“Cuando era protestante yo notaba que mi religión era seca y triste, pero no mi vida; sin embargo siendo católico mi vida es triste y seca, pero no mi religión”

(Beato Card. John Henry Newman)

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La hija de Jefté

Un voto impugnable


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El odio a los enemigos, al igual que muchos de los episodios de violencia narrados en la Escritura Santa del Antiguo Testamento, en su marcado contraste con la doctrina de Cristo sobre el amor, siempre ha constituido materia de dificultad y de escándalo para muchas conciencias cristianas.


Unos de los mayores obstáculos que encontró Simone Weil, hebrea de sangre, en el Testamento de sus mayores, fue precisamente este cuantioso cúmulo de historias violentas, imprecaciones, odio en definitiva, lo que le llevará al rechazo del Antiguo Testamento y su exclusiva adhesión (a su modo ebionita) al Evangelio de Jesús, que tanto la sostuvo en su predicación de la no violencia, pero que no bastó, de facto, para que abrazase sacramentalmente el cristianismo.


Ciertamente este lenguaje contrasta con el espíritu de amor predicado por Jesús y como apunta con cuidado Giorgio Castellino “las tentativas de solución de los exégetas antiguos y de algunos modernos, si resolvían el problema moral, no resisten en la actualidad al análisis histórico y ambiental”


Pero teniendo en cuenta que todas estas estas historias han sido escritas a Spiritu Sancto dictante, para nuestra edificación y que nada de lo se contiene en las Sagradas Escrituras es vano y deja de anunciar el gran misterio de piedad que ha de revelarse en Jesucristo, consideramos que también de esta piedra dura, podemos nosotros sacar el óleo de la piedad y la verdad que, teniendo en cuenta la así llamada pedagogía divina, Dios, Autor de ambos Testamentos ha permitido –teniendo en cuenta las edades del hombre- entrañen siempre una lección de vida.


El texto bíblico sobre el que vamos a meditar es el tremendo episodio de la historia de Jefté, contenido en el capítulo 11 del libro de los Jueces.


Una lectura superficial y atea de las que podemos encontrar tantísimas en el mundo actual vuelto de espaldas a Dios, encuentra en estas páginas (como lo podemos comprobar por la abundancia de opiniones que van desde la blasfemia hasta la hilaridad, de la superficialidad burlona) la tan buscada respuesta que derribe la afirmación de la existencia de Dios.


O en todo caso la solución maniquea (Manes no ha muerto…) de adjudicarle a Dios el origen de buena parte o la totalidad del mal del mundo.


Ni siquiera faltan imágenes (literarias y visuales) de un Dios al modo del Cronos devorando a sus hijos de Goya, en las que es presentado como un monstruo saciándose de la carne y la sangre humanas.


Vayamos de una vez al texto.


Jefté de Galaad, guerrero esforzado de origen adulterino, vino a ser constituido por razones de conveniencia a favor de Israel en Juez.


Honesto y cumplidor de su palabra recibe la encomienda de negociación con los ammonitas y como lo podremos comprobar por la lectura de los vv 14 al 27, sus razones presentadas al rey de los hijos de Ammón, se encuentran en completo acuerdo con los libros de Moisés, fundamentalmente las que se refieren a la prescripción a favor de Israel por posesión de la tierra durante los últimos 300 años.


No encontrándose en otra alternativa (como era lo corriente) que entablar la guerra ante la negativa de los ammonitas el texto narra desde el v. 29 al 40 la escalofriante historia:


El espíritu del Señor descendió sobre Jefté, y este recorrió Galaad y Manasés, pasó por Mispá de Galaad y desde allí avanzó hasta el país de los amonitas.


Entonces hizo al Señor el siguiente voto: "Si entregas a los amonitas en mis manos, el primero que salga de la puerta de mi casa a recibirme, cuando yo vuelva victorioso, pertenecerá al Señor y lo ofreceré en holocausto". Luego atacó a los amonitas, y el Señor los entregó en sus manos. Jefté los derrotó, desde Aroer hasta cerca de Minit —eran en total veinte ciudades— y hasta Abel Queramím. Les infligió una gran derrota, y así los amonitas quedaron sometidos a los israelitas.


Cuando Jefté regresó a su casa, en Mispá, le salió al encuentro su hija, bailando al son de panderetas. Era su única hija; fuera de ella, Jefté no tenía hijos ni hijas. Al verla, rasgó sus vestiduras y exclamó: "¡Hija mía, me has destrozado! ¿Tenías que ser tú la causa de mi desgracia? Yo hice una promesa al Señor, y ahora no puedo retractarme".


Ella le respondió: "Padre, si has prometido algo al Señor, tienes que hacer conmigo lo que prometiste, ya que el Señor te ha permitido vengarte de tus enemigos, los amonitas". Después añadió: "Sólo te pido un favor: dame un plazo de dos meses para ir por las montañas a llorar con mis amigas por no haber tenido hijos".


Su padre le respondió: "Puedes hacerlo". Ella se fue a las montañas con sus amigas, y se lamentó por haber quedado virgen. Al cabo de los dos meses regresó, y su padre cumplió con ella el voto que había hecho. La joven no había tenido relaciones con ningún hombre. De allí procede una costumbre, que se hizo común en Israel: todos los años, las mujeres israelitas van a lamentarse durante cuatro días por la hija de Jefté, el galaadita.”


Nuestro intento es aproximarnos con espíritu de fe y piedad a este relato tan desconcertante como rico en disparadores hacia una lectura cristiana del mismo y posibles consideraciones para la vida espiritual.


La Carta a los Hebreos (11, 32-33) cita a Jefté como ejemplo de fe, lo que de significa que su autor presupone la intención recta que tuvo de obligarse con un voto ante Dios.


Mas ese voto fue, como lo dice tajantemente San Jerónimo imprudente y necio.


La nota al v 29 de la Biblia de Straubinger cita el comentario de Schuster-Holzammer:


“El Espíritu del Señor vino sobre él sólo para libertar a su pueblo, y no le preservaba –como no preservó a Gedeón, Sansón, David, etc. de los pecados personales de la ignorancia e irreflexión, ni le elevaba sobre las ideas erróneas y costumbres depravadas de aquel tiempo, no sobre todo aquello que pudo quedarle de los años de merodeador… Acaso se dejara arrastrar… por el ejemplo de los pueblos paganos vecinos, los cuales ofrecían a la las divinidades los seres más queridos cuando a ellas acudían en demanda de algo importante”.


Nos parece de suma consideración esta aclaración que nos ilustra de la ignorancia que el mismo Jefté pudo tener de la lección final del sacrificio exigido por Dios mismo al padre Abraham.


Seguro el Señor de la rectitud del padre por quien se bendecirían todas las naciones de la tierra, detiene la mano temblorosa del anciano interiormente destrozado, cuando se disponía a cumplir la voluntad divina.


Ubicados en la postura planteada al principio, también se estará pronto a condenar a Dios por semejante exigencia y al mismo Abrahán por ser tan mal padre


Sabemos que en la sustitución del sacrificio de Isaac por el carnero con sus cuernos atrapados en la zarza, se muestra el rechazo explícito del Dios de Israel de todo sacrificio humano, más que suficientemente condenado en la Torá.


Esto se vinculará luego en la legislación mosaica con la prescripción de redimir al recién nacido mediante la inmolación de un animal, como lo vemos también en el Nuevo Testamento (cf Lc 2, 22-24).


Un voto


Vinculado con la virtud de RELIGIÓN, el voto, según el Aquinate implica cierta obligación de hacer u omitir algo (cf 2-2 q.88 a 1 – 12).


Tres cosas se requieren necesariamente en el voto:

1) La deliberación

2) Un propósito de la voluntad

3) La promesa, en que se consuma la esencia del voto.


El mismo Sto. Tomás enseña que, en casos, se añaden otros dos elementos que confirman el voto: la fórmula oral (“cumpliré los votos que pronunciaron mis labios”) y la asistencia de testigos.


Así Pedro Lombardo definirá (In Sent. 4 d38 q.I a.I q 2) al voto como “Testificación de una promesa voluntaria que debe hacerse a Dios y que versa sobre algo que le concierne”.


En el siguiente artículo, Sto. Tomás se preguntará si el voto debe hacerse siempre de un bien mejor, y en las dificultades (2) citará el episodio de Jefté:


“Jefté es enumerado en la Epístola a los Hebreos en el catálogo de los santos. No obstante, sabemos que mató a su hija inocente en cumplimiento de un voto. Si tenemos en cuenta que la occisión del inocente no es un bien mejor, pues es intrínsecamente ilícita, parece deducirse que el voto puede hacerse no sólo de un bien mejor, sino también de cosas ilícitas”.


Jefté pudo muy bien no hacer el voto.


En el sed contra del artículo que estudiamos, Tomás cita al Deuteronomio:

“Si no haces voto, no cometes pecado”.

