven a librarnos, y no tardes”

 

 

 

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Jesús es llamado en algunas ocasiones en los Evangelios como “Hijo de David”. Esta expresión aparece en boca de algunos afligidos que se acercaban a Él en busca de sus signos milagrosos.

Habiendo recusado el concepto nacional y político del Rey-Mesías, Jesús nunca se llamó a sí mismo hijo de David.

“Jesús, tomando la palabra, decía mientras enseñaba en el Templo: “¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? David mismo dijo, movido por el Espíritu Santo:

Dijo el Señor a mi Señor:

siéntate a mi diestra

hasta que ponga a tus enemigos

debajo de tus pies.

El mismo David le llama Señor: ¿cómo entonces puede ser hijo suyo? (Mc 12, 35-37)

En modo alguno se trata de un repudio a su dignidad real y davídica, de la cual dan suficiente cuenta las genealogías de Mateo y Lucas.

 

De cualquier forma, sirviéndose con más soltura y frecuencia del título de “Hijo del Hombre” (especialmente en ciertas ocasiones con referencia a Daniel 7, de connotaciones mesiánicas) ello no anula que ese Hijo del Hombre, es hijo de la descendencia de David.

Dice San Lucas: “Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David…” (Lc 1, 26-27) Según estos versículos hay una correspondencia con la genealogía de Mateo que hace de José descendiente de David, ya que ambos acentuarán, como era costumbre, la filiación por parte del padre. Lo que no significa en modo alguno que María no fuese igualmente de la estirpe y familia de David.

 

La historia de David y su preponderancia en la historia del pueblo elegido hace del piadoso y guerrero rey un prototipo del Ungido del Señor.

El fue ungido por Samuel cuando el Señor rechazó a Saúl.

Era el más pequeño de los hijos de Jesé.

Tan sin protagonismo que, cuando el profeta llega a casa de Jesé y quiere ver a todos sus hijos, tiene que preguntarle al final del desfile de los apuestos muchachos, si no le quedaba otro hijo, porque el Señor le había dicho no es éste el elegido.

David era pastor y estaba cuidando el ganado de su padre.

Antes que David fuese David, el Rey era “el hijo de Jesé”. Costumbre muy corriente entre los hebreos y orientales en general de designar a un por el nombre de su padre: los patronímicos, que diríamos nosotros, y que tanto se dan entre los apellidos españoles.

 

El título mesiánico otorgado en este caso por la liturgia en la Antífona de este día, da un salto por encima de David, para llamar al Mesías prometido, Raíz de Jesé.

Isaías había profetizado un descendiente de David sobre el que reposaría el espíritu del Señor con todos sus dones: “Saldrá un vástago del tronco de Jesé, un retoño de sus raíces brotará” (Is 11, 1)

En admirable consonancia anuncia Jeremías: “Mirad que días vienen –oráculo del Señor- en que suscitaré a David un Germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra” (Jer, 23, 5)

Estas bellísimas y fuertes imágenes: Germen, raíz, tronco, vástago, retoño; todas ellas originadas de la vida agrícola, tienen obviamente una clara referencia a la generación humana del Mesías.

 

Las genealogías de los santos evangelios tienen una primera finalidad: demostrar que Jesucristo es verdadero y perfecto Hombre.

En cuanto a su naturaleza humana, que le es otorgada totalmente por María, se puede señalar en Él, como en cualquier hombre, una procedencia, una genealogía, una familia.

¡Qué escándalo para el monofisita y el cátaro de todos los tiempos!

¡Y sobre todo que en los ascendientes de Jesús aparezcan ciertos personajes con “historia”! ¡Y el mismo David tuvo sus “historias”!

El Señor no se avergüenza de reconocerse descendiente, según la carne, de una familia, de una estirpe que aunque elegida por Dios, no dejó de ser nunca humana…

 

¡Qué bien podremos comprender esto todos nosotros, que gracias a Dios no hemos nacido por generación espontánea!

Hemos tenido, tenemos y tendremos en nuestras familias quienes están más cerca y quienes tal vez estén muy lejos de Dios. Y esto que podemos ver en estos miembros de nuestra familia, también puede darse en nosotros mismos…

 

Para que veamos hasta qué punto el arte sacro de la Iglesia ha incorporado con toda “naturalidad” esta “filiación humana de Cristo” hemos encabezado nuestro comentario con una fotografía de un formidable vitral de la catedral de Chartres que ilustra, al igual que numerosas miniaturas del Medioevo, esta imagen de la raíz o el tronco de Jesé.

Aunando dos cosas que la Edad Media supo muy bien hacer y que a nosotros nos cuesta tanto, el anónimo autor del vitral, representa la generación humana con un natural candor y un verismo muy fuerte. La raíz –cualquier observador podrá notarlo- no brota de la cabeza ni del corazón del susodicho Jesé, como tal vez lo hubiera representado una piadosa monjita del período jansenista, o los “fetos con alas”, como describía Don Orione a ciertos seminaristas de su tiempo (dicho sea de paso, ahora no tienen alas…)

 

Ante esta Raíz de Jesé, Jesucristo, el Mesías Rey de reyes, todos lo poderosos de la tierra enmudecerán y los gentiles llegarán a la conversión, dice la Antífona.

La flor más delicada ha producido el fruto más sabroso: María, verdadera Rosa Mística nos ha dado el fruto bendito de su vientre: Jesús.

 

Y la Iglesia cantará enternecida en estos días:

 

“Memento, rerum Conditor,

nostri quod olim corporis,

sacrata ab alvo Virginis

nascendo formam sumpseris”

 

“Creador de todo lo creado,

acuérdate del día en que este suelo

te vio nacer del vientre de una Virgen

vestido con un cuerpo igual al nuestro”

 

(Himno de Navidad Iesu Redemptor omnium)

Traducción: Fco. Luis Bernárdez, “Himnos del Breviario Romano”

 

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Para escuchar la Antífona:

http://www.youtube.com/watch?v=VFE7B-DZ8_w&feature=related

 

 

P. Ismael

La Epifanía, festín oriental

Reges Arabum et Saba

dona adducent.

 

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Fra Angelico. Adoración de los Magos.

(Nótese la delicada caricia del Niño sobre la cabeza del anciano rey)

 

De institución litúrgica mucho más antigua que la Navidad, la fiesta de la Epifanía del Señor, originada en oriente y luego traspasada a Roma, constituye uno de los más espléndidos “estallidos” de teología, arte y “leyenda” que muestre el ciclo cristológico de nuestro Año Litúrgico.

 

La trilogía Adoración de los Magos – Bautismo de Jesús – Primer milagro en Caná, conforma el tríptico teológico-litúrgico de esta festividad, celebrada como la manifestación del gran misterio de piedad a todos los pueblos de la tierra.

En tanto que la Navidad entraña el sentido más intimista de llamado a los pastores (los pobres de Yahvéh –annawin-, que aguardaban el consuelo de Isarel), la Epifanía del Señor es la fiesta más cargada de refulgentes connotaciones a la gloriosa manifestación del Mesías y su llamado universal: Cristo ha aparecido hoy sobre la tierra: venid a adorarlo.

