“Cuando era protestante yo notaba que mi religión era seca y triste, pero no mi vida; sin embargo siendo católico mi vida es triste y seca, pero no mi religión”

(Beato Card. John Henry Newman)

________

El Siglo de Plástico

¿resistirá?


Cristo de plástico


En este domingo la Palabra de Cristo causa cierta incertidumbre y perplejidad en sus Apóstoles a quienes pone en estado de pura receptividad.


Es lo que Catellani, siguiendo a Kierkegaard, llamó “desesperación”: “no en el sentido de pecado contra la esperanza –excepto en Judas- sino en el sentido de conmoción espiritual extrema y profunda”.


Más adelante se explaya el teólogo santafesino:

“En esta coyuntura Cristo les anuncia la derrota y la victoria en forma simple y sedada: que van a tener que afligirse, entristecerse y acongojarse y que el mundo va a triunfar; pero que después su tristeza se convertirá en gozo, y que ese gozo nadie se los podrá quitar…”


Pronunciadas en el contexto del extenso discurso de Despedida del Maestro, durante la Última Cena (Juan 16, 16-22) estas palabras – “Un poquito me veréis y un poquito más y ya no me veréis” – suscitaron más interrogantes entre los Apóstoles asustados que se decían unos a otros: “¿Qué quiere decir con ese poquito?”


¿Se refería el Señor a lo que inmediata e inminentemente iba a ocurrir a la “hora de la Pasión” o estaba prediciendo el futuro de la toda la vida de la Iglesia que habría de nacer cincuenta y tres días más tarde?


Ambas posibilidades son reconciliables si miramos el ejemplo fuertemente humano que toma para referirse al “estado” habitual de quienes seguiríamos (o intentáramos) sus pasos.


Nuestra vida cristiana en la Iglesia sería como un parto.

“La mujer, en los dolores del parto, está triste, porque le llegó su hora: mas cuando ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de aquel trance, por el gozo de que ha nacido un hombre al mundo.”


La alegría, la verdadera alegría de la maternidad (ínsita en la naturaleza de la mujer) trasciende el mismísimo interés por el propio hijo y se proyecta en un gozo universal: un niño es algo más que un ser de la madre: es un bien de la humanidad.


El Señor sabía que nuestros gozos habrían de mixturarse con grandes pruebas y tristezas que jalonan nuestra existencia y que todo el esfuerzo por vivir la dureza del “parto” cristiano habría de ser superado por ese inmenso, insospechado, misterioso alumbramiento para el mundo, de los frutos de haber permanecido unidos a El.


Podrán quitarle a la madre su hijo. Lo que nunca podrán quitarle es su maternidad: el haber parido para el mundo de los hombres.


Podrán quitarle (o irse por su cuenta) los hijos de la Santa Madre Iglesia.


Pero ella nos ha parido a la vida verdadera: gracias a su alumbramiento, la Vida que el Señor nos ha conseguido por su Pasión y Muerte, será siempre prenda de salvación, más allá de toda debilidad y malicia humanas.


Intuimos un cierto buen humor de Cristo en aquellos momentos tan temblorosos de la Cena: nos anima a no asustarnos cuando por un poquito no le veamos.


¿Cuánto tiempo duran esos poquitos tiempos de ausencia del Señor?


¿Se dará en nuestra existencia temporal una visión más nítida de Jesús, o habremos de esperar el lumen gloriae para verlo por toda una eternidad?


La historia de la Iglesia da cuenta de ciertos tiempos o períodos en los cuales ese gozo de ver a su Redentor más patentemente ha sido –aún en medio de las vicisitudes de esta vida- un hecho social constatable.


estrella


No encontrando un término con el que designar al calamitoso siglo X, Baronio lo califica de saeculum ferreum (por su aspereza y esterilidad), plumbeum (por la deformidad de sus males) y obscurum (por la pobreza de sus escritores).


La decadencia universal de la vida religiosa y la falta de santos fue la característica de este período que conocemos en la historia de la Iglesia como Siglo de Hierro.


Me pregunto cómo designarán los escritores católicos de las próximas centurias (si Cristo no viene antes, porque ya todo está preparado) a nuestro joven siglo XXI que ya casi está saliendo de su infancia y entrando en la precoz y conflictiva adolescencia.


Si algo bueno se le puede encontrar al hierro, no lo dudamos es su consistencia. Frío y oscuro, no deja de tener su sentido de elemento estructurante.


Si tuviese que elegir algunos elementos que nos dieran una imagen del siglo (temporal y eclesial) en que vivimos, el primero que me viene a la mente es el plástico.


Estamos viviendo el Siglo de Plástico de la Iglesia. Y aclaro inmediatamente que cuando aplico analógicamente este término a nuestra Madre, la Santa Iglesia, lo hago desde la vista temporal que ofrece a nuestros ojos de carne la imagen que los impresiona con las características peculiares de este ya no tan moderno derivado del más viejo, paleolítico, conocido y disputado petróleo.


No se ofendan conmigo los técnicos y especialistas en las diversas constituciones moleculares de la multiforme (por no decir infinita) variedad de sustancias a las que (desde mi ignorancia en el tema) englobo en el conjunto plástico. Poliuretano, polietileno, polímeros en general…


Me explayo algo sobre las características de este omnipresente material:


- Funcionalidad

- Elasticidad

- Flexibilidad

- Vistosidad

- Descartabilidad

- Degradabilidad (en algunos casos)


Aquí me detengo por no hacer interminable la lista.


A ojos vista, la imagen que se nos presenta de nuestra Iglesia contemporánea (y no hay que ser muy rebuscado para sacar conclusiones) es una comunidad que de hecho, en la práctica aparece detentando las características del nombrado elemento.


Buen número de pastores (Epíscopos y Presbíteros) han optado por la practicidad y funcionalidad de una teología plástica, una moral plástica, una liturgia de plástico.


Y también contamos, en el variopinto exhibidor eclesiástico de mercado, curas de plástico, obispos de silicona y seminarios de celuloide…


Fácil de transportar en el intelecto, más fácil de vivirse y predicarse, el estilo plástico de nuestro siglo ha sido transferido a los productos de la Fe; universalizado por su accesibilidad, el plástico católico ha devenido en uso universal.


¿Que usted no puede sostener ya las promesas del Sacerdocio y del Matrimonio?

Deshágase de ellas, porque son de plástico.


¿Que la moral católica resulta pesada para la mayoría de la gente y del único mandamiento del que se habla es del Quinto?

No hay problema, los otros nueve son de plástico.


¿Que la liturgia no puede ser ya comprendida porque los contemporáneos cibernéticos no entienden ya los signos humano-divinos del culto tradicional?

Sustituya por celebraciones plásticas (bien plásticas, con baile y todo) el Rito Romano para que la gente entienda y celebre la fiesta.


¿Que no nos da el cuerpo para ser de fierro o tener madera de santo, como se decía antes?

Sea un católico de plástico: vistoso, adaptable a todo y a todos, pluralista, polivalente.


