“Cuando era protestante yo notaba que mi religión era seca y triste, pero no mi vida; sin embargo siendo católico mi vida es triste y seca, pero no mi religión”

(Beato Card. John Henry Newman)

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En la Fiesta de la Presentación de Ntra. Señora

“Nadie se presentará delante del Señor con las manos vacías”

Dt. 16, 16

 

 

 

 

manos

 

 

 

 

Con ocasión de la fiesta de la Presentación de la Ssma. Virgen María, quisiéramos reflexionar sobre el sentido que tiene para nosotros el mandato de presentarnos delante de Dios.

 

La Sgda. Escritura, en general utiliza muchas veces indistintamente los términos presentar y ofrecer, si bien, o por el contexto y por la precisiones que la teología ha ido realizando en el decurso del tiempo podemos establecer diferencias de notar, principalmente cuando nos referimos a la ofrenda sacrificial realizada en el Sacramento del Altar.

 

A propósito de las traducciones del Ofertorio de la Misa, ya hemos señalado, en otra oportunidad, las grandes diferencias que existen entre presentar y ofrecer.

No es el propósito del presente artículo reincidir en aquellas consideraciones, sino más bien focalizarnos en otro aspecto que puede tenerse en cuenta desde una mirada “desde nuestro interior”, una consideración de que procediendo del interior del hombre la autenticidad de todas nuestras acciones, será este estado del alma el que venga a dar sentido y explicación a muchas de nuestras batallas cotidianas por alcanzar esa coherencia de vida, esa unidad interior tan buscada para llegar a ser en verdad alabanza de gloria para Dios.

 

En primer término recordemos la oración que nos propone la liturgia del día que recuerda el momento en que los bienaventurados padres de Nuestra Señora, al cumplirse los cincuenta días de su nacimiento (tal como lo manda la ley de Moisés, para la niñas) presentaron al precioso fruto de su entrañas en el Templo de Jerusalén.

 

Hemos rezado en la Oración Colecta de la Misa:

 

Deus, qui beatam Mariam semper Virginem, Spiritus Sancti habitaculum hodierna die in templo presentari volvisti: praesta, quaesumus, ut, ejus intercessione, in templo gloriae tuae praesentari mereamur. Per Dominum…

 

Oh Dios que quisiste que la bienaventurada siempre Virgen María, Sagrario del Espíritu Santo, fuese hoy presentada en el Templo: haz que, por su intercesión, merezcamos nosotros ser presentados en el templo de tu gloria. Por Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo…

 

Como toda oración Colecta, la presente hace referencia y glorificación del misterio que celebra y luego dirige a Dios una determinada petición. El sentido inmediato de oración, en lo que la parte de la “petición” se refiere, implora la consecución del ingreso a la “vida eterna”, significada aquí por la figura “templo de tu gloria”.

 

Mas podemos permitirnos una consideración intermedia que se centre en nuestro estado actual de “viatores” (caminantes, peregrinos hacia la Patria del Cielo) y darle al término ser presentados, un sentido anticipado a aquella entrada que todos esperamos, por misericordia de Dios, alcanzar en la eternidad.

 

Tratemos de mirar, sencillamente, a lo humano, qué sea esto de “presentarnos” delante de Dios, así como todo hijo de Israel era presentado por sus familiares allí donde el Altísimo quiso morar.

Entrar simplemente en el Templo.

 

Aquí señalamos la diferencia que se mantiene, entre ser presentados y ser ofrecidos, entre presentarnos y ofrecernos.

Manteniendo la misma analogía que hemos sentado, decíamos, en relación a la ofrenda de la Hostia Santa, Hostia Pura, Hostia Inmaculada (Suscipe Sancte Pater… hanc immaculatam Hostiam quam … offero Tibi…) no nos resultará difícil entender que el “ofertorio” de nuestra vida, casi todos nosotros (al menos quien esto escribe, así se siente) estamos más para presentarnos que para ofrecernos.

Y ya presentarse en bastante difícil.

 

Presentarse uno mismo. Y presentarse con algo en las manos…

Uno mismo

¿Qué otra cosa puede hacer el hombre más que presentarse, así como está delante del Señor?

¿Podemos componernos de algún modo para no aparecer impresentables?

Sí y no.

Sí, porque estamos llamados a la purificación de nuestras conciencias, por medio de la penitencia y las buenas obras.

Sí, porque creemos que Dios puede sacar de las piedras hijos de Abraham.

 

Aún así, cada uno sabe, si toma conciencia de la grandeza de Dios y su conocimiento del corazón de cada hombre, que se encuentra temblando por su propia desnudez y también que no puede eludir en modo alguno el decirle: “Aquí estoy, Señor”

Esta es nuestra presentación: sin rebozos, sin fingimientos.

En modo alguno nos sería lícito eludir este ponernos frente a Él:

Es esta nuestra primera “presentación”: ponernos en su Presencia.

 

Somos hechura de sus manos y Él ha visto que todo lo que hizo era bueno…

También nosotros, en el orden criatural, así como estamos y somos; en cuanto salidos de su libertad creadora, en cuanto hombres, y pesar de nuestra casi infinita vergüenza –como Adán escondiéndose del Señor- fuimos hechos buenos por el Único que es Bueno.

 

Y también sentimos en lo profundo de nuestra alma que no estamos a la altura de tan grande encuentro. Pero el Criador llama a su criatura, y ella no puede no decir: Adsum, aquí estoy.

Pienso que el primer paso es pararse –como uno pueda- ante Dios.

 

Con algo en las manos

 

Aquí podríamos entrar en el complejísimo discurso de la Fe Católica sobre la necesidad de las obras y fundamentar todo lo que la Iglesia nos ha enseñado desde la herejía de Pelagio hasta la de Lutero.

Para ello tenemos los documentos magisteriales y la historia de la Iglesia.

 

“No te presentarás ante el Señor con las manos vacías”

¿Y si no tenemos nada?

¿Tendremos que salir como las vírgenes fatuas corriendo en busca del aceite para nuestras lámparas?

Ciertamente, mientras estemos “en camino”, ya que habrá un instante en que el tiempo de llenar la lámpara se terminará, y como ha dicho el Señor, “a la hora menos pensada”

Sin combustible no hay combustión. Para que brille la luz de Cristo (tanto lo hacemos cantar a nuestros niños…) hay que tener aceite.

La luz sería la Fe, el aceite la buenas obras.

 

Santa Teresita del Niño Jesús, Doctora de la Iglesia, alejada en el tiempo y en el conocimiento de la tortuosa teología luterana, nos deja pasmados cuando afirma en sus Novísima Verba, que a la hora de presentarse ante la majestad de Dios, lo hará con las manos vacías

¿En qué quedamos entonces?

