“Cuando era protestante yo notaba que mi religión era seca y triste, pero no mi vida; sin embargo siendo católico mi vida es triste y seca, pero no mi religión”

(Beato Card. John Henry Newman)

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O ADONAI

“Dios se viene muy fuerte este año”

(E. García Caffarena)

 

 

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“O Adonai, et Dux domus Israel, qui Moysi in igne flammae rubi apparuisti, et ei in Sina legem dedisti: veni ad redimendum nos in bracchio extento”

 

 

“Oh Conductor de la casa de Israel, que te apareciste a Moisés en la zarza ardiente, y le diste los mandamientos sobre el Monte Sinaí, ven y redímenos por el poder de tu brazo”

 

 

 

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Los Padres de la Iglesia y los santos Doctores, basados en las Santas Escrituras, aciertan notablemente cuando llaman a Dios tanto el sin-nombre, como el de muchos nombres, más, el de todos los nombres.

“Como nosotros no podemos nombrar nada si no es en la medida de nuestro conocimiento, tampoco podemos llamar a Dios si no es por las perfecciones que encontramos en los demás seres, pero que tienen su origen en Dios. Pero como las perfecciones son múltiples en las cosas, es necesario llamar a Dios con muchos nombres. Si pudiéramos contemplar su esencia en sí misma no necesitaríamos una pluralidad de nombres, sino que solo existiría un concepto más simple de Él, porque su esencia es simple. Y esto es lo que esperamos en el día de nuestra glorificación según aquellas palabras: Aquel día el Señor será uno y uno su nombre (Zac 14,9)” Sto. Tomás, Compendium Theologiae 2, 243)

 

La antífona de las Vísperas de este día nos sitúa en un mismo escenario –el monte Sinaí- con dos impresionantes actos: la revelación del Nombre de Dios y la promulgación del Decálogo.

Dios es el actor y productor principal, aunque invisible y Moisés el “actor invitado”…

 

La teofanía del Sinaí el acontecimiento de mayor importancia de todo el Antiguo Testamento: el conocimiento del Dios personal que había llamado a Abraham de Ur de los caldeos y continuó guiando a sus descendientes llega al máximo grado de comunicabilidad concebible al revelar su nombre a aquellos que habían “luchado” con Él, como Jacob, para obtener su bendición y conocer Su Nombre para poder invocarlo.

El conocimiento del nombre es la llave de una amistad. De un poder. De familiaridad que no podía sospecharse nunca.

Hemos visto en otras ocasiones como toda revelación es a la vez un ocultamiento.

 

Es conocido de todos el texto de Éxodo 3, 14. Moisés descalzo y aterrado dialoga con el Dios de sus padres: “Qué les diré a los israelitas cuando me pregunten quién me ha enviado…”

Dios revelará a través del sagrado TETRAGRAMMATON su nombre propio. Como dice Schmaus: “es un regalo de Dios al hombre” (Teología Dogmática, I)

Es el mismo teólogo quien señala que desde muy pronto creció en la Antigua Alianza el sagrado terror a pronunciar la palabra YAVÉ. Cuando en algún texto aparecía esta palabra, en su lugar se pronunciaban los términos Elohim o Adonai. Los masoretas al poner vocales al texto griego, pusieron bajo las letras de la palabra original las vocales de las palabras nuevas usadas en la pronunciación. Así nació la palabra Jehová, totalmente infundada desde el punto de vista filológico y creación puramente artificial” (Ibid) Un “barbarismo” dirá Bouyer.

 

El Papa Benedicto XVI en su libro “Jesús de Nazaret”, comentando la petición del Padrenuestro santificado sea tu Nombre, señala magistralmente:

“…Esta afirmación es al mismo tiempo nombre y no-nombre (Yo soy el que Soy). Por eso, era del todo correcto que en Israel no se pronunciara esta autodefinición de Dios que se percibe en la palabra YHWH, que no la degradaran a una especie de nombre idolátrico. Y por ello no es del todo correcto que en las nuevas traducciones de la Biblia se escriba como un nombre más este nombre, que para Israel es siempre misterioso e impronunciable, rebajando así el misterio de Dios, del que no existen ni imágenes ni nombres pronunciables, al nivel ordinario de una historia genérica de las religiones”

 

Hoy invocamos al Dios fuerte y poderoso, esperado de las naciones con el término ADONAI.

Es un plural abstracto y significa señorío. El término es una acentuación del dominio divino: Dios es el “Súper Fuerte” al que se le puede llamar “Señor mío”, siendo el Señor supremo.

Los Setenta traducen el término por Kyrios : Señor.

 

Este Señor, Dios de nuestros padres, entrega a Moisés, durante el trayecto del éxodo, en el mismo monte las tablas de la Ley, escritas por su mismo dedo.

Jesús, El Señor, no ha venido a abolir la Ley, sino ha llevarla a su perfección: ni una tilde ni una iota dejarán de cumplirse. Así ha declarado el Maestro que el que menospreciare el más pequeño de los mandamientos y así lo enseñare será considerado pequeño en el Reino de los Cielos (Cf Mt 5, 17-20)

El Dios Fuerte, no podía menos que darnos mandamientos fuertes. Jesucristo, sin disminuir las exigencias de la Ley divina positiva, nos alienta diciéndonos que su yugo y su carga son livianos.

 

La crisis por la que atraviesa el cristianismo contemporáneo detenta, entre otras gravísimas falencias, no sólo la ignorancia práctica de la Ley divina, sino además el desconocimiento teórico de los Mandamientos.

Cuando predico a niños me atrevo a hacerlo. Con los adultos no. No por ahorrarme el mal rato (que un cura pasa muchos) sino la vergüenza ajena.

Pregúntele ustedes a algún amigo, vecino o pariente, ocasionalmente pontificante en materias de fe y costumbres, cuántos y cuáles son los Mandamientos…

Se llevarán verdaderas sorpresas. Mucho mayores si les interrogan salteadamente por el 8º, el 3º, el 9º, etc…

Me contó un amigo sacerdote que vio, no sé por qué medio, una entrevista en plena plaza de San Pedro hecha al azar a cuantos sacerdotes (muchos bien ensotanados y requintados) podía asaltar el periodista, solicitándoles enumerasen los Diez Mandamientos: ¡un desastre!

La ley de Dios debiera ser la alegría de nuestro corazón, la luz de nuestros ojos…

Y no se diga que los mandamientos están formulados en “negativo”, que no hay que obligar a los niños a memorizar y todas esos absurdos que cultivan los y las catequistas y los sacerdotes que les dan (¿les dan?) de comer…

 

Escribía Santa Teresa Benedicta de la Cruz:

“Ser hijo de Dios significa: caminar de la mano de Dios, hacer su voluntad y no la propia, poner todas nuestras esperanzas y preocupaciones en las manos de Dios y confiarle también nuestro futuro. Sobre estas bases descansan la libertad y la alegría de los hijos de Dios. ¡Qué pocos, aun de entre los verdaderamente piadosos y dispuestos al sacrificio heroico, poseen este don precioso! Muchos de ellos marchan por la vida encorvados bajo el peso de sus preocupaciones y deberes” (Edith Stein, El misterio de la Nochebuena)

 

No ha sido acortada la mano del Señor. Sigue teniendo fuerza. Aún en estos días de debilidad en la fe.

Acerquémonos confiadamente al Dios que sigue siendo EL FUERTE, EL SEÑOR, ADONAI y que no permitirá que ningún otro que EL sea nuestro poderoso conductor.

Siempre que no le atemos las manos: es Fuerte, jamás violento con el corazón del hombre.