Pero quédese tranquilo, también como el plástico, Ud. será cambiado por otro adminículo del mismo material cuando ya no lo necesiten en este bazar de subproductos cristianos.


El siglo de Hierro, con toda su frialdad y dureza, tal vez resista la prueba del fuego que el juicio de Jesucristo hará sobre la Historia, de la que dice la Teología (y también los Obispos) que Él es el Señor…


San Pedro dice “Porque ha llegado el tiempo de comenzar el juicio por la casa de Dios” (I Pe 4, 17) “Pues más le hubiera valido no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido, volverse atrás del santo precepto que les fue transmitido. Les ha sucedido lo de aquel proverbio tan cierto: “el perro vuelve a su vómito” y “la puerca lavada, a revolcarse en el cieno” (I Pe 2, 21, 22)


Y San Pablo afirma taxativamente: “¡Mire cada cual cómo construye! Pues nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto, JESUCRISTO. Y si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada cual quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego. Y la calidad de la obra de cada cual, la probará el fuego. Aquél, cuya obra, construida sobre el cimiento, resista, recibirá la recompensa. Mas aquél, cuya obra quede abrasada, sufrirá el daño. Él, no obstante, quedará a salvo, pero como quien pasa a través del fuego” (I Cor 3, 10-15)


El Apóstol se refiere aquí a tres tipos de constructores (predicadores): los que construyen con solidez, los que construyen con materiales que no resisten la prueba, y los que en lugar de construir, destruyen.


Sin demasiado esfuerzo llegamos a la conclusión:


En este poquito de tiempo que nos toca vivir en el que no vemos demasiado al Señor y nos desesperamos como los Apóstoles, podemos pensar:


El hierro tal vez resista la prueba del fuego, aquí en el tiempo o en la eternidad.


¿Qué será del plástico, aquí en el tiempo o en la eternidad?


P. Ismael


linea_pluma

Soleares pascuales


meditación

sobre un fragmento de una vieja carta

a mi amigo Jerónimo


emaus1 

La cena de Emaús  (Rembrandt)


Cada día le pido a Jesús que se quede conmigo porque atardece.


Mi vida atardece, mis proyectos ya son noche. Sé muy bien que para todos los hombres cada día atardece.


Y sé también, que muchos viven como si en lugar de atardecer sus vidas fueran amaneciendo. Son formas. Son maneras.

Pero inexorablemente todos atardecemos.


No obstante este sentimiento de ir dejándolo todo me ha plantado en el misterio de Emaús. Me siento envuelto en esa luminosidad del cuadro de Rembrandt, en una luz rojiza y dorada, en un clima de encuentro con el Señor Resucitado, sin que siempre pueda reconocerlo, porque mis ojos están "detenidos"...


Pero me doy cuenta que "es el Señor" cuando parto el pan.

No sé por cuánto tiempo me dejarán partir el pan. Tengo la sensación que llegará un momento, para que mi cruz sea cruz, en que los poderosos querrán atarme de nuevo las manos.


Por ahora me siento envuelto en la luz de la salita de Emaús. No quiero salirme de allí. No me interesa volver a Jerusalén para contarle esto a los "Apóstoles".


Me quedaría allí siempre, mirando la silla donde se sentó el Maestro, recogiendo cada miguita de la mesa, manteniendo la luz... Y cada mañana dejaría todo en orden para que al atardecer del círculo diurno pudiera encerrarme de nuevo y esperar el preciso momento en que se hizo presente.


Yo también, como Cleofás, creía que Él sería el que salvara a Israel, y ya ves... han pasado casi treinta años desde que sucedió aquello y el drama del Calvario se me hace cada día más estable, y las "resurrecciones" menos frecuentes y estables... No me dejo ilusionar por los que dicen que lo han visto no sé en qué circunstancias.


Ya dije en cierta ocasión que no creo en los subproductos de la fe. Tal vez tenga –a lo Tomás el Dídimo- cierta envidia de los crédulos. Pero lo que me domina es cierto desprecio. Sí, desprecio los subproductos, las mutaciones, las baratijas espirituales que, como un desesperado intento de supervivencia nos ofrecen hoy los que se consideran "columnas".


Veo que todo atardece, la fe se va oscureciendo y vienen tinieblas y se han llevado el cuerpo del Señor... y tienen los templos... y las llaves de la ciencia... Y no entran ni dejan entrar. Y es fecunda como nunca la esterilidad.


Sí, es lo único que veo que se reproduce: la infelicidad de ser estéril, profundamente estéril, rabiosamente fecundos en su esterilidad. Nada entregan, a no ser el sin sentido de hacer lo que hay que hacer, lo establecido, cumplir la consigna de hacer infelices a un decreciente ejército de eunucos.


No me pidas que me consuele con un supuesto número de fieles del resto fiel. Cuando el Señor murió, murió y estuvo muerto, bien muerto. No pidas que vea la resurrección cuando veo cadáveres ambulantes y todo lo que creí que tenía vida fosilizado. Hoy sigue muerto entre nosotros y agoniza, como decía Pascal, hasta el fin del mundo.


Mi esperanza viene por otros caminos. Viene de mirar al Señor que me ha mostrado cuánto me ama y que perdona que yo sea tardo en entender que el Mesías debía pasar por su pasión para llegar a su glorificación. Hoy ya no le digo nada. Lo miro. Lo miro en mi agonía indigna y en mis intentos de resucitar con Él. Él me está mirando por otros ojos. No son los de sus vicarios.


Acuérdate que Caifás era vicario del Dios Bendito... Me arrepiento profundamente de haber creído alguna vez en los magnates de esta Iglesia. Me arrepiento de mis disimulados intentos de lograr su favor y ser alguien y pensar que con algo de poder podría haber hecho el bien. ¡Que yo siempre entienda que en la debilidad se manifiesta el poder de Cristo!


Para resucitar hay que estar bien muerto. Y a mí me falta morir a mí mismo y a mi pecado. Por eso no puedo ser ni un Savonarola ni un Pippo Neri, dos florentinos con agallas.


Argentino y gallináceo, con roturas en las cañerías y entuertos por componer, poco tiempo me queda para redimir instancias superiores. Pero debo componer mis cacharros, cuidar mis plantas, enseñar teología y las decenas de cosas que me pertenecen, porque son mías y me aman...


Debo cuidar mi rosa, deshollinar mi pequeño planeta, porque son míos y lloran por mí. No puedo, no debo, no quiero desatender sus reclamos. Y si fueran sus caprichos, son más santos que el presunto celo de nuestros obispos! Yo los complacería gustoso.


Así tendré descendencia, seré su padre, más padre que los que anteponen el Reverendísimo a su paternidad bastarda y ladrona.


Yo, por dentro, siempre fui rey. Para eso nací. Lástima que me haya esclavizado de mi egoísmo. Pero creo que todavía puedo ser generoso si aprendo a quedarme en la salita claroscura de Emaús sin esperar otra cosa sino que Él cene conmigo y me muestre su rostro.