Una vez más nos encontramos, como gustaban decir Chesterton y Castellani, ante las paradojas del Evangelio.

 

Nadie acusará a Teresita de luterana… (¡Ya se las vería conmigo!) Pero su afirmación, fundada en su profunda teología de la confianza hasta la audacia y en el omen novum (su camino de infancia espiritual) no hace más que resaltar que aún las “buenas obras”, sin el Amor, NO SON NADA.

Baste para persuadirnos de esta verdad, releer la interpretación de la Santita del texto paulino de I Cor 13. Por eso “sus manos vacías” no contienen Nada más que el Amor: y con ello contienen todo. Es más, creo que al enrevesado Lutero le hubiese hecho bajar su obstinación y darle sentido a su postura el saber que la Santa lexoviense planificaba poner en sus manos todos los merecimientos de Cristo.

 

Lo cierto es que, en esta primera instancia que describimos, quisiéramos estar dispuestos a presentarnos. Tal como nos pillen las circunstancias y estado de nuestra alma. Tal vez estemos impresentables.

Y pienso que ante el apurón, nuestro recurso es la Santísima Madre del Redentor.

 

¿A quién de nosotros no nos puso “presentables” nuestra madre a la hora de salir a la calle, de actuar en una obrita de la escuela, corriendo con el peine hasta la puerta de casa para que nuestra cabecita de niños no fuera un nido de lechuza?

No dudemos en salir a presentarnos. Y la Virgen hará lo suyo.

 

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¿Y qué hay del ofrecerse?

 

Aquí la cosa es mucho más seria. Se trata de una voluntad coincidente con la divina de no hacer de nuestra vida otra cosa que absolutamente todo lo que Dios espera y quiere de nosotros.

Supuesto que conozcamos esa voluntad ¿Son en verdad sinceras nuestras disposiciones? Supuesto que lo fueren ¿conocemos los alcances de un “ofrecimiento”?

Presentarse es decir: Aquí estoy. Ofrecerse equivale: Haz de mí lo que quieras; estoy aquí para ser transformado, transubstanciado, si se me permite el atrevimiento en el lenguaje.

 

No es argumento ni garantía de nada el que yo refiera circunstancias personales en este sitio, pero si la propia experiencia no le sirve a muchos más que a quien la tiene, tal vez, la sinceridad en referirla, pueda ayudar a alguno.

 

Para seguir con mi querida “doctorcita”. Recuerdo que a poco de ordenarme sacerdote copié en un papel que trataba de llevar siempre conmigo el ofrecimiento al Amor Misericordioso que redactó Santa Teresita (un texto de una conmovedora profundidad teológica, espiritual y mística)

Como todos sabemos, los primeros años de nuestra vida sacerdotal tienen mucho de bucólicos (por no decir utópicos o sencillamente ingenuos) y aquel ofrecimiento de quien tanto oró por los sacerdotes significaba para mí algo así como un programa de vida, un talismán protector, algo que creía conmovería a Dios por la sublimidad de lo que comportaba…

Tal vez Dios se haya conmovido. No por mi ofrenda, sino por mi inconsciencia.

 

Con el tiempo –he aquí mi confesión- tuve miedo. Sí me di cuenta que Dios se lo tomaría en serio. Pero Aquel que está más dentro nuestro que nosotros mismos, en el decir de S. Agustín, es el único que ha de saber la verdad de aquella aventura mística…

Lo que yo sé decir es que a partir de mi “cobardía” –humana, comprensible, todo lo que se quiera, pero una falta de confianza manifiesta- me di cuenta que me faltaba mucho para considerarme (con obras y de verdad) una víctima para el ofrecimiento.

 

Lo que ahora puedo agradecer es el estupendo porrazo que Dios permitió para mi presunción:

Aunque sé muy bien que Dios es quién conoce cuando la Hostia está lista para el Gran Ofertorio, ayer opté por ponerme ante el altar, de pié, y en el transcurso del Iudica reforzar con la voz –quiera Él que también el corazón- spera in Deum, quoniam adhuc confitebor illi..- Espera en Dios, que todavía volverás a alabarlo…

 

Por ahora, preséntate como eres, con todas tus miserias, pecados, negligencia y cobardías, que Dios no te rechaza…

Llegará el momento en Él mismo te convierta en Ofrenda permanente…

 

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P. Ismael

La redentora de cautivos. Cirugía litúrgico-teológica.

A mi Dulce Madre de la Merced,

la Virgen de mi infancia…

 

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Dejando aparte los datos y consideraciones históricas sobre el origen de la insigne Orden de la Santísima Madre de Dios, bajo el título de “Nuestra Señora de la Merced” o “de las Mercedes”, nuestra breve reflexión quisiera centrase en el contenido doctrinal que nos ofrece la oración del día que encontramos en el Misal y el Breviario Romanos de la edición 1962.

 

Puede constatar el lector las sucesivas modificaciones sufridas por las dos últimas traducciones de la oración Colecta (oración del día de la fiesta) y comprobar por sí, lo que tanto hemos venido diciendo sobre la “lex orandi”.

Así constatará cómo del sentido originario –no sólo de la Orden redentora de cautivos, sino además de la espiritualidad que denota- una rotación (siempre en el mismo sentido de pérdida del “sentido católico”) hacia esa tan pregonada “promoción humana” que alcanza su más alta formulación en lo que toda la teología de la liberación ha llamado y llama “opresión” y lo que éste término, según sus principios, declara.

 

MISAL ROMANO, 1962

 

Deus, qui per gloriosíssimam Fílii tui Matrem, ad liberandos Christi fidéles a potestáte paganórum, nova Ecclésiam tuam prole amplificáre dignátus es: præsta, quaesumus; ut, quam pie venerámur tanti óperis institutrícem, eius páriter méritis et intercessióne, a peccátis ómnibus et captivitáte daemonis liberémur.
Per eundem Dominum nostrum Iesum Christum filium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti, Deus, per omnia saecula saeculorum. (*)

 

Oh Dios, que por mediación de la gloriosísima Madre de tu Hijo, te dignaste aumentar tu Iglesia con una nueva Orden para librar a los fieles cristianos del poder de los paganos; te rogamos, por los méritos e intercesión de la Virgen, que devotamente veneramos como fundadora de tan grande Obra, nos concedas librarnos de todo pecado y de la cautividad del demonio. Por el mismo N.S.J.C tu Hijo…

 

EDICIÓN MISAL ARGENTINO 1981

 

Señor, Dios nuestro, en tu admirable providencia quisiste que la madre de tu Hijo único experimentase las angustias y los sufrimientos humanos;

por la intercesión de María,

consuelo de los afligidos

y liberadora de los cautivos,

concede a los que sufren cualquier modo de esclavitud,

la verdadera libertad de los hijos de Dios.