 

Los textos de la Escritura escogidos cuidadosamente por la liturgia son un verdadero festival oriental de luz, colorido y resonancias tan intenso que de las escenas de la vida de Jesús que ha tratado el arte cristiano, no se puede encontrar otra que haya tenido tantas expresiones pictóricas de las que dan cuenta las más ricas colecciones de los grandes museos.

Especialmente el arte flamenco, el italiano, las escuelas italianas y españolas de la pintura cuentan con un número altamente significativo de piezas de paneles, retablos, lienzos y esculturas más cuantiosas que otros motivos de la Vida del Redentor.

Otro tanto podrá decirse de cuánto el carácter “oriental” del acontecimiento ha inspirado antiquísimas leyendas y costumbres inmemoriales.

 

Ello es indicador de lo subyugante del misterio y del encanto que desde la más remota antigüedad suscitó la Adoración de los Magos en la fe y los sentimientos de los cristianos, tanto de oriente, como de occidente.

 

Vamos, por sobre la verdad histórica revelada por el relato de San Mateo, a detenernos en varias y deliciosas leyendas que circulaban en oriente sobre estos misteriosos personajes, a los que el evangelista del ángel llama simplemente “Magos venidos de oriente”, sin decir que se tratara de reyes, ni especificar su número y las circunstancias de su aventurado viaje y entrada en la conmocionada Ciudad Santa de Jerusalén.

 

Escribe Chesterton, refiriéndose a los valores de la “leyenda”: “De toda nuestra cultura surge la noción de que han de venir mejores días.Y los hombres de las Edades bárbaras estaban convencidos de que se habían ido los días felices. Creían ver la luz hacia atrás, y hacia delante adivinaban la sombra de nuevos daños… en cambio, la situación de aquellos hombres era tal, que esperaban, si, pero esperaban, si vale decirlo, del pasado…”  (aut. cit. “Pequeña historia de Inglaterra)

 

Sobre este principio y sobre la base de un original artículo de Juan Francisco Giacobbe * en que sostiene que la leyenda es “una necesidad lírica de la vida, y es, por lo mismo, una ansiedad de embellecimiento y de enaltecimiento de todo aquello que es fatalmente útil, necesariamente feo y obligatoriamente vulgar. Porque de aquella misteriosa necesidad de excelencia, que anima al hombre en querer transformar la cruda sucesión de los hechos monótonamente ordinarios, nace la leyenda”; arrimamos a la cierta y segura verdad histórica del misterio de la Epifanía, el misterio humano del asombro y la ingenuidad de la leyenda, que no por leyenda, puede dejar de ser real…

 

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Desde hace dieciocho siglos, en lengua árabe y en lengua siria, los padres y los abuelos decían a sus niños: “Hoy es Navidad (nótese que para ese entonces se celebraba una única fiesta con esta impronta epifánica), Jesús fue adorado, primero por los pastores, que eran sus semejantes, pobres y puros, y después fue adorado por los Reyes Magos. Estos Reyes venían de Persia, sabían adivinar y adoraban las estrellas”

 

“En esa noche, un ángel guardián del cielo se les apareció mientras estaban en un festín espléndido y les anunció el nacimiento de Jesús.

Los Reyes comprendieron el anuncio de Dios , con gran pompa y aparato tomaron tres libras de oro, tres de incienso y tres de mirra y, acompañados por nueve hombres y siguiendo la Estrella, salieron con el primer canto del gallo”

“Desde Persia a Belén hay leguas y leguas: las caravanas, en viaje ordinario, tardaban días y semanas en llegar; pues bien, los Reyes Magos llegaron al rayar la aurora del día 25 habiendo salido hacía apenas unas horas, con la diana del gallo. ¡¡Eso era un espectacular prodigio!!

 

“Y después de hablar con Herodes, llegaron a la caverna donde Jesús había nacido: allí estaban también la Estrella, el Ángel, María y José con el Niño”.

 

“Los Magos dejaron los ricos presentes y María les dio, como reconocimiento de tanta humildad, un pañal del Niño Dios; pasaron luego cinco días al lado del Hijo del Cielo y después, evitando el encuentro con el cruel Herodes, se volvieron a Persia. El viaje de retorno fue tan milagroso como el de ida; salieron con la noche y llegaron justamente a la hora del almuerzo a su tierra: comieron opíparamente, narraron el nacimiento del Recién Venido y cuando el clarear matutino del día siguiente llegó, los Magos hicieron una gran fogata y, después de adorar al fuego, echaron en él el pañal que María les había regalado”.

 

“Un hecho prodigioso se hizo ante el pueblo: el pañal no se quemó, y he aquí que todos comprendieron que ese pañal era la vestidura del Dios de los dioses y lo adoraron con fe ardiente”.

 

Los mismos Evangelios Apócrifos conservan aún el calor del prodigio, el milagro y la celeridad con una sencillez y gracia cautivantes.

Los afluentes a esta inicial “leyenda” van incrementándose desde Egipto, Armenia, Bizancio y la India.

 

Todo el oriente brinda su tributo imaginativo para hacer más esplendorosa esta leyenda que esconde bajo su apariencia pueril, la esencia de un misterio religioso que han producido de los Santos Padres, extensas y profundas consideraciones.

 

Y así pasaron los Magos de ser unos desconocidos, a tener sus nombres…

En el principio fueron tres y se llamaron: Melkon, rey de Persia; Gaspar, rey de los indios y Baltasar, rey de los árabes.

Cada uno contaba con un enorme séquito, compuesto de cuatro mil soldados y cuatro generales, de manera que, cuando llegaron a Belén, doce mil soldados hicieron guardia de honor al recién Nacido. Y cuando los reyes bajaron de sus riquísimas cabalgaduras, las bocinas, las arpas, los tamboriles, los platillos, los pífanos y los panderos, hicieron sonar el aire de alegría, y toda la multitud empezó a entonar un cántico de alabanza ante el Niño, y Dios fue loado.

 

Pero estos Magos no habían llegado, como los de los árabes y sirios, en unas pocas horas. Habían tardado todo el período de la gestación del Infante y, desde el día de la Anunciación (desde nueve meses atrás) venían viajando con tan poderoso séquito, trayendo cada uno, no un presente sino innumerables y maravillosos regalos.

 

El Rey de Persia traía, no sólo la mirra, sino aloe y muselina vaporosa, púrpura de Tiro, cintas de un lino transparente y los Libros Sagrados sellados por el dedo divino.

 

El Rey de los indios, no sólo traía el incienso cultual, sino además preciadas esencias que purifican y espiritualizan el alma hacia el cielo, y, por eso, traía nardo oloroso, cinamomo en cuentas perfumadas (de las cuales nacería el rosario) y la sabrosísima canela.

 

Y el Rey de los árabes, aparte del oro, plata bruñida, piedras preciosas con los tonos del zodíaco, perlas finas y zafiros de precio incalculable.

 

En los himnos bizantinos y en el arte del mosaico los Reyes Magos fueron teniendo aceptación, como en el rito litúrgico. Y la fiesta fue haciéndose propia, es decir, separada de la fiesta del Natalis Domini.