De nada ilícito o indiferente debe hacerse voto, sino tan sólo de un acto virtuoso.


Por ello lo que no supone necesidad absoluta ni condicionada a un fin tiene toda la razón de voluntario y constituye la materia más propia del voto. A ello es a lo que se le llama bien mayor en comparación al bien necesario para la salvación. Por lo tanto, en términos propios, debe decirse que el voto es de un bien mejor ( q 88 a 2, resp.).


Aclaremos, por otro lado, que no sería sujeto de voto o promesa, aquellas cosas que debemos cumplir por tratarse de Ley Divina positiva, como por ejemplo, los Mandamientos.


Yo debo cumplir los mandamientos sin voto alguno…


Muy lejos de las sutiles precisiones del Aquinate encontramos a Jefté con toda su genética oriental y bastante supersticiosa.


No pudo hacer semejantes distinciones y al igual que Herodes, aunque en nada similar a su cobardía y lascivia, a causa del juramento y por los testigos (Mc 6, 27), su palabra era su palabra, máxime que el destinatario de la promesa era Dios mismo y no una concubina con corazón de serpiente.


Hacia el final de la segunda solución a la objeción planteada más arriba, Sto. Tomás, analiza el desafortunado voto de Jefté.


“…Esta promesa ciertamente podía tener un desgraciado desenlace si le salía al encuentro un ser no inmolativo, un asno o un hombre, como así sucedió.


Con esto se aclara el que San Jerónimo diga que ‘obró insensatamente al hacer el voto –por falta de discreción- e impíamente al cumplirlo’.


“Sin embargo, la Escritura observa que ‘el Espíritu del Señor fue sobre él’… por la victoria que obtuvo y también porque, con mucha probabilidad se arrepentiría de su iniquidad, que, a pesar de todo figuraba un bien”.


Imprudencia y necedad sentencia el gran Jerónimo.


Ello no le resta por otra parte nada al manifiesto dolor y profunda angustia de Jefté quien, al ver aparecer a su hija querida seguramente se deseó la muerte.


Queriendo salvar a su pueblo mediante una costosa y a su juicio, sublime ofrenda a Dios, humanamente arruina dos vidas: la suya propia y la de su hija, cuyo nombre desconocemos y cuya actitud, conforme a la mentalidad de su tiempo, nos estremece.


Muchas veces he pensado si acaso, aprovechando los dos meses de plazo para el llanto por su virginidad en los montes, no pudo la joven intentar la huída, con lo que desobligaba a su padre y salvaba su vida.


¿Pudo hacerlo de hecho?

Tal vez sí.


Abandonada a su suerte en el desierto, o tal vez rescatada por alguna caravana, quizás el final de la historia, desde nuestro modo de seguir una novela, nos hubiese gustado más.


Pero para la joven el voto de su padre tenía el mismo valor divino.


Ella se sintió igualmente obligada por un voto que no formuló.


La misma Simone Weil, de la que hablamos al comienzo, hizo su elección inmolativa y seguramente, lloró en tierra extranjera, no concretar su impresionante oblación.


La historia de la hija de Jefté está cerrada, pero no el camino de nuestras consideraciones.


Nuestros votos


Todo lo que se ofrece a Dios, supuesto como hemos dicho, el bien mejor, bajo la forma obligante del voto, adquiere una dimensión de vínculo sagrado que atrae del Señor especiales gracias para quien realiza tal ofrenda.


Así se comprende en su profundidad más excelsa la emisión de los votos de un religioso u otra suerte de consagración que comprometa la vida en servicio de Dios, la Iglesia y las almas.


Y también se comprende cuan grave sea su quebrantamiento y qué lamentables consecuencias tiene para toda la Iglesia el tomar a la ligera los votos que se pronunciaron ante ella.


Más imprudente y necia que Jefté se muestra la sociedad humana contemporánea incapaz de sostener para siempre sus promesas, sus decisiones y hacerse cargo de sus consecuencias.


Cuando algo comienza a molestar (y los ejemplos extenderían nuestra exposición más allá de lo conveniente) los votos se botan: ¡al pozo con ellos!


Valieron mientras se sintió el cosquilleo del supuesto amor a Dios o al prójimo en el corazón.


Y junto a la triste e innumerable colección de votos o promesas incumplidos (religiosos, sacerdotales, matrimoniales, amicales) podríamos señalar finalmente otra incontable cantidad de promesas vanas, absurdas, estériles, inútiles…


Es propio de sujetos de mente corta hacer votos de esta índole.


Como aquel compañero mío que hizo voto de silencio y en la mesa parecía un mono cuando quería que le alcanzáramos la sal…


Porque, como termina risueña y magistralmente la cuestión Santo Tomás,

“Vota vero quae sunt de rebus vanis et inutilibus sunt magis deridenda quam servanda”

“Los votos de cosas vanas o inútiles, son más que otra cosa, dignos de risa”


P. Ismael


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Futurologías

liturgia y algo más…


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Daniel revela el sueño de Nabucodonosor


El turbador sueño del rey Nabucodonosor y su impactante interpretación por el joven judío deportado Daniel (cf. Dan 4) me hacen pensar en estos días –más bien en estos últimos tiempos- del feliz reinado de nuestro Sumo Pontífice el Papa Benedicto XVI, en un cuadro de la Iglesia contemporánea y futura.


Siendo bastante conocido el texto, remito a la lectura de los vv. 1 al 19 del citado capítulo 4 del libro de Daniel; que como bien sabemos pertenece al género apocalíptico.


Quienes incursionan a diario por la blogósfera católica (curioso y acertado neologismo para designar el hábito frecuente de postear – españolización de "to post" : enviar, publicar, mandar) sienten, junto con el vértigo informático que produce la noticia recién parida y la infinidad de ventanas que pueden abrirse hacia los más diversos vínculos, que la información les desborda por todas las costuras.


Gente muy bien capacitada, con informaciones generalmente oficiales, o a lo menos oficiosas, traduce, copia, divulga, alienta, esperanza, se proyecta en el deseo de una ya tan necesaria reforma y vuelta de timón que desde la mejor diócesis de mundo, su Augusto Capitán (con sobrenaturales fuerzas para sus manos de anciano) logre por fin una ruta certera, sin sobresaltos y sobre todo la querida por el Dueño de la embarcación que ha comprometido su Divina Autoridad para guiarla hasta la consumación de los siglos, más allá de las tempestades del mundo y del alboroto de la tripulación.


Todo este vértigo salutífero (por decirlo de alguna forma) generado en el espíritu de las almas católicas súper informadas, me parece, junto a las informaciones desalentadoras que nos cuentan lo que vienen haciendo los demoledores de la Iglesia, produce una oscilación constante entre el ya pero todavía no de no sabemos qué tiempos de esperada restauración católica, que en verdad necesitamos; cada uno verá desde qué altura de la pared (ya que no de los cimientos) debe comenzarse…


Por centrarnos siquiera brevemente en el punto de las mejoras litúrgicas del actual pontificado, siento que el vértigo informático al que me refería más arriba –tan mixturado como está- pone a muchos en el falso sueño de una inmediata sanación de los excesos, abusos, y demás manifestaciones ya casi paganas en las que deviene el culto católico en tantísimas partes del mundo.


Aparecen, aquí y allá, acciones absolutamente aisladas de prelados francotiradores que (como no podía ser de otra manera en el sentir católico) desean secundar y emular –en los casos mas jugados- el accionar del Papa.


“¿Sabe padre, que ya se viene la ‘reforma de la reforma’ impulsada por Benedicto?… ”  Me comenta el fervoroso navegador católico…


Pero ello no soluciona, por lo que vemos el problema de digestión intelectual de lo que brilla en la cabeza y casi no pasa por la garganta.


Al vértigo supuestamente esperanzador de la instantánea informática, se contrapone, innegable, la lentitud de circulación de la buena sangre cerebral al resto del cuerpo, en sectores ya agangrenado.


Por decirlo en términos digestivos: la Iglesia sufre de tránsito lento. Hoy más que nunca…


Lento para las cosas de las verdades católicas, expresadas en la lex orandi, ya que en otras muchas materias, cuando los obispos quieren que las cosas bajen, bien que las hacen bajar, a toda costa…


La cabeza de la estatua onírica de Nabucodonosor era totalmente de oro.


Por jugar con alguna libertad en la analogía que me ofrece la visión de Daniel 4, no me cuesta demasiado ver en esa cabeza (visible, en el sueño de esta vida, porque la vida es sueño, como diría Calderón de la Barca) el pensamiento pontificio: coherente, estructurado, purísimo y con la irrenunciable intencionalidad de informar la totalidad del cuerpo.


El problema, y tal vez esté diciendo algo que me merezca el adjetivo de perogrullada, está en la materia que está por debajo de esta cabeza de oro: plata, bronce, hierro, arcilla.