Por nuestro Señor Jesucristo.

 

EDICIÓN MISAL ARGENTINO 2011

 

Padre misericordioso, que otorgaste la redención a los hombres por medio de tu Hijo, concede, a cuantos invocamos a su Madre con el título de la Merced, mantenernos en la verdadera libertad de hijos, que Jesucristo nos mereció con su sacrificio, y ofrecerla incansablemente a todos los hombres.

Él que vive y reina contigo

 

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Cualquier avisado lector podrá comprobar la cadencia –o decadencia- de los contenidos de fe, el espíritu que impregna las sucesivas reformas de la oración que intentamos analizar.

 

1ª Oración

 

a) Se formula inicialmente la mediación de la gloriosísima Madre Cristo, atribuyéndole la inspiración de la fundación de una ORDEN destinada a liberar a los fieles cristianos del poder de los paganos.

No puede decirse que esta sea una mera circunstancia histórica que no haya tenido ningún repique posterior al siglo XIII. Bástenos leer las crónicas diarias de las persecuciones del Islam en regiones como África, la India, etc. y los apremiantes y desesperados llamados de atención al mundo (cristiano o no) de las atrocidades padecidas por miles de católicos en aquellas regiones.

No puede decirse que la Orden de la Merced hoy debiera replantearse su “carisma” primigenio: la esclavitud (en variadísimas formas) es padecida por los cristianos en muchos territorios “paganos”.

 

b) La petición dirigida a Dios tiene como objeto una doble liberación: en primer término, la del pecado. Como lo enseña Jesucristo en el Evangelio: “todo el que comete pecado, es esclavo”

Huelgan comentarios que avalen la verdad de las palabras del Señor: el pecado es la primera, la gran, la tremenda y la constante amenaza de esclavitud del hombre.

Nacemos con el pecado original, del que sólo diremos que es un estado de la naturaleza humana de enemistad con Dios, anterior a toda decisión personal.

Pecado original originante, que llamamos en teología.

Y el pecado original originado, que es el que cada hombre, en uso de su razón y libre albedrío, comete de forma personal, como autodeterminación frente a un mandato divino.

Lucha constante, que como el Apóstol, experimentamos en nuestros miembros; oscilación entre los “dos hombres” que pelean dentro nuestro: el que ve el bien y lo aprueba, y el que escoge lo peor…

En segundo lugar, se hace explícita mención al gestor del pecado en el mundo, a ese ser personal que la Revelación y toda la Tradición de la Iglesia, llaman Satanás o demonio: el enemigo de Dios y del hombre, Su imagen y Su semejanza.

Por mediación de Aquella que aplastó la cabeza del dragón infernal, implora la Iglesia en este día, la disolución de todo vínculo (cadenas) que amarran al hombre y le impiden su plena realización humana y la consecución de su destino eterno.

 

2ª Oración

 

Ya reformada la liturgia –con la consigna de Bugnini de hacer una “buena cirugía estética” al Misal, a partir de 1970, nos encontramos con variantes significativas, aunque se podría decir que el tema de la redención de “cualquier modo de esclavitud”, dejaría a salvo lo esencial de la razón de la Fiesta mariana, si bien, resulta llamativo que el señor demonio haya sido borrado del texto, ya que no eliminado del mundo en el que impera.

Ya no se menciona explícitamente la Orden de la Merced. Sospecho las razones. Las dejaremos de lado.

Podría rescatarse la apreciación antropológicamente acertada que se hace acerca del estado de opresión existencial del hombre viator.

Hasta aquí, con las rebajas ya notadas, el sentido de la fe, aunque aguado por el prurito de cambiar todo a toda costa y la sensibilidad del hombre moderno (cabría preguntarse a qué sensibilidad nos estaríamos remitiendo…) mantiene un sentido ortodoxo de la redención operada por Jesucristo sobre los hombres.

Destaco que esta traducción realizada en 1981 para el Misal Romano (editado en Argentina) fue confiada a personas que conservaban el sentido católico y eran peritos en lengua latina.

 

3ª Oración

 

Continúa la cirugía a lo que parece a manos de jíbaros…

No hace mención alguna a “gracia específica” de la advocación mariana que se celebra, a saber la redención o liberación; ni de la esclavitud del pecado, ni la del demonio, ni siquiera se mantuvo la invención introducida en la versión del 81 de “las angustias y los sufrimientos humanos”, cosa muy del estilo del “humanismo cristiano”, lo cual algo más hubiese especificado.

Por supuesto que, fiel al principio de sustituir a troche y moche el Dominus por Padre, la oración sigue el esquema predeterminado por la “teología del Padre”.

Tema complejo, al que por toda respuesta, uno de los grandes “compositores” del Misal Argentino, prelado él, cuando le objeté esta cuestión me dijo que se tradujo por Padre porque ya la gente no entiende el término “ Señor”, que se refería al “Dominus”, o sea al Emperador!!! ¡Como si alguno de nosotros hubiésemos vivido bajo el gobierno de un Basileus! ¡¡¡Magnífico absurdo!!!

El final, si no objetable, siempre en la clave de ese beatificante sentimiento de “hermandad universal” de cercanía, fraternidad, pero que nada dice de la liberación que todo hombre necesita.

Y como se trata de una liberación que “viene de lo alto”, no puede generarse desde el simple ofrecimiento de un par, tan cautivo como el otro, y tan necesitado de la gracia para romper las gruesas o sutiles cadenas que a todos nos amarran y quitan la auténtica libertad.

 

Conclusión:

Lo de siempre, más agua al vino bueno –intenso y embriagante- del Evangelio de Cristo.

¡Ah! Y no nos olvidemos que la brevedad de las oraciones (no de las homilías) sigue siendo la suprema lex…

 

(*) Ponemos tilde a las palabras latinas –que nunca llevan- para facilitar la lectura.

 

 

 

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P. Ismael

O EMMANUEL…

“La misericordia del Dios

permanece por toda la eternidad”

Sal 102, 16

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O Emmanuel, Rex el legifer noster, expectatio gentium, et Salvator earum: veni ad salvandum nos, Domine, Deus noster”

 

 

“¡Oh Emmanuel, nuestro Rey y legislador, el deseado de las naciones y su Salvador! Ven a salvarnos, Señor Dios nuestro”

 

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La última de las Grandes Antífonas cierra el canto de la Expectación con el gran tema de fondo que ha dominado estos días: Cristo, el Salvador Esperado, Rey del mundo y Legislador, vendrá a salvarnos por su gran Misericordia.