En tiempos de Romano el Melodista la fiesta forma parte aún de la Navidad y en el precioso himno de este santo de la Iglesia de oriente, los Magos tienen un diálogo de nueve largas estrofas con la Virgen.

Con extraordinario arte, Romano no fija el número de magos y sí dice que vinieron de Caldea, de Babilonia y de Persia, no dice cuántos ni quiénes eran, quedándose dentro de la más perfecta ortodoxia de los evangelios canónicos.

 

San Juan Crisóstomo tenía por cierto que los magos habían empleado dos años y trece días en seguir a la estrella y que por ello llegaron el 6 de enero.

La leyenda se va aumentando de forma sorprendente: para San Agustín y San Juan Crisóstomo eran nada menos que doce.

 

Estos son los nombres que dan los relatos orientales:

Barkhuridai, Dadmusai, Bardimsa, Sahabani, Khorina, Dedmusa, Dispugai, Khumarai, Savura, Ispanai, Sahurai y Samiram.

En otras leyendas, con el número tradicional de tres, adquieren los nombres dignos de altas letras: Así en una se llaman Appelios, Amerus y Damascus; en otra Ator, Sator y Peratoras y, en otra: Megalath, Galgath y Sarasin.

 

Para la tradición herética de los gnósticos, que era como la síntesis de toda la cultura mágica de oriente traspasada a occidente por el canal del neoplatonismo y uniendo los ideales del nuevo mundo lógico y el cabalístico, convivían, por el sincretismo judío, toda la sabiduría persa, la cultura del zenda-avesta, la cabalística caldea (kábala de Adam Karmok) unido ello a la necromancia y astrología de los egipcios.

Ejerce una fascinación sobre el mundo helénico y romano, absorbente y desorientador, llegado como coqueteo cultural o como diletante posición mágica.

 

Aunque Plotino no está inmune del influjo del gnosticismo, los exponentes más representativos hay que buscarlos en Apolonio de Tiana, Simón el Mago y Valentino (con su petulante y enmarañada exposición del evangelio) en oposición al verdadero espíritu del verdadero Evangelio.

 

Los Magos, respondiendo a los principios de Ormuz y a un número cabalístico, eran doce, y cada uno de ellos tenía un nombre que representaba una emanación de Dios.

Y así se llamaron: Reino, Corona, Belleza, Magnificencia, Juicio, Inteligencia, Gloria, Prudencia, Severidad, Victoria, Fundamento y Sapiencia.

 

Estos magos vieron nacer en el día de Jesús una constelación nueva: la del Pesebre y vieron los signos astrológico que anunciaban el arrasamiento total de Jerusalén y el final de las pasadas edades en la conjunción de Marte y Júpiter.

 

Llegaron a Belén desde los cuatro puntos cardinales y a través de los elementos: desde el mar, desde el desierto, desde la selva y desde el aire por el anuncio del cometa: en ellos estaban representadas las edades del hombre en la vida, los símbolos de la vida.

 

Cuando pasaban por los caminos los templos antiguos se tambalearon y los dioses se despedazaron, mientras el Rey David se despertaba en su tumba para cantar a Su Señor, el Dios verdadero.

 

Y llegando al pesebre, cada uno acompañado de un genio celeste, entregaron sus extraños presentes:

 

Corona: acompañado por un genio negro, trajo un trozo de la luz iluminante;

Sapiencia: trajo el “logos” iluminado;

Prudencia: un cántaro de agua del Paraíso;

Magnificencia: el símbolo de la cabeza del león;

Severidad: una columna de fuego rojo y negro;

Belleza: el símbolo del espejo con los colores del alma, que son el verde y el amarillo;

Gloria: la columna salomónica

Y Sabiduría: el “abaxas” sagrado, maravilloso símbolo total en el cual las 365 inteligencias que rigen al mundo en todos sus órdenes están escritas en el fuego eterno.

 

Una leyenda posterior asegura que apenas Jesús tuvo ante sí todos estos presentes, extendió su mano (que venía a dar el reino a los pobres) y redujo todo a polvo, mostrando al cristianismo enemigo de toda posición intelectualista, hermética e iniciada.

 

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La estrella

Había sido creada con el mundo del Paraíso terrestre y había desaparecido con la culpa de Adán, reapareciendo para la Encarnación del Verbo, para terminar su ciclo el Día del Juicio.

 

Para Santo Tomás aquella estrella “no fue una de las estrellas creadas desde el principio del mundo: porque ninguna delas estrellas ordinarias se mueve desde el septentrión al mediodía, ninguna interrumpe su movimiento, ninguna luce de día y ninguna está tan cerca de la tierra como para hacer distinguir netamente la posición de una casa” Para el Aquinate ello fue una manifestación del Espíritu en forma de estrella y no un absurdo astronómico.

 

En 1572 Tycho Brahé descubre en la constelación de Casiopea una gran estrella fulgurante a la cual da el nombre de “La Pellegrina”, identificándola con la estrella de los magos, por aparecer a distancia de 315 años, llegando a tener por ello su protagonismo en el nacimiento de Jesús.

 

Para Kepler la estrella de Belén fue la reverberación de la conjunción de Marte, Saturno y Júpiter que formaron el temible trígono de fuego, tan importante para el mundo antiguo en su especulación de lo divino.

 

Según una muy segura tradición los restos de los tres Reyes Magos, fueron trasladados por el emperador Federico, desde Milán a Colonia, a la magnífica catedral alemana, cuyos planos, también según la tradición fueron diseñados por el genio de San Alberto Magno, descansando las mencionadas reliquias en una magnífica arqueta.

 

Que el temblor, la ansiedad y emoción de la noche de Reyes de nuestros años infantiles se renueven en esta Epifanía y seamos nosotros, adultos ya en la fe, pero niños en la audacia, quienes nos atrevamos a pedirle una estrella y a ofrecerle al Divino Infante lo que los misteriosos dones significan: el más puro amor, la oración más ardiente y confiada y la mortificación de nuestros inveterados vicios.

 

Y esperemos a la luz del pasado…

 

(* fino músico y compositor argentino)

P. Ismael

 

 

 

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Curioso acuerdo

“teste David cum Sybila…”

 

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La sibila Eritrea. Capilla Sixtina 

 

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 Tema imperante del Adviento es la vigilancia y la contemplación de la verdad acerca del retorno de Cristo y las grandes señales que han de acompañarlo.

En una sola ocasión, hasta lo que conozco, la liturgia y la teología no se han aproximado tanto con el mundo pagano, como en algunos textos de los Padres sintetizados poéticamente en la impresionante secuencia de la Misa de Difuntos, el Dies irae.

Me refiero al llamativo acuerdo entre Profetas y Sibilas que de consuno anuncian el fin de este mundo, la venida del Justo Juez y la gloria sempiterna de la bienaventuranza.

 

Alternando con idéntica majestad y belleza con los más grandes Profetas del Viejo Testamento, y compartiendo las pechinas del techo de la Sixtina, Miguel Ángel pintó aquellas misteriosas pitonisas del mundo pagano que conocemos como las Sibilas.