Y deje mi corazón ardiendo…

P. Ismael


linea_pluma

Surrexit Dominus vere, Alleluia!

 

 

 

“¿por qué lloras? ¿a quién buscas?”

 

 

 

noli_me tangere

 

 

Perseveremos como María Magdalena, junto al sepulcro vacío.

Una y otra vez busquemos al Señor.

Quien pierde algo sumamente preciado no cesa de buscar allí donde lo había dejado.

El sepulcro vacío es la garantía de nuestra Fe en la Resurrección del Señor.

 

Cuando digo “creo” digo “sé”…

Sé que el Señor vive.

Dime Señor dónde te han puesto y yo te buscaré…

Y Tú me llamarás por mi nombre y yo te reconoceré…

¡Rabbuní!

No te retengo Señor,

me basta haberte oído…

Voy a mis hermanos a decirles que estás vivo!

 

 

P. Ismael

 

Lamentaciones segundas

Stat Crux

 

cristo10

 

 

 

Hemos continuado en los maitines de hoy con la lectura de las Lamentaciones de Jeremías (Lamentación segunda), y nos detendremos en la letra NUN.

 

“Prophetae tui viderunt tibi falsa et stulta…”

“Tus profetas te anunciaron visiones falsas e insípidas,

no pusieron al desnudo tus iniquidades para hacer

cambiar tu suerte,

sino que te anunciaron oráculos vanos y falaces”

 

Hace poco tiempo nuestro continente y el mundo entero se conmocionaron con los terremotos y tsunamis que han causado, en el decir de algunos científicos, un desplazamiento del eje del planeta.

Dejemos a geólogos, sismólogos y demás especialistas en el tema el continuar investigando las causas y las consecuencias que tales movimientos traerán a nuestra pobre “casa grande”.

 

Al modo como se ha producido un corrimiento de tierras y ciudades y la inclinación del eje de nuestro globo, en los últimos siglos comprobamos un desplazamiento del eje central sobre el que debe girar nuestra fe cristiana.

Precisamente el Viernes Santo, la liturgia de la Iglesia nos centra en ese eje de nuestra salvación, en lo que ha de ser para nosotros el axis mundi (el eje del mundo), el pivote de giro de la Fe: la Santa Cruz.

Ya desde los tiempos apostólicos existieron quienes intentaban torcer el mensaje de Cristo: poner otro fundamento: un cristianismo sin Cruz.

El Apóstol denuncia con audacia a aquellos que se comportan como enemigos de la Cruz de Cristo y asegura fuertemente que él no quiere saber otra cosa que “Cristo Crucificado”.

 

Ha dicho El Santo Padre:

"El "escándalo" y la "necedad" de la Cruz están precisamente en el hecho que ahí donde parece haber solo fracaso, dolor, derrota, precisamente allí está todo el poder del Amor ilimitado de Dios, porque la Cruz es expresión de amor y el amor es el verdadero poder que se revela precisamente en esta aparente debilidad. Para los judíos la Cruz es skandalon, es decir, trampa o piedra de tropiezo: parece obstaculizar la fe del pío israelita, que no consigue encontrar nada parecido en las Sagradas Escrituras. Pablo, con no poco valor, parece decir aquí que la apuesta es altísima: para los judíos, la Cruz contradice la esencia misma de Dios, que se ha manifestado con signos prodigiosos. Por tanto, aceptar la Cruz de Cristo significa realizar una profunda conversión en el modo de relacionarse con Dios.

 

Por no denunciar al mundo sus iniquidades y no poner al desnudo su mentira, muchos también hoy, anuncian visiones falsas y estúpidas.

Visión falsa del cristianismo es la que oculta la esencialidad redentora del sacrificio de Cristo, sacrificio que se consuma en el Calvario con la Muerte del Señor.

Se viene a reemplazar la fuerza de la Cruz con el edulcorante de la mentira y la estupidez.

 

Durante la Última Cena, en la cual el Señor instituyó los sacramentos de la Eucaristía y el Sacerdocio, soportó el cinismo de Judas, la presunción de Pedro y la poca inteligencia de los Apóstoles sobre el sentido de lo que estaba realizando. “¿Entendisteis lo que acabo de hacer con vosotros?”

 

No sólo el lavatorio de los pies. Sino además el adelanto místico de su inmolación definitiva en el Gólgota: el haberse hecho presente de modo admirable en aquel pan que partió con sus santas y venerables manos.

 

En el Huerto, mientras Él oraba y los discípulos se dormían, Judas no perdía tiempo en concertar los últimos detalles de su prendimiento.

 

Martín Descalzo nota con agudeza que mientras se llevaba a cabo el drama más grande de la historia (la Muerte del Hijo de Dios) algunos soldados jugaban a las tabas.

Cuando llegó el momento de la repartija de los despojos de los crucificados, al advertir la calidad del manto del Señor –tejido en una sola pieza- decidieron “sortearlo para ver a quién le tocaba”.

Este sorteo del premio debió de llevarse a cabo de alguna manera.

Para aquellos verdugos ejecutores de tantas muertes, pasar el rato era algo “de more” y por ello contaban con sus jueguitos: llevaban dados en sus mochilas.

 

¿Cómo vería Jesús tras sus ojos velados por la sangre y el dolor aquel espectáculo?

¿Han entendido los suyos lo que significó su Cruz?

“Ahora no lo entendéis. Más adelante lo entenderéis”

 

Sublimados por la infusión del Espíritu Santo, los Apóstoles comprendieron todo lo que su Maestro hizo y dijo.

Y ya no hubo dubitación: el eje estaba bien puesto. Nadie podía edificar sobre otra roca que Jesucristo.

Y en esa roca, bien clavada y firme el arma de su victoria: la Santa Cruz.

 

Ahora bien, cuando por halagar los oídos (prurientes aures), los hombres (y entre ellos también muchos pastores) que en expresión del Apóstol ya no soportarán la sana doctrina, se inclina el eje del misterio cristiano, no nos sorprenderá que muchos “creyentes” hayan perdido el “equilibrio” de su Fe.

Han sido engañados hábilmente y juegan a los dados mientras el Señor agoniza.

 

La Cruz seguirá firme mientras el mundo da sus vueltas.

Stat Crux dum volvitur orbis, reza el antiguo lema cartujano.

 

Habrá muchos terremotos espirituales, eclesiales, teológicos y litúrgicos.

Mucha murga carnavalesca acompañará al Señor este Viernes Santo.

Las visitas a las siete iglesias –otrora impregnadas de un doloroso recogimiento- se tornan en bullangueras comparsas.

Comprometer para el dolor y la cruz tiene mala prensa.

Pero cuando cae el baño de repostería, es probable que el consumidor se rompa los dientes contra el leño firme de la Cruz de Cristo.

 

Para nosotros, durante esta vida, Jesús seguirá allí: sin bajarse de la Cruz. Y nosotros no podemos bajarnos.

Su Cruz seguirá firme hasta el fin de los tiempos.