Si el cuerpo todo, por la acción de quienes hacen de conexión entre cabeza y miembros (e insisto que estoy refiriéndome a la estructura humana de la Santa Iglesia) digiriese el producto pensante y obligante del Papa, no dudaríamos que todo este cuerpo iría adquiriendo las características de quien tiene prometida toda asistencia en materia de fe, costumbres, régimen y culto.


Pero también al Santo Padre (y vuelvo a decir otra perogrullada) no podría faltarle no uno, sino cientos de Iscariotes que, bajo otras tantas razones, entorpecen la digestión de la que antes hablábamos.


Resultado:

No será tan pronto, ni tan fácil como mis bienintencionados amigos blogueros suponen que cien noticias buenas de lo que el Papa enseña se conviertan en una decisión episcopal que alguna vez pueda ser realidad para el santo y pobre Pueblo de Dios (del que tanto se llenan la boca)


Se ha mezclado mucho ya, en materia de culto, el oro del sacrificio y de la presencia real –entre otras cosas- con la arcilla de la vulgaridad, la falsa inculturación, el mal gusto, la superstición, el lucimiento de verdaderos enfermos de histrionismo, que la magnífica estatua que ha subyugado por su majestad a tantas generaciones cristianas, no dista mucho de hacerse trizas.


Y no por obra de una piedra que venga desde una alta montaña como nos la presenta el texto de Daniel. Que nadie piense en el Islam u otra fuerza que la Antigua Serpiente ponga en movimiento.


La estatua puede venirse abajo porque la mixtura que ha sufrido en los últimos tiempos es fruto de infiltraciones más peligrosas que toda fuerza exógena: ¿No habló Paulo VI de la autodemolición de la Iglesia?


A mí no me entusiasman mucho las futurologías catastróficas.


Pero no puedo dejar de sonreírme ante las ingenuas.

Rezo más bien para que el oro, el bronce y el hierro hagan fuerzas para expulsar la arcilla que todavía puede estar fresca, porque con la seca no será tan fácil.

El que no construye con Pedro sobre la Piedra que es Cristo, embarra.


P. Ismael


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Dueño de tus ojos

“illos tuos

misericordes oculos…”


Virgen


Hace poco, utilizando la expresión de uso vulgar “los ojos son ventanas del alma”, nos quedó la necesidad de reflexionar un poco más –sin pretensiones de especialista- sobre el mirar, el ver, los ojos en particular.


No decimos nada nuevo cuando notamos que junto con el sentido del oído (por el cual viene la fe, en el sentir de San Pablo), la visión ocular, constituirá para el bienaventurado la fuente de su eterno conocimiento y fruición del rostro de Dios (cf. Artículo anterior, en la conmemoración de los Fieles Difuntos).


Tampoco es novedad para el lector asiduo del Santo Evangelio, las sutiles anotaciones de sus Autores sobre las miradas y los ojos de Jesús.


El padre de la parábola vio a su hijo y se conmovió (cf Lc 15, 21).


Jesús vio a Zaqueo, quien subido a un sicómoro quería verlo a Él: “y cuando Jesús llegó a aquel sitio, alzando la vista…” (Lc 19, 5).


Al joven rico el Señor dirigirá una mirada muy particular. “Jesús fijando en él su mirada, le amó y le dijo…” (Mc 10, 21).


Ante la dureza de aquellos de la sinagoga que le acechaban a ver qué hacía aquel sábado con el hombre de la mano paralizada, nota Marcos: “Entonces, mirándoles con ira, apenado por la dureza de su corazón…”(3, 5).


Al ver el sitio donde habían puesto el cuerpo de su amigo Lázaro “Jesús se echó a llorar” (Jn 11, 35).


Durante su Pasión, mientras Pedro peleaba con su corazón que quería ser del Maestro y temblaba ante unos sirvientes ordinarios, y tras el escalofriante canto del gallo predicho por ÉL, “el Señor se volvió y miró a Pedro… y saliendo fuera, rompió a llorar amargamente” (Lc 22, 61,62).


Dejemos aquí el listado, que sería extenso, de citas que tienen que ver con la mirada y los ojos del Hijo de Dios.

El Evangelio da cuenta de muchos sucesos de miradas y otros podemos suponerlos por el contexto, la realidad y la Persona de Jesús.


¿Cómo sería la mirada de Cristo que bastó para que de una, casi todos sus Apóstoles, dejándolo todo, le siguiesen?


¿Cómo sería la mirada del Maestro que dijo sinite parvulos venire ad me?


¿Cómo fue la mirada sobre la adúltera, la Magdalena, la hemorroísa y tantos pobrecitos y pecadores que se atrevieron a acercársele?


Es imposible imaginar en Él unos ojos enjuiciadores, duros, indiferentes…


Hace bastante leí, creo que la idea era de Martín Descalzo, que hacia cierta edad de la vida uno ya es responsable del rostro que tiene. Digo que no lo recuerdo con exactitud y espero que desde el cielo me perdone la imprecisión, ya que no el plagio, cosa que siempre me ha repugnado.


La reflexión giraba en torno a las facciones. Yo lo aplicaría a las miradas y a los ojos que miran.


San Juan en su Primera Carta habla de la concupiscencia de los ojos (Cf I Jn 2, 16) entendiendo por ello la idolatría de la insaciable avaricia; dándose la mano con el crudo Cohélet para quien “no se cansa el ojo de ver ni el oído de oír” (Qo 1, 8).


Supuesta en el hombre esta tendencia originada por el primer pecado y la inclinación desordenada a querer apropiarse, al menos mediante la vista, de toda criatura, y la insaciabilidad de los ojos, hay algo que podemos, y debemos considerar.


Si Jesús ha dicho “Bienaventurados los puros de corazón porque verán a Dios”, hemos de pensar que la pureza interior y la felicidad eterna también se forjan a partir del ver las cosas como Dios las ve.


Si con el paso del tiempo somos “dueños de nuestro rostro” (porque él acusa las expresiones faciales más habituales de nuestro diario gesticular), con el mismo implacable avance, nos vamos haciendo dueños de nuestros ojos: ellos son lo qué miramos, cómo miramos y los más ingobernables delatores de nuestro estado interior.


En su pegadiza canción “Miradas” el cantautor argentino Axel (¡y no se escandalicen la devota Filotea ni el ortodoxísimo teólogo por mi cita!) hay una sugestiva y necesariamente incompleta, lista o tipología de “miradas” de esas que a diario nos encontramos en la vida.


En mi juvenil mundo andaluz sonaba también aquello de “y tu mirá se me clava en los ojos como una espá…”


Cada uno, más allá de la tonalidad del iris, ha ido labrando su mirar “hacia fuera”: el mundo, el prójimo, las más pequeñas situaciones.

Por deambular un poco por el mundo animal, podríamos por ejemplo, graficar algunas miradas: de perro, de tigre, de león, de cobra, de ternero, de lechuza, etc., etc. ; salvando claro está, la mención de los caninos, que excepto en caso de rabia, tienen miradas más tiernas que muchos humanos…


Cada quien, va siendo, día a día, responsable de su mirar, de sus ojos: quien mira mal no puede tener otra cosa que ojos de malo.


¿Qué cirugía estética u oftalmológica podrá cambiarnos, a esta altura de la vida, estos ojos que tenemos, que nosotros mismos, en buena parte nos hicimos?


Pienso en la vocación de Abrahán y el imperativo que el Dios que lo saca de su pueblo le señala: “Yo soy Él Shadday, anda en mi presencia y sé perfecto” (Gén 17, 1)


Caminar en la presencia del Señor no es otra cosa que sentirse mirado por Él, dejarse mirar, buscar su mirada, mirarlo en definitiva.


Ser dueño de tus ojos.


En la retina del alma se graba lo que cautiva la mirada. Allí se guardan los recuerdos más fuertes de la vida de un hombre: los rostros amados y las grandes tragedias y dolores.

Imborrables, coloridas, fidelísimas con un verismo perfecto…


Si nos dejamos mirar por Dios, tal vez Él mismo cambie nuestra mirada y nuestro mirar. Presencia de Dios, que le llamamos en Ascética.

Y en los caminos de la Mística, que no es otra cosa que unión de amor con Dios, veremos qué sentido tan natural –y lo remarco porque no hay otra felicidad para el hombre-  tienen los versos de San Juan de la Cruz:


Descúbreme tu presencia,

y máteme tu vista y hermosura,

mira que la dolencia de amor,

que no se cura,

sino con la presencia y la figura.


De los ojos y el mirar de Nuestra Señora, nada nos dice el Evangelio.

Por lo que hemos considerado acerca de Su Divino Hijo, y por lo que nos enseña la cristología, inferimos que los ojos de Jesús y su mirar han sido lo más parecidos, lo más calcado, a los ojos de Su Madre.


Jesús tiene los ojos de Su Madre.

Este habrá sido uno de los primeros cumplidos que recibió el Niño que María mostraba con alegría de Madre y temblor de sacerdotisa a sus parientes y vecinos.

