“Cuando era protestante yo notaba que mi religión era seca y triste, pero no mi vida; sin embargo siendo católico mi vida es triste y seca, pero no mi religión”

(Beato Card. John Henry Newman)

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El Anticristo

sobre un fresco de Signorelli


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Acercándose el término del Año Litúrgico, la Iglesia nos hace meditar en el Juicio Final, y para ello dispone en sus diversos textos una serie de profecías y advertencias pertenecientes al género apocalíptico, principalmente seleccionadas de los libros de Daniel, los discursos escatológicos de Jesús y el Apocalipsis de San Juan.


Fin del mundo, destrucción de la ciudad santa y su Templo, Juicio Final y Anticristos son los puntos destacados del texto de Mateo que se lee en la próxima Dominica, última después de Pentecostés.


Todo el capítulo XXIV de San Mateo merece una atenta lectura para discernir cómo en el relato los temas aparecen entrelazados y distinguir cuando Nuestro Señor se refiere a uno y a otro.


El comienzo, hasta el v. 23, y el fin (desde el v. 32 al 35) se refieren directamente a la destrucción de Jerusalén, y su cumplimiento, que muchos de los contemporáneos de Cristo presenciaron y nosotros conocemos por la historia. Flavio Josefo describe la devastación de la capital judía, que tuvo lugar en el año 70 de nuestra era. El fin del mundo y la consumación de los siglos están enunciados en los vv. del 23 al 32.


La ciencia pareciera en estos tiempos emparejarse más con la Escritura –aunque ello no sea siempre necesario para la vida de la Fe- cuando conjetura que el universo sufrirá una serie de transformaciones que, a la larga, terminaría con la destrucción de nuestro mundo en una forma violenta…


Sin adentrarnos con demasiada prolijidad en la exégesis de los textos mencionados, digamos que la intención de este largo discurso de Cristo –previo a su Pasión- es la exhortación a la vigilancia y a la “preparación” para ese tremendo día, pues “del lado que la encina cae, allí se queda”. Se nos invita entonces a acertar con Cristo o dejarse engañar por los falsos profetas que lo remedan.


Nos interesan los pasajes que se refieren al Anticristo y vamos a resaltar los versículos que vienen al intento de nuestra reflexión.


“Cuidaos que nadie os engañe. Porque muchos vendrán bajo mi nombre, diciendo: “Yo soy el Cristo”, y a muchos engañarán” (v 5).


“Surgirán numerosos falsos profetas, que arrastrarán a muchos al error” (v 11).


“Porque surgirán falsos cristos y falsos profetas, y harán cosas estupendas y prodigios, hasta el punto de desviar, si fuera posible, aún a los elegidos” (v 24).


“Cuando veáis, pues, la abominación de la desolación, predicha por el profeta Daniel, instalada en el lugar santo –el que lee, entiéndalo-, entonces los que estén en Judea…” (v 15).


Por lo visto, los pasajes del Evangelio que se refieren al Anticristo, más bien nos harían pensar en varios o muchos Anticristos.


Sin que ello se contradiga con un Anticristo, como lo indican otros pasajes del Nuevo Testamento, refiriéndose a la Bestia (cf 2 Tes 2, 4; Ap 11, 1; 12, 18; 13, 3, 11, 15; 15 2, 17 1,3; etc. ) según los dichos del Señor nos animamos a pensar que se puedan haber dado y se den “pequeños anticristos”, todos ellos manipulados por Satanás.


¿Cómo actúa, y, por otra parte cómo es el Anticristo o los Anticristos?


El Anticristo no puede ser o hacer otra cosa que lo que es y hace el Demonio: la mona de Dios. Quiere imitar. Y para ello recurre a todo tipo de acciones. El Demonio, padre de la mentira, lo es desde el principio. Su “pecado” se basa en una mentira inicial: “seréis como dioses” y una falsa promesa. Y a tanto llega su desesperación por mentir que lo quiere hacer pasar a Dios por mentiroso: “no será así… Bien sabe Dios que el día que lo comáis…” Luego, la acción del Anticristo tendrá como base estratégica el mentir.


Ello provocará una ilusión y fascinación en el hombre, su eterno cliente para la tentación. Toda tentación se funda siempre en una mentira inicial, y por tanto, es el intento por alejarnos de Dios mismo, la Suma Verdad, que no puede engañarse ni engañarnos, como lo enseña el Vaticano I y lo aprendimos en el Catecismo.


El Anticristo presentará tan buenas imitaciones –científicas, o espirituales- que, de por sí, aún los elegidos podrían engañarse. Se servirá de la propaganda humana, comercial, incluso aprovechando la popularidad mundial de Cristo. Lo que intentará vanamente será oponerse al verdadero Cristo con toda suerte de mentiras.


Los falsos profetas y los falsos Cristos, tomaron y toman la apariencia de Cristo.


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En la Catedral de Orvieto –magnífico templo que custodia el precioso Corporal del milagro de Bolsena - Lucca Signorelli ha descrito con un pincel agudamente vengativo a los artistas de su tiempo, asistiendo a la predicación de un personaje que predica y tiene una apariencia sellada de benevolencia. Se trata de un fresco en la capilla de San Brizio (entrando a la izquierda) que aborda un tema muy poco o nada frecuente en la iconografía de su tiempo: la persona y la acción del Anticristo.


Sobre un pedestal, y con ofrendas de oro y riquezas a sus pies, aparece el extraño personaje. Su rostro, su porte y sus vestidos son los que tradicionalmente adjudicamos a Cristo. Un aire de vaga inseguridad o agotamiento y los sugestivos bucles a modo de cuernos insinuados le traicionan. En los asistentes que le escuchan atraídos, hay además como una espera de algo que no llega y no sabrían precisar a pesar suyo.


Signorelli se ha pintado, a la izquierda del observador, junto al vigoroso candor de Fra Angélico, en grupo aparte. Aparecen en la escena personajes famosos de su tiempo: Rafael, Dante, Petrarca, Bocaccio, Cristóbal Colón, Orazio Baglioni, etc. Detrás del cuerpo del predicador, el Diablo, sosteniéndole, manejando su gestos y sugiriendo las palabras.


Es una composición impresionante.

Las figuras se asemejan a un titiritero y su marioneta.

Los brazos del Anticristo no son otros que los mismos del Demonio, o una prolongación de ellos. El Anticristo, o los anticristos, no son más que marionetas del Demonio: él los maneja y como hábil ventrílocuo habla tras ellos. No tienen brazos ni palabras. Satanás se los proporciona.


Nos llamarán todavía la atención algunas cosas más.


La mirada del anticristo – hablamos de aire de inseguridad y agotamiento- es casi estrávica. Se diría que está “dopado”. Y mirándole bien de frente, como al demonio no le gusta que lo miren, más bien da cierta pena, porque es un payaso.


Signorelli ha representado al demonio instigador de una manera muy particular.

No se trata de los horrendos y zoomorfos demonios que aparecen en los otros frescos vecinos al de esta Historia del Anticristo pintados por el mismo artista en la catedral orvietana.

Se nos muestra un rapado y atlético Satanás que no deja de mostrar cierto sex appeal con sus pequeños cuernos rojos: todo un diablo de Hollywood.


Prescindiendo del juicio que se arroga el pintor, y del psicoanálisis que podría ejecutársele (la pretensión de que sus rivales de mayor talento sean condenados en bloque; la ingenuidad de colocarse junto al humilde y enorme Fra Angelico, le traicionan) debemos reconocer que es ilustración capaz de hacernos meditar.


Esos engañados por la apariencia de este Cristo, están como preparados para caer en sus redes por su propio tipo de vida.


Personas intelectualmente dotadas, pero que se conforman con una apariencia de verdad en las cosas, con una teoría de la verdad a cambio de una vida verdadera.

En la predicación que tal vez oyen, buscan la hoja vistosa de la higuera estéril, no el pensamiento exigente y transformante de Cristo.