Es muy sugestiva la integración pictórica del genio de Buonarotti que expresa el pensamiento renacentista católico de la teología del sigo XVI, ya bastante distante de la síntesis escolástica.

 

Mujeres del mundo antiguo, extraordinariamente dotadas de un espíritu adivinatorio, su recuerdo se mantenía muy vivo en tiempos de San Agustín cuando redacta su De Civitate Dei.

Para el platonismo la teología necesariamente desemboca en la cúspide poética, ya que su grado más alto no admite otra cosa que un éxtasis manifestado en el arte de la poesía.

 

Plutarco escribía:

“Los hombres de esta época lejana tenían un temperamento naturalmente dotado de una feliz propensión a la poesía. Sus almas eran prendidas fácilmente de ardores, de ímpetus, de inspiraciones, y había en ellas una disposición que para manifestarse no tenía necesidad sino de un estímulo pequeño o sobresalto de la imaginación.

No eran sólo los filósofos y los astrónomos, los que eran prontamente arrebatados hacia su lenguaje habitual, la poesía, sino bajo el influjo de una ebriedad, de una emoción viva, o con la acción repentina de un sentimiento, de dolor o de una alegría, cada uno se dejaba llevar, en un círculo de amigos, a la improvisación poética”

(De oraculis, 23)

 

Las Sibilas ya gozaban de gran prestigio entre los autores cristianos de la primera era: Hermas, San Justino, Teófilo antioqueno, Clemente Alejandrino, Tertuliano y particularmente Lactancio.

San Agustín, basándose en Varrón fija su número, según diversos países: Libia, Tracia, Grecia, Eritrea, Samos, Cumas, Helesponto, Frigia y Tívoli.

Podríamos citar, además, a la Sibilia Tiburtina, quien le señalaría a Augusto el nacimiento del Salvador.

 

Virgilio divulgará algunos presagios de los oráculos sibilinos, particularmente el de la Sibilia de Cumas.

En el capítulo 23, del Libro XVII (Paralelismo entre las dos ciudades), Agustín se detendrá en el anuncio de la Sibila Eritrea, exponiendo sus dudas sobre la identificación de ésta con la Cumana, pues una leyenda decía que la Sibila de Cumas, celebérrima sobre las demás, había venido de Eritrea en tiempos remotos, siendo contemporánea a la de Éfeso.

“Porque tal vez aquella vate oyó algo en espíritu del único Salvador y se sintió inspirada a darlo a conocer”

Esta afirmación mesurada del santo de Hipona nos da una idea del lugar que le asignaba a los oráculos de las Sibilas, tan estimados, como dijimos, entre los primeros cristianos.

 

Es cierto que el Verbo de Dios envía su rocío a todas las almas, a todos los hombres, a unos más a otros menos.

De Diodoro Sículo viene este elogio de la mujer:

Mulieres sunt vates Deo plenae. Las mujeres tienen particular disposición para el vaticinio divino.

 

Vayamos al texto de Agustín.

 

“Esta Sibila de Eritrea escribió algunas profecías bien claras sobre Cristo; lo que yo mismo he leído en latín en unos versos defectuosos, debido, según supe después, a la impericia de cierto traductor. En efecto, el ilustre Flaciano, que fue procónsul, hombre de gran facilidad de palabra y vasta erudición, hablando un día conmigo de Cristo me presentó un códice griego que decía contener las profecías de la Sibila de Eritrea, dónde mostró cómo en determinado lugar el orden de las letras en el comienzo de los versos expresaban un acróstico claramente estas palabras: (texto griego), que en latín significan: Jesucristo, Hijo del Dios Salvador.

 

Estos versos latinos, cuyas primeras letras nos dan el sentido que hemos transcrito, tienen el siguiente contenido, según los tradujo un autor a la lengua latina y en verso:

 

“Señal del juicio: la tierra se humedecerá de sudor.

 

Vendrá del cielo el Rey que reinará por los siglos; es decir, estará en la carne para juzgar al orbe, por donde el incrédulo y el fiel, al final ya de los tiempos, verán al Dios excelso con sus santos.

 

Con su carne estarán presentes las almas, que juzga él mismo, mientras yace el orbe en enmarañados zarzales.

 

Los hombres rechazarán sus simulacros, y también toda riqueza.

 

Buscando el mar y el cielo, quemará el fuego, en las tierras; desbaratará las puertas del sombrío Averno.

 

En cambio, se otorgará una luz brillante al cuerpo de los santos, mientras a los culpables les abrasará eterna llama.

 

Descubriendo los actos ocultos, cantará entonces cada uno sus secretos, y abrirá Dios los corazones a la luz.

 

Habrá entonces también lamentos, rechinarán todos con sus dientes.

 

Se arrebatará al sol su resplandor, desaparecerá el coro de los astros.

 

Se transformará el cielo, morirá el esplendor de la luna; derribará las colinas, levantará desde el hondo los valles.

 

Nada sublime o elevado quedará en las cosas humanas.

 

Ya se igualan los montes con los campos, y acabará por completo el azul del mar; desaparecerá la tierra resquebrajada; así también el fuego abrasará fuentes y ríos.

 

Pero entonces la trompeta lanzará triste sonido desde el alto orbe, lamentando el miserable espectáculo y los múltiples agobios, y abriéndose la tierra dejará ver el caos del Tártaro.

 

Aquí se presentarán los reyes juntos ante el Señor.

 

Bajará fuego del cielo y un torrente de azufre”.

 

 

 

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 Sibila Cumana

 

 

Por razón de brevedad omito los párrafos siguientes en los que S. Agustín, haciendo verdadera gala de su capacidad continúa con las interpretaciones numéricas sobre el acróstico y desemboca en el término pez, referido a Cristo.

 

Más adelante dirá:

“Por otra parte, esta Sibila de Eritrea o, como piensan otros, de Cumas, en toda la profecía –de la que es una mínima lo citado- no tiene parte alguna que pueda referirse al culto de los dioses falsos o fabricados. Antes bien, habla tan abiertamente contra ellos y contra sus adoradores que parece deber ser catalogada entre los que pertenecen a la ciudad de Dios”

 

Si hemos leído atentamente los extractos de San Agustín, no nos ha de costar demasiado entender por qué los Padres de la Iglesia vieron en estas adivinas las semina verbi (semillas del Verbo) esparcidas también, fuera del campo estricto de la Revelación bíblica, es decir, en el mundo pagano que, a su modo, también debía buscar a Dios –siquiera a tientas- como lo enseñan el libro de la Sabiduría (c. 13) y San Pablo en su carta a los Romanos (c. 1)

 

Probablemente más parecidas en su porte a una curandera de aldea que a las helénicas figuras de Miguel Ángel, encerradas tal vez en cuevas o cobertizos, las Sibilas fueron ese prototipo de mujeres intuitivas y arrojadas que la humanidad produce y eleva para dar lecciones a los sabios varones de cada tiempo.

Dotadas del poder profético, no les faltaba el buen sentido y, también, creo yo, el savoir-faire femenino que, en más de una ocasión, reduce al varón a la objetividad de la tierra, como en el caso de Diotime, quien al final del Banquete deja boquiabiertos a los ingeniosos disertantes sobre el amor…

 

 

Aproximándose la Navidad, los cristianos nos lamentamos de la “paganización” que ha sufrido la celebración central de nuestra cultura y nuestra religión.