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Para escuchar la antífona:

http://www.youtube.com/watch?v=o6y9Idko8-A&feature=related

 

 

P. Ismael

O SAPIENTIA…

“Salí del Padre y vine a este mundo”

(Juan, 16, 28) 

 

 

 

Annunciation

Giovanni Lanfranco, Anunciación

 

“O Sapientia, quae ex ore Altissimi prodiisti, attingens a fine usque ad finem, fortiter suaviterque disponens omnia: veni ad docendum nos viam prudentiae”

 

“Oh Sabiduría, que saliste de la boca del Altísimo, alcanzas de uno al otro confín, y ordenas todas las cosas poderosa y suavemente, ven y enséñanos el camino de la prudencia”

 

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Las antífonas “O” no son otra cosa que una exquisita síntesis teológico litúrgica de los títulos mesiánicos, por esa razón cada una de ellas va abriéndonos un insondable venero de contemplación del misterio de Cristo, el Verbo Encarnado y Redentor.

 

Hasta qué punto pudo vislumbrarse en el A.T. la revelación del Logos eterno, no es tarea fácil para el exegeta que pretenda encontrar algo más que un barrunto de la plenitud que los textos sapienciales alcanzarán a la luz deslumbrante del Prólogo de Juan que evocará la eterna existencia del Verbo en el seno de Dios.

Ciertamente podemos encontrar en los textos veterotestamentarios asombrosos indicios que sostienen nuestra fe, fundada en la interpretación patrística ininterrumpida, que desembocan, teniendo en cuenta el desarrollo progresivo de la historia de la salvación, en la adjudicación cristológica de la “Sabiduría divina”.

Inspirados para describir uno de los atributos divinos, los textos nos muestran lo que llamamos la “personificación de la sabiduría”, existiendo desde siempre. Ella misma hace su elogio: “Desde la eternidad fui yo moldeada, desde el el principio, antes que la tierra…, estaba yo con él como arquitecto, solazándome ante él en todo tiempo” (Prov 8, 23-30)

 

La personificación de la Sabiduría no obedece simplemente a una evolución del lenguaje poético, sino que nos señala el origen de dicha Sabiduría.

Procede de Dios, participa de su naturaleza, posee sus perfecciones de omnipotencia e inmutabilidad (Cf. Prov 7, 25; 7, 23-27)

 

El mismo libro de la Sabiduría describe la obra de Dios en el mundo y los hombres: “Pues hay en ella un espíritu inteligente, santo, único, múltiple, sutil, ágil, perspicaz, inmaculado, claro, impasible, bienhechor, amigo del hombre, firme, seguro, sereno, que todo lo puede, todo lo observa, penetra todos los espíritus, los inteligentes, los puros, los más sutiles.

Porque a todo movimiento supera en movilidad la Sabiduría, todo lo atraviesa y penetra en virtud de su pureza. Es un hálito del poder de Dios, una emanación pura de la gloria del Omnipotente, por loo que nada manchado llega a alcanzarla. Es un reflejo de la luz eterna, un espejo sin macha de la actividad de Dios, una imagen de su bondad.

Aun siendo sol, lo puede todo; sin salir de si misma, renueva el universo en todas las edades…” (Sab 7, 22- 27 y ss)

Una interesante representación de la Sabiduría increada puede ser descubierta por el ojo de un buen observador, en fresco más universalmente conocido del techo de la Capilla Sextina: la Creación. En él, Miguel Ángel ha representado al Creador abrazando una delicada e inquietante figura femenina.

 

Jesús, el Hijo de Dios, se presenta ante sus contemporáneos como Maestro poseído de la sabiduría de Dios que viene a comunicarla. Su forma de enseñar –que llamaba la atención por su contraste con la de los doctores de la ley y los fariseos- está marcada por las formas literarias del profetismo: parábolas, alegorías, sentencias, proverbios.

Comparándose con el mismo Salomón (el sabio de Israel por excelencia, autor oficial de los más sublimes textos sapienciales) dirá: “Aquí hay alguien que es más que Salomón” (Cf Mt 12, 24; Lc 11, 31)

Solamente Dios mismo podía “llevar a su perfección” los mandamientos entregados a Moisés en Horeb. “Habéis oído que se dijo… pero Yo os digo” Ese YO está conformado sobre la misma forma gramatical de la revelación del Nombre de Dios.

 

Es en Cristo, en quien se revela la Sabiduría de Dios. Esa que el Padre quiso revelar a los pequeños y ocultar a los grandes sabios.

Las “obras” (signos, milagros) de Jesús, revelan las obras del Padre, la sabiduría divina.

Al igual que la Sabiduría de los sapienciales (Eclo 24, 19; Prov 3, 17) El nos invita a tener un encuentro personal, a saborear su doctrina y gozarnos de su presencia.

 

El paralelismo es asombroso.

“Venid a mí los que me deseáis, y hartaos de mis productos”; “Sus caminos son caminos de dulzura y todas sus sendas de bienestar”

“Venid a Mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso para vuestras almas” (Mt 11, 28-29)

Así, con toda propiedad Cristo es la Sabiduría (El logos eterno) que sale de la boca del Altísimo: su perfecta imagen, su impronta, su Palabra hecha carne para los hombres que pone su tienda entre nosotros.

 

Huelga la referencia a la etimología de SAPIENTIA. Ciencia sabrosa, para ser degustada, saboreada. La sabiduría del evangelio necesita un paladar “educado”.

Así como no todos los alimentos son apreciados o resistidos por el paladar y el estómago, la sabiduría de Cristo, puede ser para muchos necedad e indigestión.

El hombre carnal, el necio, el mundano no aciertan a este descubrimiento como un oído torpe rechaza o se burla de una acabada y sublime composición musical…

Es propio de la Sabiduría (arquitecta divina) ordenarlo todo y disponer con maravillosa providencia el curso de la historia, los grados de perfección de los seres, la inapreciable vida de la gracia en los hombres y los insondables movimientos de los ángeles.

 

La Sabiduría va creciendo en nosotros, si le damos lugar en la tierra de nuestro corazón, sin que nosotros nos demos cuenta, como lo ha enseñado el mismo Jesús. Ella se transformará en un frondoso árbol crecido junto al torrente de las aguas más puras.

Dispondrá el entendimiento para que “degustemos” las cosas de Dios.

El mundo ha ido perdiendo aceleradamente el gusto por las cosas divinas y su enfangarse en los engañosos bienes de la tierra pareciera su destino inevitable…

Nadie puede acercarse a Cristo si el Padre no lo atrae. Y el mismo Cristo lo atrae. Pero esta atracción se verifica por el imán de la libertad. Sí, una atracción poderosa que libremente nos hace elegir el bien, la sabiduría por encima de todas las riquezas y bienes creados, así como lo pidió Salomón.

 

Entre tantos bienes que la Sabiduría nos reporta (“todos los bienes nos vienen con Ella”) pudiéramos destacar la virtud de la prudencia: lo que en la Antífona se llama “el camino de la prudencia”

Efectivamente, la prudencia es un estrecho y costoso camino a recorrer: no llegamos a la Sabiduría, sin que Ella misma nos señale el camino a seguir: “Ego sum via”; “Yo soy el Camino…”

No hay otro camino para la prudencia que el ejemplo de la misma Vida del Señor Jesús que viene a nosotros. Y no hay mejor guía que el Espíritu Santo para recorrerlo: es nos ha concedido a modo de don la Sabiduría el día de nuestra confirmación.

 

Tengamos presente las palabras del salmista: “La boca del justo meditará sabiduría, y su lengua hablará lo justo”.