En realidad es la última, la gran nota final, con un magnífico calderón de eternidad.

 

Sírvame ello de paso para excusar la brevedad que debiera tener el presente comentario, dejando que siga sonando en las mentes de mis amables lectores.

 

En Is. 7, 14 el hijo que dará a luz la doncella (Παρθενος = virgen, según la traducción de los LXX, interpretación consagrada por Mt 1) recibe el nombre EMMANUEL = DIOS CON NOSOTROS.

 

Sería una pretensión en extremo prolija el recorrer en la Escritura tanto la literalidad, como el sentido de esta “compañía”, esta “presencia” de Dios con su pueblo.

Desde el ángel del Señor que marcha delante de los Patriarcas hasta las exclamaciones en todas las batallas “el Señor luchará con nosotros”, es la gran constante de todos los libros inspirados y como la síntesis de toda religión, exigencia moral y vida cultual: ¡Dios está con nosotros! ¿Qué pueblo tiene a sus dioses tan cercanos, como está el Señor cerca de nosotros?

 

Si Dios está con nosotros ¿quién estará contra nosotros?, exclama el Apóstol de los Gentiles.

Dios está y estará con nosotros.

Está en el sostenimiento de la Creación, de la Fe que arde en los corazones fieles, en el dolor del mundo, en las pruebas que nos envía, en la esperanza y afanes de los testigos de nuestro tiempo…

Está, sobre todo en el Sacramento del Altar, en medio nuestro, mediante su Presencia Real, en el perdón que generosamente nos otorga, en los ojos de los niños y de quienes amamos más allá de su cáscara…

Estará con nosotros en la hora de la prueba suprema y la gran tribulación.

Estará en la hora de nuestra muerte, de nuestro tembloroso encuentro con Él.

Estará Él mismo, Emmanuel, intercediendo ante el Padre por aquellos cuya vida, carne y sangre quiso asumir y derramar la Suya.

Estará siéndolo Todo en todos, por los siglos sin término.

 

 

MARANATHA!

VENI DOMINE IESU!

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P. Ismael

Para escuchar la antífona:

http://www.youtube.com/watch?v=FWGM9bJR2Cs

O REX GENTIUM…

« Tu trono es de Dios para

siempre jamás; un cetro de equidad,

el cetro de tu reino”

(Salmo, 44)

 

 

REX GENTIUM

 

 

O Rex gentium, et desideratus earum, lapisque angularis, qui facis utraque unun: veni, et salva hominen, que de limo formasti” »

 

« ¡Oh Rey de los gentiles y Deseado de las naciones, y piedra angular que haces de dos pueblos uno! Ven y salva al hombre, que del lodo formaste”

 

 

estrella

 

Como una sinfonía perfecta, en que los movimientos, centrados en un motivo que la vertebra, va preparando un final glorioso, las Antífonas O, van, a medida que se aproxima el momento de cantar la llegada del Salvador creando en el oído del alma un crescendo, un clímax de profundo gozo espiritual.

Hemos ido, como conviene a la naturaleza de la liturgia, que responde en último término al orden de la Revelación, ascendiendo “gradualmente” en estos ansiosos llamados al Verbo, tal y cual en la Historia de la Salvación fueron dándose: según la sapiente pedagogía de Dios, deteniéndonos en cada peldaño de su manifestación ascensional.

 

Así cantamos al Verbo Increado, preexistente en el seno eterno de la Santísima Trinidad (Sapientia); conocimos el nombre con que Dios quiso manifestarse y ser llamado por nuestros padres en el Antiguo Testamento (Adonai); reconocimos en el Hijo de David el linaje humano del Redentor (Radix Iesse); veneramos sus prerrogativas como conductor de la Casa de David y Fundador de la Iglesia (Clavis David); nos ha deslumbrado su resplandor que viene a quitar la tinieblas de nuestra vida (Oriens); lo proclamamos como Rey de las Naciones que aúna ambos Testamentos y Pueblos (Rex Gentium) y nos dejará con el aliento contenido el llamarlo con el dulce nombre de Dios con nosotros, Rey y Legislador (Emmanuel)

 

Este el penúltimo movimiento, o si queremos, el penúltimo escalón de este canto insistente de la Iglesia.

 

Hoy llamamos a Cristo “Rey deseado por las Naciones”, que ha venido ha hacer de ambos pueblos (el Israel de Dios y toda la Gentilidad) uno solo Pueblo.

A partir de la venida del Señor, se derribarán todos los muros de mezquindad que separan a los hombres, las diferencias y orgullos raciales…

Este Rey nuestro viene, a diferencia de los reyes de la tierra, revestido de la pobreza de nuestra condición mortal.

No podría salvarnos si Él mismo, en cuanto Perfecto Hombre, no hubiese recibido un cuerpo como el nuestro “formado del barro de la tierra”.

Si Él mismo no hubiese asumido el barro, no hubiera podido redimirlo.

Glorificada eternamente a la diestra del Padre, la Humanidad Santísima de Cristo, no olvida que pudo compadecerse de nosotros, como un Sumo Sacerdote que entró en el santuario del Cielo, no con la sangre de animales irracionales, sino con su misma Sangre preciosísima.

 

“¿Quién es ese que viene con ropaje teñido de rojo… y por qué está rojo tu vestido y tu ropaje, como el de un lagarero? (Is 63, 1-2)

“Fue llevado como cordero al matadero, y como oveja, muda ante los que la trasquilan, no abrió la boca” (Is 53, 7; Hech 8,32)

Así es como se presenta ante nosotros el Rey de la Naciones.

Mezcló su Sangre con nuestro lodo: nos re-modeló.

Y así como Elohim, formó con su manos la forma humana, soplando en su rostro el hálito de vida, Jesucristo nos re-creó empapando a ese hombre con su Sangre, saldando así la deuda de nuestra naturaleza insolvente y enemistada para siempre con Dios.

 

Por ello con toda justicia, Dios Padre lo constituyó Rey y Señor, porque nos compró para Él al precio de Su Sangre. Y le otorgó un Nombre que está sobre todo nombre, para que al Nombre de JESÚS, toda rodilla se doble, el Cielo, en la tierra y en los abismos…

En razón de la Unión Hipostática, en razón de su conquista, Jesucristo es el único Rey, no sólo de las Naciones y de los hombres todos, sino hasta de la creación entera, que como hemos señalado en estas reflexiones, fue hecha para Él. Omnia per Ipsum facta sunt. Todas las cosas fueron hechas por y para el Verbo.