Y es que la Navidad, además de ser el misterio central de nuestra fe, es el hecho histórico más grande e importante de la historia de la humanidad: divide, cuanto menos, en un antes y un después de Él.

 

Considero que la venida de Cristo al mundo – y también el fin del mundo con su retorno glorioso- es algo que afecta y compromete a todos los hombres mucho más allá del ámbito de la fe que profesan… Confío me interprete el lector.

 

Queremos significar que el hecho histórico de la Venida de Cristo a este mundo reviste tal magnitud que debemos aceptar que también los que están fuera del cuerpo visible de la Iglesia, a su modo, y por caminos que sólo Dios conoce, tengan su percepción del misterio y no puedan no celebrarlo.

 

Es tan fuerte el impacto de la Encarnación que, aún quienes no profesen la fe verdadera, no podrán nunca sustraerse de ese efecto exultante, festivo y poético que le dio a la tierra el gran misterio de piedad por el cual Dios se hizo Hombre.

 

Es posible que el tonto, el superficial, el mundano, el borrachín, la casquivana y el esnobista nos sorprendan descubriendo cosas que nuestra tranquila mirada de entendedores y especialistas no haya logrado ver en esta tierra a la que todavía Dios ama con infinita ternura.

 

Es posible, porque cuando nosotros callamos, las piedras profetizan.

 

P. Ismael

 

 

 

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Fuentes: “Obras de San Agustín”. Tomo XVII.  Ed. BAC

El Anticristo

sobre un fresco de Signorelli


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Acercándose el término del Año Litúrgico, la Iglesia nos hace meditar en el Juicio Final, y para ello dispone en sus diversos textos una serie de profecías y advertencias pertenecientes al género apocalíptico, principalmente seleccionadas de los libros de Daniel, los discursos escatológicos de Jesús y el Apocalipsis de San Juan.


Fin del mundo, destrucción de la ciudad santa y su Templo, Juicio Final y Anticristos son los puntos destacados del texto de Mateo que se lee en la próxima Dominica, última después de Pentecostés.


Todo el capítulo XXIV de San Mateo merece una atenta lectura para discernir cómo en el relato los temas aparecen entrelazados y distinguir cuando Nuestro Señor se refiere a uno y a otro.


El comienzo, hasta el v. 23, y el fin (desde el v. 32 al 35) se refieren directamente a la destrucción de Jerusalén, y su cumplimiento, que muchos de los contemporáneos de Cristo presenciaron y nosotros conocemos por la historia. Flavio Josefo describe la devastación de la capital judía, que tuvo lugar en el año 70 de nuestra era. El fin del mundo y la consumación de los siglos están enunciados en los vv. del 23 al 32.


La ciencia pareciera en estos tiempos emparejarse más con la Escritura –aunque ello no sea siempre necesario para la vida de la Fe- cuando conjetura que el universo sufrirá una serie de transformaciones que, a la larga, terminaría con la destrucción de nuestro mundo en una forma violenta…


Sin adentrarnos con demasiada prolijidad en la exégesis de los textos mencionados, digamos que la intención de este largo discurso de Cristo –previo a su Pasión- es la exhortación a la vigilancia y a la “preparación” para ese tremendo día, pues “del lado que la encina cae, allí se queda”. Se nos invita entonces a acertar con Cristo o dejarse engañar por los falsos profetas que lo remedan.


Nos interesan los pasajes que se refieren al Anticristo y vamos a resaltar los versículos que vienen al intento de nuestra reflexión.


“Cuidaos que nadie os engañe. Porque muchos vendrán bajo mi nombre, diciendo: “Yo soy el Cristo”, y a muchos engañarán” (v 5).


“Surgirán numerosos falsos profetas, que arrastrarán a muchos al error” (v 11).


“Porque surgirán falsos cristos y falsos profetas, y harán cosas estupendas y prodigios, hasta el punto de desviar, si fuera posible, aún a los elegidos” (v 24).


“Cuando veáis, pues, la abominación de la desolación, predicha por el profeta Daniel, instalada en el lugar santo –el que lee, entiéndalo-, entonces los que estén en Judea…” (v 15).


Por lo visto, los pasajes del Evangelio que se refieren al Anticristo, más bien nos harían pensar en varios o muchos Anticristos.


Sin que ello se contradiga con un Anticristo, como lo indican otros pasajes del Nuevo Testamento, refiriéndose a la Bestia (cf 2 Tes 2, 4; Ap 11, 1; 12, 18; 13, 3, 11, 15; 15 2, 17 1,3; etc. ) según los dichos del Señor nos animamos a pensar que se puedan haber dado y se den “pequeños anticristos”, todos ellos manipulados por Satanás.


¿Cómo actúa, y, por otra parte cómo es el Anticristo o los Anticristos?


El Anticristo no puede ser o hacer otra cosa que lo que es y hace el Demonio: la mona de Dios. Quiere imitar. Y para ello recurre a todo tipo de acciones. El Demonio, padre de la mentira, lo es desde el principio. Su “pecado” se basa en una mentira inicial: “seréis como dioses” y una falsa promesa. Y a tanto llega su desesperación por mentir que lo quiere hacer pasar a Dios por mentiroso: “no será así… Bien sabe Dios que el día que lo comáis…” Luego, la acción del Anticristo tendrá como base estratégica el mentir.


Ello provocará una ilusión y fascinación en el hombre, su eterno cliente para la tentación. Toda tentación se funda siempre en una mentira inicial, y por tanto, es el intento por alejarnos de Dios mismo, la Suma Verdad, que no puede engañarse ni engañarnos, como lo enseña el Vaticano I y lo aprendimos en el Catecismo.


El Anticristo presentará tan buenas imitaciones –científicas, o espirituales- que, de por sí, aún los elegidos podrían engañarse. Se servirá de la propaganda humana, comercial, incluso aprovechando la popularidad mundial de Cristo. Lo que intentará vanamente será oponerse al verdadero Cristo con toda suerte de mentiras.


Los falsos profetas y los falsos Cristos, tomaron y toman la apariencia de Cristo.


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En la Catedral de Orvieto –magnífico templo que custodia el precioso Corporal del milagro de Bolsena - Lucca Signorelli ha descrito con un pincel agudamente vengativo a los artistas de su tiempo, asistiendo a la predicación de un personaje que predica y tiene una apariencia sellada de benevolencia. Se trata de un fresco en la capilla de San Brizio (entrando a la izquierda) que aborda un tema muy poco o nada frecuente en la iconografía de su tiempo: la persona y la acción del Anticristo.


Sobre un pedestal, y con ofrendas de oro y riquezas a sus pies, aparece el extraño personaje. Su rostro, su porte y sus vestidos son los que tradicionalmente adjudicamos a Cristo. Un aire de vaga inseguridad o agotamiento y los sugestivos bucles a modo de cuernos insinuados le traicionan. En los asistentes que le escuchan atraídos, hay además como una espera de algo que no llega y no sabrían precisar a pesar suyo.