Para pasarlo a un lenguaje de cuño psicológico, digamos, por simplificar que sabiduría bien podría entenderse como plenitud en la madurez humana y cristiana.

 

Escribe San Buenaventura (que no leyó a Lersch ni a Pieper) : “La madurez en los juicios es la sexta columna sobre la que descansa el edificio construido por la sabiduría, lo cual equivale a decir que nos es juzgadora, como enseña el Apóstol Santiago. Esta madurez existe en el hombre, siempre que se guarda con sumo cuidado de formar juicios temerarios… quien aborrece a otro, no podrá juzgarlo recta e imparcialmente… por efecto de la prevención con que lo mira… pues todo hombre debe ser más propenso a disimular indulgentemente, que a juzgar temerariamente. Y por desgracia se observa que al presente todos se creen con derecho a juzgar los malos pensamientos, como diría el Apóstol Santiago…” (San Buenaventura, “Los dones del Espíritu Santo”)

 

Nos conceda el Maestro, Sabiduría Insondable de Dios, enseñarnos con su paciencia infinita este camino de la prudencia en este punto y en las múltiples exigencias de la vida espiritual.

Si somos discípulos sensatos veremos cuánto nos falta…

Acudamos a Santa María Sedes Sapientiae en quien se asentó la Sabiduría como en su Trono, Ella nos conduzca con su dulzura de Madre y su infalible pedagogía de Maestra.

Porque Ella fue primero discípula…

 

VENI DOMINE IESU!

 

Para apreciar el texto musicalizado:

http://www.youtube.com/watch?v=VcoYzoSfZUc

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P. Ismael

Las grandes Antífonas “O”

 

 

 

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De origen romano (s. VII) según el testimonio de Amalario de Metz, en número decenario hasta S. Pío V, que las fija en siete, las grandes antífonas de Vísperas de la última semana de Adviento (del 17 al 23 de diciembre) constituyen unos de los tesoros litúrgicos más bellos del Oficio Divino.

 

 

Verdaderas plegarias de inspiración netamente veterotestamentaria, repletas de esperanza y alegría, constituyen una llamada apremiante de la Santa Iglesia por la venida del Mesías.

 

Han recibido tradicionalmente el nombre de ANTIFONAS “O”, por empezar cada una de ellas con una piadosa O! (¡Oh!) Composiciones del clásico canto gregoriano, sobre la misma melodía van expresando gradualmente los anhelos de la humanidad por la llegada del Emmanuel, el “Dios con nosotros”.

 

El P. Azcárate, osb refiere que algún liturgista ha hecho notar que las letras iniciales de estas Antífonas, invertidas (es decir, comenzando por la del día 23) conforman un acróstico: ERO CRAS (estaré mañana), como respuesta del Divino Emmanuel a los llamados de Su Iglesia.

 

 

E mmanuel

 

R ex Gentium

 

O riens

 

 

C lavis David

 

R adix Iesse

 

A donai

 

S apientia

 

 

A partir del 17 , comenzando por la primera (O Sapientia) iremos comentando día a día su sentido, intentando extraer de su jugoso contenido una gota para nuestra meditación.

 

 

 

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P. Ismael

Toda hermosa eres María!

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Tiépolo. La Inmaculada Concepción

 

El 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX proclamó el Dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, mediante la Bula “Ineffabilis Deus”.

Este Dogma acerca de la Concepción Inmaculada de María, significa que “la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente.....”

 

La Iglesia, no obstante, ya venía desde hacia muchos siglos profesando una gran devoción a la Virgen Inmaculada, habiendo testimonios de muchos santos, como San Francisco de Asís (siglo XIII), que no solo tenían esta devoción, sino que la exteriorizaban para extenderla.

El Papa Sixto IV, en el año 1483, prácticamente cuatro siglos antes de la proclamación del Dogma, extendió la celebración de la Fiesta de la Concepción Inmaculada de María a toda la Iglesia de Occidente.

 

Quisiéramos, una vez más, con corazón de niños y fe de apóstoles meditar en las maravillas que Dios ha obrado en la persona de Su Madre Santísima, a quien todas las generaciones llamarán Bienaventurada…

 

Lógicamente se puede plantear esta reflexión desde los más variados ángulos y perspectivas que ofrece, pero desde aquí solo se pretende un objetivo: llamar la atención ante este singular acontecimiento y lograr entre todos un conocimiento más completo y más perfecto, no solo de este importante Dogma sino de todo lo que es y representa la Santísima Virgen en la vida del hombre contemporáneo.

 

Vivimos inmersos en un mundo que busca resultados fáciles e inmediatos en todo aquello que emprende. Que no quiere perderse en demasiados romanticismos, porque los objetivos que se marca los quiere conseguir rápidamente.

Quiere ser dueño de su libertad, aunque no pocas veces de forma paradójica, somete esta libertad a dependencias o esclavitudes que, por más sutiles que se le presenten, no dejan de tener un resultado inadecuado y hasta cruel en la mayoría de los casos.

Todo ello representa una realidad que se empeña en esconder los valores más nobles que lleva el corazón humano y de los que la Virgen María dejó buen testimonio a lo largo de su vida terrena.

 

Detenernos ahora en exponer todas las virtudes que vivió María, sería una larga tarea que no admite la extensión de esta reflexión, pero sí podemos detenernos en alguna más significativa que emana de su Concepción Inmaculada y que para nosotros puede resultar significativa y de un gran valor.

La rectitud de intención y la pureza de su corazón, emergen en María inmediatamente que el Arcángel San Gabriel comienza a hablarle en la Anunciación.

 

El Arcángel empieza saludándola en Nombre de Dios y Ella lejos de sentirse halagada y perdida en su propia complacencia, dice el evangelio que “se conturbó por estas palabras y se preguntaba que significaría aquel saludo”.

No entra en cavilaciones sobre un hecho realmente extraordinario que a cualquiera le envolvería poniéndole en una situación especial, precisamente por el ambiente extraordinario que se había creado por la presencia, nada menos, que de un Arcángel, de un enviado de Dios.

 

En su silencio meditativo espera más explicaciones y el Arcángel le detalla la pretensión de Dios sobre Ella, manifestándose inmediatamente su rectitud de intención y pureza de corazón que apuntábamos más arriba, pues lejos de aceptar a ciegas y asegurar para sí tan altísimo privilegio, expone los argumentos que le parecen hacen imposible lo que le ha dicho el Arcángel.

“¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?”, le dice María a Gabriel. Y solo cuando él le explica cómo va actuar el Altísimo, Ella acepta con toda sencillez, transparencia y rotundidad: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.

 

Sin duda que este episodio, decisivo en la historia de la humanidad, es la consecuencia del privilegio divino por el que María ha sido concebida sin pecado original, pero que en ningún momento menoscabó su libertad como criatura humana y, por tanto, con la capacidad suficiente para aceptar o rechazar al igual que cualquier hija de Adán.

 

Estas dos virtudes de María, la rectitud de intención y la pureza de corazón, son tan significativas en el entorno que vivimos, como importantes y necesarias.

 

En las relaciones humanas y a todos los niveles posibles, se observa que el hombre cae fácilmente en la tentación de acomodarse a lo que sea, con tal de ir logrando todo aquello que se tiene marcado como objetivo o que se le va presentando para un mayor interés personal. En una palabra, no presenta todas las cartas, no las pone, como se dice habitualmente, “boca arriba”.

Ello supone abandonar la rectitud de intención que debería acompañar siempre a la persona en cualquier acto o relación humana, aunque a veces pudiera verse perjudicado por haber actuado con transparencia y honradez.