Le toman tan en la superficie, que cualquier imitación de baja calidad puede confundirles y convencerles.

Invirtiendo ilegítimamente el proceso por el que Dios los sacó de la nada, creen necesario “crear a Dios a su imagen y semejanza”.


Los tibios le creen por lo tibio y complaciente con su inseguridad, los sensibleros con su sensiblería y a su medida le esperan muchos hombres.

A todos y a cada uno puede el Diablo fabricarles el falso Cristo a medida y darles lo que piden.


Cada uno encontrará el Cristo que busca. Simpático, poco exigente, “entrador”, siempre con la gente, del lado de todos, del lado del pueblo, del lado de los artífices de este mundo… Siempre ofreciendo subproductos del cristianismo al más bajo precio.


Solo que ninguno será Cristo. “No les creáis”


La obra del Anticristo será tan perfecta en sí misma que no sólo aquellos que se entregan voluntariamente a su juego de mentiras, sino hasta los mismos justos, fiados en los signos que obrará, podrían caer en el error.


¿Si no, cómo nos explicamos que la abominación de la desolación se pudiese establecer en el lugar Santo? ¿Cómo estar preparados?


El Señor nos ha dejado en el texto dos señales: las águilas que acertarán y la higuera que se pone tierna.

Pediremos al Espíritu entender lo que leemos.


Porque “el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán”.


P. Ismael


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El arte sacro

Speciosus forma prae filiis hominum”

Salmo 44


(Extractos de una conferencia dictada el 30-XI-1995)


Cristo Risorto Miguel Angel 


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Por la Encarnación del Verbo, la naturaleza divina veló su gloria al revestir la “forma servi” (Cf Flp 2, 6-11) A partir de la Resurrección, en cambio, la naturaleza humana se despoja de la “forma servi”, descubriendo la “forma Dei”.


Esta gloria del Verbo, a pesar de estar velada por la carne, se manifestó antes de la resurrección en diversas ocasiones, según el testimonio de los Evangelios.


Un caso significativo es la Transfiguración del Señor en el monte Tabor.


Allí la gloria se manifiesta en su mismo cuerpo que aparece “vestido luminoso de la divinidad”, comparable a su apariciones posteriores a la Resurrección. Como si la luz de su naturaleza divina traspasase la opacidad del cuerpo humano del Redentor.


San Juan Damasceno enseña que el Verbo, al encarnarse, no perdió el esplendor de su divinidad, sino que la veló por amor a los hombres. Se podría decir que el verdadero milagro fue el ocultamiento de su gloria.


El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña (Nº 115 y ss.) que la Encarnación del Hijo de Dios inauguró una nueva “economía” de las imágenes.


“En otro tiempo, Dios, que no tenía cuerpo ni figura, no podía de ningún modo ser representado con una imagen. Pero ahora que se ha hecho ver en la carne y que ha vivido con los hombres, puedo hacer una imagen de lo que he visto de Dios… con el rostro descubierto contemplamos la gloria del Señor” (S. Juan Damasceno, imag, 1,16)


“Se transfiguró delante de ellos: su rostro resplandeció como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la nieve” (Cf Mt 17,2; Mc 9,3; Lc 9,29)


En el Tabor, la verdad encarnada resplandece con extraordinaria belleza.


Aquí se concreta de la forma más elevada posible la clásica definición de Platón, asumida luego por el Aquinate, según la cual la belleza es el “resplandor de la verdad”.


Dostoievski decía que “no hay ni puede haber nada más hermoso y perfecto que Cristo” y también que su naturaleza humana era “la imagen positivamente, absolutamente bella”.


Su personalidad es reflejo de la gloria del Padre. Pero el aspecto exterior de Jesús, sus rasgos, parece difícil de rastrear en los Evangelios y en los escritos de los Apóstoles: su preocupación básica es el Cristo glorioso, Hijo de Dios y Redentor y la clara afirmación de su verdadera Humanidad.


Cuando hablamos de la creación del universo y éste ser un efecto que no “queda” en el agente o causa, accedemos al ámbito de las operaciones “ad extra” de Dios. Son operaciones comunes a toda la Trinidad, que en éste caso es comunicación y donación del ser constituyendo una realidad distinta de sí.


Al hacer donación de sí, regala la existencia en la acción creadora, comunica su infinita bondad que, como tal, tiene a entregarse máximamente.


Esta nueva entidad, lleva en su misma constitución la impronta de su Hacedor, y por lo tanto encontramos en ella vestigios trinitarios: “todas estas cosas, creadas por el arte divino, manifiestan en sí cierta unidad, belleza y orden. Hay en todo esto unidad, ya se trata de naturalezas corpóreas, ya de las facultades anímicas; poseen algún grado de belleza, como las figura y cualidades de los cuerpos o las ciencias y el arte en las almas; y tienen cierto orden, como se observa en los pesos y la posición de los cuerpos, en los amores y los placeres del alma. Conocemos al Hacedor por las creaturas y descubrimos en éstas una cierta y digna proporción, el vestigio de la Trinidad. Es en esta Trinidad suma donde radica el origen supremo de todas las cosas, la belleza perfecta, el goce completo” (S. Agustín, De Trinitate)


Es el Hijo, la Causa Ejemplar de todo lo creado – “por él fueron hechas todas las cosas”­ - El Verbo es “el arte de Dios Padre” en el sentir de varios Padres de la Iglesia, la misma esencia divina pronunciada en el seno de la Trinidad Santísima. El Verbo es “el Cantor del Padre” como lo dijera Marechal.


Santo Tomás distingue dos tipos de imágenes: la que está en algo de la misma naturaleza y la se encuentra en algo de otra naturaleza.


“De la primera manera, el Hijo es la imagen del Padre; de la segunda, el hombre es llamado imagen de Dios. Y para indicar la imperfección de la imagen en el hombre no se dice simplemente que es imagen de Dios, sino que es a su imagen, por donde se significa cierto movimiento que tiende a la perfección.


En cambio del Hijo de Dios no se puede decir que sea a imagen, porque El es la perfecta imagen del Padre” (S. Th. I, q 35, 2)


De allí que si el Padre se complace en los hombres, es porque en ellos encuentra reflejado al Verbo, y de ese modo se complace siempre, en última instancia en su Imagen natural.


Facultad exclusiva de la especie humana es la creación artística.


El artista es capaz de hacer existir una nueva realidad, no ex nihilo, como Dios, pero sí totalmente original.


A partir de lo que en la filosofía del arte es llamada forma germinal, en la mente del artista, éste produce un nuevo ser autónomo que es la obra de arte concre, libremente concebida, como expresión reflexiva de la belleza bajo una forma sensible (Cf. “Arte y escolástica”, de J. Maritain)


La clase de existencia que el artista otorga a su obra presupone siempre su propia existencia, que a diferencia de la de Dios es “recibida”…


A su manera, la creación artística constituye una importante contribución a la naturaleza, ya que incorpora una serie de seres que no se encuentran en ella, objetos cuya existencia, esencia y estructura se justifican por el placer de aprehenderlos.


Lo bello – aquello cuya captación place-, es solamente para ser bello sin ninguna otra utilidad.


La belleza, el arte y la liturgia no pertenecen al reino de lo útil.


El artista ama su obra con un amor tan personal como si fuera su hija, pensando que no morirá del todo, perviviendo en la belleza formal que logró imprimirle, le deja “la mitad de su espíritu”.


Dejó una ventana abierta al absoluto, según Pío XII, para quien la función del arte es “romper el círculo estrecho y angustioso de lo finito en el cual el hombre está encerrado mientras vive acá abajo, y abrir como una ventana a su espíritu para que aspire a lo infinito”.


Concordamos con Maritain para quien el arte cristiano se define por el sujeto en quien se da y por el espíritu de donde procede; se dice arte cristiano o arte de cristiano, como se dice arte de abeja o arte de hombre.