Mucho antes que el zafado piropo de aquella mujer de la multitud (que a algunos puritanos les gustaría que el Evangelio mejor lo omitiese) “Feliz el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron”.


¿Cómo pudo, cómo puede mirar la Virgen?

Como se lo enseño a Jesús. Como Él la vio mirar.

Con aquellos dulces ojos de Misericordia, como rezamos en la Salve.

Porque al mundo, si no se lo mira con ojos de misericordia, se le condena.


Y Jesucristo no vino al mundo para condenar sino para que el mundo se salve por Él.

Y por su mirar…


P. Ismael


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Hermana muerte

Omnes feriunt, ultima necat 

(todas -las horas- hieren, la última mata)


bouguereau angels


Temida. Solemne. Rígida. Implacable. Universal. Esperada. Inútilmente evitada. Maquillada. Disfrazada. Eufemizada. Innombrable.

La lista de adjetivos, según las épocas, ideologías y conciencias, podría hacerse indefinida cuando se trata de calificar a esa realidad, la más cierta –más cierta que el nacer- de las realidades humanas: la muerte.


Inicio del filosofar del hombre y su búsqueda de todas las respuestas que, después de la existencia de Dios, está en la base de todas las preguntas, la muerte seguirá, hasta que se extinga la especie humana (si se extingue, como dice mi amigo Conrado) suscitando las más intrincadas evasivas.


Ella tiene un efecto impactante (un shock que diríamos) con una duración o efecto prolongado de algunas pocas semanas en los no afectados por ella, sobre todo si el tocado por su huesuda mano no pertenece más que a sus inmediatos deudos.


Es lo que suelo llamar “efecto velatorio”.

El “no somos nada”, comentario obligado –y por otro lado sincero- de las comadres presentes, no tiene demasiado efecto residual en la vidas de los que salen con obligado rostro de entierro de las exequias del finado…


“Tranquilo, hombre, ya se te pasará”


Y así hasta el próximo entierro.

Entretanto, a seguir viviendo como si los que se muriesen, como dice mi supradicho amigo, siempre son los otros.


También la muerte tiene, entre sus multifacéticas funcionalidades la de hacer mejor, ¡y hasta santos! a los políticos y farsantes y a los ateos militantes.

A casi todos les mejora la imagen.

Y como Dios quiere que todos nos vayamos de este mundo con un buen recuerdo, a todos nos nivela con la muerte…


Culturas cristianas anteriores a la nuestra, más pensantes, más sabias, más humanas, supieron hacer de la muerte, no sólo un interrogante filosófico, sino también una serena fuente de piedad para aquellos que han creído en la vida que comienza con la muerte.


El culto a los muertos


Notemos de entrada que la Iglesia Católica no rinde culto a la muerte, sino a los muertos.

Es cosa bien distinta.

Lejos de la tanatolatría de algunos pueblos de la antigüedad o el actualísimo culto a esparcir cenizas por bucólicos o agrestes parajes caros al difunto, el culto a los muertos tiene, para la Iglesia un sentido profundamente enraizado en la Revelación.

Y ese sentido primero es doble:


a) En cuanto al cuerpo.

Él ha sido el instrumento de toda comunicación del alma con el mundo en el que Dios ha puesto al hombre: mediante él aprehendió la realidad creada, expresó amor u odio a sus semejantes, obró, en definitiva, el bien o el mal.

Y conforme a ello, como enseña el Apóstol, será juzgado el hombre: tal como obró mediante su cuerpo.

También ese cuerpo fue templo del Espíritu y honrado con sus dones y gracias y ungido con los Sacramentos.


b) En cuanto al alma

Sin detenernos demasiado, digamos que es dogma de fe católica definida que las almas de los fieles que salen de este mundo con reliquias de pecados por purificar, son detenidas en ese estado que llamamos Purgatorio, a la espera de su completa purificación e ingreso a la visión facial de la misma esencia divina en la eterna bienaventuranza. (Cf. Const. Ap. “Benedictus Deus” de Benedicto XII)


Desde la más remota antigüedad cristiana se ha dado culto a los difuntos principalmente cumpliendo con la piadosa obra de misericordia de darles sepultura y ofrecer por ellos constantes sufragios mediante el Santo Sacrificio de la Misa que se ofrece –según la enseñanza confirmada por Trento- por los vivos y por los difuntos.


La institución de la celebración


La Conmemoración del 2 noviembre (atraída hacia este día por la fiesta de Todos los Santos, de la que es su complemento) fue establecida por San Odilón, Abad benedictino de Cluny (+1049) en los monasterios dependientes de la orden, desde donde se extendió a la Iglesia universal.


Los difuntos que no tienen padres o hijos que oren por ellos, dice San Agustín, tienen las preces de la Iglesia que se porta con ellos como una madre solícita (Cf. De cura pro mort.c. vi)


La celebración tradicional de la Misa de Requiem omite el Gloria, el Credo, el ósculo de paz, la bendición final y otros cuantos detalles que le confieren una forma de mayor severidad.


Todos los textos han sido extraídos de antiguos Sacramentarios.

Especial mención merece la impresionante Secuencia “Dies irae”, que ya aparece en un manuscrito del siglo XIII, teniendo como muy probable autor al franciscano Tomás de Celano, amigo y biógrafo de San Francisco de Asís.


Dicho sea de paso la Misa de Requiem ha sido a lo largo de la historia del arte una pieza obligada para los grandes de la música: Lassus, Claude le Jeune, Carpentras, Mozart, Verdi, etc.


Los sentimientos


Al Divino Redentor se le arrasaron los ojos en lágrimas ante la tumba de su amigo Lázaro y la tradición nos muestra a Su Santísima Madre, lacrimosa, de pie junto a la Cruz.


No podremos nunca en aras de una espiritualidad monofisita o jansenista reprimir el dolor, el más humano de los dolores, que produce el misterio de la muerte.


No podremos creernos que la pascua comienza ipso facto para el que acaba de cerrar los ojos para siempre.


¿Dónde queda la oración por el perdón de sus pecados?


Una falsa espiritualidad pascualizante, de la que en otra ocasión hemos hablado, querrá quitar a la muerte su tan humano dolor y vestirla de Caperucita Roja.


Nosotros la vestimos y nos vestimos de negro.

Aún las normas generales del Misal Romano (Novus Ordo) prevén el color negro para la celebración de las Misas de Difuntos)

Tras la negra oscuridad de la muerte, vendrá la blanca luz de la gloria, que sólo a Dios le compete otorgarla cuando Él lo decida.


“Ex umbris et imaginibus, in veritatem” “De las sombras y las imágenes, hacia la verdad”

Así rezaba el epitafio de la tumba del recientemente beatificado Cardenal John Henry Newman.

Desde esa sombra en la que dejamos a nuestros seres queridos cuando besamos por última vez su rostro marmóreo y lo cubrimos con el último velo, como una madre arropa a su pequeño una noche de invierno, se descubrirá para ellos el lugar del refrigerio, la luz y la paz.


Sabemos, creemos, que tras el prolongado, y sólo conocido por Dios, invierno de sus cuerpos en el seno de la tierra, resurgirán gloriosos y reinarán con el mismo Resucitado.

Entre tanto, sea que sus almas estén purificándose, o ya gocen de la visión de Dios, nuestro sufragio tendrá siempre valor, porque para Él el tiempo no existe.

Costosa y dolorosamente salimos de este mundo al que vinimos por una incomprensible y libérrima decisión de Dios.


Contrariamente a la idea de una cañada oscura por la que atravesaremos, me aferro al epitafio newmaniano: vamos en realidad de las sombras hacia la luz verdadera.


Por eso, entre las exequias carnavalescas de ciertas liturgias inculturadas y las respetables consideraciones de San Alfonso sobre la preparación a la buena muerte, me quedo con humanísima teología de San Francisco en su Cántico de las Criaturas:


Y por la hermana muerte: ¡loado, mi Señor! Ningún viviente escapa de su persecución; ¡ay si en pecado grave sorprende al pecador! ¡Dichosos los que cumplen la voluntad de Dios!

¡No probarán la muerte de la condenación! Servidle con ternura y humilde corazón. Agradeced sus dones, cantad su creación. Las criaturas todas, load a mi Señor. Amén.


Así debiera ser nuestra muerte.

Como en los brazos de nuestra madre, como en los brazos de la más dulce de las hermanas.


No habiendo llegado por poco (por esas cosas que sólo Dios conoce) al tiempo de entregarle mi madre a Dios su alma, y dándose cuenta que llegaba su hora, con toda la ternura de que siempre fue capaz, le dijo a la religiosa que la asistía en el aquel momento y le aseguraba que ya llegaba su hijo sacerdote: “No, abrázame tú ahora, hermanita, porque me muero”


Si es hermana, mi muerte, la tuya, querido lector, nos abrazará justo en el instante en que mejor sabrá tratarnos, aunque algo nos duela, porque nos lleva al gran encuentro de nuestra vida.