 

De igual forma podemos decir de la pureza de corazón, aunque en esta virtud de María el hombre encuentra una inagotable fuente de luz para una vida como la actual en la que precisamente la pureza está tan atacada, tan abandonada, tan mal vista y tan vilipendiada.

Contrariamente, en las Bienaventuranzas el Señor Jesucristo marcó muy alto esta cuestión de la pureza cuando dijo: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”.

Es imposible alcanzar la pureza en cualquiera de sus manifestaciones en la vida humana sin cuidar y cultivar la pureza de corazón, con todas las exigencias que ello conlleva.

 

Es verdad que los atractivos que tantas cosas de este mundo presentan en el orden de las comodidades y de los placeres,  no hacen fácil vivir la pureza a imitación de María, pero si se quieren alcanzar los frutos del Espíritu Santo, se ha de trabajar por lograr que la propia vida tenga en activo la gran virtud de la PUREZA.

Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias de la gloria eterna. Por tanto, son la garantía de una vida a imitación de María, nuestra Madre y nuestra Guía.

Y garantía de nuestra felicidad…

 

Recordamos con nostalgia y gratitud aquel felicísimo día de nuestra Primera Comunión, o de nuestra Primera Misa: Santa María en modo alguno estuvo ausente en aquel momento, el corazón palpitaba intensamente y nos asíamos con fuerza de aquella Madre que nos llevaba al Altar, para la más profunda y perdurable de nuestras “comuniones”.

 

 

 

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O viridissima virga, ave,
quae in ventoso flabro sciscitationis
sanctorum prodisti.
Cum venit tempus
quod tu floruisti in ramis tuis,
ave, ave fuit tibi,
quia calor solis in te sudavit
sicut odor balsami.
Nam in te floruit pulcher flos
qui odorem dedit
omnibus aromatibus
quae arida erant.
Et illa apparuerunt omnia
in viriditate plena.
Unde coeli dederunt rorem super gramen
et omnis terra laeta facta est,
quoniam viscera ipsius frumentum protulerunt
et quoniam volucres coeli
nidos in ipsa habuerunt.
Deinde facta est esca hominibus
et gaudium magnum epulantium.
Unde, o suavis Virgo,
in te non deficit ullum gaudium.
Haec omnia Eva contempsit.
Nunc autem laus sit Altissimo.

 

 

O verdísima vara, ave
Que, en el soplo de viento
de la pregunta de los santos brotaste.

Cuando vino el tiempo
en el que floreciste en tu rama
Ave, salve
porque el calor del sol se destiló en ti
como el olor del bálsamo.

Pues una flor hermosa surgió en ti
la cual dio su perfume
a todas las especies
que estaban secas.

Y todas aquellas reaparecieron
en pleno verdor.

Del cielo enviaron rocío sobre la hierba
y toda la tierra se alegró,
ya que su vientre produjo el trigo
y las aves del cielo hicieron nido en ella.

De aquí fue hecho el alimento para los hombres
y la gran alegría para los comensales.
Por lo cual, oh dulce Virgen,
En ti no falta ninguna alegría.

Eva despreció todas estas cosas.

Ahora entonces alabanza sea (dada) al Altísimo.

 

(Hildegarda de Bingen)

-Traducción Ma. Esther Ortiz, UCA-

 

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P. Ismael

El Adviento: un tiempo para conjugar

“Mirando a lo lejos, veo llegar

el poder de Dios y una nube

que cubre la faz de la tierra”…

“Oh Cielos, derramad desde las alturas

vuestro rocío y haced que las nubes

lluevan al Justo”

(Responsorio de Maitines, Primer Domingo, Breviarium Romanum)

 

 

 

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San Gabriel Arcángel

 

Una de las notas más sobresalientes del tiempo litúrgico que iniciamos es la curiosa conjugación verbal de los tres tiempos básicos de nuestro lenguaje.

El Adviento presenta ante nuestros ojos el misterio de Cristo que vino, que viene y que vendrá.

 

Ello se encuentra de algún modo implícito en la revelación que hace el Dios de Israel a Moisés en el Horeb, cuando el caudillo de los Israelitas le pregunta por su nombre. Dios dará a conocer su Nombre como: “El que es” “Yo soy el que Yo soy”, literalmente en hebreo. “Yo soy el que es”. El existente. Ego eimi o on traducirán los LXX. (Cf. Ex 3, 14)

Siendo Dios la plenitud de la existencia, “existiendo” fuera de todo transcurso, es decir por encima de la temporalidad creada, sabemos por la Revelación y también por la teodicea que su “duración” es la “eternidad”.

Cuánto contenga de hondura este punto concreto de la duración divina la revelación de Santísimo Nombre del Tetragrama, apenas si tendremos algún atisbo en nuestro discurrir teológico.

 

Pero siendo bien claro para nosotros que el Dios Único es el revelado por Cristo, pues quien lo ve a Él ve al Padre, y que nadie conoce al Padre, sino aquel a quien Cristo se lo muestre, podemos conocer, a partir de las palabras del Verbo Encarnado el misterio de la vida intratrinitaria.

Es precisamente el último libro de la Sagrada Escritura, el Apocalipsis, el que enlaza sugestivamente y cierra aquella larga serie de contactos reveladores de Dios para con el hombre.

“Y Aquel que estaba sentado en el trono dijo: “He aquí, Yo hago todo nuevo”…”Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin…” (Ap 21 5-6)

“He aquí que vengo presto, y mi galardón viene conmigo para recompensar a cada uno según su obra. Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin” (Ap 22, 13)

Es el mismo que “en el principio estaba junto a Dios” (Jn 1, 2) y que vino a anunciarnos que Su Reino ya estaba en medio nuestro “El tiempo se ha cumplido, y se ha acercado el reino de Dios. Arrepentíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15)

 

El Adviento se nos presenta entonces, en su significación más profunda, como una estupenda conjugación de todos los tiempos. Así lo han visto los Padres de la Iglesia y los primitivos escritores eclesiásticos.

Bástenos recordar las catequesis de San Cirilo de Jerusalén y los sermones de San Bernardo y San Carlos Borromeo sobre el triple advenimiento de Cristo, conocidos por la mayoría de los lectores: el Adviento histórico, el metahistórico o parusíaco, y el intermedio a través de la gracia en el alma del creyente (tiempo pasado, futuro y presente)

 

Dom Carbol en su obra “La oración de la Iglesia”, se complace en citar una imagen utilizada a su vez por el P. Nilles para caracterizar a este tiempo que, durante cuatro semanas incompletas, resume y celebra toda la esperanza de la historia de la salvación.

En el escudo de armas de los obispos de Bizancio hay un águila de dos cabezas (armas del antiguo imperio bizantino, las del imperio ruso también) Una de sus cabezas mira al Asia, mientras la otra se dirige hacia el viejo Occidente.

Para Nilles podría colocarse a la entrada de esta estación litúrgica el águila de dos cabezas, una vuelta hacia los siglos del pasado, otra hacia los del porvenir.

 

En tanto que el recuerdo de la venida histórica del Señor, acaecida en un tiempo y un lugar concretos, nos invita a la dulce intimidad de Belén, apenas reconocido por un grupo de humildes elegidos, su venida Final, al consumarse los tiempos nos presenta a Cristo Glorioso, patente a todos los hombres, quien nos invita como los primeros cristianos a aguardar con aquel temor e impaciencia de sobra conocidos, su triunfal retorno.