Es el arte de la humanidad redimida. No puede un árbol bueno producir frutos malos; si somos, o al menos devenimos (como diría Castellani) cristianos, el fruto artístico será siempre cristiano, porque de la grandeza de la forma, que proviene del lado del espíritu, hablará la expresión sensible.


Claro, que no debemos creer que las buenas intenciones morales suplirán a la calidad de la técnica o de la inspiración y son suficientes para ejecutar una obra. Esto sería una falta contra la gratuidad de toda producción artística.


No estará de más recordar los ingredientes de la belleza, señalados por el Angélico:


“En primer lugar la integridad, o perfección; pues la cosas que están disminuidas, por eso mismo son defectuosas. Además la debida proporción, o sea consonancia. Y por último la claridad: por lo cual las cosas que tienen colores nítidos se dice que son bellas” (S.Th. I q 39 a 8)


Resurrección


Según Sertillanges, todo artista que abordare un asunto de fe, debiera tener en cuenta:


1) Una justa idea de los que es el dogma. Nada peor que una pálida aproximación. Piénsese, por ejemplo, que hasta el siglo XV no aparecen errores doctrinales en las reproducciones artísticas.


2) El artista no debe desdoblarse en artista y cristiano. Artista-cristiano de una sola pieza. La idea cristiana debe dominar sus facultades.


3) Debe desechar de sus producciones todo elemento hostil a la idea que ha intentado reproducir.


A esta altura de nuestra exposición ubiquemos al arte sacro.


El arte sacro, ya se ve es arte cristiano, y no todo arte cristiano es sacro, pues aunque su inspiración sea religiosa, no necesariamente ha de ser de hecho incorporado a un uso sagrado o decorar una iglesia.


En otro lugar se ha hablado de la finalidad de la destinación del arte sacro.


Si hemos dicho que el arte es una sobreabundancia gratuita de la riqueza interior del ser humano, el arte sacro llevará al hombre, como reflujo, a la adoración, a la oración y al amor de Dios.


No es que el arte tenga eficacia ex opere operato en nuestra vida religiosa: Dios no ha vinculado la verdad y la gracia a una expresión artística. Pero es un valiosísimo auxiliar –como la belleza litúrgica- ut lyra Christus. Recordemos cómo la belleza del culto católico ha sido de influencia decisiva en la conversión de muchos. Baste leer, por ejemplo, en las Confesiones de S. Agustín el relato de su estremecimiento con los cánticos en el templo y también las conmovedoras páginas de Paul Loewngar.


El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que “El arte sacro es verdadero y bello cuando corresponde por su forma a su vocación propia: evocar y glorificar, en la fe y la adoración, el Misterio trascendente de Dios, Belleza sobre eminente e invisible de Verdad y de Amor, manifestado en Cristo… belleza espiritual reflejada en la Santísima Virgen Madre de Dios, en los Ángeles y en los Santos” (cf 2502)


Estas son pautas de legitimación y parámetros de juicio que ya había recordado la Constitución sobre la Sagrada Liturgia del último Concilio Vaticano: “por eso los obispos deben personalmente… vigilar y promover el arte sacro… y apartar con la misma atención religiosa de la liturgia y de los edificios de culto todo lo que no está de acuerdo con la verdad de la fe y la auténtica belleza del arte sacro” (S.C. 122-127)


Recordaba el Cardenal Ratzinger: “La única apología verdadera del cristianismo puede reducirse a dos argumentos: los santos que la Iglesia ha elevado a los altares y el arte que ha surgido en su seno.


El Señor se hace creíble por la grandeza sublima de la santidad y por la magnificencia del arte desplegadas en el interior de la comunidad creyente, más que por los subterfugios que la apologética ha elaborado para justificar las numerosas sombras que oscurecen la trayectoria humana de la Iglesia. Si la Iglesia debe seguir convirtiendo, y, por lo tanto, humanizado el mundo, ¿cómo puede renunciar en su liturgia a la belleza que se encuentra íntimamente unida al amor y al esplendor de la Resurrección? No, los cristianos no deben contentarse fácilmente; deben hacer de su Iglesia hogar de la belleza –y, por lo tanto de la verdad-, sin la cual el mundo no sería otra cosa que la antesala del infierno” (Cf. “Informe sobre la Fe”)


Más adelante comenta el Cardenal de un eminente teólogo, uno de los líderes del pensamiento posconciliar (cuyo nombre calla por prudencia), que le confesaba, sin empacho alguno, que se sentía un bárbaro en materia de arte.


Un teólogo que no ama el arte, la poesía, la música, la naturaleza, puede ser peligroso. Esta ceguera y sordera para lo bello no es cosa secundaria; se refleja necesariamente también en su teología”, concluía.


Lo que hace al artista, no es el artista; son los que oran. Y los que oran no obtienen otra cosa que lo que piden… El arte sacro es una consecuencia de la oración.


Muchos artesanos del Medioevo estaban guiados por monjes o ellos mismos lo eran. Y ya no sabemos si es un monje el artesano o u artista que para contemplar la Suma Belleza, ha elegido la libertad de un claustro.


Decía Miguel Ángel del Beato Angélico que fue preciso que Dios arrebatase al mismo cielo a este fraile para hacerle ver el modelo de sus imágenes saturadas de sacralidad…


Por más paganizantes que puedan parecernos los artistas del Renacimiento, seguían embebidos de la Fe. Cercanos a la Edad Media tumultuosa y apasionada, pero heroicamente cristiana, mantuvieron pura la fe, cuya profunda marca sobre nuestra civilización no han podido borrarla los posteriores siglos de cultura “antropocéntrica”.


Igual se produciría, inevitable, la ruptura entre la Fe y las facultades de la imaginación y la sensibilidad.


El jansenismo despojará al espíritu de la carne, con nefastas consecuencias no sólo en el arte, sino en la espiritualidad y la vida cristiana.


El gótico tenía por objeto representar ingenua y cándidamente los hechos concretos y las verdades históricas de la Fe a los ojos de la muchedumbre, como una gigantesca Biblia que se despliega en catequesis de piedra, luz y vidrio.


El arte posterior al Concilio de Trento, impropiamente llamado “barroco”, tendrá como objetivo mostrar con estrépito, elocuencia, grandiosidad y a menudo con el patetismo más emocionante ese espacio vacante, dispuesto a una posible manifestación apoteósica de la teología.


No olvidemos que la Teología, en su cúspide más alta –la doxología- y también la mística, no se exime del barroquismo, por la intrínseca limitación de nuestro pensamiento y nuestra palabra: Dios es inefable.


Lo que logramos expresar de Él, lo hacemos por acumulación de negaciones y afirmaciones…


Podríamos, entonces decir, que el gótico ha sido el arte de la cristiandad y el barroco el de la catolicidad.


Creo que, en tanto que aquel no conoció en su momento las divisiones en la sólida unidad de la Fe, éste fue una reacción al protestantismo que vació de humanidad y sobrenaturalidad el misterio de Cristo: un horror al vacío luterano de la sola fides y la sola Scriptura.


Extraigo algún párrafo de unas cartas de Marie-Charles Dulac:


“Hay algo que yo desearía y por lo cual ruego: que todo lo que es bello sea traído de vuelta a Dios y sirva para alabarlo. Todo lo que vemos en las criaturas y en la creación, todo debe serle devuelto, y lo que me aflige es ver a su Esposa, nuestra Madre, la Santa Iglesia, ornada de horrores. Es tan feo todo lo que manifiesta exteriormente, a ella que por dentro es tan bella; todos los esfuerzos se encaminan a hacerla grotesca; su cuerpo ha sido desde el comienzo entregado desnudo a las fieras; después los artistas pusieron toda su alma en adornarla, mas luego la vanidad y por último la industria se mezclaron en esto y así disfrazada se la entrega al ridículo. Que es otro género de fiera, menos noble que un león y más malo…” (25-VI-1897)


Para quien se atreva a mirarlo de frente, mucho arte sacro actual exhibe todos nuestros pecados: debilidad, indigencia, timidez de a fe y del sentimiento, sequedad del corazón, disgusto por lo sobrenatural.