Si es hermana, la muerte nos irá acostumbrando cada día a su compañía, porque vivir es un morir cara hora. Cotidie morior, dice Pablo: cada día muero a mi orgullo, a mi desenfrenado deseo de vivir lo que no es de Dios…


Si es hermana me entiende, está cerca, es de mi misma sangre, no me es ajena y su abrazo, cualesquiera sean las circunstancias naturales que lo acompañen, no será otra cosa el que el mismo abrazo del Crucificado que nos dirá: “En verdad te digo que hoy estrás conmigo en el Paraíso”…


Requiem aeterman dona eis Domine

Et lux perpetua luceat eis.


P. Ismael


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El corazón en la mano

“Fili, praebe mihi cor tuum…”

“Hijo, dame tu corazón…”

(5ta. Ant. Laudes

Fiesta del Sacratísimo

Corazón de Jesús)


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Nuestro Señor, a propósito de su controversia con los fariseos acerca de sus puntillosas costumbres de purificación, expondrá el sentido de la verdadera pureza que exigirá a sus discípulos, rectificando y purificando el concepto de lo que es verdaderamente puro (Cf Mc. 8, 1- 23; especialmente los vv 17-23).


La síntesis de su enseñanza es que lo que procede del interior del hombre – de su corazón- es lo que lo mancha, pues es “del corazón de los hombres de donde salen los malos pensamientos, fornicaciones, hurtos, homicidios, adulterios, codicias, perversiones, dolo, deshonestidad, envidia, blasfemia, soberbia, insensatez..” (vv 21 y 22).


Ello nos inclina a considerar que la sanación del corazón se alcanza evitando que el pecado arraigue en él, hacer que salga, no para hacer lo suyo, sino para morir.


En la summula (enumerado), hecha por Jesucristo de estos trece pecados que anidan en el corazón humano, ocupa el primer lugar lo que se designa como dialogismoi, los malos pensamientos.

Son ellos los que impulsan al hombre, perturbado espiritualmente, a sacar afuera y concretar el mal que lleva dentro, y en ellos, de algún modo se resumen los demás pecados que siguen a continuación.


Hemos hablado anteriormente de la necesidad del invierno de los dolores de la vida para purificar ese corazón inmaduro y alcanzar el morado de una existencia identificada con la Pasión del Señor.

Dios conoce lo que hay dentro de nuestro corazón: Él lo ha entretejido desde nuestra concepción. Sabe qué podemos y qué no. Y también qué estamos dispuestos a hacer o no por re-orientarlo hacia Él.

Por ello nos pide constantemente la entrega de ese órgano (que juntamente con la lengua, en el decir de Santiago) es el más difícil de dominar, de ponerle bridas…


Meditando el salmo 138 (139) vemos cómo Dios es el único que sondea nuestro corazón y conoce sus fibras y sentimientos más profundos.

Nuestros “pensamientos” no son originariamente rectos a causa de la original orientación al mal con la que nuestra naturaleza nos programa desde Adán.


Fuente inagotable de engaños, errores en el juicio, trasposición de valores, angustias interminables, junto a un deseo inextinguible de plenitud, aceptación y amor a cualquier costa; el corazón del hombre no sólo saca de lo que lleva dentro, sino que él mismo quisiera salirse fuera de su pecho y lanzarse con la locura de la que sólo él es capaz, tras las criaturas que lo cautivan en búsqueda de una felicidad de la que tarda mucho en darse cuenta que se encuentra puertas adentro


En al artículo anterior hemos citado a Leopoldo Marechal, el poeta teologal que alcanzará en su breve y profundísimo tratado-ensayo sobre estética “Descenso y ascenso del alma por la belleza”, la mejor síntesis metafísica y ascética que en esta materia yo haya conocido hasta el presente.


Allí escribe:

“Dice Plotino, comentando esta odisea del alma: `Si es dado mirar las bellezas terrenales, no es útil correr tras ellas, sino aprender que son imágenes, vestigios y sombras. Si corriéramos tras las imágenes para tomarlas como si fuesen reales, seríamos como aquel hombre (Narciso) que queriendo alcanzar su imagen retratada en el agua, se sumergió en ella y pereció´. El alma busca su destino, y halla en la criatura una imagen de su destino, y en la imagen se pierde. Y el alma debe perderse, tal es su vocación gloriosa, pero no en la imagen de su destino, sino en su destino verdadero y final”.


Y a esta altura vamos llegando al centro de lo que queremos proponer.


Esta búsqueda, este correr tras la criatura, genera en nosotros algo que podríamos enunciar con aquella descripción hecha giro idiomático de andar en la vida con el corazón en la mano.

Mendigos del amor, y de todo lo que enumerábamos antes, llevamos el corazón en la mano, como ofreciéndolo –muchísimas veces a muy bajo y lamentable precio- a cambio no sabemos de qué ganancia para él.

Y para cualquiera que alguna vez haya tenido esta experiencia de andar por la vida con su corazón en la mano, además de poder perderlo en cualquier momento, casi siempre se lo han devuelto (como se tantea una fruta en el mercado para luego cambiarla sucesivamente por otra y otra) manoseado, ajado, sucio y por sobre todo desolado.


Cuando el hombre, iluminado por la gracia o por el sentido común de la vida (que se perfecciona con el paso del rojo al morado), ya que por inteligencia el alma posee y por amor es poseída, asume su señorío de Juez sobre las cosas –que le fue conferido desde la primera hora de su creación- e interroga a las cosas: “la esfinge devolverá su presa, y le revelará su secreto, por añadidura; porque las cosas –dice San Agustín- no responden sino al que las interroga como juez” (Op. Cit. C 5 “El Juez”).


Sólo el alma juzgante de sí misma y capaz de ver a qué profundidades ha descendido por ir por la vida con el corazón en la mano, podrá nombrar con toda crudeza el estado de su corazón: su víscera más preciada ha sido deshilachada por la filosa navaja del hechizo de la criatura: la más sublime y peligrosa de todas las esfinges.


En el esquema marechaliano del Descenso y Ascenso, tras el juicio del hombre sobre la criatura, vendrá un de la misma que romperá las cadenas del rey amarrado e incapaz del retorno si no vuelve por el mismo camino por donde se perdió.

Tendrá que volver sobre sus pasos pues como decía Sören Kierkegaard “La felicidad es como una puerta que se abre hacia adentro. Para abrirla hay que dar humildemente un paso hacia atrás”.

El paso hacia atrás es, en realidad, un paso hacia arriba: hemos dicho que de los laberintos se sale por arriba.


La propuesta.


Mejor que llevar el corazón en la mano, es poner la mano sobre el corazón.

Esto está mejor.


Ya no seré el que vaya entregando mi corazón en la inestable esperanza del encuentro del alma gemela, la comprensión absoluta, la ternura inacabable, sino quien ponga honesta y fuertemente la mano sobre el corazón para sujetarlo, contenerlo, conducirlo…


“Corazón en la Cruz, corazón en la Cruz”, como gustaba repetir San Josemaría Escrivá.


Entonces el corazón volverá de la mano al pecho: el lugar que le corresponde ocupar en la anatomía espiritual que Dios ha pensado para nosotros, las más perfectas criaturas después de los ángeles; que, para su suerte o su envidia, no tienen corazón.


¿Podrá el hombre en ocasiones poner su corazón en la mano?

Ciertamente. Cuando se trate de ofrecérselo a Dios, su Padre y Creador:

“Hijo, dame tu corazón”


Y su postura será como la del Hijo de Dios que, en el bellísimo cuadro de Batoni lo sostiene en su mano izquierda y con la derecha se lo ofrece al hombre pecador.

¿Qué otra actitud nos corresponde a nosotros, receptores de tanto amor, que hacer lo mismo entregando nuestro corazón al Padre de las misericordias?


¿Y frente a nuestros prójimos qué haremos?

En la seguridad de que mi pensamiento puede ser mejorado, no dejaré por ello de decir que me parece mejor –en estos tiempos de tanta falsa caridad, insinceridad y diplomacia utilitarista- llevar nuestra mano con honestidad al pecho y hablar, actuar y amar con la mano sobre el corazón.

Seremos más dueños de nosotros mismos, menos sensibleros y amaremos mejor.


Porque lo que importa, como nos lo enseñó el Maestro, no es lo que sale, sino lo que está bien adentro.


P. Ismael


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El corazón maduro

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El Corazón de Jesús. Pompeo Batoni. Gesù, Roma


Logro auténticamente humano, si lo hay, no podrá ser otro que el dominio y posesión íntima de esa misteriosa víscera que nos diferencia de los ángeles (seres amantes, pero eviscerados) que en todos los lenguajes ha significado la profundidad más abisal de las cuerdas de nuestra voluntad: el corazón.