Hasta que el eje de la tierra siga donde debe y haya Profetas y Apóstoles de la Verdad.

 

P. Ismael

 

 

linea_pluma

Miércoles Santo: el día de la traición

Lamentaciones por mi Iglesia:

Con la indulgente venia de Jeremías

 

el-profeta-jeremias-segun-miguelangel

estrella

Aleph

 

¡Qué sola está tu Iglesia, antes llena del pueblo fiel!

La Señora de las naciones se convirtió en viuda sin hijos.

Aquella que enseñaba al mundo es tributaria de sus principios.

 

Beth

 

Su llanto copioso no tiene consuelo y los suyos

se le volvieron enemigos.

 

Guimel

Emigró de su tierra santa y sentada entre los gentiles

no encuentra reposo: sus perseguidores la han alcanzado.

Quisieron abrirla al mundo y el humo satánico

mareó a los buenos.

 

Dalet

 

Sus caminos están de luto y son tan pocos los que

vienen a sus solemnidades.

Sus puertas desoladas, sus sacerdotes corrompidos,

sus vírgenes ridículas; ella llena de amargura.

 

He

Prevalecieron sus enemigos y prosperaron

los que la aborrecían.

El Señor la afligió por sus rebeldías

y sus niños cautivados por violadores.

 

Wau

Ha desaparecido todo el esplendor de su culto,

sus prelados son como ciervos sin pasto

y huyen sin fuerza ante el perseguidor.

 

Zain

Se acordó de sus días de gloria y de los bienes

que antes tuvo.

Cayó su pueblo en manos de los enemigos sin

que nadie le ayudase, sus enemigos la miraron

y se burlaron de su perdición.

 

Jet

Muchos han sido tus pecados, Iglesia Santa,

por eso has sido objeto de aversión:

Cuantos antes te honraban te desprecian

viendo tu desnudez.

Estás sosa y sin luz…

 

Tet

Su inmundicia manchó sus vestiduras sacras

y cayó de manera sorprendente…

Donde había veneración hoy domina la burla.

 

Yod

Echó mano el enemigo de todos tus tesoros:

tus retablos, tus ornamentos, tu latín, tu celibato,

tu unción religiosa, el silencio de tu interior…

Vio penetrar en el santuario la mano irreverente

que ultraja el Sacramento.

Tus asambleas son un circo de gitanos.

Y cualquiera pontifica.

 

Kaf

Todo el pueblo van en busca de pan

mientras tus prelados dicen:

“Denles ustedes de comer”

y en lugar de tu Pan, le dan migajas de superstición.

¿Es esta la Fe que encontrará tu Esposo a su retorno?

 

Lámed

Oh vosotros cuantos pasáis por el camino,

mirad y ved si hay dolor comparable al suyo.

El Señor la ha afligido con el ardor de su cólera.

 

Mem

Mandó Dios desde lo alto un fuego que consume

nuestros huesos, nos arrojó en la desolación

y no tenemos consejeros.

 

Nun

El yugo de nuestras iniquidades pesa sobre nosotros

y no podemos levantarnos.

Merecemos ser pisoteados por tribunales paganos.

 

Sámec

Rechazó el Señor a todos sus buenos guerreros.

Los desprestigiaron por integristas.

Convocó a quienes quebrantaron a los mancebos

con lasciva seducción.

 

Ayim

Por eso lloro y manan lágrimas de mis ojos y mi

alma está sin alivio.

Tus hijos están desolados al ver el triunfo del enemigo

que está adentro y reforma tus mismas oraciones

con que otrora les aterrabas.

 

Pe

Tiende Sión sus manos y nadie la consuela.

Dios permitió que sus enemigos la rodeen

y la ciudad Santa es objeto de abominación.

 

Sade

Justo es Dios, pues fuiste rebelde con sus mandatos.

Contemplad el dolor de nuestra Madre: sus doncellas y

sus mancebos han ido al cautiverio de pastores ladrones

de su fe y su castidad.

 

Qof

Llamaste a tus amigos, pero te engañaron.

Firmaste tus propios decretos de autodemolición.

Tus sacerdotes y cardenales perecen en las ciudades

buscando la Comida que ellos debieran preparar.

 

Res

Mira, Señor, la angustia de tus hijos fieles.

Mira cómo se revuelven sus entrañas por la rebeldía del

error que hizo estragos en el cuerpo de tu Esposa.

 

Sin

Oyen nuestros gemidos y nadie nos consuela:

nos contentan con mentirosas reformas de palabras.

Y el Antiguo Enemigo se alegra de haber sido olvidado,

porque ahora exorcizan a quienes antes lo exorcizaban.

 

Tau

Señor descubre ante tus ojos la maldad del enemigo

y trátalo como nos trataste a nosotros

por nuestras rebeldías.

Muy dolorido está nuestro corazón.

 

¡Jerusalén, Jerusalén, conviértete al Dios que es TUYO!

 

P. Ismael

linea_pluma

Soleares de Domingo de Ramos

…tollentes ramos olivarum

obviaverunt Domino…”


santafaz_info


estrella


Han cesado la barahúnda y los “Hosannas” de la multitud, y al igual que los discípulos nos quedamos pensando esta noche lo que ha sido nuestro Domingo de Ramos.


Se trata de un domingo singular: tal vez sea el domingo que más gente acude a nuestras iglesias en una búsqueda semiconsciente de un misterio que se le escapa: la aceptación de Jesús.


No resultará difícil encontrar alguna explicación: el atractivo de llevar algo bendito a la propia casa, será tal vez la irresistible atracción de conservar alguna hoja de aquel árbol del Historia que es el Evangelio.


El amontonamiento desordenado de nuestras procesiones, los comentarios casi irreverentes de los pascualizantes, el continuo bisbiseo de las viejitas y la mirada distraída que recorre los altares y techos del templo, son actitudes similares a la que se dieron aquella mañana impresionante que atronó el cielo de Jerusalén con la entrada triunfal –para subir al Trono de la Cruz- de nuestro Adorable Redentor.


Cada quien, a su modo, ha querido tener algo que ver con Jesús…


Y mirando nuestra vida, podemos encontrar en aquellos honores transitorios que recibió el Señor, un tipo de creyente que nos refleje.


En primer lugar aparece el homenaje fastuoso de las palmas y ramos que cortaban niños y jóvenes para formar al paso del Rey Manso un toldo que se agitaba como un mar verdeante.


A pocos días de conservar en nuestras casas esas ramas benditas, las hojas del olivo se van cerrando en sí mismas y comienzan a secarse hasta alcanzar un estado casi de fosilización.


Este es el modo de obrar de aquellos que atraídos por Cristo, se suman a la multitud. Simpatizan prontamente con Él y no dudan en manifestar festivamente su adhesión: podrán incluso organizar diversas marchas en defensa o en pro de algunas de sus enseñanzas.


Pero su acción es bien transitoria. Allí los tenemos prontos para cantar, vivar y hacer “presencia”.


A la tarde comienzan a secarse. Su verdor no es perenne.