Pero sin embargo, el alma en el interior permanece viva, infinitamente dolorosa, paciente, y a la espera.


El hombre contemporáneo, y también muchos de nuestros cristianos, pretenden haberse vuelto esencialistas, capaces de prescindir y quedarse con lo único importante. Y a fuerza de pelar la cebolla, se han encontrado sin nada y con muchas lágrimas.


El sentido de lo sobrenatural nos hará redescubrir la legítima emoción religiosa que provoca el arte sacro y que los primitivos supieron captar y transmitir.


Alabad al Señor con maestría. No hay detalle que no pueda ser objeto de arte. Los detalles más pequeños de la crestería de una catedral gótica estaban hechos para que sólo Dios los viera desde Su altura.


El gusto artístico, la sensibilidad por el arte, deben ser educados.


Las obras de arte no fueron realizadas para ser expuestas en un museo o ser ejecutadas en auditorios, fuera del ámbito que les es propio. Este arte debe ser devuelto al Altísimo, a la Belleza misma.


P. Ismael


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San Andrés Avelino

para quienes alguna vez trabajamos en un

tribunal eclesiástico…

 

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Lancellottus nació en Castel Nuovo (Reino de Nápoles), elevado a la dignidad sacerdotal, después de haberse laureado en derecho, ejerció de abogado eclesiástico.

 

 

Habiéndosele escurrido una leve mentira en la defensa de cierta causa, leyó poco después aquello de la Escritura: “La boca que miente mata al alma”. Tanto le impresionó esta sentencia que renunció para siempre a tal carrera y tomó el hábito de los teatinos, rogando se le impusiese el nombre de Andrés por su gran amor a la Cruz.

“Pudo hacer el mal, pero no lo hizo” (Epístola de la Misa)

 

 

Ejerció con gran celo el oficio de confesor y llegó a ser superior de su Instituto.

 

 

Habiendo comenzado la Misa y llegado al tercer “introibo ad altare Dei” del Iudica me, sufrió un accidente cerebral, muriendo sobre las gradas del Altar.

¡Preciosísimo final para un sacerdote! ¡De las gradas del Altar de la tierra, a las puertas del Paraíso para celebrar la Liturgia Eterna del Cordero!

 

P. Ismael

“Pro multis”

¡Al fin!


GrialFC


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“Las cosas de palacio, van despacio”, decía mi antiguo párroco.


Tras más de cuarenta años de habernos obligado el Episcopado Latinoamericano y la Conferencia Episcopal Española, al uso de sus lamentables traducciones (y aprobaciones) de la Editio Typica del Novus Ordo -tengo ante mí la edición española 1969 con el decreto de Tarancón, sugiriendo que se implante no sin consultar a los fieles (¡¡¿¿!!) – y bajo la advertencia de ilicitud en la celebración, entrará en vigencia la nueva traducción unificada (no tan unificada) para la lengua española de la III Edición del Missale Romanum.


En una presentación y tipografía que ha merecido el encomio de varios comentadores, se implementan algunas reformas y precisiones emanadas de la Santa Sede y concretamente del Santo Padre Benedicto XVI.


Durante más de cuarenta años se infiltró en la mismísima fórmula de la Consagración del Cáliz la expresión “por todos los hombres”.


Quienes tenemos los años suficientes como para recordar sin que las afecciones de la memoria nos hayan afectado todavía, tenemos bien presente cuánto tiempo se rogó a la Sede Apostólica por la corrección de aquella expresión que nunca fue pronunciada por Nuestro Señor Jesucristo.


Finalmente, la clarividencia, bondad y valentía del Papa Ratzinger devuelve, insisto ¡después de cuarenta años! al corazón mismo de la Misa las palabras y el sentido de lo que constituye la esencia misma del Sacrificio Eucarístico.


Santo Tomás (S.Th. 3 q.78 a.3, resp) respecto de la validez de la consagración del vino enseña:


“otros dicen, mejor, que todas las siguientes hasta “cuantas veces hiciereis esto”, son la substancia de la forma; pero ésta ya no, porque se refieren al uso del sacramento. Y por ello el sacerdote las pronuncia de la misma manera y con idéntico rito, teniendo el cáliz ente las manos…


“Hay que decir, pues, que dichas palabras son de la substancia de la forma, y que las primeras: “Este es el cáliz de mi sangre”, significan el hecho de la conversión del vino en la sangre, del modo que se ha indicado en la forma de la consagración del pan. Las siguientes designan la virtud de la sangre derramada en la pasión, que actúa en el sacramento y se ordena a tres cosas. La primera y principal, a alcanzar la herencia eterna, por aquello: “Teniendo esperanza de entrar en el santuario en virtud de la sangre de Cristo”; y está expresada al decir “del nuevo y eterno testamento”. La segunda, a la gracia de la justificación, que se nos da con la fe, según aquello “A quien ha puesto Dios como propiciación por la fe en su sangre, para manifestación de su justicia y para justificar a todo el que cree en Jesucristo”; y la significan las palabras “misterio de fe”. Y la tercera, a quitar los obstáculos de las dos cosas dichas, que son los pecados, según aquello: “La sangre de Cristo limpiará nuestra conciencia de las obras muertas; y así añade: “que será derramada por vosotros y por muchos en remisión de los pecados”.


El Catecismo Romano, editado por decreto del Concilio de Trento para uso de los Párrocos señala:


“… Luego, cuando dijo por vosotros, dio a entender, o a los que estaban presentes, o a los escogidos del pueblo judío, cuáles eran sus discípulos, excepto Judas, con los cuales estaba hablando. Y cuando dijo: por muchos, quiso se entendieran los demás elegidos de entre los judíos, o los gentiles. Muy sabiamente, pues, obró no diciendo por todos, puesto que entonces sólo hablaba de los frutos de su pasión, la cual sólo para los escogidos produce frutos de salvación. A esto se refieren las palabras del Apóstol: Cristo ha sido una sola vez sacrificado para quitar de raíz los pecados de muchos; y lo que dijo el Señor, según San Juan: Por ellos ruego Yo ahora: no ruego por el mundo, sino por éstos que me diste, porque tuyos son” (Cat. Rom. IIa. Parte, Cap IV, nº24)


Esto no tiene nada que ver con el error Jansenista de que Jesucristo haya muerto sólo por los escogidos, sino que lo que se expresa se refiere a la aplicación de los frutos de la redención.


Si comparamos el texto de la Consagración del vino (la que insisto, el Novus Ordo mantiene con la expresión “por multis” con otras fórmulas consecratorias de distintos ritos católicos (Greco-Bizantino; Copto, Armenio y Siríaco) veremos que ninguno de los textos de estas milenarias liturgias introducen la expresión: “por todos los hombres”.


Remito al interesante trabajo de comparación entre ritos realizado por Daniel Boira y publicado hace muchos años en “Una Voce Argentina”. Por ello comprobamos que la expresión que en nuestra lengua española hemos venido utilizando es absolutamente falseada no sólo de la Edición Típica latina del Misal de Pablo VI, sino de las palabras dichas por Cristo en el contexto de la Última Cena.


Cuando una cosa, cualquiera sea, admite sucesivas correcciones –me pregunto- ¿es que estuvo bien hecha?  ¿Tanto se ha tardado para descubrir que a los pobres hispanoparlantes se nos obligó a comer la torta parcialmente envenenada? ¿Y todavía hay quienes adoptan aire de preocupación cuando ven al Santo Padre verdaderamente empeñado en corregir –¡sí! ¡corregir!- traducciones o ritos que han venido a desvirtuar el contenido mismo de la Revelación?