Signorelli se ha pintado, a la izquierda del observador, junto al vigoroso candor de Fra Angélico, en grupo aparte. Aparecen en la escena personajes famosos de su tiempo: Rafael, Dante, Petrarca, Bocaccio, Cristóbal Colón, Orazio Baglioni, etc. Detrás del cuerpo del predicador, el Diablo, sosteniéndole, manejando su gestos y sugiriendo las palabras.


Es una composición impresionante.

Las figuras se asemejan a un titiritero y su marioneta.

Los brazos del Anticristo no son otros que los mismos del Demonio, o una prolongación de ellos. El Anticristo, o los anticristos, no son más que marionetas del Demonio: él los maneja y como hábil ventrílocuo habla tras ellos. No tienen brazos ni palabras. Satanás se los proporciona.


Nos llamarán todavía la atención algunas cosas más.


La mirada del anticristo – hablamos de aire de inseguridad y agotamiento- es casi estrávica. Se diría que está “dopado”. Y mirándole bien de frente, como al demonio no le gusta que lo miren, más bien da cierta pena, porque es un payaso.


Signorelli ha representado al demonio instigador de una manera muy particular.

No se trata de los horrendos y zoomorfos demonios que aparecen en los otros frescos vecinos al de esta Historia del Anticristo pintados por el mismo artista en la catedral orvietana.

Se nos muestra un rapado y atlético Satanás que no deja de mostrar cierto sex appeal con sus pequeños cuernos rojos: todo un diablo de Hollywood.


Prescindiendo del juicio que se arroga el pintor, y del psicoanálisis que podría ejecutársele (la pretensión de que sus rivales de mayor talento sean condenados en bloque; la ingenuidad de colocarse junto al humilde y enorme Fra Angelico, le traicionan) debemos reconocer que es ilustración capaz de hacernos meditar.


Esos engañados por la apariencia de este Cristo, están como preparados para caer en sus redes por su propio tipo de vida.


Personas intelectualmente dotadas, pero que se conforman con una apariencia de verdad en las cosas, con una teoría de la verdad a cambio de una vida verdadera.

En la predicación que tal vez oyen, buscan la hoja vistosa de la higuera estéril, no el pensamiento exigente y transformante de Cristo.

Le toman tan en la superficie, que cualquier imitación de baja calidad puede confundirles y convencerles.

Invirtiendo ilegítimamente el proceso por el que Dios los sacó de la nada, creen necesario “crear a Dios a su imagen y semejanza”.


Los tibios le creen por lo tibio y complaciente con su inseguridad, los sensibleros con su sensiblería y a su medida le esperan muchos hombres.

A todos y a cada uno puede el Diablo fabricarles el falso Cristo a medida y darles lo que piden.


Cada uno encontrará el Cristo que busca. Simpático, poco exigente, “entrador”, siempre con la gente, del lado de todos, del lado del pueblo, del lado de los artífices de este mundo… Siempre ofreciendo subproductos del cristianismo al más bajo precio.


Solo que ninguno será Cristo. “No les creáis”


La obra del Anticristo será tan perfecta en sí misma que no sólo aquellos que se entregan voluntariamente a su juego de mentiras, sino hasta los mismos justos, fiados en los signos que obrará, podrían caer en el error.


¿Si no, cómo nos explicamos que la abominación de la desolación se pudiese establecer en el lugar Santo? ¿Cómo estar preparados?


El Señor nos ha dejado en el texto dos señales: las águilas que acertarán y la higuera que se pone tierna.

Pediremos al Espíritu entender lo que leemos.


Porque “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.


P. Ismael


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El arte sacro

Speciosus forma prae filiis hominum”

Salmo 44


(Extractos de una conferencia dictada el 30-XI-1995)


Cristo Risorto Miguel Angel 


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Por la Encarnación del Verbo, la naturaleza divina veló su gloria al revestir la “forma servi” (Cf Flp 2, 6-11) A partir de la Resurrección, en cambio, la naturaleza humana se despoja de la “forma servi”, descubriendo la “forma Dei”.


Esta gloria del Verbo, a pesar de estar velada por la carne, se manifestó antes de la resurrección en diversas ocasiones, según el testimonio de los Evangelios.


Un caso significativo es la Transfiguración del Señor en el monte Tabor.


Allí la gloria se manifiesta en su mismo cuerpo que aparece “vestido luminoso de la divinidad”, comparable a su apariciones posteriores a la Resurrección. Como si la luz de su naturaleza divina traspasase la opacidad del cuerpo humano del Redentor.


San Juan Damasceno enseña que el Verbo, al encarnarse, no perdió el esplendor de su divinidad, sino que la veló por amor a los hombres. Se podría decir que el verdadero milagro fue el ocultamiento de su gloria.


El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña (Nº 115 y ss.) que la Encarnación del Hijo de Dios inauguró una nueva “economía” de las imágenes.


“En otro tiempo, Dios, que no tenía cuerpo ni figura, no podía de ningún modo ser representado con una imagen. Pero ahora que se ha hecho ver en la carne y que ha vivido con los hombres, puedo hacer una imagen de lo que he visto de Dios… con el rostro descubierto contemplamos la gloria del Señor” (S. Juan Damasceno, imag, 1,16)


“Se transfiguró delante de ellos: su rostro resplandeció como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve” (Cf Mt 17,2; Mc 9,3; Lc 9,29)


En el Tabor, la verdad encarnada resplandece con extraordinaria belleza.


Aquí se concreta de la forma más elevada posible la clásica definición de Platón, asumida luego por el Aquinate, según la cual la belleza es el “resplandor de la verdad”.


Dostoievski decía que “no hay ni puede haber nada más hermoso y perfecto que Cristo” y también que su naturaleza humana era “la imagen positivamente, absolutamente bella”.


Su personalidad es reflejo de la gloria del Padre. Pero el aspecto exterior de Jesús, sus rasgos, parece difícil de rastrear en los Evangelios y en los escritos de los Apóstoles: su preocupación básica es el Cristo glorioso, Hijo de Dios y Redentor y la clara afirmación de su verdadera Humanidad.


Cuando hablamos de la creación del universo y éste ser un efecto que no “queda” en el agente o causa, accedemos al ámbito de las operaciones “ad extra” de Dios. Son operaciones comunes a toda la Trinidad, que en éste caso es comunicación y donación del ser constituyendo una realidad distinta de sí.


Al hacer donación de sí, regala la existencia en la acción creadora, comunica su infinita bondad que, como tal, tiene a entregarse máximamente.


Esta nueva entidad, lleva en su misma constitución la impronta de su Hacedor, y por lo tanto encontramos en ella vestigios trinitarios: “todas estas cosas, creadas por el arte divino, manifiestan en sí cierta unidad, belleza y orden. Hay en todo esto unidad, ya se trata de naturalezas corpóreas, ya de las facultades anímicas; poseen algún grado de belleza, como las figura y cualidades de los cuerpos o las ciencias y el arte en las almas; y tienen cierto orden, como se observa en los pesos y la posición de los cuerpos, en los amores y los placeres del alma. Conocemos al Hacedor por las creaturas y descubrimos en éstas una cierta y digna proporción, el vestigio de la Trinidad. Es en esta Trinidad suma donde radica el origen supremo de todas las cosas, la belleza perfecta, el goce completo” (S. Agustín, De Trinitate)


Es el Hijo, la Causa Ejemplar de todo lo creado – “por él fueron hechas todas las cosas”­ - El Verbo es “el arte de Dios Padre” en el sentir de varios Padres de la Iglesia, la misma esencia divina pronunciada en el seno de la Trinidad Santísima. El Verbo es “el Cantor del Padre” como lo dijera Marechal.