Temporariamente ubicados en el estado intermedio de expectación, los que aún caminamos por entre las luces y las sombras de este mundo, intentaremos remozar en estos días el ansia por su silenciosa y pacificadora llegada a nuestros corazones vacilantes, amenazados por el pecado personal y el clima de pecado que respira nuestra sociedad.

 

Las tres Venidas de Cristo, sumo bien para los hombres del beneplácito (bonae voluntatis), encuentran su antagonista en el mal que ha “venido” al mundo con el pecado original –gestado por el Maligno- y los pecados de todos los hombres y sociedades a lo largo de los tiempos. Por el pecado vinieron todos los males para el hombre.

 

Es una pena que, por la consigna de suprimir, se haya quitado en el Novus Ordo, entre tantas cosas no sólo bellas, sino de contenido doctrinal, la especificación que detallaba la súplica siguiente a la recitación del Padrenuestro en la Misa Gregoriana: Líbranos, te pedimos Señor, de todos los males, pasados, presentes y futuros.

 

Al respecto comentaba Dom Próspero Guéranger en su bello libro “La Santa Misa Explicada”:

“Fortifícanos, Señor, porque nuestros pasados malos nos han dejado en lastimoso estado de flaqueza espiritual y estamos todavía convalecientes. Preservadnos de las tentaciones que al presente nos amenaza y de las aflicciones que nos agobian, así como de los pecados en que podemos incurrir. En fin defendednos de todos los males que pueden ocurrirnos en el porvenir…”

Una formidable expresión orante de la Iglesia que diariamente se recita, haciendo explícita esta consideración sobre los tiempos humanos.

 

Vine, vengo, vendré. Son los verbos que Jesucristo, Dios y Señor de la historia conjuga en la liturgia de estos días. Verbos que deben ponernos en estado de vigilancia, como los gallos que pican la aurora…

Que su llegada no nos encuentre dormidos, perdidos los reflejos cristianos, enervadas la fuerzas para poder para levantarnos y salir a su encuentro con las lámparas encendidas… Y ya sabemos que sin aceite no hay luz.

No podemos vivir como todo el mundo quienes esperamos durante las cuatro vigilias de la noche la llegada del Dueño de casa.

 

La liturgia nos insistirá en estos días: “Todos los que esperan en Ti, Señor, no serán confundidos”. Rorate coeli. La lluvia de las gracias divinas no serán negadas a quienes disponen la tierra de su corazón para que en ellos brote la salvación.

“El que da testimonio de esto dice: “Sí, vengo pronto”. “¡Así sea: ven, Señor Jesús! (Ap 22, 20)

 

Nuestro mundo aún puede esperar otra Navidad.

 

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P. Ismael

Ensayo de soledad

 

Historias viejas

de las

“telarañas de mi rincón” 

 

 

 

 

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“San Pablo en su escritorio”  Rembrandt

 

 

 

Supuesto que en ciertos temas poco puedo decir al margen de la propia historia, estos no serán otra cosa que apuntes de mis despuntes interiores en búsqueda de un pequeño espacio en mi corazón que me deje el aire para que respire a un viento mejor...

 

Fue un “adelantarme”. Una “composición de lugar” o descomposición del tiempo. Armar el “como si”, el hacer ... el “etsi non daretur...” de las objeciones de la Summa.

Ahora veo que es un intento de la mente por racionalizar, de algún modo. Re-armarme. Algo así como vivir en una economía de guerra. Cómo sería si yo estuviera, aquí y ahora, completamente solo, o más bien, cómo sería si no tuviera a quien o quienes son mi no-soledad, mi “anti-Qohelet” (porque para mí son nuevos, como el amor es nuevo, aunque siempre tenga la misma química...)

 

Alguien ha dicho que en la soledad se encuentra lo que a la soledad se lleva. Esta vez no ha sido buscar un estado de soledad a modo de retiro o ejercicios espirituales, en los que uno trata de apartar las preocupaciones mundanas para encontrarse “solus cum Solo”, sino pensarme en una ausencia de un “alguien”, objeto (sujeto) de amor, un ejercicio de forzada “prescindencia” de la presencia. Un imaginar que, por toda una historia que pesa –dichosa o fatalmente – sobre sus protagonistas; la distancia geográfica, las comunicaciones, las múltiples (y cuasi inútiles) tareas que desarrollamos, impiden la presencia. Imaginé que hacía de la carencia (porque eso es la ausencia) virtud. Y uno llega casi a encontrarle gusto. ¿Es una forma de vuelta al viejo tratado de ascética? Pienso que hasta los clavos del faquir le resultan gustosos cuando los incorporó a su plan de vida.

 

A propósito he observado durante casi un mes las formas y conductas de las religiosas para quienes celebré en otro tiempo la eucaristía diaria. “Casi” hechas “uno” con lo que es –para el profano – un terrible conjunto de espinillas, pero que a ellas les han salvado de muchas cosas... y tal vez, acercado al Amor.

 

Y temí. Temí que el ensayo terminara gustándome. Gustándole también a mis “sujetos de amor” a quienes les entusiasmaría que me ensayara a ver si... en una de esas tal vez... Que sea libre, que me deje ser libre. Que me dé aire para yo tener otra compañía...todas las que quiera, como corresponde a un corazón entregado a Dios... Que hiciéramos de la ingobernable realidad virtud.

Algo así como un estoicismo del que tanto el cristianismo conoce. Algo así como los consejos de Séneca a Lucilio. “Come conmigo, estudia conmigo, conmigo estudia... estate a mi lado”... Pero a muchos kilómetros, Lucilio!!!. Temí que debiera interponer una suerte de “especie” conceptual, algo así como el aferrarme a una determinada piedrita sacramental, forma vicaria de la carne y los huesos que son más sobrenaturales de lo que uno imagina...

 

Otro movimiento ha sido el de llenar la soledad con la esperanza. Leí que Péguy la llama la pequeñita de las virtudes teologales, pero que lleva de la mano a sus dos hermanas mayores. Maravilloso! Pero la esperanza quiere acortar, modificar, tal vez inflar el ensayo de soledad. No quiere que el ensayo de soledad se vuelva una obra maestra del olvido o la indiferencia (son palabras mías...) Para eso ya tengo otras cosas bien escritas...

 

Pero, entonces la soledad queda en su estado puro, o se transforma en espera del retorno y sueño por el restablecimiento de la presencia? Si la soledad se hace consuelo es sólo porque tiene guardada una entraña de esperanza. Decía García Lorca que “el más terrible de los sentimientos es el de tener la esperanza perdida”. Si ensayo la soledad es porque en el fondo siempre esta la esperanza...

De qué? Tal vez algo nuevo? Ilusiones? En el fondo pienso que nunca esperé que fuera distinto de lo que hoy es. Sólo que me parece que hoy tengo un poquito más de paz. Algo más que la resignación.

 

La soledad verdadera es la ausencia de lo que amamos. La ausencia de otras cosas hasta puede ser un descanso... Entonces el misterio es presencia – ausencia.

Pero yo tuve miedo. Miedo de acostumbrarme. Miedo de amoldarme a una mediocre resignación. Aunque el alma todo lo resiste...

 

Sólo la esperanza puede ser causa nostrae laetitiae, en un sentido originario y terminal a la vez.

 

Y creo entender por qué a Nuestra Señora la llamamos así: Ella nos trajo la Vida al mundo, el que podía remediar nuestra verdadera tristeza.