 

Detengámonos un instante sobre este bellísimo texto de Newman:

“Pero Cristo vino a hacer un nuevo mundo. Entró en este mundo para regenerarlo en Él, para hacer un nuevo comienzo, para ser principio de la creación de Dios, para reunir todas las cosas y recapitular todo en Él. Los rayos de su gloria fueron esparcidos por el mundo; un estado de vida recibieron algunos, otro otros. El mundo era como un espejo bello, roto en pedazos, que no muestra ninguna imagen uniforme de su Creador. Pero Él vino a combinar lo que estaba disipado, a reunir en Él lo que estaba destrozado. Dio principio a toda excelencia y de su plenitud todos hemos recibido.

Cuando vino, un Niño nación, un Hijo nos fue dado, y era Hermoso, Consejero, Dios Todopoderoso, Eterno Padre, Príncipe de la Paz. Los ángeles anunciaron un Cristo, un Señor, pero además, “nació en Belén”, y fue “puesto en un pesebre”. Sabios orientales le trajeron oro porque era Rey, incienso porque era Dios, pero por otro lado también mirra, como señal de la muerte y sepultura que vendrían.

Al final, “dio testimonio de la verdad” como Profeta ante Pilato, sufrió en la cruz como nuestro Sacerdote, mientras era asimismo “Jesús de Nazareth, Rey de los Judíos”

 

(Bto. J. H. Newman, Los tres oficios de Cristo. Sermón de Navidad)

 

En el presente sermón, el brillantísimo Cardenal, ha resumido lo que venimos intentando decir.

Este Rey que une lo que parecía irreconciliable: al hombre con Dios, a la gentilidad con el pueblo de la Alianza.

Y ello por el camino de la humildad y el anonadamiento más inimaginable que podamos concebir, iniciado en el mismísimo instante de la Encarnación.

Tres Tronos ocupa el Rey de la Paz: el Pesebre, la Cruz, la Diestra del Padre.

 

El mismo Newman remarca que solamente en la Persona de Jesucristo pudieron juntarse los tres oficios (o misiones) de Profeta, Sacerdote y Rey.

Así fue posible la perfecta reconciliación con Dios.

Melquisedec fue sacerdote y rey, pero no profeta. David fue rey y profeta, pero no sacerdote. Jeremías, sacerdote y profeta, pero no rey.

En ninguno de estos grandes de la Historia Sagrada se pudieron –como nunca se podrán juntar- los tres oficios a la vez.

Solamente Dios mismo podía hacerlo.

 

Este hombre formado del barro de la tierra y redimido por Jesucristo, aún sigue resistiendo el imperio de cohesión a la unidad en Él.

Pasaron los siglos y ante la contemplación de este mundo en variada pero constante desintegración, nuestro ánimo lucha por sostenerse en la fe en la eficacia de la Encarnación Redentora.

 

Terminemos contrastando la realidad de este mundo con un texto de León XIII

se podrían restañar muchas heridas, todo derecho adquiriría su antigua fuerza, volverían los bienes de la paz, caerían de las manos las espadas y las armas, si todos aceptaran voluntariamente el imperio de Cristo, le obedecieran y toda lengua proclamase que Nuestro Señor Jesucristo está en la gloria del Padre” (Annum sacrum, 25-5-1889)

Remarcamos el se podrían y demás verbos potenciales que inteligentemente utiliza el Papa Pecci, como condicional. ¿Cuál es esta condicional? La de siempre: la voluntad del hombre.

 

Más allá de que los hombres seguimos haciendo barro, creemos que el Señor podrá mantenernos sobre la sólida piedra angular, que es Él mismo, y soplar sobre nosotros su majestuoso aliento.

 

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Para escuchar la Antífona:

 http://www.youtube.com/watch?v=4v926AQ3oTQ&feature=related

 

P. Ismael

O ORIENS…

Volvámonos hacia el Señor…

 

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O Oriens, splendor lucis aeternae, et sol iustitiae: veni et illumina sedentes in tenebris et umbra mortis”

 

 

 

« ¡Oh Oriente, esplendor de la luz eterna, y sol de justicia, ve e ilumina a los que están sentados en las tinieblas y en las sombras de la muerte”

 

 

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Aquel que vino a abrir las puertas del cautiverio de los hombres, a quien hemos llamado “Llave de David” para rescatar a los que estaban sentados en tinieblas de muerte, es llamado en el mismo cántico de Zacarías, Sol que nace de lo alto.

 

De todos es sabido que la Iglesia “sacralizó” el día 25 de diciembre, eclipsando con la celebración de la Navidad, la fiesta del Sol Invicto, gran acontecimiento para el mundo pagano, que precisamente con motivo del solsticio de invierno, imploraba del astro rey su protección y bendiciones.

No hizo más que superponer el Sol Increado, sobre el sol de la creación.

 

“Lumen de Lumine” – Luz de Luz- rezamos en el Credo.

Es la única figura “creada” que utiliza el Símbolo Nicieno-constantinopolitano (síntesis de la Fe de la Iglesia de los Padres) para describir la procedencia del Verbo respecto del Padre.

Dios de Dios, Luz de Luz, Dios Verdadero de Dios Verdadero, Genitum, non factum, Engendrado no creado: Hijo de Dios. De la misma substancia del Padre.

 

Dios es luz. El Evangelio de Juan en su Prólogo nos dice, superponiendo el cuadro sobre los trazos del Génesis, que la Luz estaba con Dios, que era Dios.

 

“La verdadera luz, la que alumbra a todo hombre, venía a este mundo. Él estaba en el mundo; por Él, el mundo había sido hecho, y el mundo no lo conoció” (Jn 1, 9-10)

Dice Jesús: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la obscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8, 12)

 

La luz es la primera de la criaturas hechas por Dios: “Dijo Dios: “Haya luz” y hubo luz. Vio Dios que la luz era buena, y apartó Dios la luz de la obscuridad” (Gén 1, 3-5)

Es vista por el Salmista como el ropaje de Dios: “Tú te recubres de la luz como de un vestido” (Sal 104, 2)

 

La Jerusalén celestial estará completamente iluminada por la luz del Cordero, que será su lámpara.

Para San Juan la vida cristiana se presenta como un constante combate entre los hijos de la luz y los hijos de la tinieblas y para el Apóstol de los Gentiles, siempre la luz será presentada como una imagen bien conocida por los cristianos, quienes ante la proximidad del día son invitados a abandonar “las obras de la tinieblas”.