Hace pocos días celebrábamos con el calendario tradicional la fiesta de la Maternidad divina de María, instituida por S.S. Pío XI para conmemorar la definición dogmática de Éfeso.


Vinieron a mi recuerdo los primeros dibujos que aprendí a trazar cuando mi madre me llevaba mi mano de niño: entre ellos, el infaltable corazón que, ora atravesado de una flecha, ora como la flor de una planta exótica y con las más diversas formas improvisábamos sobre mi cuaderno de ilustraciones caseras.


Todavía está en mi memoria visual un curioso diseño que ella dibujara sobre el universo infinito de mi imaginación plástica y que me hizo entender por vez primera algo de la grandeza e insanabilidad del corazón humano.


Las figuras que trazábamos en general eran de formas graciosas, pero ella, hacia el final de los numerosos corazones dibujados, hizo uno que sombreó con la fuerza del lápiz rojo en el interior de su borde negro: me sorprendió muchísimo. ¿Mamá, por qué pintaste ese corazón casi negro? Y sus ojos, sus hermosos ojos castaños –los más hermosos y tristes que he visto en mi vida- me respondieron: “hijo, este es mi corazón”.


Allí se cortó la conversación y la clase de dibujo.


Nunca he olvidado el episodio y creo que fue a partir de allí cuando comencé a entender el carácter sufriente de su existencia que los años desplegarían en su pasión.


Al final de sus días, cuando la religiosa que la cuidaba la sentaba junto a una imagen de la Macarena, quedó pasmada al comparar el asombroso parecido de los ojos de Nuestra Señora con los de aquella anciana que ya casi no tenían luz. Lo que sí tenían era la misma tonalidad violácea que los circundaba. Tonalidad que yo conocía muy bien porque se había formado en ellos con el paso de sus años sufrientes y porque los ojos son las ventanas de todo corazón.


Sé que amó con todas sus fuerzas y sé también cuánto le costó amar, cuánto lloró: no recuerdo un día en que su pena andaluza no le brotara a raudales por aquellos soles que fueron siempre mi consuelo y mi dulzura.


Ella, que jamás había leído el “Laberinto de amor” de Marechal, poeta-teólogo de quien la separaban apenas unos veinte años, había vivido y retratado en su doméstica lección para su hijo aquella verdad tan cierta en materia de amor que el poeta porteño –fallecido en 1970- insertó en uno de sus más vibrantes poemas metafísicos:


Dirás al que reproche tu color extremado:

“Si el corazón madura, va del rojo al morado”


Cuando Marechal afirma que "si el corazón madura va del rojo al morado", no define un diagnóstico científico sobre disfunciones cardíacas, sino que sentencia, poética y sapiencialmente acerca de la madurez humana interior a través de la experiencia del sufrimiento. O cuando, casi de pasada, sentencia gráficamente – tomando como ejemplo esos laberintos que aparecen en las revistas de crucigramas, intrincados en el desarrollo del camino de salida en el plano horizontal, pero visibles desde lo alto -, que de soluciones inalcanzables para la debilidad humana, nos salva el recurso a Dios. Es el doble y profundo sentido de su dicho:


“En su noche toda mañana estriba:

De todo laberinto se sale por arriba”


Se abandona el ilusionado y prefabricado amor edulcorado que tiñe de bermellón los corazones juveniles, y brota el morado intenso de una cuaresma que no termina para el alma que ha madurado en el amor verdadero: para el corazón que madura su tonalidad será otra.


Un corazón se pone morado cuando, desencantado de los amores del mundo, divinamente endurecido para sus encantos, se añeja en el dolor del amor a la Cruz y sale por arriba de los intrincados vericuetos del amor puramente carnal que tiñe siempre a nuestra víscera en un rojo, casi rosado, demasiado optimista para ser real.


Siempre me ha inquietado el justo medio que ha de buscarse entre el optimismo prefabricado y el pesimismo militante: una suerte de piedra filosofal que de hecho sirva para vivir de veras.


Lo que me enseña la auténtica liturgia es que el cristiano no encuentra su madurez más que en la renuncia sin cortapisas, en el desprecio de los goces terrenos y en la esperanza en la vida eterna que no defrauda: todo ello va amoratando el corazón.


Y esta pátina que lo recubre por fuera, pues por dentro su sangre se espesa con el dolor de la propia pasión, lo hace fuerte: auténticamente un corazón crucificado.


Por eso, aquellos que pasan del rojo al morado son los únicos a los que me animaría a llamar cristianos, aunque ellos se hayan enterado poco del imperativo evangélico estote vos perfecti, sicut et Pater vestris coelestis perfectus est. Su perfección les viene de su pasión real.


Y allí en sus intimidades precordiales se ha producido la verdadera madurez: no el optimismo engañosamente transitorio, como así tampoco la irremediable amargura del hombre en su estado natural.


¿Quiénes tendrán una vida cardiológicamente espiritual más sana que un Francisco de Asís con sus miembros estigmatizados, una Teresa de Ávila con el corazón trasnsverberado y otros tantos con la delicadísima víscera incorrupta después de su muerte porque durante su vida el morado de la penitencia sustituyó al rojo, aún inmaduro, de pasiones superficiales?


¿Qué sabe de la vida –aún la natural y humana- aquel que no ha sufrido?


¿Qué sabe el alegre inconsciente que mixtura las efímeras alegrías humanas con la Sangre del Señor que comulga con indiferencia?


Los alegres despreocupados, los animalitos sanos, los groseros, los de corazón de muñeco, deberían causarnos verdadera pena, en tanto que los corazones que alcanzaron el tinte borravino del dolor se nos presentan como traslúcidas imágenes del Amor Crucificado que quiso que de su corazón ya sin latidos, brotasen todavía frutos de redención para los hombres…


¡Cuánto les ha enseñado la decepción del rojizo amor humano y cuánto los purificó el morado Amor Divino!

Duele. Pero madura…


Ellos son los que blanquearon sus vestiduras en la Sangre del Cordero y ofrecieron ese corazón dilatado en el dolor sobre el trono del Viviente y del Cordero.


Ellos son los que con sus venas coaguladas, a fuerza de dolor de amor, del laberinto engañoso de la vida, comprendieron que se sale por arriba, vestidos de morado, para recibir la blanca túnica nupcial en el cielo.


Algunas frutas necesitan de las heladas invernales para alcanzar su utilidad y sabor auténticos, en especial los citrus.


Como mi corazón nada tiene de fruta tropical y sí mucho del acidulado limón, sé muy bien que las heladas pasadas y venideras que cada invierno de esta vida le deparen, serán otras tantas oportunidades de revestirlo de ese color tan poco conocido del amor.


Y de ese color de amor desearía que me revistiesen los ornamentos sacerdotales, cuando la corteza de mi cuerpo se despida de este mundo.


P. Ismael


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Salomón. O la corrupción de lo mejor

“la sabiduría no entrará en el alma maligna,

ni habitará en el cuerpo sometido al pecado”

(Sab 1, 4)

 

 

salomon y la reina de saba

 La reina de Saba visita la corte de Salomón

 

Después de la belleza de los lirios de los campos, alabada por Jesucristo, no puede pensarse en toda la Escritura de esplendor alguno alcanzado por un mortal que la gloria de Salomón, hijo de David y sucesor en su trono.


A partir del capítulo III del Tercer Libro de los Reyes, con la narración de las bodas de Salomón, después de la muerte de su padre David, y hasta el capítulo X, encontramos las exquisitas descripciones de la magnificencia de la corte salomónica, sus sabias disposiciones y la construcción del primer Templo, gloria de Israel y de toda la tierra.


Salomón pide al Señor “un corazón dócil, para juzgar a tu pueblo, para distinguir entre el bien y el mal; porque ¿quién puede juzgar este pueblo tan grande?


Agradado por ello, el Señor Dios, le dijo: “Por cuanto has pedido esto, y no has pedido para ti larga vida, ni riquezas, ni la muerte de tus enemigos; sino que has pedido para ti inteligencia a fin de aprender justicia, sábete que te hago según tu palabra; he aquí que te doy un corazón tan sabio e inteligente como no ha habido antes de ti, ni lo habrá igual después de ti. Y aun lo que no pediste te lo doy: riqueza y gloria, de suerte que no habrá entre los reyes ninguno como tú en todos tus días. Y si siguieres mis caminos, guardando mis leyes y mis mandamientos, como lo hizo tu padre David, prolongaré tus días” (cf III Reg 3, 10-14).


Todo el relato que sigue de su alianza con Hiram y la construcción del Templo es, como dijimos sorprendente.