Comunicó la verdadera alegría al mundo. Y por eso se alegró con su nacimiento y con su resurrección. Tuvo ensayos de soledad a lo largo de su vida: el tiempo de silencio hasta que José conociera (cuando Dios se lo quiso revelar) el misterio de su maternidad; la soledad de los días siguientes a la visita de los Magos; la soledad y la angustia de los tres días en los que Jesús se quedó en el templo; la soledad durante su ministerio público. Y finalmente la gran prueba de soledad: la que llamamos por antonomasia la soledad de María. La verdadera muerte de su Hijo. El que quedó muerto en la cruz, en sus brazos y en el sepulcro. Para este momento ensayó sus soledades. Y por ello pudo alegrarse con la resurrección. Aunque, hasta su exaltación a la gloria, aunque acompañada de Juan y los apóstoles, continuó en verdad sola, porque su corazón estaba con el Hijo.

 

La esperanza es el origen de la la alegría y el fundamento de la soledad. Y también es la concreción del objeto de nuestro amor.

 

Al final de mi “ensayo” he sentido que podía dominar mi corazón, pero que al hacerlo adquiere cierta (no sé cómo llamarla) “vulgaridad”. Una molestia que no puedo describir bien. Algo así como si uno quisiera –lo dije muchas veces – echarle agua al vino que una vez lo embriagó.

 

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P. Ismael

“Palabras irreales”

“Propongámonos sentir lo que decimos,

y decir lo que sentimos”

(Bto. J. H. Newman)

 

 

 

Dedico este post a los que me han mentido,

y a quienes yo les mentí…

 

 

 

 

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Uno de los sermones más brillantes de Newman, en el que junto con su aguda visión de la realidad y su profundo conocimiento de la Escritura, muestra sin ocultamientos su más fina ironía, es el que conocemos bajo el título “Palabras irreales”.

 

Dejemos en claro que cuando asumimos la profesión de una religión comenzamos a manejar una serie de términos y palabras riesgosas como el filo de un bisturí.

 

A propósito del pasaje del libro Josué, en el que el sucesor de Moisés pone en apuros al pueblo israelita en Siquem, que fluctuaba entre seguir al Señor o volverse a los falsos dioses, Newman demuestra que muchas veces las expresiones que creemos provienen de una convicción religiosa, no son más que una irrealidad y concluye de ello que “la irrealidad… es un pecado; es el pecado de cada uno de nosotros, en la misma proporción en la que nuestros corazones son fríos o nuestras lenguas caen en excesos”

 

Según la acertada afirmación de Mons. F. M. Cavaller –uno de los más finos conocedores y difusores de la vida y obra del Beato Cardenal- en la introducción al sermón que nos referimos, “el verbo favorito de Newman para expresar la actitud del hombre frente a la realidad, es precisamente to realize, que no tiene igual en castellano, y traducido podría decirse tomar conciencia o darse cuenta…”

 

El texto en cuestión podemos leerlo detenidamente en el capítulo 24 del Libro de Josué que refiere la gran Asamblea de Siquem, añadido después del Destierro, pero de auténtica tradición antigua.

Nos llamará la atención la insistencia de las palabras con la que Josué parece no creer demasiado en las manifestaciones y promesas de fidelidad del pueblo referentes a optar por la fidelidad al Dios de sus Padres.

 

Newman dirá de los cristianos de su tiempo (que en esto sigue tan actual y conectado con el nuestro), son proclives a las declaraciones. “Éste es un tiempo en el que correcta o incorrectamente hay tanto de juicio personal, tanto de separación y diferencia, tanto de predicación y enseñanza, tanto de derecho de autor, que él mismo implica la declaración, la responsabilidad y recompensa personal de un modo peculiar…

No será salirnos del tema si en conexión al texto bíblico inicial consideramos algunas de las muchas maneras en que las personas, en esta u otra época, hacen declaraciones irreales, y viendo no ven, y oyendo no oyen, y hablan sin dominar o intentando dominar su palabras…”

 

Pasando por la forma insustancial en el hablar, hasta la impúdica actitud de hablar de lo que no se conoce suficientemente y de la inestabilidad de la opinión popular, Newman recorre distintas situaciones ejemplares que ilustran esta propensión –y más que ella- que los hombres tenemos hacia las palabras irreales.

 

No es la intención de nuestro comentario ni glosar ni transcribir el brillante sermón que bien podemos buscarlo y meditarlo con gran fruto y pasmo por su vigor radiográfico y añadir situaciones, multiplicar ejemplos, según la propia experiencia.

Lo que uno escribe, lo escribe primariamente para uno, no sabiendo muchas veces si alguna vez será leído. El presente comentario tiene en mi pensamiento y mis apuntes bastante tiempo. Serán algunas consideraciones personales sobre esta triste realidad tan nuestra y tan común entre católicos (o no) de basar nuestras declaraciones en palabras irreales, las que generalmente corresponden a conceptos irreales.

 

Josué ya era un hombre mayor, con experiencia humana y divina sobre la propia vida y los vaivenes de un pueblo que siempre daba muestra de marchar en su larga procesión al compás de un paso adelante y dos atrás.

Y digamos, no sólo por su misión venida de lo alto, sino por un objetivo conocimiento de la historia reciente y pasada de su pueblo, se muestra entre escéptico y enérgico ante aquellas protestas, aparentemente sinceras, de fidelidad incondicional a Dios y a él, sucesor del manso y gran Moisés.

 

En nuestra vida podemos constatar con una mezcla de pena, indignación, decepción y sospecha, la fragilidad de tantas promesas personales y ajenas acerca de la fidelidad a toda suerte de compromiso, a los juramentos brotados en momentos de alta emotividad afectiva, a los pactos “sellados con sangre del corazón”, a los “para siempre” de nuestros amores, convicciones o procederes, tengan ellos por objeto la vinculación con Dios o entre nosotros.

Aquel pueblo se encontraba, al igual que nuestra cultura, en una constante adolescencia e inmadurez. La variabilidad del ánimo lo acompañaba en cada acontecimiento histórico o familiar.

Invito al lector a elaborar mentalmente -¿y por qué no un listado escrito?- de cuantas veces ha sido el autor o la víctima de semejantes palabras irreales.

Parece que al hombre se le escapan siempre las palabras más nobles y una vez pronunciadas, llevadas por el viento de su interminable adolescencia, terminan siéndole irreconocibles para sí mismo.

 

Existe como una incontinencia verbal que nos lleva a decir lo que el otro desearía escuchar, a halagar sus oídos, conquistar su corazón, asegurarnos su favor y beneficios. Algo así como lo del tango: “…hoy un juramento y mañana una traición…”

Cada vez que oigo expresiones tocadas en esta cuerda, armadas en esta clave y con octavas tan osadas, no puedo evitar imaginarme el final lamentable de una sinfonía mal compuesta.

Van entrando uno tras otro los diversos instrumentos, van haciendo gala de sus propios sonidos, pero el ejecutante no se escucha. O más bien se escucha demasiado: tan fascinantes les suenan sus palabras que el propio oído no atiende al corazón, donde debiera residir la partitura.

“Todas estas grandes palabras –cielo, infierno, juicio, misericordia, arrepentimiento, obras, el mundo presente, el mundo venidero –son poco más que “sonidos sin vida ya sea de órgano o de arpa” en sus bocas y oídos, como la “canción encantadora del que tiene una voz agradable y puede tocar bien un instrumento”, como los cánones de la conversación o la urbanidad de la buena crianza” (op. cit.)

 

Esto supuesto que el sujeto padezca el autoengaño, tan frecuente en espíritus que confían en que sus expresiones adecuan con el pensamiento. Los podríamos llamar superficiales.

Pero encontramos un género más peligroso que el que acabamos de describir: el de aquellos que pretenden engañar, los que simulan, los “diplomáticos”.