Sin ninguna pretensión profética –no soy profeta, ni hijo de profetas-, estimo que nos sucederán todavía muchas traducciones y otras tantas ediciones del Misal. Primero: porque al abandonar la férrea unidad de la lengua latina, los traductores ideologizados aprovechan el apoyo, más ideologizado aún de ciertos personajes influyentes empeñados en conquistar a los pueblos de Latinoamérica, no bajo el signo de la hoz y el martillo (que ya decayeron) sino bajo el signo de Cruz, en la que todavía se cree. Segundo: porque cuando se vuelva a mirar con espíritu católico lo que hoy se nos entrega como lícito, se verán aún más errores que no sabemos por obra y gracia de quiénes se escurren. Resultado: más pobreza de la que no les importa a los que defienden a los pobres: la pobreza de la fe y más, la miseria de la herejía, cuyas raíces están bien “inculturadas”.


Durante cuarenta años no fue ilícito decir “por todos los hombres”. Ahora será ilícito decir “vosotros”; “ofrecemos”, “Señor”. No fue ilícito meter a machamartillo el error en la cabeza de los católicos. Será ilícito mantener lo poco de “culto” que le quedaba a nuestro culto.


Sí hay algo que haré con Jeremías Profeta: llorar.


P. Ismael


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¿Quién eres, Sacerdote?

 

 

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de San Norberto de Magdeburgo

 

"O Sacerdos! tu non es tu, quia Deus es;

tu non es tui, quia servus et minister Christi;

tu non es tuus, quia sponsus Ecclesiae;

tu non es tibi, quia mediator Dei et hominum;

tu non es de te, quia nihil es.

Tu quis ergo es, O Sacerdos? nihil et omnia.

Sacerdos cave ne tibi, quod Christo patienti, dicatur:

Alios salvos fecit, seipsum non potest salvum facere”

 

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“¡Oh sacerdote! Tu no eres tú, porque eres Dios;

tú no eres de ti, porque eres siervo y ministro de Cristo;

tú no eres tuyo, porque eres esposo de la Iglesia;

tú no eres para ti, porque eres mediador entre Dios y los hombres;

tú no eres por ti mismo, porque eres nada.

¿Qué eres entonces, oh Sacerdote? Nada y todo.

Sacerdote, ten cuidado que no se te diga a ti lo que a Cristo en la Cruz:

salvó a otros y no pudo salvarse a sí mismo”.

 

apostilla

Perder la cabeza…


SalomeconlacabezadeSanJuanBautista


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Alentado por el comentario del atento lector al último post, a modo de apostilla propongo la consideración del tema desde otro ángulo, aunque el resultado final sea similar.


Hay diversas maneras de “perder la cabeza”.


Por envidia: sin llegar a perderla materialmente (porque Dios le pondrá luego una marca en su frente) Caín “pierde” su cabeza y enloquece de envidia cuando ve que Dios mira con agrado la fresca oblación de su hermano y no considera sus verduritas pasadas como primicias de su trabajo.


Por presunción: Es el caso de Goliat, quien con toda la maquinaria de su armadura desprecia el aspecto delicado del joven David y jura por sus dioses entregar el cuerpo del futuro Rey de Israel a las aves de cielo y termina siendo él mismo pasto de las bestias del campo.


Por sensualidad: Holofernes quiso acrecentar su harén con la pulcrísima y valerosa Judith, quien terminó cercenando su cabeza y llevándola como trofeo de la ignominiosa derrota que por una mujer sufrieron los enemigos de Israel. Sobre ello hablamos in extenso en el artículo sobre el anathema oblivionis”.


En el libro de Daniel encontramos la historia de la “Casta Susana”. Dos ancianos de aparente reputación y con mucho poder, pierden la cabeza y arrastrados por la pasión, acusan a la joven, llevándola al extremo de una muerte cierta. Dios que se acuerda de sus pobres, por la intervención inteligente de un jovencito, desbarata su planes y terminan perdiendo literalmente sus cabezas, salvándose una vida inocente.


En el episodio de la degollación de Juan el Bautista, hay dos cabezas que se pierden.


       La de Herodes que se pierde en sí misma, aunque continuara “pegada” a su lujurioso cuerpo. “Pierde la cabeza” por la sicalíptica danza de Salomé. Un solemne juramento, en el contexto de una real borrachera, le hará lamentar haberse ido en su palabras que no fueron otra cosa que la manifestación de sus ideas perdidas y confusas. Más le importó el respeto humano que las lecciones de buen pensar que pudieron haberle quedado de sus inquietantes charlas con el Precursor.


       La de Juan. Fruto de su recia coherencia de hombre-león, ruge y urge hasta último momento a preparar los caminos rectos para la llegada de Aquel a quien no se considera digno de desatar las correas de sus sandalias. La pérdida de su cabeza no fue sin sentido.


“El que pierda su vida por Mí, y por el evangelio, la ganará”.


Ejemplo de quien su vivir era Cristo, es la muerte de Pablo. Tildado de habérsele “sumido el cerebro por sus muchas letras”, pronto se sentiría a punto de ser derramado como una libación. Su apelación al César le mereció el “privilegio” de la muerte de un ciudadano romano: en Tre Fontane rodará la preclara cabeza de aquel que tan estrechamente estuvo unido a Cefas (Cabeza) y sería con el Príncipe de los Apóstoles, considerado “columna” de la naciente Iglesia de Cristo.


Contra Cristo o por Él. Las dos formas más habituales de perder la cabeza y ganarse el cielo o el infierno.


Pero los que perdieron la cabeza por querer conservarla (es decir contra Cristo) no sólo se perdieron el paraíso, sino que adelantaron su infierno en corto y miserable tiempo de vida que les quedara en este mundo…


“Signata est super nos lumen vultus tui, Domine”… Cuando la capacidad del intelecto que, creado por Dios como chispa divina (y por lo tanto más asistido que la voluntad para ser “deslumbrado” por la verdad) no domina –generalmente por acallamiento violento de la voluntad- en el sujeto dominado por la pasión que “enceguece”, el hombre vivirá una verdadera tortura. No suele ser tan débil la inteligencia que pueda ser muerta de un solo golpe de transgresión.


El hombre que acalla su conciencia y la “cauteriza” no está suficientemente libre de los reclamos que, desde su abismo interior, le hará de por vida, en tanto no ponga de nuevo sus asuntos en orden.


En un tercer género de personajes que perdieron su cabeza “temporariamente”, podríamos señalar algunos exponentes que más bien nos representan a nosotros, que todavía –en nuestro estado de viatores- no hemos logrado la tan deseada “santidad de la inteligencia”.


Pongamos algunos ejemplos de aquellos que por un tiempo (tal vez algunas horas, nomás) abandonaron su sensatez para perder la cabeza.


El piadoso y manso Rey David perdió la cabeza al levantarse de la siesta y ver desde su terraza la belleza ebúrnea de Betsabé en un patio inferior del palacio. Señalado por el dedo del Profeta Natán, se humillará diciendo: “Peccavi” y el Miserere” (salmo 50) será el más impresionante llanto del alma arrepentida, que tendrá siempre presente su pecado.


Su pacífico y sapientísimo hijo Salomón, tras haber sido bendecido por Dios con el más alto de los dones: la Sapiencia que desciende de lo alto; el poder y la gloria de que se revistió, la honra de los reyes vecinos y el entonces permitido amor de tantas mujeres, hacia el final de su vida, en su vejez, pierde su cabeza (su ciencia, su sabiduría) por el amor desenfrenado a mujeres extranjeras que le arrastraron nada menos que a la idolatría. Pero tocado su corazón, al final, pidió perdón.


Influenciado por Jezabel, hija del rey de Sidón, Acaz pierde su cabeza por un pobre terrenito lindero con su palacio y manda matar a su dueño de una manera cobarde e infame. Cuando se dispone a tomar posesión de tan miserable botín, el Profeta le sale al encuentro. Acaz se arrepiente y Dios perdona su vida.