El que obra según la luz, va hacia ella, para que se vea que sus obras están hechas según Dios.

 

Jesucristo en su Transfiguración el Tabor, adelantó a los favorecidos Apóstoles, un atisbo de su divinidad al transfigurarse ante ellos, resplandeciente de la luz que como Verbo del Padre, era ocultada por la opacidad de su Humanidad Santísima. Algo así como un escape centellante de brillo a través de la grieta de una vasija que contiene dentro la lumbre.

Este resplandor durará un instante.

Llegada la Hora de Cristo, Él declarará abiertamente: “Esta es vuestra hora y la del poder de las tinieblas”.

La Pasión parecerá extinguir aquella luz que vino al mundo.

Pero la Resurrección es el triunfo de la Luz.

 

Si en el orden creado, encontramos que todos los seres son visibles y resplandecen porque reciben su luz del sol, toda luz sobrenatural que brilla sobre nosotros dimana de Cristo, Sol de Justicia.

 

Todos los pueblos mirarán al Oriente, que precisamente eso significa (Originante, Saliente) como la dirección desde donde amanece y brota la luz.

Llamamos al Señor Oriente, porque Él se ha revelado desde allí. De allí ha anunciado su venida. Estar “orientado” es estar dirigido hacia Dios. “Des-orientado” es haber perdido la dirección de la fe, la plegaria y la salvación…

Porque la salvación viene de Oriente… (Cf Jn 4, 22)

 

El Apóstol nos ha exhortado en la Epístola del pasado Domingo IV de Adviento (que se vuelve a leer en las Ferias) a no juzgar nada antes de tiempo, “hasta que venga el Señor, el cual sacará a luz los secretos de las tinieblas y pondrá de manifiesto los designios de los corazones, y entonces a cada uno le vendrá de Dios su alabanza” (I Cor, 4, 5)

 

Cada quien tiene sus conos de sombra y muchas veces no vemos lo malo que hay en nosotros, sencillamente porque no tenemos luz. Cuanto más intensa sea la luz, tanto mayor será nuestro espanto al descubrir cómo estamos. Pero la luz de Verbo hecho carne ha iluminado nuestras almas con nuevo resplandor.

Una cosa es la desnuda luz del psicoanálisis y otra la luz de Cristo.

 

El nuevo resplandor del nacimiento del Salvador, nos hace mirar las miserias humanas, nuestras propias miserias, bajo una óptica de insondable esperanza. Sin caer en la trampa del optimismo, sin ningún tipo de edulcorante, podemos llegar a ver la cruda realidad de nuestro estado, sabiendo que por nosotros, Dios ha asumido todo lo nuestro –con excepción del pecado- para que podemos levantarnos y salir de las tinieblas.

 

Orientar nuestra vida hacia el Señor no es fruto de una decisión adolescente, de una consigna impuesta, de un impromptu místico o un mero deseo de mejora espiritual.

Se trata de abrir de par en par las puertas del corazón, dejar que cada resquicio sea iluminado, no tener vergüenza de todo lo que podamos ver. Y luego, dejarnos curar por este Sol de Justicia y Verdad.

 

 

Una consecuencia litúrgica

 

Los cristianos y la Iglesia toda han de re-orientarse constantemente hacia el Señor. “Volvernos hacia El”. No darle las espaladas.

 

La orientación de la oración común a sacerdotes y fieles (cuya forma simbólica era generalmente en dirección al este, es decir, al sol que se eleva), era concebida como una mirada hacia el Señor, hacia el verdadero sol”  (Cardenal Ratzinger)

La liturgia y el culto católico han de recuperar esta reorientación, como lo viene enseñando, contra el fantasma de la impopularidad y la furia de ciertos teólogos, doctores y pastoralistas, nuestro Padre Santo, el Papa Benedicto.

 

Tema para otra ocasión, pero que bien se despunta de cuanto hemos dicho.

 

Sobre ello bástennos las palabras del célebre liturgista de la escuela de Ratisbona, amigo del entonces Cardenal Ratzinger, Mons. Klaus Gamber, referidas a la “orientación” del culto, del Altar y de la asamblea:

 

“Según la concepción católica, la Misa es algo más que una comunidad para celebrar una cena en memoria de Jesús de Nazareth. Lo importante no es la constitución de una comunidad, ni lo que ella vive –aunque esto no deba subestimarse (cf I Cor 10,17) sino sobre todo el culto que se rinde a Dios.

No es el hombre sino Dios quien debe ser siempre el punto de referencia. De aquí que desde los orígenes todos se orientaban hacia Él y no un cara a cara entre sacerdote y asamblea. Es necesario sacar la consecuencia y reconocer francamente que la celebración versus populum es un error. Porque ella es en definitiva una orientación hacia el hombre y no hacia Dios”

 

(Klaus Gamber, “Vueltos hacia el Señor”, Ed. Francesa, con prólogo de Joseph Cardenal Ratzinger, 1992)

 

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Para escuchar la Antífona:

 http://www.youtube.com/watch?v=F5MaqjnSoHA

 

P. Ismael

O CLAVIS DAVID…

 

 

Ni que vayas, ni que vengas,

con llave cierro la puerta”

(García Lorca)

 

 

 

 

 

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O clavis David, et sceptrum domus Israel; qui aperis, et nemo claudit ; claudis et nemo aperit : veni, et educ vinctum de domo carceris, sedentem in tenebris, et umbra mortis »

 

 

« ¡Oh llave de David y cetro de la casa de Israel, que abres y nadie puede cerrar, y cierras y nadie puede abrir! Ven y saca de su prisión a los cautivos, sentados en tinieblas y sombras de muerte”

 

 

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Objetos y experiencia de todos los días: nuestras llaves.

 

La de nuestra casa, la oficina de trabajo, el coche. Las llaves de la parroquia, las de la biblioteca, la del Sagrario…

Tenerlas consigo significa la potestad, el uso y dominio de lo que es nuestro o de lo que se nos ha confiado.

Quien ha tenido la desagradable suerte de haber extraviado alguna vez su llavero, o que se lo hayan arrebatado, siente que “su” mundo se le cierra, que sus cosas y su propia persona quedan en la inseguridad, la inestabilidad.

Dejar las llaves de nuestra casa a un vecino cuando tenemos que cuidar a un pariente enfermo, ausentarnos por obligaciones o descanso, es un signo de grande confianza en su persona.

 

Desde que comenzaron a usarse en la historia de la humanidad las llaves, toda llave, ha adquirido la connotación de potestad: un pequeño artefacto que pone en nuestras manos todo lo que él puede franquearnos.