Y tal vez sean los mismos que con idéntica pasión y entusiasmo griten el Viernes Santo: “Crucifícalo, crucifícalo”.

Tal es la adhesión meramente popular (o la devoción popular) que recibe el Señor.


El segundo tributo que es ofrecido al Señor es el de los mantos y vestimentas, que como alfombras, algunos ponían ante la modesta cabalgadura del Maestro.


Aquí, la entrega es mayor: no se trata ya de cortar las ramas de árboles ajenos, sino de poner a los pies de Jesucristo “algo” de nosotros mismos.

Y también pueda ser ponernos nosotros mismos a los pies del Señor.

Son éstos los cristianos que además de profesar la fe con las palabras y los gestos, ponen de lo suyo al servicio de Dios.


Todas las obras de misericordia –tanto espirituales como corporales-, todas las acciones apostólicas, entrañarán siempre el desprendimiento de algo (poco o mucho) que nos pertenezca.


Poner la vestiduras como tapices para el paso de Cristo significará también uno de los ejercicios de humildad más patentes de la verdadera entrega: poner nuestros “vestidos” para que los pise el Señor significa tener en poco mi cargo, mi puesto, mi dignidad, mi jerarquía; que sólo sirven si lo sirven a Él.


Y finalmente el homenaje que más nos enternece.

Aquel borriquito que Jesús tomó prestado (porque todo lo tuvo prestado en su vida: el pesebre, la comida y la amistad y también en la muerte tuvo algo prestado: el sepulcro) para montarse sobre él e ingresar, como los reyes y profetas del Antiguo Testamento a tomar posesión de su Trono y su Reino.


Aquel que rehusó toda potestad temporal, quiso al aproximarse su Pasión, la solemnidad que por todo derecho le correspondía: ser Rey y reinar desde el Madero, como reza el magnífico himno de Vísperas “Dicendo nationibus: Regnavit a ligno Deus”, estrofa desaparecida en la reforma del 70. 


Aquel simpático animal tuvo en su vida una dignidad sublime: la de llevar sobre sí al Redentor del mundo.


Inconsciente por naturaleza, transportó por unas horas al que creó el universo y estaba a punto de redimirlo.


Leemos en el salmo 72:


“Ego insipiens eram neque intelegebam: ut iumentum fui coram te… Ego autem semper tecum ero: apprehendisti manum dexteram meam..”


“Yo era un necio y no sabía nada; era para ti como un jumento. Pero yo estaré siempre a tu lado, pues tú me has tomado de la diestra”.


¿Quién no ha leído en sus años escolares aquel tierno libro de Juan Ramón Jiménez Platero y yo? No podíamos dejar de terminar su lectura con lágrimas en los ojos.


Yo nunca tuve la ocasión de tratar a estos simpáticos animalitos, pero a través de sus páginas pude darme cuenta de cuánto son capaces de establecer un contacto tan sensible con sus amos y con cuánta fidelidad y ternura se entregan a ellos.


Piden poco, trabajan mucho. Y también se empacan, tienen sus caprichos y sus miserias.


¿Queremos una imagen más exacta de nuestra propia vida, especialmente la sacerdotal y cristiana?


Bastante “burros” (al igual que nuestros alumnos) en el conocimiento y la ciencia de las cosas divinas, bastante trabajadores (aunque a veces damos vuelta la noria del ministerio refunfuñando) y también con nuestras miserias a flor de piel… “Hermano asno” como designaba a su cuerpo San Francisco de Asís o“Borrico sarnoso”, como se llamaba a sí mismo San Josemaría Escrivá.


El pequeño asno es una imagen espléndida de lo que Dios tiene reservado para nosotros después de este día de Ramos: mucho trabajo, trabajo sublime: llevar sobre nosotros a Cristo.


Lo demás, está de más.


Nuestras “sarnas” no son obstáculos para sentirnos responsables y recuperar el santo orgullo de ser consagrados.

En la Edad Media, un ingenioso teólogo habló de la consecratio per contactum, la consagración por el contacto…

Pienso que el contacto físico de la Humanidad Santísima del Salvador, consagró la existencia de esta bestia de carga.


Y siendo nosotros, o estando llamados a serlo, animales racionales, toda nuestra gloria (que siempre será prestada) consistirá en dejarnos contagiar por el contacto que a diario tenemos con Jesucristo: lo llevamos en el carácter sacerdotal, lo tenemos en nuestras manos, lo acercamos a los agonizantes, lo repartimos como Alimento de Ángeles, lo transportamos en las heridas de nuestros propios pecados que esperamos, con su contacto, sean redimidos.


“Domine, si vis potes me mundare. Volo mundare”

“Señor, si quieres puedes limpiarme. Lo quiero, queda limpio”


En el silencio de esta noche renovemos nuestro proyecto juvenil de trabajar como burros. Pero no como burros que no son queridos. Si Platero tuvo tanto “amor” de su buen amo, ¿cuánto amor no tendremos nosotros de un Amo que además de importarle nuestro trabajo, le importan y también ama nuestras sarnas?


Y Jesús en su silencio de esta noche, piensa en la palmas, los ramos y su borriquito.


P. Ismael


linea_pluma

Septuagésima: paraíso y tiempo perdidos

A los pequeños Antonio y Paquito,

que me preguntan por la Septuagésima.

 

The_Expulsion_of_Adam_and_Eve_from_the_Garden_of_Paradise_Alexandre_Cabanel

 

 

Con las primeras Vísperas del primer Domingo de Septuagésima, iniciamos (en el Año Litúrgico tradicional) un período de semanas preparatorias al santo tiempo de Cuaresma.

Con la finalidad de no llegar sin la adecuada preparación espiritual a la Cuaresma, la Iglesia instituyó la Septuagésima, desde tiempos anteriores a San Gregorio Magno, quien la sancionó definitivamente este período, con características propias y bien definidas, el cual algunos liturgistas denominaron Antecuaresma.

 

Escribe el P. Azcárate en su inmortal obra “La Flor de la liturgia”:

“Los nombres de Septuagésima, Sexagésima, y Quinquagésima con que se distingue cada uno de estos tres domingos,, son derivados del de Quadragésima, con que los latinos designaron a la Cuaresma. La etimología es obvia; pero en cambio no es exacto su significado matemático; pues si bien el domingo de Cuaresma es, numéricamente el día “cuadragésimo” antes de Pascua, éstos otros tres no son ni el “quinquagésimo”, ni el “sexagésimo”, ni el “septuagésimo”; ya que la semana sólo consta de siete días, no de diez, y el número total de días, entre la Cuaresma y la Septuagésima, es de 61, no de 70. La denominación es, pues, una derivación lógica de la palabra Quadragésima; pero no indica el orden matemático que expresa”

 

A partir de hoy desaparece el jubiloso “Alleluia” de todos los oficios litúrgicos. El “benedicamus Domino. Alleluia, alleluia” de las Primeras Vísperas de hoy hace resonar por última vez esta expresión tan familiar para nosotros, como señal de regocijo.