Nosotros podemos descubrirnos en estos personajes de la Escritura y en muchos otros que alguna vez, por los motivos que fueran, no le dieron la primacía a esa parte de nuestro cuerpo que está, no en vano, más alta que todas, más cerca de cielo, para de él recibir la luz de la sensatez, del sentido común y de la Fe.


A un acérrimo amigo mío de antaño que tenía gran aprecio por mi corazón, le pedí una vez que, si tenía que elegir entre mi corazón y mi cabeza, se quedara con ésta última. Los caminos que cada caminante tiene (que son siempre personalísimamente propios) le llevaron a nunca quedarse con mi cabeza y no tan a la larga, o más bien antes, olvidarse del corazón.


Siempre pido para él que su cabeza no invente fantasmas y su corazón se doblegue a la verdad, porque a veces llamamos “conciencia” a nuestros caprichos, miedos o comodidades.


Sé que una cabeza de águila, un corazón de paloma y un estómago de rinoceronte, son los mejores atributos de todo buen fraile y también de todo cristiano.


No tendremos que arrepentirnos demasiado en la vida de haber basado nuestras decisiones en los dictámenes de la recta razón y sí mucho de lo que los impulsos del corazón (ese órgano tan retorcido e inescrutable¸en expresión de Jeremías) pueden influenciar en nuestro actuar como hombres y cristianos a la hora de valorar cuándo conviene salvar la cabeza y cuándo perderla.


P. Ismael


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Cosas de ingleses II

Salvar la cabeza

 

 

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“No tengo otra cosa que decir, My Lords, sino que, igual que el bienaventurado Apóstol Pablo, como leemos en los Actos de los Apóstoles, estuvo presente y consintió en la muerte de San Esteban, al guardar las túnicas de los que le apedreaban hasta morir, y, sin embargo, los dos son santos del cielo y serán siempre amigos, así también sinceramente confío y ruego por Sus Señorías, para que, aunque ahora en la tierra hayan sido jueces de mi condenación, sin embargo, nos podamos después reunir felizmente en el paraíso, en nuestra eterna salvación. Así también deseo que Dios Todopoderoso preserve y defienda a su Majestad el Rey y le envíe su inspiración” (Juicio a Tomás Moro, testimonio de Roper basado en las declaraciones de Sir Anthony St. Leer, Richard Heywood y John Webe).


Esta serena, evangélica y británica respuesta al terminar de escuchar su sentencia de muerte nos muestra qué había en el interior de aquel hombre que no solamente maduró su esperanza del Cielo durante su cautiverio en la Torre, sino también, con sentido de profecía de largo alcance, previó que la gracia de Dios estaría muy por encima de las tristes coyunturas humanas que le llevaron a él y a muchos católicos de tu tiempo a perder la vida por los derechos de Dios y su Iglesia.


No era la primera vez que la autoridad real sería la primera en “disponer” el camino de canonización para nuevos santos ingleses…


Varios siglos atrás un grupo de nobles fieles a otro Enrique – el II Plantagenet- urdieron el asesinato de Tomás Becket, arzobispo de Canterbury, que concretaron el 29 de diciembre de 1170 en su catedral, mientras asistía a vísperas con la comunidad monástica.


A la muerte de Moro, el furor real –cual si fuera el mismo demonio que en su momento poseyó a Enrique II- llega en su homónimo VIII Tudor, “defensor Fidei”, hasta la profanación de la tumba de Becket en Canterbury (ya venerado como santo) destrozando por manos de una turba enloquecida el cuerpo del mártir como una absurda revancha sobre quien había tenido la misma osadía: dar al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.


El cadáver de Sir Thomas, fue sepultado, en un principio, en la Iglesia de San Pedro ad Vincula, cercana a la Torre. Su cabeza, como sabemos, previo esclaldado, fue colocada en lo alto de una lanza, sustituyendo a la del Obispo John Fisher, en el puente de Londres. Margaret, la valiente hija de Moro, sobornó a un guardia para que le entregara la cabeza para guardarla como preciosa reliquia. Los caminos de la Providencia –que dirige la historia- permitieron que la cabeza de Santo Tomás Moro, descanse, hasta la actualidad, en St. Dunstan, una sencilla y oscura iglesia anglicana. En tanto que del cuerpo nada sabemos, por compartir una sepultura común con otros tantos ajusticiados, nos ha quedado la cabeza del Gran Canciller, custodiada y venerada en un lugar “no católico”.


El reciente y esperanzador rayo de luz que significa para la Iglesia de Cristo el decidido, aunque trabajoso retorno a la unidad de la Fe y el Gobierno de la Iglesia anglicana, no es, no puede ser fruto de meras gestiones y conveniencias humanas.


No será lo mío aquí, la pretensión de analizar, ni siquiera ofrecer una síntesis de la historia de este largo y doloroso camino.


La sangre de tantos mártires y el testimonio de tantos santos que fueron faros de aquella bendita Anglia, no podía quedar infecunda.


Algo más que un gesto de piedad filial encierra el episodio del rescate de la cabeza de Tomás Moro y su devota custodia en St. Dunstan.


El haber guardado esta iglesia la cabeza de Moro es haber guardado lo mejor de aquel hombre maravillosamente inglés, que no podía dejar de estar satisfecho de serlo y aquel inglés tan maravillosamente humano, que se adelantó con mucho, a pensar y vivir la vocación de los laicos a la santidad.


Su cabeza, como preciosa semilla plantada en una tierra que parecía tan reseca que nada habría de despertarla, será todavía ocasión de nuevos “milagros”.


Si tuviera que señalar una nota particular de la santidad británica ( y no se enfaden conmigo los lectores de mi propia lengua y raza) diría que se trata de una santidad “inteligente”. Una santidad de la cabeza. Sensatez, para ser precisos. No toda santidad es inteligente ni todo intelecto de un santo será siempre sensato. Dios nos ha llamado a la santidad. El equilibrio de la sensatez no siempre acompaña a un santo, quien por otro lado llega a serlo por haber amado y no por el mero hecho de poseer un dotado intelecto.


¿Qué ha salvado a Newman y otros tantísimos conversos del anglicanismo? ¿Su “progresismo afectivo”? ¿La agitación “política” de su vuelta a la verdadera Iglesia? No. Ni estas, ni muchas otras razones que pudieran buscarse. Su cabeza, y principalmente ella los llevaron a encontrarse con la Iglesia de Cristo, fuera de la cual no hay salvación.


Salvada la cabeza, el resto del cuerpo podrá recuperarse. Los redactores de los “Bestiarios” medievales pensaban de ciertas especies de ofidios que, aún cercenado su cuerpo, si conservaban la cabeza podían regenerar lo perdido y seguir vivos.


Cuando el cristianismo salva su pensamiento límpido y es capaz de mantener su necesaria baja temperatura (no pensar, y menos decidir, con la cabeza “caliente”) tiene asegurada una especial eficacia en sus frutos.


Entre nosotros los coletazos de algún esquema de “santidad” que hemos conocido y sufrido (con su voluntarismo a rajatabla y su particular universo ascético) son un ejemplo de  cristianismo de cabeza estrecha y cuadriculada que acentúa aún más las diferencias con los santos “inteligentes”.


Si la Iglesia de Inglaterra, en esta ocasión “salva la cabeza”, siendo una con la cabeza visible que Cristo ha constituido, se hará bien digna de sus Santos y sus Mártires.


Ya sabemos que uno se salva por lo que ama y no tanto por lo que entiende, porque Dios es inefable. Pero el que entiende, como se debe, lo que quiere amar, está más cerca de hacer el bien, aún después, o tal vez a causa del martirio que Dios ha señalado para él.


Harán falta, además de grandes penitentes, misioneros y todo lo que necesitamos, santos de buena cabeza, dispuestos a perderla por Cristo, para salvar el cuerpo, esto es, Su Iglesia.