En cualquier caso tal vez deban arrepentirse de una palabra dicha para salir del paso, por un cumplido.

Nuestro Señor Jesucristo nos ha enseñado a medir cuidadosamente nuestras palabras, nuestras afirmaciones: de ellas nos pedirá cuenta.

En la parábola de los dos hijos (Cf Mt 21, 28-32) nos enseña cuál es el auténtico valor de la palabra: aunque inicialmente respondiese a un estado de ánimo no bien dispuesto, la conducta final del hijo que dijo “no voy” es la que en verdad cumple la voluntad del Padre.

 

Nuestra época es un tiempo contradictorio como ninguno.

Por ser reductivos y simplificar en dos tipologías las palabras que oímos podríamos señalar un innumerable conjunto de personas que dice cualquier cosa, lo que se le viene, no a la mente, sino directamente a los labios y por otro, tal vez el más peligroso: el que piensa que por el mero hecho de decir lo que debiera decirse, lo adecuado, lo perfecto, ya tenemos recta intención y, por tanto, somos honestos.

Sermones, escritos, documentos, pronunciaciones, manifestaciones, marchas, charlas supuestamente fundadas en el afecto amical, promesas solemnes o simples compromisos, cumplidos, educación afectada de untuosidad y formalismo, rigidez principista, etc., etc., son campos profundamente afectados por la mala hierba de las palabras irreales.

¿Falsedad? ¿estupidez y debilidad humanas? ¿deseo inmoderado de caer siempre bien frente al ocasional o estable interlocutor? ¿imperativo de cumplir las consignas de una convivencia que no merece semejante nombre?

 

Dirá Newman: “Los jóvenes que nunca han conocido el dolor o la ansiedad, o los sacrificios que la experiencia involucra, comúnmente carecen de esa profundidad y seriedad de carácter que solamente pueden dar el dolor, la ansiedad, la abnegación. No insisto en esto como una falta, sino como una realidad pura que frecuentemente se ve…”

 

Sean malos o estúpidos, el trato con tales sujetos, siempre lastima y afecta la respuesta que podamos darles a tales palabras: nosotros mismos caemos en lo irreal.

 

Y lo que decimos de los individuos, podemos aplicarlo a la situación de la Iglesia en tiempos en que el amor se ha enfriado y la fe desvanecido. No seré yo quien lo describa. Le dejo la palabra al mismo Newman:

 

“El sistema total de la Iglesia, su disciplina y ritual, son todos en su origen el fruto espontáneo y exuberante del principio real de religión espiritual en los corazones de sus miembros. La Iglesia invisible se ha convertido en la Iglesia visible, y sus ritos y formas externas se nutren y animan por el poder vivo que habita dentro de ella. Así, cada una de sus partes es real hasta en los más diminutos detalles. Pero cuando las seducciones del mundo, las concupiscencias de la carne han devorado esta vida divina interior, ¿qué es la Iglesia exterior sino un vacío y una burla, como los sepulcros blanqueados de los que Nuestro Señor habla, un memorial de lo que era y ya no es? Y aunque confiamos en que la Iglesia en ninguna parte está totalmente abandonada por el Espíritu de la Verdad, al menos de acuerdo a la común providencia de Dios, no obstante ¿no podemos decir que en la medida en que ella se aproxima a este estado de mortandad, la gracia de sus ceremonias, aunque no invalida, fluye, pero sólo como corriente muy escasa e incierta?”

 

P. Ismael

 

 

 

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Peligrosas mixturas

“Lo mismo que a los jesuitas se les suele imputar

falsamente todas las cosas posibles, así exactamente

o bien parecido acaece con los judíos”

Edith Stein

 

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Quien se encuentre medianamente informado de los dimes y diretes y pretensiones de quienes se han erigido en censores inapelables de la más pura ortodoxia católica, habrán notado la curiosa mixtura y maridazgo –absolutamente arbitrario como un “collage” surrealista compuesto a su criterio en el que se pegotean posturas, doctrinas y sentencias que imbrican dogma, teología, historia y una alarmante Veltanschauung (cosmovisión) de la sociedad y el mundo cristiano.

 

Quiero referirme brevemente al caprichoso pegote que muchos católicos derechosos –que deshonran a los auténticos católicos fieles a la Tradición de la Iglesia y ponen en grave peligro lo poco que se intenta salvar de la demolición (externa e interna) que la Iglesia de Cristo viene sufriendo desde hace algo más que 50 años.


Ese “pegote” mistongo, cuyo resultado es un mutante de la auténtica Fe Católica ha engendrado un curioso cuadro variopinto y de figuras que tienen tanto que ver entre sí, como la manteca con la ley de Newton.


En especial en nuestra Argentina (como también en Latinoamérica) que hace tiempo viene comiendo de las migajas que caen de la mesa infectada de la ya no tan opulenta y epulona Europa, nos encontramos con grupos que han asociado sin demasiado examen realidades cuya conexión intrínseca se halla sólo en la mente de sus creadores.


Así nos encontramos con quijotescos defensores de la ortodoxia católica que han incluido en su puchero elementos cohesionados por algún motivo que alguna vez quisiera comprender qué lógica teológica tienen.


Este es el menú: estos sectores (o cuasi sectas) hilvanan sin dificultad alguna:


1) Defensa de la Tradición ininterrumpida a las enseñanzas de la Iglesia.

2) Lucha por la recuperación de la maltrecha liturgia romana.

3) Restauración de una cristiandad, de la que el mismísimo Newman tenía dudas si alguna vez existió tal como pensamos que la concretaron los cristianos de los siglos heroicos de la fe.

4) Una suerte de nacionalismo de corte folklórico.

5) Adhesión a los sistemas militares que establecieron –dicen ellos- el supuesto orden moral que la sociedad necesitaba.

6) Simpatía y algo más por el nazismo.

7) Antisemitismo manifiesto y negación del holocausto.


De estos tópicos señalados, no podemos más que sostener –a riesgo de no ser católicos- los 3 primeros.


Es mi propósito manifestar mi dolor por la obstinación en sustentar el séptimo.


En lugar de ver la innegable voluntad del Santo Padre Benedicto XVI de contar con aliados que le sostengan en su heroico y casi desmesurado intento de devolver a la Iglesia la liturgia de siempre, fundada en su Tradición y con ello la ocasión para que muchísimos fieles tengan la oportunidad de contar con un clero católico, que les predique las verdades católicas y celebre el culto católico para gloria de Dios y santificación de los católicos, se empecinan en el injusto retorno a presentar una Iglesia falsamente afectada no sólo de ignorancia histórica, sino de manifiesto antisemitismo.


No me extenderé en algunas distinciones que serían necesarias para entender bien a fondo las raíces de un tema tan delicado. Me limito solamente a señalar la distinción entre “hebraísmo” y “judaísmo” y recordarles a estos señores la enérgica afirmación de S.S. Pío XI (nada sospechoso de progresista pro-judío): NO SE PUEDE SER CATÓLICO Y ANTISEMITA.

El entonces Secretario de Estado, Cardenal Pacelli, en un sermón durante los ritos de consagración de la Basílica de Lisieux, condena el racismo de Alemania. Gebbels lo ataca ferozmente.

El 17 de marzo de 1937 Pío XI publica la “Mit brennender sorge” condenando la “falsa moneda” del racismo y las “liturgias” del Reich(1)

En 1938 Mussolini prohíbe a los hebreos cualquier clase de ejercicio de profesiones (médicos, abogados, profesores, etc.)