Santo Tomás distingue dos tipos de imágenes: la que está en algo de la misma naturaleza y la se encuentra en algo de otra naturaleza.


“De la primera manera, el Hijo es la imagen del Padre; de la segunda, el hombre es llamado imagen de Dios. Y para indicar la imperfección de la imagen en el hombre no se dice simplemente que es imagen de Dios, sino que es a su imagen, por donde se significa cierto movimiento que tiende a la perfección.


En cambio del Hijo de Dios no se puede decir que sea a imagen, porque El es la perfecta imagen del Padre” (S. Th. I, q 35, 2)


De allí que si el Padre se complace en los hombres, es porque en ellos encuentra reflejado al Verbo, y de ese modo se complace siempre, en última instancia en su Imagen natural.


Facultad exclusiva de la especie humana es la creación artística.


El artista es capaz de hacer existir una nueva realidad, no ex nihilo, como Dios, pero sí totalmente original.


A partir de lo que en la filosofía del arte es llamada forma germinal, en la mente del artista, éste produce un nuevo ser autónomo que es la obra de arte concre, libremente concebida, como expresión reflexiva de la belleza bajo una forma sensible (Cf. “Arte y escolástica”, de J. Maritain)


La clase de existencia que el artista otorga a su obra presupone siempre su propia existencia, que a diferencia de la de Dios es “recibida”…


A su manera, la creación artística constituye una importante contribución a la naturaleza, ya que incorpora una serie de seres que no se encuentran en ella, objetos cuya existencia, esencia y estructura se justifican por el placer de aprehenderlos.


Lo bello – aquello cuya captación place-, es solamente para ser bello sin ninguna otra utilidad.


La belleza, el arte y la liturgia no pertenecen al reino de lo útil.


El artista ama su obra con un amor tan personal como si fuera su hija, pensando que no morirá del todo, perviviendo en la belleza formal que logró imprimirle, le deja “la mitad de su espíritu”.


Dejó una ventana abierta al absoluto, según Pío XII, para quien la función del arte es “romper el círculo estrecho y angustioso de lo finito en el cual el hombre está encerrado mientras vive acá abajo, y abrir como una ventana a su espíritu para que aspire a lo infinito”.


Concordamos con Maritain para quien el arte cristiano se define por el sujeto en quien se da y por el espíritu de donde procede; se dice arte cristiano o arte de cristiano, como se dice arte de abeja o arte de hombre.


Es el arte de la humanidad redimida. No puede un árbol bueno producir frutos malos; si somos, o al menos devenimos (como diría Castellani) cristianos, el fruto artístico será siempre cristiano, porque de la grandeza de la forma, que proviene del lado del espíritu, hablará la expresión sensible.


Claro, que no debemos creer que las buenas intenciones morales suplirán a la calidad de la técnica o de la inspiración y son suficientes para ejecutar una obra. Esto sería una falta contra la gratuidad de toda producción artística.


No estará de más recordar los ingredientes de la belleza, señalados por el Angélico:


“En primer lugar la integridad, o perfección; pues la cosas que están disminuidas, por eso mismo son defectuosas. Además la debida proporción, o sea consonancia. Y por último la claridad: por lo cual las cosas que tienen colores nítidos se dice que son bellas” (S.Th. I q 39 a 8)


Resurrección


Según Sertillanges, todo artista que abordare un asunto de fe, debiera tener en cuenta:


1) Una justa idea de los que es el dogma. Nada peor que una pálida aproximación. Piénsese, por ejemplo, que hasta el siglo XV no aparecen errores doctrinales en las reproducciones artísticas.


2) El artista no debe desdoblarse en artista y cristiano. Artista-cristiano de una sola pieza. La idea cristiana debe dominar sus facultades.


3) Debe desechar de sus producciones todo elemento hostil a la idea que ha intentado reproducir.


A esta altura de nuestra exposición ubiquemos al arte sacro.


El arte sacro, ya se ve es arte cristiano, y no todo arte cristiano es sacro, pues aunque su inspiración sea religiosa, no necesariamente ha de ser de hecho incorporado a un uso sagrado o decorar una iglesia.


En otro lugar se ha hablado de la finalidad de la destinación del arte sacro.


Si hemos dicho que el arte es una sobreabundancia gratuita de la riqueza interior del ser humano, el arte sacro llevará al hombre, como reflujo, a la adoración, a la oración y al amor de Dios.


No es que el arte tenga eficacia ex opere operato en nuestra vida religiosa: Dios no ha vinculado la verdad y la gracia a una expresión artística. Pero es un valiosísimo auxiliar –como la belleza litúrgica- ut lyra Christus. Recordemos cómo la belleza del culto católico ha sido de influencia decisiva en la conversión de muchos. Baste leer, por ejemplo, en las Confesiones de S. Agustín el relato de su estremecimiento con los cánticos en el templo y también las conmovedoras páginas de Paul Loewngar.


El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que “El arte sacro es verdadero y bello cuando corresponde por su forma a su vocación propia: evocar y glorificar, en la fe y la adoración, el Misterio trascendente de Dios, Belleza sobre eminente e invisible de Verdad y de Amor, manifestado en Cristo… belleza espiritual reflejada en la Santísima Virgen Madre de Dios, en los Ángeles y en los Santos” (cf 2502)


Estas son pautas de legitimación y parámetros de juicio que ya había recordado la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del último Concilio Vaticano: “por eso los obispos deben personalmente… vigilar y promover el arte sacro… y apartar con la misma atención religiosa de la liturgia y de los edificios de culto todo lo que no está de acuerdo con la verdad de la fe y la auténtica belleza del arte sacro” (S.C. 122-127)


Recordaba el Cardenal Ratzinger: “La única apología verdadera del cristianismo puede reducirse a dos argumentos: los santos que la Iglesia ha elevado a los altares y el arte que ha surgido en su seno.


El Señor se hace creíble por la grandeza sublima de la santidad y por la magnificencia del arte desplegadas en el interior de la comunidad creyente, más que por los subterfugios que la apologética ha elaborado para justificar las numerosas sombras que oscurecen la trayectoria humana de la Iglesia. Si la Iglesia debe seguir convirtiendo, y, por lo tanto, humanizado el mundo, ¿cómo puede renunciar en su liturgia a la belleza que se encuentra íntimamente unida al amor y al esplendor de la Resurrección? No, los cristianos no deben contentarse fácilmente; deben hacer de su Iglesia hogar de la belleza –y, por lo tanto de la verdad-, sin la cual el mundo no sería otra cosa que la antesala del infierno” (Cf. “Informe sobre la Fe”)


Más adelante comenta el Cardenal de un eminente teólogo, uno de los líderes del pensamiento posconciliar (cuyo nombre calla por prudencia), que le confesaba, sin empacho alguno, que se sentía un bárbaro en materia de arte.