En la Edad Media tuvo tal relevancia esta “despedida” del Aleluya que se compusieron oficios dedicados a demostrar sentimientos de afecto ante el Aleluya al que se despedía como a un viajero que emprendía un largo camino, para luego retornar el Sábado Santo.

A modo de ejemplo citamos un candoroso texto de la liturgia mozárabe:

“¿Te vas, Aleluya? Pues que tengas un buen viaje, y vuelvas contento a visitarnos. Aleluya.

Los Ángeles te llevarán en sus brazos para que no tropiece tu pie, y vuelvas de nueva a visitarnos”.

Aún en el ámbito extralitúrgico se celebraba, como un juego de niños, el así llamado entierro del Aleluya” llevado a cabo por los monaguillos en el cementerio parroquial.

 

Pero el sentido más profundo de la Septuagésima, tal y como lo van señalando los textos litúrgicos, es la toma de conciencia de nuestra más profunda realidad humana y llenar nuestros corazones de aquella sensatez que pide el salmista, para calcular nuestros años y no perder el tiempo.

 

El Catecismo Mayor de San Pío X sintetiza el sentido de la Septuagésima y las semanas que le siguen:

“En los divinos oficios de la semana de septuagésima, la Iglesia nos representa la caída de nuestros primeros padres y su justo castigo; en los de sexagésima, el diluvio universal, enviado por Dios para castigo de los pecadores, y en los tres primeros días de la semana de quincuagésima, la vocación de Abrahán y el premio dado por Dios a su obediencia y a su fe.

En este tiempo, aún más que en otro cualquiera, se ven tantos desórdenes en algunos cristianos por la malignidad del demonio, que queriendo contrariar los designios de la Iglesia, hace los mayores esfuerzos para inducir a los cristianos a que vivan según los dictámenes del mundo y de la carne.”

(Cf. Cap. Parte V, cap. V, 33; 34 “De las virtudes principales y de otras cosas necesarias que ha de saber el cristiano”)

 

Es de sabios comenzar por el principio.

Y la Liturgia Católica, que es sabia, nos hace empezar desde el principio.

¿Cuál es el sentido de la Cuaresma? ¿Por qué la penitencia y la mortificación? ¿Por qué las obras de caridad y la oración más intensa?

Sabiamente instituida, la Septuagésima consigue que no nos sorprenda el Miércoles de Ceniza sin saber por qué nuestro párroco esparce en la cabeza de los fieles aquel signo penitencial.

 

Por ello, el primer gran tema de ese Tiempo es el “origen” del pecado y sus consecuencias.

Es dogma de fe que la caída de los Primeros Padres en el Paraíso (que se transmitiría a sus descendientes por generación, no por imitación), denominada “pecado original” es la “muerte del alma”, mors animae (Conc. Trento, Dz 789), vale decir, la carencia de la vida sobrenatural, o de la gracia santificante.

Por lo que el pecado original consiste en el estado de privación de la gracia, que tiene su causa en el voluntario pecado actual de Adán, cabeza del género humano.

Este pecado (originante en Adán y originado en nosotros) ha despojado al hombre de sus bienes sobrenaturales y herido en los naturales (spoliatus gratuitis, vulneratus in naturalibus)

 

En relación a la vulneración de la naturaleza, la doctrina católica no la concibe como una total corrupción de la misma: aún en estado de pecado original el hombre tiene la facultad de conocer la verdades religiosas naturales y de realizar acciones moralmente buenas en el orden natural.

El Concilio tridentino enseña que por el pecado de Adán no se perdió ni quedó extinguido el libre albedrío (Dz 815)

 

La herida abierta en la naturaleza, interesa al cuerpo y al alma.

 

Heridas del cuerpo: + passibilitas (parirás con dolor, etc.)

+ mortalitas (morirás de muerte)

Heridas del alma (opuestas respectivamente a las cuatro virtudes cardinales):

+ ignorancia -------------prudencia

+ malicia -----------------justicia

+ fragilidad --------------fortaleza

+ concupiscencia --------templanza

 

Añadamos a esto consecuencias derivadas, tales como el desorden interior, la aparición del pudor, el desajuste con la naturaleza creada (natura naturata): “la tierra te producirá abrojos…” la lucha entre hermanos, pueblos; etc. etc.

 

estrella

 

Ignorar el pecado original, además de herético, es una soberana gansada roussoniana.

Sin embargo asistimos con frecuencia a la triste constatación que este tema medular de la Fe (no por “bonito” sino por fundante de la historia de la Salvación) es soslayado en la enseñanza práctica de nuestras catequesis y desconocido totalmente a la hora de sacar conclusiones bien prácticas y concretas sobre la concepción del hombre y su educación cristiana.

La pérdida en el nuevo ciclo litúrgico del tiempo de Septuagésima, es otro indicador de la sensible y progresiva pérdida del sentido del pecado y del creciente –aunque desmentido por la realidad- optimismo que impulsó a los cráneos litúrgicos y pastoralistas.

 

¿Ingenuidad? ¿malicia? ¿ambas cosas juntas? (porque todo es posible) No lo sabemos.

Lo que sí sabemos es que no sólo se prescinde de este punto esencial (y picajoso) de nuestra Fe, sino que se actúa como si el hombre no hubiese sido afectado por esta realidad que lo hiere desde su concepción misma: nuestros colegios (llamados) católicos, nuestras asociaciones, grupos o movimientos (llamados) católicos parecieran desconocer la inclinación al pecado, el pecado mismo que a todos nos afecta.

 

La escuela mixta, los infaltables “campamentos”, entre otras variadas realidades, se han construido sobre el desconocimiento de esta vulneración de la humana naturaleza como si fuésemos ángeles; inmunes de toda vinculación con aquel lejano y folclórico relato del Génesis.

Desconocer la realidad del pecado no es un recurso catequístico para iniciar a nuestros niños y jóvenes en la vivencia de los valores evangélicos.

 

Nuestro Señor Jesucristo nos dejó bien claro su conocimiento sobre nuestra naturaleza (la que Él posee verdaderamente, con excepción del pecado original o personal e inmunidad de toda concupiscencia) cuando nos dijo: “Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos…”

La catequesis actual, influenciada por el pascualismo teológico y litúrgico imperante, pasa por alto la verdad del pecado original y sus consecuencias, para lanzarse en un salto suicida al alegre festejo de un hombre redimido, no sabemos de qué.

 

Que el perdido tiempo de Septuagésima no sea tiempo perdido para nosotros y volvamos, una vez más a la vigilancia y sensatez de entender que aunque se vista de seda, el pecado pecado siempre se queda…

 

P. Ismael

 

linea_pluma

Inés: cordera del Cordero

 

 

glorifico nomen tuum in aeternum”

(Antífona de Vísperas)

 

 

 

 

st_agnes

 

 

 

En el la fiesta de Santa Inés, transcribo este “poema en vuelo” de su libro El río ensimismado” de mi recordado y apenas reconocido sacerdote-poeta, el Canónigo Edmundo García Caffarena: un hombre tan difícil y apasionado como el Evangelio mismo…

 

Para alimento de la piedad y examen de los Pastores…

 

“Letrilla del Evangelio”

 

“He aquí el Cordero Dios” Juan, I,2.