En una nueva aparición a Salomón, ya concluido el Templo, Dios le dice:


“Pero, si vosotros y vuestros hijos os apartáis de Mi, y no guardáis mis mis leyes y mis mandamientos, que he puesto delante de vosotros, y os vais a servir a otros dioses postrándoos ante ellos, extirparé a Israel de la tierra que les he dado; y esta Casa que he santificado para mi Nombre, la echaré lejos de mi vista. Israel vendrá a ser objeto de proverbio y burla entre todos los pueblos; y esta Casa será reducida a ruinas, y cuantos pasaren junto a ella se pasmarán y silbarán, diciendo: “Por qué ha tratado así Yahvé a esta tierra y a esta Casa?” Y si les contestará: “Porque abandonaron a Yahvé, su Dios, que sacó a sus padres del país de Egipto y se adhirieron a otros dioses, postrándose ante ellos y dándoles culto; por eso ha descargado Yahvé sobre ellos todos estos males” (IX, 6-9)


El “Rey Pacífico” como señala su nombre, no sólo puso paz en toda la extensión del Reino de Israel, sino que por su inicial rectitud de intención, obtuvo de Dios un corazón prudente y sapientísimio que no se repetiría en la historia del mundo. De él hacen floridos elogios los libros Sapienciales y toda la tradición rabínica.


Salomón compuso 3000 proverbios (breves composiciones de carácter sapiencial) muchos de los cuales podemos encontrarlos en los textos más antiguos del libro de los Proverbios (cc. 10-22 y 25-72); 1005 poemas líricos de los cuales, según afirman los críticos sólo conservamos como ejemplo el salmo 71, 72.


Pensemos por ejemplo, en la hiperbólica alabanza de Rabbí Aquiba: “la creación entera no vale lo que el día en que el Cantar fue entregado a Israel”


Según la atinada afirmación de Gino Bressan, la sabiduría de Salomón no habría que entenderla en la altísima significación que le asigna San Pablo (relación con lo sobrenatural que implica la santidad de quien la posee) sino que era de orden terrenal “prontitud de juicio y agudeza de discernimiento; habilidad política; conocimiento relativamente vasto de todo aquello que integraba la cultura –psicología, filosofía moral, ciencias naturales- de su tiempo. Tal sabiduría fue ciertamente considerada entonces excepcional y don de Dios: por ello Salomón quedó aún en los siglos sucesivos, como ideal del “sabio”, y su nombre llegó a prestigiar obras de los últimos siglos próximos a Cristo, como el Eclesiastés y la Sabiduría”.


El punto máximo de su gloria llega con la visita de la Reina de Saba, supuestamente venida del norte de Arabia, con el propósito de estrechar lazos comerciales entre ambos países, pero principalmente para comprobar por sí misma todo lo que había oído acerca de la sabiduría de Salomón, de la gloria del Templo y del esplendor de su corte.


La descripción de su visita es un solemne y exquisito cuadro de la hospitalidad y la magnificencia oriental. Vale la pena detenerse en la lectura del capítulo X.


No obstante todo ello no oculta el escritor sagrado ciertas zonas oscuras de tan gran esplendor, cual fue la explotación de los súbditos con altísimas contribuciones fiscales. Como dato señalemos que para la tala de los cedros del Líbano, se realizó una leva de 30.000 israelitas, 10.000 de los cuales, trabajaban por turno un mes cada tres.


En la división del territorio en 12 prefecturas, la tribu de Judá fue excluida para no gravarla con las mismas imposiciones fiscales que las otras, lo que originó resentimientos que llegaron a la indignación especialmente por la conducta del rey y su mentalidad profana: Israel y su rey se habían transformado en una potencia sin verdadero fundamento.


Ya con criterios personales diría que Salomón fue a David lo que Luis XIV a Luis IX.


Las grandes construcciones eran el signo de un gran rey.


Y un rey grande debía serlo también por lo nutrido y entretenido de su harén.


David había tenido una veintena de mujeres, pero Salomón lo superó a lo grande.


Según los datos del capítulo XI de III Reyes, tuvo 700 mujeres de primer grado (esposas) y 300 de segundo orden (concubinas), en tanto que según el Cantar de los Cantares 60 y 80 respectivamente, pudiendo considerarse estas últimas como jovencitas a la espera de ingresar en el harén.


Releamos el texto:


“El rey Salomón amó, además de la hija del Faraón, a muchas mujeres extranjeras: moabitas, ammonitas, idumeas, sidonias y heteas; de las naciones que había dicho Yahvé a los hijos de Israel: “No os lleguéis a ellas, ni ellas se lleguen a vosotros; pues seguramente desviarán vuestro corazón hacia los dioses de ellas”. A tales se unió Salomón con amor. Tuvo setecientas mujeres reinas y trescientas concubinas; y sus mujeres eran causa de los extravíos de su corazón. Pues siendo Salomón ya viejo, sus mujeres arrastraron su corazón hacia otros dioses; pues no era su corazón enteramente de Yahvé su Dios, como lo fue el corazón de su padre David.


Salomón dio culto a Astarté, diosa de los sidonios y a Milcom, abominación de los ammonitas… erigió en el monte que está frente a Jerusalén (el monte de los Olivos) un santuario para Camos, abominación de Moab y para Moloc, abominación de los hijos de Ammon. Lo mismo hizo para todas sus mujeres de tierra extraña, que quemaban incienso y ofrecían sacrificios a sus dioses” (11, 1-8)


“Corruptio optimi pessima”, rezaba el antiguo principio escolástico.


Podemos hacer varias consideraciones en torno a esta sombra del reino davídico que terminará por dividirlo y destruirlo.


¿Fueron la mera lascivia de Salomón y su afán complaciente los móviles de su idolatría?


¿Dónde quedaron su sabiduría y su grandeza para llegar a tal extremo?


Está claro que para la Sagrada Escritura no hay pecado más abominable y execrable que la idolatría.


Tanto que Dios no reprocha a Salomón aquel desproporcionado número de amantes, sino que a causa de las mujeres extranjeras se haya dejado arrastrar hasta la idolatría.


Los antiguos tratados de Ascética señalaban acertadamente, fundándose en Sto. Tomás, que el desenfreno de la lujuria conduce irremediablemente a un cierto, y casi siempre inconfesado deseo, de que Dios no exista. Esto es la idolatría.


El pecador, cegado por su pasión, desviado del último fin; quisiera que Dios no existiese y así poder liberarse de la opresión que le significa el control de sus pasiones. Se trata de un enredarse cada vez más en su debilidad que termina siendo lo más fuerte y dominante en toda su vida.


Y por satisfacer aquella pasión y la voluntad de las criaturas que pujan por apartarle de Dios, llega a borrar todo lo bueno que pudo hacer en su vida.


Hace muchos años se usaba en el común hablar entre nosotros el adjetivo de “viejo verde”. Nadie puede pensar de sí estar lo suficientemente impermeabilizado por el paso de los años para no esforzarse en mantener la verdadera “sabiduría” hasta el fin de sus días.


Hemos visto muchos “sabios” entre nosotros, derribarse como cedros del Líbano y cambiar la sabiduría de las cosas de Dios por la prudencia de la carne. O como dirá San Pedro: habiendo empezado por el espíritu, terminaron en la carne…


Licenciados, grandes doctores, gente del mundo de la cultura (profana y eclesiástica) vinieron a derrumbarse también por un inmoderado deseo de conocimiento –al modo del Fausto- y por una base interior de soberbia intelectual.


Y aquellos mismos tratados que citamos también afirmaban que Dios castiga soberbia oculta con lujuria manifiesta.


¿Salomón fue lujurioso por soberbio, o soberbio por lujurioso?


Amar es incorporarse a la forma de lo que se ama. Hacerse uno con el objeto hacia el que tiende la voluntad.


Si el texto antes citado nos dice que el gran rey amó ardientemente a sus mujeres paganas, no podía menos que hacer su voluntad una con la de aquellas, que no era otra que la adhesión a los dioses falsos.


Según un antigua leyenda, el demonio, que tuvo siete hijas, fue desposando a cada una de ellas con diferentes géneros de personas (por ejemplo, a la envidia con los artistas); a su última hija, la lujuria, no la desposó con nadie, para dejarla a disposición de todos.


Sabios e ignorantes, todos podemos caer en la lujuria de la idolatría o en la idolatría de la lujuria.


Para decirlo simplemente la idolatría es la sustitución de la adoración debida al Dios Verdadero por una imagen extraña.


Y peor que la sustitución llega a ser la coexistencia monstruosa de ambas adoraciones, como ocurrió en tiempos de Salomón. Doble vida, que le decimos ahora.


Está bien claro que cuánto más ilustrado o elevado sea el sujeto que se corrompe, tanto peor será la consecuencia de su descomposición: repugna menos el cadáver de un mosquito que el de un hombre.


¡Cuántos que se estimaron y se hicieron estimar por sabios, lujuriosos o no –pero siempre con el demonio de la idolatría soplándoles al oído- terminaron tristemente su carrera revolcándose en el cieno del error!


Tanto más repulsiva resultará la caída idolátrica de un cristiano, de un ungido de Dios, que la conducta de un pagano en serie.