Tener las llaves es tener toda la casa.

Simbólicamente se entregan las “Llaves de la Ciudad” a un visitante ilustre, y más mediáticamente el emocionante momento (para el ganador) de un concurso con premios tales como una casa o un automóvil.

 

Que existieron en el Oriente antiguo no sólo lo atestigua la Escritura, sino la historia de muchos pueblos, como Egipto, por ejemplo, que cuenta en su alfabeto ideográfico con el signo de la llave (ank), hoy bastante en boga como adorno a modo de dije, en pulseras y demás colgantes.

En los bajorrelieves de numerosísimos templos y tumbas faraónicas, aparece el rey con este emblema en su mano: signo de poder sin límites, como hijo de los dioses que se le consideraba.

 

Pequeñísima o gigantesca, hermana inseparable de los engranajes combinados que ocultan la cerradura, conforman desde aquellos tiempos, aliados de la seguridad que el hombre procura para lo que desea guardar celosamente: su vida, su familia, sus bienes.

 

En el Antiguo Testamento tienen principalmente esta connotación de entrega del poder, y a juzgar por el texto que transcribimos, su tamaño ha sido importante.

 

“Pondré la llave de la casa de David sobre su hombro; abrirá y nadie cerrará, cerrará y nadie abrirá.

Le hincaré como clavija en lugar seguro y será trono de gloria para la casa de su padre” (Is 22, 22-23)

 

El Mesías lleva “sobre su hombro” la llave de la casa de David. Y es llamado Clavis David, Llave de David.

El tiene potestad de abrir y cerrar. De dejar pasar o impedir la entrada.

 

Dice Jesús en la parábola del Buen Pastor:

 

“Yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido delante de mí son ladrones y salteadores; pero las ovejas no les escucharon. Yo soy la puerta; si uno entra por mí estará a salvo; entrará y saldrá y encontrará pasto” Y más adelante aclaró: “… el que no entra por la puerta en el redil de las ovejas, sino que escala por otro lado, ése es un ladrón y un salteador, pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el portero…” (Jn, 10, 7-9; 1-3)

 

Esta potestad de dejar entrar le corresponde por derecho a Cristo por ser quien habría de dar su vida por las ovejas.

Más aún el texto indica que el paso es Él mismo: hay que pasar por Él.

 

Pero convenía que Cristo se fuera, para que entonces pudiera venir el Paráclito, el sostén, el Espíritu que Él había de enviar desde el Padre el día de Pentecostés.

¿Cómo actuará entonces el Señor para dejar pasar, para abrir, y también para cerrar, sino a través de este “acto de potestad y confianza” entregando las llaves de Su Iglesia a quien nombró piedra?

Su Casa, la Iglesia, es y seguirá siendo suya. Pero las llaves, hasta su retorno como Juez de vivos y muertos, las dejó en manos del pobre pescador galileo. En manos de un “arrepentido” que como lo vemos representado en un famoso cuadro del Greco, llora arroyos de lágrimas, con sus manos juntas, mirando al cielo, pero sin soltar el juego de dos llaves que lleva enganchado en su brazo derecho.

 

“Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los Cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos (Mt 16, 17-19)

 

Puesto que nadie puede poner otro fundamento que el puesto por Cristo y siendo su palabra infalible, la seguridad para llegar a Él y pasar por Él, nos viene, por encima de la fragilidad del portero, de Su voluntad de hacerlo depositario sobre sus hombros de las llaves del Reino: “El que os escucha a vosotros, a Mí me escucha, el que os rechaza, a Mí, me rechaza”

Y aunque Pedro tenga a su cargo tamaña tarea de abrir y cerrar, la causa “instrumental” de nuestra entrada o exclusión, es siempre Cristo, Llave de David, Puerta de las Ovejas, Cabeza y Señor de la Iglesia.

Al final de la historia, cuando Cristo entregue el Reino al Padre, para que todo sea uno en la eterna felicidad de la contemplación facial de Dios, juzgará de nuestras obras, si hemos guardado Su Palabra.

 

El Vidente de Patmos recibe el encargo de escribirle al Ángel de la Iglesia de Filadelfia:

“Esto dice el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David: si él abre, nadie puede cerrar; si él cierra nadie puede abrir. Conozco tu conducta: mira que he abierto ante ti una puerta que nadie puede cerrar, porque, aunque tienes poco poder, has guardado mi Palabra y no has renegado de mi nombre…”

(Apoc 3, 7-8)

 

Guardar la Palabra de Cristo es la garantía para que funcionen las llaves.

Aunque tengamos poco poder, como los de Filadelfia, Él ha abierto ante nosotros una puerta cuando nos incorporó a Su Iglesia por el Bautismo, confirmado sobre la Fe de Pedro.

 

Dejamos para el final otra de las funciones de la llave.

 

El Mesías romperá los cerrojos de las cárceles de los cautivos. Abrirá sus celdas como abrió el Sheol en el que estaban detenidas las almas de los justos del Antiguo Testamento hasta el día de Su Resurrección.

Así lo profetizó Zacarías en su cántico del Benedictus que cada día recitamos en las Laudes matutinas:

“illuminare his qui in tenebris, et in umbra mortis sedent...”

“para iluminar a los que yacen (están sentados) en las tinieblas y sombras de la muerte”.

 

Estar “sentado” es figura de quien no tiene esperanza de redención. Quien está en las tinieblas no tiene otra alternativa que sentarse, porque es imposible cualquier intento de caminar. Mientras hay luz se puede caminar, cuando llega la noche, nada se puede hacer.

Por eso el Mesías viene a tomarnos y ponernos de pié, como lo hizo Él y también los Apóstoles cuando sanaban a los lisiados.

 

Es un lugar común para la teología de la liberación el tópico de “las opresiones”. No está mal siempre que se entienda que la liberación más importante, y que sólo Cristo puede realizarla, cooperando el hombre, es la de la cautivad y esclavitud del pecado, principalmente el personal. Porque el llamado “pecado social” no es más que la suma de nuestros pequeños o grandes pecados, que nos tiran a “sentarnos” en una tiniebla que puede llegar a ser tan cómoda como mortal.

 

Pidamos en estos días al Divino Cerrajero que acomode los engranajes interiores de la combinación de nuestra alma, para que lo dejemos abrir, entrar y cenar con nosotros.

 

Para escuchar la Antífona:

 http://www.youtube.com/watch?v=mzR--y9MiPM&feature=related

 

 

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P. Ismael

O RADIX IESSE…

“Fructus eius dulcis”

“Su fruto es dulce”

(Cantar)

 

 

 

RADIX IESSE

La raíz de Jesé. Catedral de Chartres.