“Yo soy el Buen Pastor” Juan, X, 14.

 

 

Juan repite: “Es Buen Pastor”

Y el Bautista: “Es el Cordero”

¿Quién se pudo equivocar

si a los dos debió inspirar

el Espíritu de Amor?

Él nos lo puede aclarar:

fue Cordero y es Pastor.

 

Pedía la oveja mejor

pastor, cansada de errar

en manos del embustero.

No alcanzó otro conductor,

sino Aquél, que sin balar

fue llevado al matadero.

Para llegar a Pastor,

primero hay que ser Cordero.

 

No llegaré a bien mandar

si no he servido primero

si hasta la muerte, mejor

pues vivo lo que es amor

y de otro modo no quiero.

Para llegar a pastor

lo mejor es ser primero

cordero.

 

estrella

 

 

Dulce niña, mansa como tu manso Maestro,

que tu nombre sea para nosotros

lección de martirio

y esponsal misterio…

Y aprendamos quienes pastores nos llamamos

a ser corderos por dentro.

 

P. Ismael

 

 

linea_pluma

El Bautismo del Señor

 

…intus reformari mereamur”

que seamos interiormente reformados”

 

(Oración del día)

 

 

 

187783_bautismodecristoperugino

 

 

 

Completando la trilogía epifánica junto a la adoración de los Magos y el primer milagro a instancias de Santísima Madre, en Caná de Galilea, el Bautismo del Jesús en el Jordán, constituye el luminoso escenario que preanuncia la salvación que vino a traernos el Verbo de Dios Encarnado mediante sus Sacramentos.

 

Entremezclado entre los pecadores, Aquel que no consideró su divinidad como algo que debía guardar celosamente (cf. Flp 2) se humilla hasta el gesto (no solamente exterior) de recibir una ablución penitencial.

¡El Cordero inocente que había de quitar el pecado del mundo insiste ante la resistencia del Precursor que lo sumerja en las aguas del Jordán para cumplir toda justicia! (Cf Mt 3,15)

 

A más de un monofisita le hubiese gustado que el Señor obviase este gesto tan comprometedor, anticipo de aquella bendita costumbre de Jesús de Nazaret de meterse entre los indeseables (pecadores, publicanos, meretrices y demás desconocedores de la Ley)

De hecho, su inclinación por estos miserables, le acarreará la perpetua antipatía de los purísimos fariseos que acecharán constantemente las actitudes de benevolencia y misericordia sobre aquellas masas.

 

“Misereor super turbam…” “Me da pena esta gran masa de gente…”

 

Y por ello, ante esta multitud de pecadores que acudían a Juan para confesar sus miserias y ante la mirada de nuestra fe, el Evangelio nos describe con detalles más que impresionantes la testificación del Cielo sobre el Hijo predilecto del Padre, que nos manda escucharle...

“Los cielos se abrieron y el Espíritu Santo, bajo la forma corporal de una paloma descendió sobre Él y se oyó la voz del Padre: este es mi Hijo..”

 

Nuestro propio Bautismo, prefigurado en el episodio del Jordán, prometido en el diálogo con Nicodemo e instituido antes de la Ascensión, encuentra en esta fiesta un motivo para remozarnos en el espíritu de audacia que nos hace llamar a Dios “Padre”.

 

Llamar Padre a Dios supone, inicialmente, un indispensable sentimiento (sentido) de humildad.

Yo no soy más hijo que los demás hijos de Dios. Soy tan hijo como ellos.

Y tan pecador.

“Audemus dicere…” “Nos atrevemos a decir…”

Sí. Es un verdadero “atrevimiento”. Un divino atrevimiento al que nos animó Nuestro Señor cuando nos enseñó cómo y con qué palabras debemos dirigirnos a Dios.

El fundamento bautismal es el reconocimiento de no merecer ser ni llamarse “hijo adoptivo de Dios”.

Dios ha querido que no sólo nos llamemos sino que en verdad lo seamos.

Y ello no puede vivirse sin la conciencia de ser pobres pecadores amados libérrima y gratuitamente por Dios.

 

“…El os bautizará en el Espíritu Santo y en fuego” (Cf Lc 3, 16)

 

En tanto que el bautismo en el Espíritu Santo es el sello sacramental (indeleble) que marca nuestra alma como propiedad divina, principio operativo de la vida espiritual cristiana; el bautismo “en fuego”, podríamos entenderlo como lo explica el Crisóstomo: “Y así como Jesucristo llama agua a la gracia del Espíritu, manifestando por la palabra agua la pureza que produce, a la vez que el inmenso consuelo que introduce en nuestras almas; así San Juan (Bautista) con la palabra fuego expresa el fervor y la rectitud dela gracias, como también la destrucción de los pecados” (Hom 11, in Matth)

Estrechamente unido a la gracia de la humildad (porque ser verdaderamente humilde es gracia de Dios) se halla el fervor (ardor de fuego) propio de quien no puede menos que “arder” en su corazón por saberse Hijo de Dios.

 

Audacia y fervor sintetizan el espíritu del bautizado.

 

Las estadísticas anuales que transcriben las cifras de bautizados en el mundo dan cuenta de una razón meramente numérica.

Hay muchos bautizados. Eso es lo que se puede contar

 

Esperando que respondiese “La Gioconda o la Victoria de Samotracia” le preguntaron a un famoso cineasta de cuestionable moralidad e incuestionable inteligencia qué salvaría del Louvre si éste se incendiase.

A lo que instantáneamente contestó: “¡El fuego!”

Mutatis mutandis, si nos preguntaran qué debemos salvar de nuestro cristianismo –ese que el Divino Redentor inauguró con los misterios de su Epifanía- no dudemos que Su fuego es lo que debe ser salvado.

 

P. Ismael

 

 

linea_pluma

Epifanía, llamado y camino

“Esta estrella resplandece como

una llama,  y muestra al Rey de los reyes;

los Magos la vieron y ofrecieron dones al gran Rey”

(5ta. ant. Laudes. Brev. Romanum)

 

400_1199511580_reyes-magos

En el Calendario litúrgico tradicional el Tiempo de Epifanía se extiende hasta el comienzo de Septuagésima, que este año comienza el domingo 31 de enero.

Hasta esa fecha la Iglesia, iluminada por el fulgor de la Epifanía del Señor, saborea el misterio de la manifestación del Hijo de Dios.

 

El destino de los Magos

 

Que Dios se revela como, cuando y a quienes Él quiere, es una realidad de la que da cuenta la misma Escritura la que, a lo largo de su extensión histórica y literaria va refiriendo de forma impresionante la voluntad salvífica universal de un Dios que vino a ser para todos, el Niño que se nos ha dado.