P. Ismael


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Requiem aeternam dona eis Domine…

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Domine Iesu Christe, Rex gloriae,

libera animas omnium fidelium defunctorum

de poenis inferni et de profundo lacu:

libera eas de ore leonis, ne absorbeat eas tartarus, ne cadant in obscurum:

sed signifer sanctus Michaël

representet eas in lucem sanctam...

 

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SeñorJesucristo, Rey de la gloria

libra a las almas de todos los fieles difuntos

de las penas del infierno y del profundo lago:

líbralas de la boca del león, no las trague el abismo, no caigan en las tinieblas

sino que el abanderado San Miguel

las conduzca a la luz santa…

 


Ofertorio, primera Misa día de Difuntos.

Misal Romano

Celibato sacerdotal

Vacío para Dios…

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Cuando en el año 63 de nuestra era, Pompeyo el Grande irrumpe en el Templo de Jerusalén, llegando a entrar en el “santo de los santos”, la morada del Dios de Israel y el lugar más santo de toda la tierra, se encontró con un recinto misteriosamente oscuro y vacío (“nulla intus deum efigie vacuam sedem et inania arcana” Tácito, Historia, V,9).


Efectivamente, el tercer Templo, reconstruido por Herodes, cuyo santuario había superado en altura al de Salomón, todavía terminándose en su detalles decorativos en tiempos de Cristo, ofrecía esta impresión al pagano desconocedor de la historia del pueblo del Señor de los Ejércitos. Rodeado de imponentes pórticos y amplios patios concéntricos, el Santuario –con su gigantesca puerta cubierta por el pesadísimo “velo” de jacinto- era visitado una sola vez al año, el día del Kippur, por el Sumo Sacerdote quien, al entrar con su rostro cubierto apoyaba un incensario en el suelo donde otrora se encontraba el Arca “del que se sienta sobre los Querubines” y pronunciaba el Santísimo Nombre del Tetragrama.


Misteriosamente ocultada, según la tradición, por Jeremías, el Arca de la Alianza (que en su interior contenía las Tablas de la Ley, la vara de Aarón y reliquias del Maná), había dejado su lugar en el Santuario absolutamente vacío. Al reconstruirse el Templo –conforme al primer Tabernáculo y sobre los planos de Salomón- nadie pensó en suprimir aquel recinto que ya no guardaría nada, que sería vacuam sedem


Ningún judío piadoso, ni siquiera el mismo Jesús, hubieran afirmado que Dios ya no habitaba en aquel Templo, orgullo de su nación y morada del Altísimo. El Santuario estaba vació, sin el Arca, pero no sin Dios.


Pensando en el celibato sacerdotal de la Nueva Ley de la Gracia, sobre el que tanto se ha dicho y escrito en los últimos tiempos, creo que la imagen más sublime que podemos encontrar para compararlo es precisamente ésta: la de un espacio vacío para Dios.


Consejo evangélico, ley eclesiástica, estado de perfección y santidad, renuncia al mundo, disponibilidad para el servicio, anuncio de la vida futura, etc., todas ellas razones y fundamentos de esta oblación de la propia carne que hace el sacerdote, no alcanzan a expresar, en mi parecer, la significación impresionante como la de un vacío para ser llenado por la presencia viva del Dios Viviente.


Los tiempos actuales (y también la “arquitectura” actual del sacerdocio) mal que les pese a los pastoralistas, es inocultablemente “barroca”. A ver si me explico. El barroco, como tendencia de un arte y una cultura, se ha derivado de horror vacui = vacui horror (horror al vacío). No tomo la expresión “barroco” en su acepción positiva, como el rechazo del vacío protestante (en la Teología y en el culto). La Teología católica, es ciertamente barroca. Ello era recordado, en su momento, por el entonces Cardenal Ratzinger, quien fundamentaba que la Revelación en sí misma, tiene horror por el vacío.


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Nos referimos más bien a la tendencia del hombre contemporáneo del espanto ante los “espacios” vacíos: muchos desesperan en la vida porque se sienten “vacíos”. El mundo de actividades, encuentros y demás acciones humanas de nuestra sociedad buscará siempre “llenar” de cosas los tiempos y los ámbitos de los hombres. El vacío y su vértigo desesperan al hombre de hoy. Una sala vacía será para él un “desperdicio”. Aunque habitemos en casas muy amplias, tendemos a “ocupar” todos los espacios. Y cuando nos quedamos solos, porque partieron nuestros familiares, ocupamos con nuestras cosas cada rincón.


Como a todo ha de buscársele una “utilidad”, una razón que “justifique” su existencia o sostenga su práctica, también al celibato sacerdotal se le ha “pegado” su certificación de existencia en la sociedad actual. Y ya tendremos que armarnos para explicarle al mundo (constante, obligado y riesgoso interlocutor del ministro de Dios) “para qué” sirve el sacerdocio y su celibato. Sentimos que no estamos con este mundo tan necesitado si le decimos –como es verdad- que el sacerdocio y el celibato, no sirven “para” sino “A”. Más que servir para, el celibato es servir “A Dios”.


Por haber pensado de la forma que decíamos, muchos sacerdotes han perdido el sentido de sus vidas, experimentan que tienen que “pedir permiso” (y muchas veces pedir perdón) al mundo, por ser un “artículo de lujo”, un “bicho raro” consagrado a ser habitado en su corazón nada más que por Dios y sólo por Él.


Con horror al vacío en nuestras vidas, nos hemos entregado al frenesí de la actividad, de lo “pastoral”, de lo “misional” en un movimiento progresivamente acelerado que termina por infartar el corazón sacerdotal de tan lleno de planes, recursos humanos y proyectos temporales que transformaron al “Ministro del Altar” en “Agente pastoral”. Se tiene vergüenza de ser un “consagrado”, un desocupado ¡cuando hay tantas cosas para hacer! Muchos sacerdotes “hiper activos” si se detuvieran un instante, caerían muertos. Y esto, como el menor mal.


El horror al vacío afectivo, a la esterilidad de la vida, a la inutilidad de la existencia, al no ser amado por un amor humano, se ha cobrado muchas vidas sacerdotales. Y lo peor: la aceptación de la idolátrica convivencia del Dios Santo con los propios “señores”. Doble vida, que le dicen…


Donde está o donde estuvo el Arca ya no hay lugar para otra cosa.


Traspasados los hedores y el calor del atrio de los gentiles, el murmurante retintín de las oraciones del patio de las Mujeres y el de los Israelitas, el Santuario tenía el frescor sacral de un silencioso vacío disponible al misterio. Eso es nuestro celibato: silencio y disponibilidad en primer término PARA DIOS. Ámbito sólo habitado por Él. Sí, renuncia, sin ninguna duda. Soledad. Sin explicaciones ni compensaciones. Bendita “inutilidad” para el mundo y fecundidad para el Evangelio.


Esto nada tendrá que ver con guardar en nuestro corazón el amor a nuestros prójimos y otorgarles lo mejor que podemos darle: el perdón de sus pecados y el Cuerpo del Señor.


El vacío para Dios tiene mucho que ver con el oficio sacerdotal: la oblación y la consumación del sacrificio. En la oblación del sacrificio del sacerdote intervienen dos cosas: el sacrificio y la devoción. El efecto propio del sacerdocio es el que se sigue del sacrificio (Cf. S.Th. 3,22,4 ad 2; 5,6 ad 2)


Hostia con la Hostia, Víctima continente con la Víctima Inmaculada, cada día el Sacerdote de Cristo entra con devoción en el Santuario del Altar para dejar llenar el vacío santo de su pobre corazón por la Presencia Real. Y por tres veces le dice al Dios Tres veces Santo: “Domine, non sum dignus…”


 

P. Ismael


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Hac clara die

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Comparto con los lectores la hermosa secuencia de la Misa de la Natividad de la Santísima Virgen, compuesta por Guillaume de Machaut (1300-1377) perteneciente a su obra “Messe de Nostre Dame”, cuyo texto original en lengua latina aquí traduzco.