P. Ismael


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Los hijos de Helí: ser o pertenecer.

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La historia de los hijos de Helí, Ofní y Fineés, sacerdotes del santuario de Silo (Cf. I Sam 2, 12- 36; 4, 1-22) nos narra la mala conducta de estos ministros del Santuario que echaban mano a las mejores porciones que los piadosos israelitas ofrecían en sus sacrificios, transgrediendo la legislación que asignaba escrupulosamente qué parte de la ofrenda estaba reservada a los sacerdotes y en qué condiciones debía apartarse para su sustento.

 

“Los hijos de Helí eran hijos de Belial; no conocían a Yahvé, ni los deberes de los sacerdotes para con el pueblo. Pues cuando alguno ofrecía sacrificios, mientras aun se cocía la carne venía ya el criado del sacerdote, teniendo en la mano un tridente, y lo metía en la caldera o en la cazuela, o en la olla, o en el puchero, y todo cuanto sacaba el tridente, lo tomaba el sacerdote para sí. Así hacían ellos con todos los israelitas que venían allí a Silo. Aun antes de quemarse el sebo, venía el criado del sacerdote y decía al que lo inmolaba: Dame carne para asársela al sacerdote; pues no tomará de ti carne cocida, sino cruda. Y si el hombre respondía: Hay que quemar primero el sebo, y luego toma para ti cuanto desee tu alma, le decía: No, ahora mismo me la darás; de lo contrario la tomaré por la fuerza.

“Era, pues, muy grande el pecado de aquellos jóvenes delante de Yahvé; porque esos hombres trataban con desprecio las ofrendas de Yahvé”

 

Además cometían muchos otros crímenes acostándose con las mujeres que servían a la entrada del Tabernáculo de la Reunión. Todo el pueblo, escandalizado, le hablaba de estas fechorías a Helí, un hombre anciano y vencido, temeroso de Dios, pero sin fuerzas para controlar a sus muchachos (2, 22 y ss)

 

La narración termina dramáticamente con la muerte de Ofní y Fineés cuando llevan el Arca del Señor de los Ejércitos al campo de batalla, esperando que Dios les acompañara en su su enfrentamiento con los filisteos, que terminarán matando a estos dos “hijos de Belial” y capturando el Arca de la Alianza.

Al recibir la tremenda noticia Helí cae de su silla desnucándose y su nuera, la mujer de Fineés, muere en el parto de su hijo Icabod…

 

Una lectura atenta de estos capítulos y los siguientes que se refieren a la devolución del Arca por parte de los filisteos a Israel –muchas fueron las desgracias que el sagrado mueble les trajo- nos ayudará a una mejor comprensión de este tramo final de la historia de los Jueces, que dará inicio al período de los reyes de Israel con la elección de Saúl al frente de las tribus.

 

Este episodio histórico del Libro I de los Reyes (I de Samuel) nos ofrece materia para la consideración enunciada al comienzo del artículo.

 

Helí, al igual que sus hijos, pertenecían legítimamente a la casta sacerdotal, encargada de todo lo referente al complejo culto veterotestamentario, legislado al pormenor por la Ley de Moisés en los libros del Éxodo y el Levítico.

Eran de la “familia sacerdotal” y su herencia , como toda la tribu de Leví, era el culto, no una porción de tierra, como el resto de las tribus de Israel. El Señor era su heredad, su territorio. Su pertenencia a una clase selecta, estaba garantizada por la sangre.

Pero Dios dispondrá que su mala conducta les lleve a la perdición.

 

Ello nos ofrece la ocasión de reflexionar sobre la diferencia entre ser y pertenecer.

 

Nos encontramos con muchos cristianos, de toda clase y órdenes, a quienes les basta y llena el mero pertenecer, sin que se preocupen por lo que son en realidad: el haber alcanzado una determinada posición en el seno de la Iglesia ha sustituido a la verdadera tarea de ser, más allá de la pertenencia.

No negamos la importancia de la pertenencia: de hecho la Santa Iglesia es el conjunto de todos los fieles bautizados, unidos por la Fe, el Culto y el Pastoreo, a su Cabeza, Cristo Señor.

Pero para que cada miembro de este Cuerpo lo sea en verdad, es decir pertenezca a él, no basta la adscripción jurídica, ni afectiva, ni la integración a una determinada “clase”…

 

Ejemplos lamentables de lo que queremos decir encontramos a diario en movimientos, instituciones, congregaciones, colegios (el episcopal también), etc.

 

La pertenencia les presta una entidad de la que carecen en absoluto y amparados en el conjunto “social” se dispensan de la tarea insoslayable de ser coherentes, o por decir mejor, lo menos indignos posible.

Y aquí es cuando viene la trampa revestida de miles de formas a encubrir la despreocupación por una vida auténticamente justa, de cara a Dios, a la que sólo debiera importarle lo que Él ve en nosotros.

Cuando uno no es lo que debe, cualquier pertenencia –por más encumbrada que sea- no garantiza nada. Creo haber citado en otra ocasión algo que me parece, si no teológico, espiritualmente acertado: el sacerdocio es un estado del alma.

 

¡Cuántos han luchado por un puesto, por una pertenencia, para luego trinchar la mejor parte en ganancias materiales, viviendo de la Iglesia, mas que vivir para ella, sirviéndose sus mejores porciones en provecho personal!

Se trata del típico sujeto que elude cualquier obligación porque piensa que su condición de “consagrado” le dispensa de los elementales deberes del resto de los mortales: para él no existen horarios, cargas, impuestos y compromisos. Él (o ella) siempre argumentarán que sus deberes religiosos (o las normas de su instituto, o grupo, el que fuere) le desobligan de aquellas bagatelas.

 

Pero debemos ir más al fondo de esta descripción.

Si estas personas no “pertenecieran”, en realidad, nada serían.

Son lo que son, solamente por pertenecer. Espíritu gregario, que le dicen.

En el mundo no hubiesen tenido oportunidad alguna.

 

Es la típica monjita devenida en Madre Provincial, quien de seglar apenas si sabía leer -ahora tampoco lo hace mejor- , quien calzados los guantes de mando ¡Dios te libre de ella! De novicia ni miraba a los ojos (cuidado con quienes tienen esta característica) y ahora la ves escudriñando con su entrecejo la vida y la conciencias de sus infelices súbditas.

 

Es el párroco abierto, dialogante, ecuménico y misionero, a quien le cayó (o más bien la atajó, porque dicen que ninguna mitra cae en el suelo) la “carga episcopal”, el cual como simple sacerdote apenas decía tres palabras coherentes en su sermón –ahora tampoco lo hace- quien hoy, investido del munus regendi, pontifica con expresiones que si la gente las acepta es por el residuo de reverencia que queda en nuestra feligresía.

 

Es el activista de un movimiento que se ha apropiado de las llaves de la ciencia teológica (y también de la sacristía) que en su trabajo jamás descolló por su eficiencia (y muchas veces por su honradez) quien ahora tiene la sartén por el mango en el pobre y reducido reino que le fue confiado.

Para todos ellos, el pertenecer es que les ha dado entidad: serían unos ilustres anónimos fuera del ámbito que conquistaron.

 

Los hijos de Helí, además de sinvergüenzas, eran unos pobres infelices que se contentaban con sus chuletas de cada día: para eso les sirvió el sacerdocio que recibieron de su familia.

Y terminaron mal: cuando fueron puestos para hacer lo único heroico y sagrado que les tocó en la vida, los filisteos los pasaron a cuchillo y les quitaron de las manos lo que no merecían llevar.

 

Esta será la prueba de detección para descubrir cuándo es auténtica la pertenencia:

Retiremos la pertenencia y veamos qué queda en la persona: porque en definitiva seremos juzgados por cómo hemos participado del Sacrificio.

 

 

 

P. Ismael

 

 

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AVE VERUM CORPUS NATUM EX MARIA VIRGINE!

Pacelli10

 

Santos Doctores tiene la Iglesia Santa que podrán hoy prestarnos sus palabras para colmar de alabanzas –siempre pobres- el Augustísimo Sacramento del Altar…

 

Con el mismo temblor y lágrimas con que hoy he ofrecido, indigno siervo, el Incruento Sacrificio, consciente de mi nada ante la Dulcísima Majestad del Sacramento, sólo me atrevo a transcribir la antífona del Ofertorio de la Misa de hoy:

 

Sacerdotes Domini incensum et panes offerunt Deo; et ideo sancti erunt Deo suo, et non polluent nomen eius, alleluia.

 

Los Sacerdotes del Señor ofrecen a Dios incienso y panes: por lo tanto serán santos para con su Dios, y no profanarán su nombre, aleluya.

 

Sacerdote hermano: hayas rezado o no este texto, hayas celebrado en el rito que fuera: tú sabes todo lo que esto comporta…

Tú sabes cuánta reparación y desagravio…

Por ti, y por mí…

P. Ismael

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