Habiendo Dios hablado de muchas maneras en otro tiempo, ahora se nos ha revelado en Su Hijo Único… (Cf Heb 1,1 ss)

 

Por esas “muchas maneras” podemos entender no sólo las comunicaciones directas de la divina revelación al pueblo escogido, sino extender además –según el auténtico sentido de la Escritura- otras formas de divina intervención en la historia de la humanidad más allá de los límites de la verdadera religión depositada en Israel y llevada a plenitud por nuestro Señor Jesucristo.

 

El esplendor de la Epifanía, que se prolonga a través de estos días, ofreciéndonos preciosos textos de la Escritura y los Padres, es tan deslumbrante que nos lleva de la mano a la consideración de la bondad infinita de Dios para con los hombres de todo tiempo y lugar.

 

El pueblo escogido estaba más que acostumbrado a los ángeles: ellos revolotean por todas las páginas de la Biblia y eran los autorizados heraldos de Dios para las grandes noticias y los fuertes guerreros protectores de la nación y los individuos.

No es de extrañar que para el anuncio de la concepción del Bautista y de la Encarnación del Redentor, Dios Padre haya señalado a San Gabriel (“Fortaleza de Dios”) como su embajador para indicar la fuerza incontenible de la voz que clama en el desierto y la acción salvífica del Fuerte León de Judá, el Mesías Salvador.

 

Son los coros angélicos los que después del anuncio de otro ángel, llenarán el cielo de Belén con el primer Gloria in excelsis Deo de la historia.

Efectivamente, es por mediación de un ángel que Dios comunica a los pastores el nacimiento del Salvador: “se les presentó un ángel del Señor, y la gloria del Señor los envolvía con su luz, quedando ellos sobrecogidos de gran temor...” (Cf Lc 2, 9 y ss)

Para un pueblo acostumbrado a los ángeles, son los ángeles quienes le llevan a Belén a ver esto que el Señor nos ha anunciado (Lc 2, 15)

 

¿Y para los paganos? ¿Tomará Dios el mismo procedimiento? ¿Serán los espíritus celestiales quienes les llamen a Belén?

La historia sagrada nos dice que Dios tomó otro camino, otro recurso…

Para que los paganos volvieran a Él “por otro camino” (cf Mt 2, 12)

La sabiduría divina que, como centella de luz, también se difundió entre los paganos, los dirige al Dios verdadero por el camino por el que ellos intentaban transitar: la ciencia de las cosas superiores.

 

Cuando la ciencia procede de un intelecto límpido, de una intención pura, teniendo en Dios su mismo origen, no puede dejar en tinieblas a los hombres que buscan a Dios con sinceridad de corazón…

 

Los Magos miraban constantemente las estrellas, criaturas sublimes del firmamento, creadas por Dios.

Ellas habían sido “colgadas” en el espacio por el Señor, el cuarto día de la Creación, como luminarias en la oscuridad (Gén 1, 4)

A los pueblos circunvecinos de Israel esta imagen ciertamente les escandalizaría bastante: que aquellas divinidades celestes fuesen tratadas por el relato del Génesis casi como faroles y semáforos de la noche…

Sin embargo, a un selecto grupo de científicos con fe en lo invisible, una estrella no les significó un objeto de adoración: más bien una flecha direccionada hacia la trascendencia de un Dios personal.

 

Así es como fue una estrella la que “habló” a aquellos hombres sabios que se despidieron de sus familias respectivas con un: me voy a seguir un cometa… no sé cuándo regresaré…

La Epifanía es una auténtica fiesta “ecuménica”: todos son llamados por el Dios Verdadero a la Verdadera Fe.

Y para los Magos ya no hubo otro dios que el Dios que se hizo Hombre: Jesucristo.

 

Ciencia, intuición, confianza, audacia: combinación admirable de estos misteriosos hombres para quienes el misterio se hace Luz a partir de aquello que les era propio y familiar: mirar al cielo.

Y en el cielo es donde se les manifiesta el signo divino.

A un ángel no lo hubiesen entendido y seguido.

 

Pero como todo tiene su unión, también podemos pensar –con el Angélico y el Dante- que si cada estrella es movida por un espíritu celestial, la “peregrina” estrella de Belén fue “empujada” por su ángel y los Magos empujados por Dios…

Por donde no dejará de comprobarse una vez más que Dios es el Primer Motor y conduce a todos a la feliz oportunidad de encontrar la salvación.

 

reyes%20magos

El arca que contiene las reliquias de los Reyes Magos. Catedral de Colonia.

 

El destino de los dones

 

Si los Magos fueron como mínimo tres o superaron la docena (ello se lo dejamos al misterio de la “leyenda”) no lo sabemos con certeza.

Si fueron Reyes, tampoco.

 

Razonablemente podemos suponer que se trataba de sabios o científicos nada corrientes y con sobrados recursos para semejante viaje.

Que pertenecerían a la nobleza de sus naciones es muy verosímil si tenemos en cuenta la cualidad de los dones ofrecidos al Divino Infante.

El texto de Mateo dice: “… y abriendo sus tesoros, le ofrecieron como dones oro, incienso y mirra” (Mt 2, 11)

No se trataría de una cantidad exigua ciertamente.

 

Podemos preguntarnos entonces qué destino tuvieron tales presentes y cómo los administrarían los castísimos padres del recién Nacido con tan escaso ajuar como el que tenían al momento de la sorprendente visita de aquel cortejo.

 

Lo que no llena la información revelada no le está vedado a nuestra piedad contemplarlo a la luz del espíritu del Evangelio.

 

Si a la vuelta de Egipto José se instala en Nazaret y retoma su humilde oficio de artesano, podemos preguntarnos: ¿qué fue de aquel oro que poco tiempo atrás le entregaron los magos orientales?

 

No sería absurdo pensar que, si al momento de la Presentación del Niño en el Templo, José ofrece un par de pichones de paloma (ofrenda de los pobres, ya que quienes contaban con recursos ofrecían un corderito) y, llegados a Egipto, y allí seguir trabajando José; los padres de Jesús hayan practicado anticipadamente el precepto del Maestro: entregar todo a los pobres para tener un tesoro en el cielo.

 

¿Y con aquella cantidad del rico y sublime incienso? ¿Qué pudieron hacer? ¿Qué destino le correspondía a la santa resina que sólo se quema en el culto divino?

Es posible que lo llevaran con todo amor al Templo para que los sacerdotes encargados de ofrecerlo cada día a la hora del sacrificio, lo quemaran en la Presencia de Aquel que se sienta sobre los Querubines.

 

Nos parece que María sólo guardó consigo la perfumada y amarga mirra:

aquel don que significa la Santísima Humanidad de Jesús.

Sí. Porque así quiso presentarse el Hijo de Dios: revestido de la carne mortal, semejante al hombre al que venía a redimir.

Nuestra Señora pudo no verlo todo en aquel momento.

Pero todo lo guardaba en su corazón.

Y su corazón de Madre intuía que de los tres dones recibidos aquel magnífico día, éste sí lo usaría para su Jesús…

P. Ismael

linea_pluma