La Encíclica que preparaba Pío XI (cuya redacción encargó al jesuíta J. Lafarge y el asesoramiento de Pacelli) nunca se publicó: el Papa muere repentinamente. Suspicacia: uno de sus médicos era hermano de la amante de Mussolini.


Negar el “holocausto” es una tamaña brutalidad como querer imponer la fe con la tortura.


A causa de este creciente y lamentable movimiento, el descrédito de los desinformados en materia de religión, se extenderá también a un creciente número de movimientos y sociedades sacerdotales que luchan con valentía por la restauración católica que vale la pena. Y la pérdida será muy grande.


El progresismo se hará más rabioso y terminará por perderse lo poco que se viene recuperando.


En concreto, y para no abundar en los numerosísimos testimonios de todo lo que la Iglesia con corazón angustiado y solicitud maternal hizo en tiempos del Angélico Pastor Papa Pacelli, quiero traer solamente a la meditación del lector el párrafo final del testamento de Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Teresa Hedwig Stein), “verdadera judía”, como la podría haber llamado otro verdadero judío PABLO DE TARSO (¿lo conocen, verdad?) que supo hacer carne el llamamiento del Unico Dios Verdadero a la aceptación del misterio de Cristo, y como sapientísima filósofa cristiana supo “tomistizar” a su maestro Husserl.


“Desde ahora acepto con alegría, y con absoluta sumisión a su santa voluntad la muerte que Dios ha preparado para mí. Pido al Señor que acepte mi vida y también mi muerte en honor y gloria suyas; por todas las intenciones del Sagrado Corazón de Jesús y de María; por la Santa Iglesia y, especialmente, por el mantenimiento, santificación y perfección de nuestra Santa Orden, en particular los conventos Carmelitas de Colonia y Echt, en expiación por la falta de fe del pueblo judío y para que venga a nosotros su Reino de Gloria, por la salvación de Alemania y la paz del mundo. Finalmente por todos mis seres queridos, vivos y muertos, y todos aquellos que Dios me dio. Que ninguno de ellos tome el camino de la perdición”


Lean los que desestiman la verdad histórica y la extensión del holocausto la biografía de su hermana de religión Sor María Renata Posselt.


Recuerden que el recrudecimiento de la persecución y exterminación de los judíos en Holanda alcanza su máxima ferocidad a partir de la carta pastoral de la Iglesia Católica en ese país que fue leída el 20 de julio de 1942 en todas las iglesias. Dicho sea de paso que Pío XII quería evitar este pronunciamiento porque temía la feroz represalia nazi.


Recuerden que en la barraca que habitó desde el 2 de agosto hasta el 9 (día de su muerte en un horno de gas en el campo de concentración de Auschwitz-Birkenau) junto a su hermana, la terciaria carmelita Rosa Stein, y 300 personas entre las que se encontraban numerosas religiosas y sacerdotes, se prodigó con ejemplar amor cristiano en la atención de numerosos niños que descuidados por la desesperación en que sus madres se encontraban, hallaron en ella todo el consuelo del que era capaz su corazón.


“…como bienvenida recibieron el comunicado de que el Campo quedaba castigado por dos o tres días. Si no recuerdo mal, había “robado” uno de los hambrientos detenidos pan seco tirado. El resto estaba de pie. Entre los que aún estaban de pie, vi a lo último al inexorable adversario de Tercer Reich y Director General Dr. Lazarus, un valiente católico como todos aquellos que habían llegado…


No quiero silenciar que durante todo el día se les golpeaba y maltrataba. Pero aquello se podía soportar. Más penoso era ver el estado en que se encontraban muchas mujeres… En aquellos momentos manifestó Edith Stein su esforzado ánimo. Hay que recordar que fueron puestos en libertad todos los que habían sido detenidos por equivocación, como protestantes, ortodoxos griegos (búlgaros) etc...” (Testimonio del Dr. Lenig).


Lean, señores, la noticia de “L’Osservatore Romano” (1947) “Del judaísmo a la Universidad y al Carmelo”:


“Sor Benedicta había nacido en 1891 y fue secuestrada en 1942 por manos de los nazis… El 2 de agosto de 1942 se paró un coche de la policía nazi delante del monasterio. Se le dieron cinco minutos a Sor Benedicta para prepararse para el viaje. Como gran condescendencia se le alargó a diez minutos el plazo del tiempo concedido. Seguidamente la llevaron juntamente con su hermana Rosa y otras víctimas desconocidas.

A su llegada… recibió fuertes golpes, fue arrojada a la cárcel y después muerta en una cámara de gas o precipitándola en una mina”.

 

 

Recuerden también los centenares de judíos acogidos por Pío XII en las diversas Basílicas de Roma y numerosos conventos (la Canónica de San Pedro, San Calixto, la Tiberina, S, Pablo Extramuros, Castelgandolfo) Detalle de notar: la Guardia Palatina que contaba a la fecha de la coronación del Papa Pacelli con 400 miembros, fue elevada en aquellos años a 4000. Uno de los tantos recursos caritativos de la Iglesia por hacer lo que podía frente ante tanto horror…


Señores católicos tradicionalistas pro nazis, siento pena por ustedes y vergüenza de su farisaica ignorancia; me ruboriza que nos parezcamos tanto: defendemos la Tradición, amamos la Misa de siempre, deploramos los errores del modernismo y el progresismo, lloramos la pérdida progresiva del sentido de lo sacro del clero y de muchísimos obispos, queremos una civilización cristiana…


Siento, como expresaba con pesar Pío XII un profundo dolor por la persecución de tantos hombres, que sin culpa propia, en razón de su credo y su raza… Pero no quiero sentir lo mismo que ustedes sienten: el odio.


Por ustedes pido lo mismo que Jesús Crucificado pidió por sus verdugos y también pidieron miles de judíos católicos o no, porque aunque muchos reclamaron su Sangre, como lo enseña el Príncipe de los Apóstoles –judío él también- “lo hicieron por ignorancia” (Cf. Act 3, 17).


Ustedes, también obtendrán el perdón: son bastante ignorantes.


P. Ismael


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(1) Llamativamente la Encíclica – de un contenido no sólo histórico contingente sino de gran importancia teológica y filosófica- no figura en el más famoso y usado Enchiridion de documentos del Magisterio de la Iglesia, iniciado por Henrich Denzinger (1819-1883). A partir de 1908, bajo la dirección de Bannwart, recibirá el título de Enchiridion symbolorum, definitionum et declarationum de rebus fidei et morum.  Hasta 1921, se  añadirán pocas cosas (juramento antimodernista, declaraciones de la Comisión Bíblica) Karl Rahner se encarga de la publicación de la obra desde la 28ª edición hasta la 31ª. En 1963 Adlof Schöenmetzer realiza una profunda refundición de la obra incorporando 150 nuevos documentos, etc. Eliminó una serie de textos que por su dureza (según la crítica de Maron y Fenton) hubieran sido contraproducentes al movimiento ecuménico. También se observó reducir al mínimo la infalibilidad del Magisterio eclesiástico y convertirse en el propagandista de una deplorable corriente teológica de la época (citamos la misma introducción  ed. año 2000). Peter Hünermann, el último corrector y amplificador, conforme a los planes trazados por Schöenmetzer, además de incluir el Concilio Vaticano II, llega a buena parte de la documentación de Juan Pablo II.


Por lo visto, no sólo se omitieron documentos “contraproducentes” al movimiento ecuménico, sino a la pura sangre de los compiladores.


Para quienes deseen apreciar la riqueza del documento del Papa Ratti, aquí ofrecemos un vínculo:


MIT BRENNENDER SORGE