Un teólogo que no ama el arte, la poesía, la música, la naturaleza, puede ser peligroso. Esta ceguera y sordera para lo bello no es cosa secundaria; se refleja necesariamente también en su teología”, concluía.


Lo que hace al artista, no es el artista; son los que oran. Y los que oran no obtienen otra cosa que lo que piden… El arte sacro es una consecuencia de la oración.


Muchos artesanos del Medioevo estaban guiados por monjes o ellos mismos lo eran. Y ya no sabemos si es un monje el artesano o u artista que para contemplar la Suma Belleza, ha elegido la libertad de un claustro.


Decía Miguel Ángel del Beato Angélico que fue preciso que Dios arrebatase al mismo cielo a este fraile para hacerle ver el modelo de sus imágenes saturadas de sacralidad…


Por más paganizantes que puedan parecernos los artistas del Renacimiento, seguían embebidos de la Fe. Cercanos a la Edad Media tumultuosa y apasionada, pero heroicamente cristiana, mantuvieron pura la fe, cuya profunda marca sobre nuestra civilización no han podido borrarla los posteriores siglos de cultura “antropocéntrica”.


Igual se produciría, inevitable, la ruptura entre la Fe y las facultades de la imaginación y la sensibilidad.


El jansenismo despojará al espíritu de la carne, con nefastas consecuencias no sólo en el arte, sino en la espiritualidad y la vida cristiana.


El gótico tenía por objeto representar ingenua y cándidamente los hechos concretos y las verdades históricas de la Fe a los ojos de la muchedumbre, como una gigantesca Biblia que se despliega en catequesis de piedra, luz y vidrio.


El arte posterior al Concilio de Trento, impropiamente llamado “barroco”, tendrá como objetivo mostrar con estrépito, elocuencia, grandiosidad y a menudo con el patetismo más emocionante ese espacio vacante, dispuesto a una posible manifestación apoteósica de la teología.


No olvidemos que la Teología, en su cúspide más alta –la doxología- y también la mística, no se exime del barroquismo, por la intrínseca limitación de nuestro pensamiento y nuestra palabra: Dios es inefable.


Lo que logramos expresar de Él, lo hacemos por acumulación de negaciones y afirmaciones…


Podríamos, entonces decir, que el gótico ha sido el arte de la cristiandad y el barroco el de la catolicidad.


Creo que, en tanto que aquel no conoció en su momento las divisiones en la sólida unidad de la Fe, éste fue una reacción al protestantismo que vació de humanidad y sobrenaturalidad el misterio de Cristo: un horror al vacío luterano de la sola fides y la sola Scriptura.


Extraigo algún párrafo de unas cartas de Marie-Charles Dulac:


“Hay algo que yo desearía y por lo cual ruego: que todo lo que es bello sea traído de vuelta a Dios y sirva para alabarlo. Todo lo que vemos en las criaturas y en la creación, todo debe serle devuelto, y lo que me aflige es ver a su Esposa, nuestra Madre, la Santa Iglesia, ornada de horrores. Es tan feo todo lo que manifiesta exteriormente, a ella que por dentro es tan bella; todos los esfuerzos se encaminan a hacerla grotesca; su cuerpo ha sido desde el comienzo entregado desnudo a las fieras; después los artistas pusieron toda su alma en adornarla, mas luego la vanidad y por último la industria se mezclaron en esto y así disfrazada se la entrega al ridículo. Que es otro género de fiera, menos noble que un león y más malo…” (25-VI-1897)


Para quien se atreva a mirarlo de frente, mucho arte sacro actual exhibe todos nuestros pecados: debilidad, indigencia, timidez de a fe y del sentimiento, sequedad del corazón, disgusto por lo sobrenatural.


Pero sin embargo, el alma en el interior permanece viva, infinitamente dolorosa, paciente, y a la espera.


El hombre contemporáneo, y también muchos de nuestros cristianos, pretenden haberse vuelto esencialistas, capaces de prescindir y quedarse con lo único importante. Y a fuerza de pelar la cebolla, se han encontrado sin nada y con muchas lágrimas.


El sentido de lo sobrenatural nos hará redescubrir la legítima emoción religiosa que provoca el arte sacro y que los primitivos supieron captar y transmitir.


Alabad al Señor con maestría. No hay detalle que no pueda ser objeto de arte. Los detalles más pequeños de la crestería de una catedral gótica estaban hechos para que sólo Dios los viera desde Su altura.


El gusto artístico, la sensibilidad por el arte, deben ser educados.


Las obras de arte no fueron realizadas para ser expuestas en un museo o ser ejecutadas en auditorios, fuera del ámbito que les es propio. Este arte debe ser devuelto al Altísimo, a la Belleza misma.


P. Ismael


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Hac clara die

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Comparto con los lectores la hermosa secuencia de la Misa de la Natividad de la Santísima Virgen, compuesta por Guillaume de Machaut (1300-1377) perteneciente a su obra “Messe de Nostre Dame”, cuyo texto original en lengua latina aquí traduzco.

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Este claro día la muchedumbre festiva celebra las alabanzas de María tañendo sinfonías melifluas: Señora del mundo, tú que eres la Reina de las Vírgenes, la sola, la más casta, tú que eres Causa de Nuestra Salvación, la Puerta de la Vida, la gracia renovada del cielo.


Quien un día recibiste el anuncio angélico:

Dios te salve María, Llena de Gracia divina a través de los siglos, bendita entre todas las mujeres, Virgen encinta, Madre Inmaculada, honrada por tus hijos.


Al cual respondió María: ¿cómo se realizará lo que tú me anuncias? Pues yo no conozco ningún hombre, y he nacido inmaculada? Y el ángel enviado le da por respuesta: tú serás llena del Espíritu Santo que vendrá sobre ti, trayendo nuevas alegrías del cielo al mundo por el nacimiento de tu Hijo. Tú llevas en tu seno a Aquel que todo lo gobierna y da tiempos de paz.


Amén.


Si algún lector desea escuchar el canto de la secuencia puede hacerlo en este enlace. Fue grabado por “Taverner consort”, bajo la dirección de Andrew Parrot, en Londres ,1983.


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Texto original


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Hac clara die turma festiva dat praeconia Mariam concrepando simphonia nectarea: Mundi domina quae est sola castissima virginum regina, Salutis causa, vitae porta atque caeli refecta gratia.


Nam ad illam sic nuntia olim facta angelica:

Ave Maria gratia Dei plena per saecula. Mulierum pia agmina intra semper benedicta, Virgo et mater gravida intacta, prole gloriosa.


Cui contra Maria haec reddit famina in me quomodo tuo jam fient nuntia? Viri novi nullam certe copulam, ex quo atque nata sum incorrupta. Quia missus ita reddit affata: Flatu sacro plena fies Maria, nova efferens gaudia caelo terrae nati per exordio, intra tui uteri claustra portans qui gubernat omnia qui dat tempora pacifica.


Amen.


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P. Ismael

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