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Este claro día la muchedumbre festiva celebra las alabanzas de María tañendo sinfonías melifluas: Señora del mundo, tú que eres la Reina de las Vírgenes, la sola, la más casta, tú que eres Causa de Nuestra Salvación, la Puerta de la Vida, la gracia renovada del cielo.


Quien un día recibiste el anuncio angélico:

Dios te salve María, Llena de Gracia divina a través de los siglos, bendita entre todas las mujeres, Virgen encinta, Madre Inmaculada, honrada por tus hijos.


Al cual respondió María: ¿cómo se realizará lo que tú me anuncias? Pues yo no conozco ningún hombre, y he nacido inmaculada? Y el ángel enviado le da por respuesta: tú serás llena del Espíritu Santo que vendrá sobre ti, trayendo nuevas alegrías del cielo al mundo por el nacimiento de tu Hijo. Tú llevas en tu seno a Aquel que todo lo gobierna y da tiempos de paz.


Amén.


Si algún lector desea escuchar el canto de la secuencia puede hacerlo en este enlace. Fue grabado por “Taverner consort”, bajo la dirección de Andrew Parrot, en Londres ,1983.


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Texto original


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Hac clara die turma festiva dat praeconia Mariam concrepando simphonia nectarea: Mundi domina quae est sola castissima virginum regina, Salutis causa, vitae porta atque caeli refecta gratia.


Nam ad illam sic nuntia olim facta angelica:

Ave Maria gratia Dei plena per saecula. Mulierum pia agmina intra semper benedicta, Virgo et mater gravida intacta, prole gloriosa.


Cui contra Maria haec reddit famina in me quomodo tuo jam fient nuntia? Viri novi nullam certe copulam, ex quo atque nata sum incorrupta. Quia missus ita reddit affata: Flatu sacro plena fies Maria, nova efferens gaudia caelo terrae nati per exordio, intra tui uteri claustra portans qui gubernat omnia qui dat tempora pacifica.


Amen.


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P. Ismael

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Cosas de ingleses

Tomarse en serio…


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En cierto lugar de la amplia (y de no tan sencilla lectura) obra de Chesterton, “Ortodoxia”, el brillante escritor británico dice que los ángeles pueden volar porque son “livianos”. O sea “porque no se toman demasiado en serio a sí mismos”. Los que se tomaron en serio, terminaron en la serie de los condenados…


Hay ángeles con alas pesadísimas como los del Greco, quien los pinta con alas de águila, o ángeles de alas tenues, como los de Fra Angelico, que opta por las alas de mariposa o las plumas del faisán. Unos y otros pueden volar, a su aire, porque son espíritus.


Para ascender a las cosas espirituales, y especialmente al conocimiento de sí, es necesario tener cierta “liviandad” del alma. Digamos como un cierto “vencimiento” de la ley de la “gravedad” (esa invariable fuerza que nos tiene imantados en dirección al centro de nuestra tierra). Para “ascender” será necesario estar ligeros de toda “armadura” o pesado brocado que no estorbe la movilidad… Recordemos el caso del emperador Heraclio que salió con sus hopalandas y joyas reales a recibir las reliquias de la Vera Cruz del Salvador y debió despojarse de todas ellas y descalzarse para poder así transportar el madero de Aquel que ascendió a lo más alto de los cielos, habiendo despojado al demonio de sus armas: la soberbia y la insensatez de querer ser como Dios.


Dicen los que enseñan la sana psicología, que una de las características de la personalidad madura es la capacidad de saber reírse de si mismo y no tomarse demasiado en serio. Por haberse tomado en serio más de la cuenta, la historia de la humanidad tiene horrendos ejemplos de despotismos, crueldades y muchas payasadas.


El hombre “grave” (dígase más bien “pesado”) va a adquirir la inmovilidad de los músculos tullidos y la pesantez del que se ha aupado tras una comilona desaforada. Todo lo toma en serio: en especial su propia honra (“puntillos de honra”, que dirá Sta. Teresa). Envarado, solemne hasta lo ridículo, pontifica sobre las materias más nimias y cualquier impugnación a su criterio es una ofensa que probablemente no perdone de por vida.


La vida para él no reviste la forma de prosa, sino la de una epopeya en la que el personaje heroico, siempre severo y casi siempre afrentado es él mismo. Y naturalmente, como todos los héroes, está destinado al mármol: al mármol de la más fría soledad. Se cree un modelo de seriedad cristiana. Y para seguir con Chesterton, diremos que se quiere parecer a los primeros cristianos: al igual que ellos, merecería que lo devoren los leones… Siempre cejijunto, con aires doctorales y prosopopéyicos, jamás se permitirá no tomar en serio el más mínimo de sus pensamientos, movimientos, palabras y actitudes.


Consecuencia: que no puede alzar vuelo. Quisiera volar. Quisiera sobrevolar por encima de las miles de ortigas de esta tierra. Pero el peso de su prestigio (real o subjetivo) es un verdadero plomo interior. Y lo peor de todo, no es feliz, y en muchos casos no deja serlo a los demás.


A la ineludible ley de la gravedad que a todos nos afecta, habríamos de oponerle los creyentes, la sensata ley de la “liviandad” (entiéndaseme en el sentido que quiero darle al término). Cuando el propio ego tiene el pecaminoso peso de inmovilizarnos en nuestro peligroso “centro”, la ley angélica y evangélica de la humildad será la que logre sacarnos de nuestros intentos de vuelo de gallina.


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Aunque más de una vez las habremos leído, transcribo para su pausada meditación esta joya rescatada de las obras de Santo Tomás Moro, muchas de las cuales son pequeñas anotaciones con carbonilla en los márgenes de su Libro de Horas que le permitieron conservar en la Torre, o en pequeños trozos de papel que su amada hija Margaret podía acercarle.


Felices los que saben reírse de sí mismos,

porque nunca terminarán de divertirse.


Felices los que saben distinguir una montaña de una piedrita,

porque evitarán muchos inconvenientes


Felices los que saben descansar y dormir sin buscar excusas,

porque llegarán a ser sabios.


Felices los que saben escuchar y callar,

porque aprenderán cosas nuevas.


Felices los que son suficientemente inteligentes como para no tomarse en serio,

porque serán apreciados por quienes los rodean.


Felices los que están atentos a las necesidades de los demás, sin sentirse indispensables,

porque serán distribuidores de alegría.


Felices los que saben mirar con seriedad las pequeñas cosas y con tranquilidad las cosas grandes,

porque irán lejos en la vida.


Felices los que saben apreciar una sonrisa y olvidar un desprecio,

porque su camino será pleno de sol.


Felices los que piensan antes de actuar y rezan antes de pensar,

porque no se turbarán por lo imprevisible.


Felices vosotros si sabéis callar y ojalá sonreír cuando se os quita la palabra, se os contradice o cuando os pisen los pies,

porque el Evangelio comienza a penetrar en vuestro corazón.


Felices vosotros si sois capaces de interpretar siempre con benevolencia las actitudes de los demás aún cuando las apariencias sean contrarias.

Pasaréis por ingenuos: es el precio de la caridad.


Felices sobre todo, vosotros, si sabéis reconocer al Señor en todos los que encontráis, entonces habréis hallado la paz y la verdadera sabiduría.


Y recordemos que lo que más en serio se tomó el gran Santo, cuya sangre no fue derramada en vano, fue el asunto de su propia salvación. “Cum metu et tremore” luchó hasta el último instante de su vida terrena. “Deus non irridetur” – De Dios nadie se ríe- dirá San Pablo a los Gálatas. Con su conducta lo demostró. Tomó en serio a Dios. Pero supo reírse de la ridiculez humana, y sobre todo de sí mismo. Y con las alas livianas de la gracia y el buen humor, voló tan alto como los ángeles.


P. Ismael


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