 

O radix Iesse, qui stas in signum populorum, super que continebunt reges os suum, quem continebunt reges os suum, quem gentes deprecabuntur: veni ad liberandum nos, iam noli tardare”

 

 

 

“Oh Raíz de Jesé que está de pié como una insignia del pueblo, ante quien los reyes guardarán silencio y ante quien los gentiles orarán, ven a librarnos, y no tardes”

 

 

 

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Jesús es llamado en algunas ocasiones en los Evangelios como “Hijo de David”. Esta expresión aparece en boca de algunos afligidos que se acercaban a Él en busca de sus signos milagrosos.

Habiendo recusado el concepto nacional y político del Rey-Mesías, Jesús nunca se llamó a sí mismo hijo de David.

“Jesús, tomando la palabra, decía mientras enseñaba en el Templo: “¿Cómo dicen los escribas que el Cristo es hijo de David? David mismo dijo, movido por el Espíritu Santo:

Dijo el Señor a mi Señor:

siéntate a mi diestra

hasta que ponga a tus enemigos

debajo de tus pies.

El mismo David le llama Señor: ¿cómo entonces puede ser hijo suyo? (Mc 12, 35-37)

En modo alguno se trata de un repudio a su dignidad real y davídica, de la cual dan suficiente cuenta las genealogías de Mateo y Lucas.

 

De cualquier forma, sirviéndose con más soltura y frecuencia del título de “Hijo del Hombre” (especialmente en ciertas ocasiones con referencia a Daniel 7, de connotaciones mesiánicas) ello no anula que ese Hijo del Hombre, es hijo de la descendencia de David.

Dice San Lucas: “Al sexto mes fue enviado por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José, de la casa de David…” (Lc 1, 26-27) Según estos versículos hay una correspondencia con la genealogía de Mateo que hace de José descendiente de David, ya que ambos acentuarán, como era costumbre, la filiación por parte del padre. Lo que no significa en modo alguno que María no fuese igualmente de la estirpe y familia de David.

 

La historia de David y su preponderancia en la historia del pueblo elegido hace del piadoso y guerrero rey un prototipo del Ungido del Señor.

El fue ungido por Samuel cuando el Señor rechazó a Saúl.

Era el más pequeño de los hijos de Jesé.

Tan sin protagonismo que, cuando el profeta llega a casa de Jesé y quiere ver a todos sus hijos, tiene que preguntarle al final del desfile de los apuestos muchachos, si no le quedaba otro hijo, porque el Señor le había dicho no es éste el elegido.

David era pastor y estaba cuidando el ganado de su padre.

Antes que David fuese David, el Rey era “el hijo de Jesé”. Costumbre muy corriente entre los hebreos y orientales en general de designar a un por el nombre de su padre: los patronímicos, que diríamos nosotros, y que tanto se dan entre los apellidos españoles.

 

El título mesiánico otorgado en este caso por la liturgia en la Antífona de este día, da un salto por encima de David, para llamar al Mesías prometido, Raíz de Jesé.

Isaías había profetizado un descendiente de David sobre el que reposaría el espíritu del Señor con todos sus dones: “Saldrá un vástago del tronco de Jesé, un retoño de sus raíces brotará” (Is 11, 1)

En admirable consonancia anuncia Jeremías: “Mirad que días vienen –oráculo del Señor- en que suscitaré a David un Germen justo: reinará un rey prudente, practicará el derecho y la justicia en la tierra” (Jer, 23, 5)

Estas bellísimas y fuertes imágenes: Germen, raíz, tronco, vástago, retoño; todas ellas originadas de la vida agrícola, tienen obviamente una clara referencia a la generación humana del Mesías.

 

Las genealogías de los santos evangelios tienen una primera finalidad: demostrar que Jesucristo es verdadero y perfecto Hombre.

En cuanto a su naturaleza humana, que le es otorgada totalmente por María, se puede señalar en Él, como en cualquier hombre, una procedencia, una genealogía, una familia.

¡Qué escándalo para el monofisita y el cátaro de todos los tiempos!

¡Y sobre todo que en los ascendientes de Jesús aparezcan ciertos personajes con “historia”! ¡Y el mismo David tuvo sus “historias”!

El Señor no se avergüenza de reconocerse descendiente, según la carne, de una familia, de una estirpe que aunque elegida por Dios, no dejó de ser nunca humana…

 

¡Qué bien podremos comprender esto todos nosotros, que gracias a Dios no hemos nacido por generación espontánea!

Hemos tenido, tenemos y tendremos en nuestras familias quienes están más cerca y quienes tal vez estén muy lejos de Dios. Y esto que podemos ver en estos miembros de nuestra familia, también puede darse en nosotros mismos…

 

Para que veamos hasta qué punto el arte sacro de la Iglesia ha incorporado con toda “naturalidad” esta “filiación humana de Cristo” hemos encabezado nuestro comentario con una fotografía de un formidable vitral de la catedral de Chartres que ilustra, al igual que numerosas miniaturas del Medioevo, esta imagen de la raíz o el tronco de Jesé.

Aunando dos cosas que la Edad Media supo muy bien hacer y que a nosotros nos cuesta tanto, el anónimo autor del vitral, representa la generación humana con un natural candor y un verismo muy fuerte. La raíz –cualquier observador podrá notarlo- no brota de la cabeza ni del corazón del susodicho Jesé, como tal vez lo hubiera representado una piadosa monjita del período jansenista, o los “fetos con alas”, como describía Don Orione a ciertos seminaristas de su tiempo (dicho sea de paso, ahora no tienen alas…)

 

Ante esta Raíz de Jesé, Jesucristo, el Mesías Rey de reyes, todos lo poderosos de la tierra enmudecerán y los gentiles llegarán a la conversión, dice la Antífona.

La flor más delicada ha producido el fruto más sabroso: María, verdadera Rosa Mística nos ha dado el fruto bendito de su vientre: Jesús.

 

Y la Iglesia cantará enternecida en estos días:

 

“Memento, rerum Conditor,

nostri quod olim corporis,

sacrata ab alvo Virginis

nascendo formam sumpseris”

 

“Creador de todo lo creado,

acuérdate del día en que este suelo

te vio nacer del vientre de una Virgen

vestido con un cuerpo igual al nuestro”

 

(Himno de Navidad Iesu Redemptor omnium)

Traducción: Fco. Luis Bernárdez, “Himnos del Breviario Romano”

 

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Para escuchar la Antífona:

http://www.youtube.com/watch?v=VFE7B-DZ8_w&feature=related

 

 

P. Ismael